Empieza la Guerrra II: El Coliseo

Storyline del torneo de GdM de Padis (Madrid) del 13 de abril, en el que se decidirá que mitología se queda con el Punto de Poder de Roma.

Empieza la Guerra II: El Coliseo

de Marcos Dacosta

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Algún lugar de Suecia, Marzo de 2013

 

Se aseguró por última vez de que el arma estuviera bien engrasada, lista para realizar la labor con la que los armeros de este siglo la habían diseñado en mente. Todavía no se había acostumbrado a todo ese galimatías extraño repleto de acrónimos y extranjerismos con el que los guerreros distinguían unas armas de otras, pero ello no le impidió admirar la brutal herramienta que tenía ante sí, cada pieza metálica encajando de forma perfecta con las demás, la culata del rifle de asalto reposando en su mano con mil veces más naturalidad que las incontables espadas que había empleado a lo largo de eones.

Y los sonidos. Los sonidos le habían cautivado por completo, encontrando casi hipnótico el seco tintineo de las distintas partes del arma entrechocando entre sí al ser esta desmontada y vuelta a montar. No había sonido más satisfactorio para él que el click que hacía el arma al aceptar un nuevo cargador, hasta el punto de que casi le hacía salivar ante la promesa de próximas batallas. Sin embargo todo ello palidecía ante el atronador rugido del cañón al disparar una ráfaga de balas, el eco rebotando con fuerza casi divina en las cercanas montañas, el campanillear de los casquillos al caer al suelo a modo de delicado punto y aparte tras cada ráfaga. Era difícil no encontrar admirables estos artefactos, mas tuvo que reconocer ante sí mismo un cierto desagrado ante cómo las armas de fuego habían tornado la guerra en algo impersonal, frío, donde los guerreros ya no miraban a los ojos a sus rivales ni terminaban benditos por la sangre de estos a consecuencia de un golpe de gracia.

Llevó la mano a las últimas piezas, reposando estas sobre el mapa de una gran ciudad que, entre nombres de calles e iconos que indicaban lugares de interés, mostraba también restos del líquido empleado para engrasar el arma y huellas dactilares aquí y allí, concentrándose en los bordes del mapa y en las posiciones donde él y los suyos esperaban encontrar alguna resistencia. No había sido sencillo planear esto, el mundo había cambiado y fue difícil para él admitir que se había quedado obsoleto. Era un dios orgulloso. Era un dios fuerte. Encontrar generales dispuestos a servir bajo su mando resultó ser más complicado de lo que en un principio supuso. El medio-gigante compraba a sus lacayos sirviéndose de oro, tal y como siempre había hecho. Era su naturaleza. Él, por otra parte, apeló siempre a la gloria del combate, a la sed de sangre y a la venganza; estandartes bajo los cuales antaño nunca faltaron las espadas. Los tiempos habían cambiado.

Thor se incorporó, las patas de la silla chirriando contra el suelo y, llevándose el arma a los hombros, caminó con paso decidido fuera de la pequeña cabaña de madera que le había servido como cuartel general desde que su presencia se hizo de nuevo conocida en el mundo. Vestía un pantalón con camuflaje invernal y una camiseta negra, sus botas negras dejando profundas huellas en la nieve; aún así nadie en su sano juicio podría haberle confundido por un simple mercenario más, tal era el aura de poder que despedía. Los demás dioses se reunían entre sí, trazaban planes y conspiraciones como mujeres ancianas tratando de emparejar a los jóvenes de una aldea. Otros se habían entregado al vino y a la carne en un patético intento de recuperar el tiempo perdido. No Thor. La cerveza sabía mejor tras una gran batalla. Suyo era el martillo que habría de ensordecer al mundo.

Las aspas de los helicópteros comenzaron a girar, hombres y mujeres elegidos a lo largo y ancho del mundo acudieron raudos a ocupar sus sitios en el interior de las aeronaves, armados con lo mejor que podía suministrar el mercado negro sin alertar a nadie que pudiese estar prestando atención de que un nuevo ejército se estaba preparando en las montañas del norte de Suecia. Y qué ejército era este, pensó admirado el dios del trueno. La guerra había cambiado, sí, pero estos seguían siendo guerreros y, al igual que en milenios ya olvidados, iba a dirigirlos a la victoria.

Puede que no hubiera bombas atómicas en aquellos tiempos antiguos, pero Thor tenía algo guardado en su manga. Se subió a la cabina de uno de los helicópteros y dio orden de despegar al resto de la flota. Era hora de hacer saber al mundo que la Edad de los Vikingos había vuelto y su más terrible dios con ella.

 

Gifu, Japón, Marzo de 2013

 El viento sopló sobre las copas de los árboles, formando ondas caprichosas desde la ladera de la montaña hasta la parte más densa del bosque en el corazón del valle. El sol se resguardaba tímido tras un velo de nubes bajas, la neblina añadiendo un cierto halo irreal a esa ya de por sí hermosa zona de la prefectura de Gifu. Lejos, varios kilómetros al este, podían adivinarse tradicionales tejados de madera esbozados contra el horizonte; un lugar todavía sin deformar con edificios de oficinas y Love Hotels. Había pureza allí. Una pureza apenas perturbada por el paso de los milenios que cantaba bajo los susurros de las ramas.

