El Fin de la Era del Hombre - Quinta Parte

El Fin de la Era del Hombre V

Por Albert Mialet

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Hotel Paradise, Playa del Carmen (cerca de Cancún)

Siempre había mucha gente en el Hotel Paradise. Fuera el mes que fuera, el hotel estaba lleno a rebosar. Había varios ambientadores colocados estratégicamente por todas las salas, y el aire acondicionado siempre desprendía un leve toque de perfume, pero aún y así para Ollie el hotel apestaba demasiado a humanidad.
Seis días a la semana, él se encargaba de limpiar de veinte a veinticinco habitaciones por la mañana, y por la tarde-noche hacía doble turno sirviendo cócteles en el bar de la piscina o en uno de los bares interiores. Trabajaba muchas horas, pero le valía la pena.
Consideraba su trabajo de gran utilidad. Disfrutaba muchísimo recogiendo la ropa sucia de los clientes, intentando adivinar qué habían hecho por el olor que ésta desprendía. El olor era uno de los factores más importantes para determinar el comportamiento humano, y nunca había aprendido tanto sobre ello como trabajando en el hotel. Si a eso le sumaba las horas que pasaba curioseando dentro de las maletas, analizando los restos en las papeleras y la suciedad que los clientes dejaban a su paso, podría decirse que el trabajo le hacía un hombre feliz.
Por las tardes aprendía a relacionarse con ellos teniendo las más intrascendentes conversaciones de barra de bar. No había sido nunca un buen estudiante, pero si algo le gustaba eran los idiomas, y la vida le había enseñado a hablar o chapurrear casi cualquier lengua que se escuchara en el hotel.


