El Fin de la Era del Hombre - Cuarta Parte

El Fin de la Era del Hombre IV

Por Albert Mialet

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El Cairo, Egipto
- Venecia está sufriendo la peor inundación que se recuerda en su historia. Con éste ya son dieciséis los países que están sufriendo esta ola de catástrofes. - La reportera Trisha Sellers, hablaba desde el televisor de la comisaría. - Además, se confirman los avistamientos de entes misteriosos en diferentes puntos del planeta, aunque aún nadie ha sido capaz de grabarlos. Fuentes cercanas al departamento de noticias del Canal Nueve nos informan de que estos entes aparecen cerca de las catástrofes, y de que...

El inspector Tarif apagó la televisión de su despacho. Suficiente tenía con los problemas que estaba teniendo como para preocuparse por estúpidas catástrofes en el resto del mundo. Además de la crecida del Nilo, que estaba a  punto de desbordarse, los informes se le acumulaban en su mesa sin darle un respiro. Pasó la hoja que tenía delante y revisó la ficha que acababan de traerle. El desaparecido se llamaba Yasuf Al-Amar, y era el noveno en dos días. Nueve hombres sin relación aparente habían sido denunciados como desparecidos. No es que ese tipo de casos fueran algo anormal en una ciudad como El Cairo, pero tantos en tan poco tiempo era algo que no podía pasar por alto.
Llamaron a la puerta y su ayudante, Hamal, entró.- Jefe, acaban de denunciar al décimo. - Tarif se frotó la sien y resopló. - Cerca del mercado.


