El Fin de la Era del Hombre - Segunda Parte

El Fin de la Era del Hombre II

Por Albert Mialet

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Tokyo, Japón
Midori estaba realmente arrepentida de haber aceptado la invitación de Kazuya para ir a tomar unas copas con él y unos amigos. Tendría que haber sospechado que habría algún motivo oculto, pero sus ansias por entrar en el grupo de los chicos populares de la clase y pasar un rato con Kazuya eran demasiado grandes

Estaba siendo un día muy tempestuoso, no recordaba haber visto tanta lluvia en su vida. Al salir de clase fueron a un bar-karaoke en el que unos chicos del curso superior estaban esperando. Les conocía de vista, había muchos miembros del equipo de baseball de la escuela. Pidieron cerveza para todos, ya que esta noche celebraban el fin del mundo, así que invitaban ellos y podían beber cuanto quisieran.
Las canciones y el alcohol no dejaban de llegar, y algunos de los chicos ya estaban metiendo mano descaradamente a las chicas más indefensas y borrachas en los sofás del bar.


Ella no tenía un pelo de tonta, y poco a poco se iba percatando de cual era el plan de los chicos para la noche. Por suerte ella era alta y de constitución fuerte gracias a sus años de entrenamiento de judo, y había desarrollado una inusual tolerancia al alcohol. No como su amiga Ayame, que estaba casi inconsciente en un sofá un poco más alejado. Iba vigilando que no le pasara nada, pero se distrajo un momento y al volver a buscarla, había desaparecido.
Dejó tirado a Kazuya, que estaba abusando cada vez más de la distancia mínima que le iba a permitir, y salió corriendo a buscarla. Miró en un par de salas contiguas, y en la tercera, una sala de karaoke bastante más reservada, se encontró justo lo que se esperaba. Un chico al que no conocía estaba mirando desde la entrada lo que pasaba. Otro chico, Ichigo, tenía los pantalones bajados y estaba violando a Ayame, totalmente inconsciente. Se acercó al mirón sin que se diera cuenta y lo lanzó por los aires con una llave. Ichigo se giró asustado, pero mientras intentaba subirse los pantalones le estampó la cabeza contra el suelo. Ayame seguía sin ser consciente de nada, así que le subió las bragas, la apoyó contra ella y salió tan rápido como pudo.
Ayame iba recobrando el sentido poco a poco mientras bajaban, pero no paraba de balbucear. Seguramente le habían puesto droga en la cerveza.
Una vez fuera, vio que la lluvia se había vuelto todavía más salvaje que cuando entraron, y apenas podía ver qué había en la acera de enfrente. La alternativa era volver al bar, así que arrastró a Ayame por la calle tan rápido y lejos como pudo.
A los pocos metros, Kazuya y algunos de los chicos de la fiesta la rodearon.
- Midori-chan, sabía que no tendría que haberte dicho que vinieras! - Era Kazuya el que gritaba, rompiendo el corazón de la muchacha. - ¡Ésta es nuestra fiesta! ¡Es el fin del mundo!¿No ves esta lluvia?¡Dicen en las noticias que se acerca una ola gigante, un Tsunami, aquí, a Tokyo!¡¿Quién eres tú para fastidiarnos la diversión cuando podemos morir?!
Los chicos se fueron acercando cada vez más hasta Midori y Ayame, y empezaron a golpearlas, dando puñetazos y patadas hasta tirarlas al suelo, sin compasión.
Ella plantó cara, pero no pudo hacer nada contra tantos. Estaba a punto de desmayarse, pero entonces algo extraño sucedió. La lluvia se detuvo y el sol se asomó entre las nubes de tormenta, iluminando tan sólo el espacio donde estaban Midori y los demás. Y del cielo cayó como si fuera luz una figura de mujer, una presencia increíble. Cuanto más se acercaba, más notaba el agradable calor que desprendía, y lo bien que la hacía sentir pese al dolor de la paliza que le acaban de dar.
Los chicos se quedaron estupefactos. Incapaces de moverse, seguían manteniendo el cerco a las chicas, pero en la distancia. La presencia aterrizó al lado de Midori, ataviada con un magnífico kimono oscuro con tintes rojos y colgantes dorados. Su belleza era indescriptible a los ojos de un mortal, sus facciones perfectas y su bello peinado no parecían de este mundo. Con un grácil movimiento le ofreció la mano de una piel blanca e inmaculada. Maravillada, hizo acopio de todas sus fuerzas y se incorporó arrodillándose ante ella, y cogió su mano entre lágrimas. La presencia, con una voz poderosa y profunda, habló.
- Mi dulce niña, he visto lo que has hecho. Cómo tu noble corazón ha guiado tus pasos, cómo el honor te ha llamado y tú has acudido en ayuda de tu pobre amiga. - La presencia se giró de golpe hacia el grupo de chicos, con los ojos completamente rojos. - Y vosotros, seres despreciables, habéis abusado de ellas. Habéis herido a estas pobres criaturas, tan sólo porque os creéis superiores, porque creéis que el fin ha llegado y que nadie va a castigaros. - Volvió a girarse hacia Midori. - Yo puedo ayudarte, pequeña. Y tú puedes ayudarme a mí. La Era del Hombre ha terminado y es la hora del nuevo orden. Voy a necesitar gente fuerte, gente con el corazón puro, gente con honor. Así que dime, mi dulce niña, dime: ¿Crees en mí?
Midori alzó su cabeza, sabiendo que era indigna de cruzar la mirada con un ser tan maravilloso. Con lágrimas en los ojos respondió: “Ahora y siempre, mi Diosa”.
Amaterasu sonrió y un halo de luz recorrió primero su ser, y luego el cuerpo de Midori, sanando todas sus heridas, poniéndole una armadura y una lanza de plata en la mano.
- Tu fe acaba de salvar Japón, mi pequeña guerrera, mi primera Ashigaru. Yo ahora debo irme, Kashima aún no ha aparecido y debo ir a detener a Namazu antes de que sea demasiado tarde. Volverás a saber de mí. - Se giró otra vez hacia los chicos. - Todos lo haréis.
Amaterasu desapareció, y al cabo de poco empezaron a escucharse lo que parecían truenos y relámpagos lejanos. Luego el silencio, y luego, el sol.