Las noches eran su momento favorito del día. Cuando por fin podía relajarse, irse a su pequeño habitáculo debajo del hotel alejado de todo el bullicio, y aplicar todo lo que había ido aprendiendo durante el día.
Últimamente, Ollie se había vuelto un poco travieso. Tenía como norma general cazar sólo a gente de pueblos cercanos. De ésta forma no llamaba mucho la atención, pero las últimas semanas había sido tan tentador cazar a turistas que no se había podido resistir. No a gente del Hotel Paradise, por supuesto. Su abuela siempre decía que no cagara donde comiera, así que se paseaba por los centenares de hoteles cercanos y allí acechaba a sus presas. El clima había sido tan sumamente horrible en la última semana que la gente estaba más preocupada por conseguir ver un poco de sol que por volver a ver a sus seres queridos.
Esa noche había tormenta, y la televisión había dicho que un Huracán estaba atravesando la costa en dirección a Cancún. También hablaba de que muchas otras ciudades estaban sufriendo lluvias torrenciales, inundaciones, terremotos y hasta erupciones de volcanes. Ollie estaba de acuerdo, pensaba que algo habrían hecho para que eso sucediera. Mientras tanto él podía estar tranquilo en el hotel, era una construcción fuerte que había aguantado muchos huracanes.
Su habitáculo era bastante grande. Su cama perfecta recién hecha, su butaca limpia forrada con plástico delante del televisor, la mesa ya puesta con un plato de comida tapado y preparado para calentar. En el suelo, tres bolsas de cadáveres ya desangrados, y al lado sus dos últimas adquisiciones, aún conscientes, totalmente desnudas, con los brazos levantados y las manos atadas a una cadena colgada del techo. Tenía colocadas varias páginas de periódico en el suelo para no manchar el suelo, y les tenía rodeados de algunas de las calaveras a las que había cogido más cariño a lo largo de los años. ¿Quién mejor para vigilar si no los muertos?
Su abuela Yolihuani le había criado en lugar de su madre, que murió en el parto. Yolihuani provenía de una larga estirpe de sangre puramente azteca. Era tradición en su familia no mezclarse con “colonizadores”, como los llamaba ella, pero su hija no le había hecho caso y había pagado las consecuencias. Siempre se le tenía que hacer caso a la abuela.
Ella le enseñó el valor de la vida, el poder que desprende la sangre. Durante generaciones, su familia había conservado los ritos y tradiciones de una religión ya olvidada basada en el sacrificio, tanto el personal como el de los demás. La abuela le enseñó a respetar esas tradiciones desde bien pequeño, y siempre había encontrado lógico buscar su felicidad a través del sufrimiento de los demás.
Nunca le había dado mucha importancia a los dioses de los que le hablaba, pero siempre los había respetado. No veía razón para dudar de que un ser superior también disfrutara viendo cómo sus seguidores lanzaban a las brasas a una de sus victimas como ofrenda para que se quemara viva, o cómo arrancaban el corazón de la gente y se bebían su sangre a cambio de bendiciones. Él lo haría.
Levantó la tapa del plato que había dejado en la mesa. Era sopa de cebolla con queso y trozos de ternera, uno de sus platos favoritos. Lo calentó en el microondas mientras sacaba una cerveza Dos Equis de la nevera y la servía en una copa.
Se comió la sopa sin poner la televisión, prefería estar concentrado en los momentos previos, imaginando qué les iba a hacer, recreándose en los pequeños detalles y excitándose. Terminó, recogió la mesa y lavó los platos.
Por fin había llegado el momento, estaba realmente ansioso por empezar. Primero les quitó las vendas de los ojos. Eran un hombre y una mujer americanos, aunque no tenían nada que ver el uno con el otro, les había cazado por separado. Cogió una bolsita que tenía en un cajón y sacó un puñado de dientes que había arrancado del cadáver de su abuela. Se sentó junto a las calaveras, y lanzó los huesos al suelo. Le dijeron que matara primero al macho.
Creó el altar, tal y como su abuela le había enseñado. Puso la mesa en el centro de la habitación, y colocó encima un mantel precioso que le había hecho, aunque después de tanto tiempo ya estaba bastante manchado con los restos de sangre de otras víctimas. Por una parte le sabía mal, pero por otra le gustaba tener esos recuerdos.
Descolgó al americano sin desatarle las manos y lo puso encima de la mesa. Forcejeaba demasiado, así que le dio un puñetazo para que se calmara y le hizo sangrar la nariz. Funcionó. La mesa era realmente grande, así que pudo extenderlo totalmente y atar cada una de sus extremidades a una pata. Casi estaba listo.
Sacó otra bolsa del cajón y extrajo una daga curvada y un rotulador negro. Se puso encima  de rodillas encima del hombre, y le dibujó cuatro símbolos en el pecho, uno para cada uno de los cuatro reinos. Dejó el rotulador en la mesa y sin poder aguantar más le clavó la daga entre los dibujos mientras la víctima gritaba sin cesar a través de la mordaza. Que gritase, no le iba a escuchar nadie. Ollie ya había desarrollado mucha práctica a base de ensayo y error, y consiguió hacerle un agujero perfecto en el tórax. Pese a la pérdida de sangre, aún estaba consciente, así que tuvo la suerte de ver cómo metía la mano en su interior y sacaba su corazón. Le encantaba ver las expresiones de incredulidad de sus víctimas, incapaces de entender cómo podían seguir vivos sin sus corazones. Cogió el corazón con las dos manos, las alzó, y se lo ofreció a los dioses con una oración. Luego se lo comió, apagando la vida del americano.
De repente, las puertas de la habitación se abrieron con un golpe, y la corriente que entró lo empujó al suelo. Pudo ver como el viento se quedó en la habitación, dando vueltas, tocándolo y estudiándolo todo, hasta que paró delante de él y se convirtió en una serpiente enorme con alas, repleta de plumas de colores muy vivos.
La serpiente lo miró y le dijo que no estaba contenta con él, que había sido egoísta y no había respetado a sus dioses. Había estado observando, y no le gustaba ver cómo utilizaba los sacrificios para su disfrute personal. Le dijo que podía perdonarlo, que podía acogerlo en su seno y convertirle en un hombre poderoso de verdad, un sacerdote, pero que para ello tenía que ofrecerle algo a él, algo que valiera realmente la pena.
Ollie no tenía miedo de la serpiente, las palabras que resonaban en su mente le habían hecho feliz. Pensó en su abuela Yolihuani, y en lo orgullosa que estaría de que su nieto se convirtiera en un sacerdote, así que aceptó sin dudar.
Miró a la serpiente fijamente a los ojos y volvió a coger el rotulador de la mesa. Se quitó la camisa y se dibujó un sólo símbolo en lugar de los cuatro que había realizado encima del  americano, el que representaba el reino del oeste: a Quelzalcóatl, la serpiente emplumada. Cogió la daga y se la clavó en el pecho, dibujando un agujero. Cogió el corazón con su propia mano, se arrodilló y se lo ofreció al Dios. La serpiente lo engulló y lo guardó en el fondo de su estómago.