Empieza la Guerra I: Moscú II

Continuación del relato Moscú, resultado de la victoria de Pedro Rebolledo en el primer torneo storyline de Barcelona.

Empieza la Guerra I: Moscú II

de Albert Mialet

Hachiman

 

Santuario Itsukushima, Japón

La paz y la calma reinaba en el santuario. Después de los días de tormenta que se habían sucedido sin cesar, todo Japón estaba agradecido por el descanso y disfrutaba de esta temporal tranquilidad.

El monje que meditaba delante del Honden, el edificio principal del santuario, parecía un elemento totalmente ajeno a los días de terror que el mundo había vivido en las últimas semanas. En posición de flor de loto, parecía un elemento de decoración más del templo, una estatua que no se había movido de de allí en años. Era uno con el aire que atravesaba las puertas, uno con el agua del mar que los rodeaba, e incluso uno con el fuego que habitaba en su interior. Pero poco le iba a durar.

De la nada se formó un puente en el mar, atravesándolo y dirigiéndose al lugar de meditación del monje, que no se inmutó. Era un puente precioso, lleno de color y de luz, flotando de forma imposible hacia el santuario. Desde el otro extremo empezó a aparecer una figura celestial: la diosa Amaterasu cruzaba el puente Ama-no uki-hashi con elegancia, soltando destellos de luz a su paso. Los peces revoloteaban felices a su alrededor, conscientes incluso en su ignorancia de estar delante de un ser supremo. El monje abrió los ojos cuando ella llegó a su lado.

- Amaterasu. Es un honor volver a gozar de tu presencia y tu hermosa visión. - dijo el monje con una voz cálida y amable.

- No soy merecedora del cumplido, Hachiman, pero muchas gracias por tus palabras.

- Dime, Diosa del Sol, ¿qué motivo te ha hecho dejar el Takamagahara para venir hasta aquí a verme? ¿Echabas de menos la tranquilidad de Itsukushima?

La Diosa miró a su alrededor - Nunca me cansaré de ver las maravillosas creaciones de los mortales, especialmente de una tan espectacular como este santuario, pero no es por su visión que estoy aquí. He venido a verte a ti. Necesito que te pongas la armadura.

Hachiman apartó la mirada de Amaterasu y la posó en el horizonte tras el mar. La paz interior que había conseguido durante los ejercicios de meditación se estaba yendo, y poco a poco era sustituida por tristeza.

- Después de tantos años y de conseguir volver desde el olvido, hay cosas que nunca cambian.

- Sabes que no te lo pediría si no fuera realmente necesario, pero una guerra está a punto de empezar, y necesito a su Dios.

Hachiman siguió disfrutando de la apacible vista durante un rato más, sin decir nada. Luego se levantó y se fue.

 

Moscú, Rusia

Sintió la llamada tan solo con poner el pie en la ciudad, y se dirigió hacia su origen en la Plaza Roja de inmediato. Amaterasu tenía razón, ya había alguien dirigiéndose hacia el punto de poder, un gaijin manco muy grande con barba y pelos del color del fuego. Hachiman invocó su armadura y su espada de llamas y se dirigió corriendo hacia él, y cuando llegó le asestó un golpe que lo lanzó de pleno contra una campana enorme.

Mientras Tyr estaba en el suelo aún sorprendido, se acercó a él levantando la katana, preparándose. Le asestó un golpe, pero rodó y lo esquivó por muy poco, haciendo que la campana recibiera la estocada de lleno. Ésta se rompió por la mitad y cayó encima de una familia de turistas, que fueron aplastados. Tyr cogió su espada y se lanzó con un grito contra el samurai, que interceptó el golpe. Dejó ir toda su furia y empezó una cadena de golpes salvaje, pero Hachiman los paró todos con maestría. Ahora se lanzó él con su katana, y Tyr decidió cambiar la táctica tirándose al suelo y rodando para atacar por el flanco. Le clavó la espada en el costado derecho, haciendo mella a la armadura, pero no tocó carne. Hachiman se giró y embistió con toda su fuerza contra Tyr, que paró el golpe, pero el dios japonés le dio una patada y lo tiró al suelo. Tuvo que detener los golpes desde allí hasta que consiguió rodar y levantarse. Los dos guerreros se pusieron otra vez en posición de combate y volvieron a la carga.

Cada vez que uno de los dos cedía, el otro recuperaba terreno inmediatamente, era una lucha terriblemente igualada. Muchos turistas huyeron por miedo, pero unos pocos inconscientes se quedaron a verla en la distancia. Las fuerzas de seguridad intentaron intervenir, pero los luchadores los ignoraron y siguieron a lo suyo.

Parecía que el tiempo se hubiera detenido y que el combate no fuera a terminar nunca, pero la luz, la fuente de fe, reclamaba a un vencedor para ella. ¿Quién sería finalmente su campeón?

Hachiman concentró totalmente su fuerza interior y la furia que sentía por haber sido obligado a volver a luchar, y la canalizó en un golpe brutal, el Do Ryu Sen, un golpe de abajo arriba tan fuerte que abrió la tierra. Tyr no pudo detenerlo y lo recibió de lleno, realizándole un profundo tajo en el pecho y dejándolo inconsciente en el suelo.

Con su rival noqueado y sin nadie que lo detuviera, se acercó al punto de poder. Acercó sus manos y toda la luz se concentró en ellas, formando una pequeña esfera etérea. Hachiman podía sentir millones de voces en su cabeza, adorando la Plaza Roja y a la gente que les había gobernado desde allí, las voces del pueblo que había depositado su fe en en ellos durante años. Y ahora, toda esa fe era para el panteón japonés. Sentía por dentro como su poder aumentaba, era una sensación extraña y agradable.

El Dios de la Guerra hizo desaparecer su armadura y volvió a su atuendo de monje. Se acercó a Tyr, que aún sufría en el suelo, y se arrodilló a su lado. Pasó su dedo índice por la herida del pecho y la curó. Tyr abrió los ojos de golpe y lo miró fijamente.

- Ha sido un combate magnífico. - dijo Hachiman con una sonrisa que nada tenía que ver con la careta diabólica de su mempo - Espero que nos volvamos a encontrar.

Hachiman se alzó, cambió su forma por la de una paloma y se fue volando.

 

Castillo de Bran, Rumania

El sirviente subió las escaleras que llevaban a la habitación de su señor tan deprisa como pudo. Llevaba una perilla mal recortada y un pelo largo negro y un tanto salvaje, y llevaba colgando unas cadenas que tintineaban incesantemente mientras caminaba a paso ligero. Estaba ansioso por compartir las noticias con su señor, llevaban ya mucho tiempo preparándolo y por fin había sucedido el primer enfrentamiento. ¡Ya nada podría detenerlos!

Llamó a la puerta, esperó unos segundos y entró. El maestro estaba sentado delante del escritorio y revisaba unos libros muy antiguos mientras una iguana enorme vigilaba plácidamente al lado de ellos.

- Mi señor. - El maestro ni siquiera levantó los ojos del libro. - Los japoneses han conseguido el primer punto de poder, el Dios de la Guerra Hachiman venció en combate a Tyr.

- ¿Tyr está muerto?

- No, Hachiman le perdonó la vida e incluso le curó. El honor japonés, supongo.

- Sí, el dichoso honor japonés, qué desperdicio. - El maestro se levantó y fue a coger un libro de la estantería. - Dile a nuestros agentes en Roma que se preparen. La guerra ha empezado.

El sirviente se inclinó sumisamente y se fue, haciendo un ruido terrible con sus cadenas, y dejando al maestro con sus libros, sus planes y su iguana.