- Joder. De acuerdo, vamos.Narvia, la mujer del desaparecido, se encontraba en la puerta del edificio con un niño pequeño en los brazos, visiblemente nerviosa.
- Buenos días señora. Por favor, cuéntenos qué ha sucedido.
- Yo... Milo, mi marido, fue antes de ayer a comprar algo de fruta al mercado. Él es un buen hombre, pero no tiene trabajo y me ayuda en las cosas de casa. Él es muy bueno. - El bebé que tenía en brazos empezó a llorar y la mujer, con lágrimas en los ojos, le besó y lo balanceó un poco para que se calmara. - Pero no volvió. Yo estuve esperando un rato y luego fui a buscarle, pero nadie le había visto.
Un movimiento captó la atención del Inspector, un niño estaba a unos diez metros de él, mirándolo fijamente. El chico le hizo señas para que se acercara y salió corriendo, adentrándose en un callejón. Tarif se quedó un rato mirando hasta que volvió a oír la voz de la mujer.
- Hamal, sigue tú con las preguntas, quiero comprobar una cosa. - Hamal le miró extrañado, pero asintió. Fue hacia el callejón a buscarlo, siguiendo un presentimiento que no era capaz de explicar.
Cuando llegó vio que era un callejón sin salida y no había señales del chico. Buscó un poco por si se había escondido, pero no encontró ni rastro de él, era como si nunca hubiese pasado por allí. Cuando decidió volver, vio a una vieja de piel oscura en la salida. Tenía pelos grisáceos colocados de forma desordenada por la cabeza, las manos callosas y arrugadas apoyándose en un bastón, y los ojos cubiertos por una capa blanca de cataratas. Iba vestida con ropas anchas y viejas, y se acercó al Inspector sonriendo con el único diente que tenía.
- Hehehe, Inspector Tarif, le veo un poco perdido, ¿no le parece? - La vieja se iba moviendo lentamente, cojeando de un pie.
- ¿Como sabe...? Qué estúpido, habrá escuchado mi nombre mientras hablábamos con la señora, claro.
- Puede que sí, o puede que sepa muchas más cosas que usted, Inspector. - Ahora estaba a su lado, sonriendo. Un pequeño mono salió de repente de su espalda y se puso en su hombro. - Sé que usted es un hombre serio, un firme defensor de la ley. Un hombre solitario, sin amigos ni familia. Un hombre fuerte que hará lo que sea necesario para encontrar a esa gente.
- ¿Es que sabe alguna cosa sobre las desapariciones? Está usted en la obligación de contestar. Si sabe algo...
- ¿En la obligación, dice? - La vieja le interrumpió. - Creo que no sabe lo que dice, Inspector, pero le voy a hacer caso. - Sacó un pañuelo rojo del bolsillo, y de dentro una bola de cristal. Empezó a darle vueltas con las manos. - Al este del Cairo, en las afueras de Guiza, una vez pasada la Esfinge y un poco antes de la gran pirámide de Keops... allí encontrará algo que busca, pero que no espera encontrar. - La bola de cristal se puso a brillar. - Encontrará el futuro, pero también el pasado. - El destello de la bola era casi cegador,  no podía dejar de mirarla. - Encontrará la salvación... Y también la destrucción. - El destello le cegó completamente. Cuando volvió a abrir los ojos, la vieja ya no estaba allí.Le llamaron desde comisaría antes de coger el coche. Habían denunciado veinte desapariciones más, otra vez sin relación aparente. Tarif había decidido hacer caso a la vieja, tanto si era un producto de su imaginación como si no. Su padre siempre le había dicho que confiara en su instinto, y éste le decía que eso era lo que debía hacer.
Le dijo a Hamal que fuera por su lado a entrevistar a la mitad de los familiares de los desaparecidos, y así podría ir solo sin que le tomaran por loco en comisaría. El Cairo es enorme, e iba a tardar por lo menos tres horas en llegar a las afueras si el tráfico no acompañaba.
Cuando llegó al Templo de la Esfinge, paró. El mes de diciembre era una temporada bastante barata para viajar al Cairo, y solía estar bastante lleno, pero la cantidad de turistas que iba ahora hacia las pirámides era demasiado exagerada.
Dejó el coche al lado de la carretera y siguió a la oleada de gente, que parecía estar dirigiéndose a un sitio concreto. Montones de turistas cuchicheaban y preparaban sus cámaras. Se fue abriendo paso hasta ponerse en primera fila, y entonces lo vio.
La base de una pirámide se encontraba delante suyo. Centenares de personas estaban cargando bloques de piedra, que se encontraban amontonados a los lados y rodeando la base. Era enorme, gigante, mucho mayor que la de la gran pirámide de Keops, y un poco menos de la mitad de la construcción estaba hecha.
Tarif contemplaba la escena con la boca abierta. ¿Quién podía ser el loco que había decidido secuestrar a toda esta gente y construir una nueva pirámide?¿A quién se le ocurriría hacer algo así? Pensó que seguro que había sido alguno de los sultanes de Arabia Saudí, sólo a ellos se les ocurriría una locura semejante
Fijándose en los trabajadores reconoció a Milo, el hombre que habían reportado como desaparecido esa mañana. Se dirigió hacia él, dispuesto a conseguir respuestas.
Estaba arrastrando un bloque de piedra empujando una extraña carretilla. La miró bien y se dio cuenta de que estaba levitando, a unos centímetros del suelo. Parecía pesar una tonelada, pero la cargaba sin apenas sudar. Se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
- Milo, soy el Inspector Tarif. - Se detuvo y se giró hacia él. - Esta mañana he visto a tu mujer, y está preocupada por ti. Dime, ¿Quién os ha traído aquí?¿Por qué le estáis ayudando a construir ésta locura?
Sonrió y le miró a los ojos. - No es una locura. Es un símbolo, el futuro. Él nos ha hablado, Tarif. Él nos ha dicho que nos proveerá, y que cuidará de nosotros. Él sólo nos pide una cosa, y nos promete que todo irá bien.
- ¿Quién os promete?¿Qué os ha pedido?
- Él. - Señaló hacia al cielo. Un hombre enorme, con la cabeza de halcón y un disco solar en la cabeza lo contemplaba todo desde el cielo. Movió un poco la cabeza y notó cómo le miraba. - Lo único que nos ha pedido es que lo adoremos, por eso le estamos construyendo una pirámide.
Tarif notó otra vez que su instinto le llamaba, que se comunicaba desde dentro. Seguía sintiendo la mirada de Ra encima suyo, esperando. Se puso detrás de Milo y le ayudó a cargar la piedra. Decidió seguir su instinto.