El Fin de la Era del Hombre - Primera Parte

El Fin de la Era del Hombre I

Por Albert Mialet

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Cerca del poblado de Maze, Noruega

La pequeña cabaña que había cerca del río Kautokeino era una construcción sólida, hecha a consciencia para sobrevivir al duro invierno. No había una sola rendija por donde el viento gélido que reinaba al norte de Noruega entrara en las habitaciones, ni un solo agujero en el tejado por donde la nieve se atreviera a entrar.
Pero eso no era suficiente. Los pequeños Günnar y Johanna no estaban acostumbrados para nada al invierno noruego, y tenían que pasarse el día delante de la chimenea, o recogiendo leña para que el fuego no se apagase. Su padre, Harald, se había visto obligado a traerlos desde Estados Unidos. Su madre había muerto después de sufrir una larga enfermedad, que además le había endeudado terriblemente. Así que cuando su padre, un fuerte y experimentado obrero, se quedó sin trabajo, lo único que pudieron hacer fue volver a su tierra natal, la fría y cruel Noruega.
Su padre estaba lejos, trabajando como jornalero, ayudando en las peores y más duras labores y llevando un miserable sueldo a casa. Günnar era fuerte para su hermana durante las horas que pasaban solos, susurrándole palabras dulces de consuelo y protegiéndola del frío.
Cuando oyeron el primer temblor, el jarrón de la mesa cayó al suelo y se rompió. Günnar le dijo a la pequeña Johanna que no pasaba nada, que era su padre que había derribado un gran árbol.


Cuando oyeron el segundo temblor, más cerca, la foto de su madre, colgada en la pared, se lanzó contra el suelo y el cristal se partió. Günnar le dijo que ese día su padre era más fuerte que nunca por ellos, y que había derribado otro árbol.
Cuando el tercer temblor sonó al lado de la casa, los troncos apilados al lado de la chimenea se volcaron y rodaron hacia ellos, y un poco de nieve entró por el tejado. Günnar fue valiente y besó a su hermana con lágrimas en los ojos, y le dijo que no se preocupara, que era su padre que había venido a darles el calor que les faltaba.
Con el cuarto temblor, la llama del fuego se extinguió, y Günnar no pudo decirle nada más a su querida hermana.

 

Harald llegó corriendo a su casa. En el poblado de Maze, cada vez más gente decía haber visto a lo lejos una figura enorme merodeando cerca del río, así que decidió terminar su jornada un poco antes para asegurarse de que sus hijos estaban bien.
La cabaña estaba completamente destrozada. En el suelo sólo quedaban los restos de los enormes troncos que habían formado el tejado, de las piedras que les habían protegido del frío. Harald gritaba y gritaba los nombres de sus hijos Günnar y Johanna mientras levantaba los restos de la casa con sus manos desnudas.
Fue al cabo de un buen rato cuando encontró el diminuto brazo aplastado de su hijo Günnar, y al lado los dos pequeños cuerpos. Un grito desgarrador se impuso en el bosque, un grito de dolor que sólo puede salir de la garganta de un hombre destrozado. Cuando el aire de sus pulmones se terminó, Harald se abrazó a los restos de sus dos hijos en medio de la cabaña derruida.En mitad de la noche, un temblor cercano sobresaltó a Harald. Luego un segundo temblor. La luna estaba llena, así que Harald levantó su cabeza y vio a una especie de hombre gigantesco que sobrepasaba los árboles más grandes del bosque, con la cabeza rapada, el torso desnudo y una maza enorme apoyada en su hombro.
Harald cogió su hacha, el hacha afilada que llevaba cada día al trabajo, siempre preparada, y corrió hacia el gigante. Su mente se desvaneció por completo, no había odio en él, ni venganza: tan sólo sed de sangre. El gigante ni siquiera se dio cuenta de que estaba a su lado hasta que le clavó el hacha en el pulgar del pie, un pulgar gigante y deforme del tamaño de un niño pequeño, cortándolo de cuajo. Un grito monstruoso salió de la boca del gigante, ahuyentando a las pocas bestias que no habían huido aún del bosque. El gigante bajó la cabeza y vio a Harald preparándose para un segundo hachazo al siguiente dedo del pie, que también cortó. El gigante volvió a gritar, pero esta vez cogió a Harald con la mano y lo lanzó lejos, muy lejos, como si fuera una bola de papel.
Harald cayó derrumbado entre la nieve, sin aire en los pulmones. Incapaz de sentir dolor. Intentó levantarse, pero sus piernas se habían roto con la caída, así que se arrastró con los brazos como si fuera un gusano en dirección al gigante.
Un cuervo graznó cerca de Harald, pero lo ignoró. El cuervo se acercó volando hacia él, y planeó en círculos a su alrededor. Harald se arrastraba patéticamente por la nieve, cuando un hombre apareció delante suyo. Un hombre viejo, de gran estatura, con una barba espesa y una larga melena completamente blancas, cubierto por pieles, con un parche en su ojo izquierdo y una lanza en en su mano derecha.
- Has luchado como un verdadero inconsciente, pequeño bastardo. - Con la lanza, señaló a las piernas. - Y ahora ni siquiera puedes caminar. ¿Crees que arrastrándote vas a conseguir hacerle mucho daño a ese desgraciado de Ymir?
Harald siguió arrastrándose, ignorando al viejo.
- Mmm, inconsciente, pero valiente, me gusta tu actitud, hijo. - El viejo se agachó delante de Harald y lo miró a los ojos. - Nada se interpondrá entre tú y tu venganza, ¿verdad? ¿Harías lo que fuera para matar a ese estúpido gigante?
Lo poco que quedaba de Harald miró al viejo. No dudó al contestar. - Lo que... fuera....
- Entonces está hecho. Lucharás para mí. - Odín clavó su lanza en las piernas de Harald y dibujó una runa en cada pierna. Luego lo giró, e inscribió una runa en su pecho desnudo. Para finalizar, dibujó una runa con su dedo en el hacha de Harald,  que no había soltado pese al golpe del gigante.
Las runas se iluminaron y Harald se levantó. Sin mirar a Odín, el padre de los Dioses, alzó su hacha, gritó y salió corriendo hacia el gigante.
El cuervo se posó en el hombro de Odín, y juntos presenciaron la matanza.