Allí, en un diminuto claro y sin realizar el más mínimo sonido, una figura envuelta en ropajes tradicionales blancos y grises danzaba junto a su lanza, las manos firmes en el arma, la hoja silbando con cada movimiento preciso y veloz. Sus pies se deslizaban sobre la hierba, apenas haciendo rodar alguna piedrecilla mientras continuaban siguiendo los pasos requeridos en cada movimiento. Apoyó su peso sobre su pierna izquierda y, con un giro, se sirvió de la inercia para realizar una última estocada a un enemigo invisible. Alzó a continuación su brazo izquierdo para bloquear un posible contraataque y se sirvió entonces de un movimiento de cadera para impulsar la parte de atrás de su lanza contra el espacio de aire a su espalda. Juntó entonces sus pies de nuevo, enderezó su espalda y apoyó la hoja de su lanza contra el suelo, siempre con los ojos cerrados.

Aji-Suki-Taka-Hi-Kone dejó escapar el aire de sus pulmones, formando este algo de vapor. El cielo respondió con un guiño de luz y un rugido satisfecho unos pocos segundos más tarde.

La deidad había realizado este ejercicio durante más días que estrellas adornaban el firmamento, cada pequeño paso y gesto grabado a fuego en su memoria inmortal. Perderse en él tan sencillo y natural como respirar lo era para un mortal. La paz y la serenidad que le reportaba la repetición mecánica de esos movimientos acallaban por unos instantes la tempestad dentro de sí, el grito cargado de furia y poder que se asomaba a su garganta cada vez que algo hacía flaquear su férrea concentración. Él era el dios del trueno y los cielos cantaban con él. Permaneció unos instantes más en silencio contemplativo, dejando que el viento le rodease acariciando su rostro y haciendo ondear los cabellos sueltos a causa del ejercicio. A pesar de su soledad podía sentir a lo lejos a los demás dioses, su fuerza evidente incluso a océanos de distancia. Algunos dioses eran capaces de disfrazarse de mortales, ocultando su chispa divina a ojos curiosos, pero Kone no veía honor en ello. Rehuir un desafío habría llenado de vergüenza no solo a él, sino a todo el panteón de dioses que representaba. Las batallas entre las distintas deidades eran inevitables y él tenía que prepararse para ellas.

Abrió los ojos de nuevo y se dispuso a iniciar de nuevo su metódica y letal danza, cortando otra vez el viento con la hoja de su arma, los pies firmemente plantados en la tierra; mas algo le sacó de su concentración, un sonido a duras penas audible bajo los primeros bostezos de la tormenta, una hoja de papel navegando los vientos a través de kilómetros y kilómetros de distancia, dejándose agitar con violencia hacia el claro donde se encontraba Aji-Suki-Taka-Hi-Kone. Con un rápido movimiento este capturó entre dos dedos la blanca nota y, apoyando la lanza en su hombro, usó sus dos manos para sujetar el mensaje. Si el dios leyó algo en los símbolos contenidos en la hoja su rostro no traicionó emoción alguna, otro feroz rayo seguido de su correspondiente trueno fue la única respuesta que pareció producirse.

Acto seguido la deidad dobló la nota hasta formar una hermosa figura y la depositó sobre la hierba. Usando su lanza a modo de bastón, Kone comenzó a caminar en dirección al oeste, al principio con calma, pero luego la calma se tornó en rápidos y veloces pasos entre los árboles, casi compitiendo contra el viento por ver quién era capaz de llegar antes a su destino. Y la tormenta le siguió por todo el valle refunfuñando de forma atronadora. Su objetivo estaba claro, el honor de su panteón pendía pues de su acción en aquellas tierras extrañas. Los oráculos habían hablado y los dioses mayores habían puesto en él su confianza. El dios se prometió que, incluso a continentes de distancia, estos escucharían su grito de victoria.

 

Roma, Abril de 2013

 A primeras horas de la tarde una serie de explosiones sacudió la ciudad eterna, llenando los grises cielos de humo y el asfalto de la calle con cristales y escombros. El caos fue absoluto, la atención del mundo entero fijada en la capital de Italia desde que lo acontecido llegó a las redes sociales apenas veinte segundos más tarde. Las aceras se llenaron de policías, “carabineri” y aterrados civiles que regresaban aterrados a sus casas u hoteles: una patada a un hormiguero de casi tres millones de almas. Fue entonces cuando llegaron los helicópteros y comenzó el fuego en las calles; un ejército compuesto por experimentados mercenarios, veteranos de más guerras de las que muchos países reconocen, contra una primera fuerza de choque compuesta por equipos especiales de la policía sin apenas conocimiento de su trabajo y policías que no habían disparado jamás un arma fuera de la galería de tiro.

La galería Borghese, los museos Capitolinos, el Vaticano. Los helicópteros dejaban descender grupos fuertemente armados que irrumpían con violencia en algunos de los lugares más seguros de la ciudad arma en ristre y sin ningún reparo en asesinar a cualquiera que pudiese interponerse entre ellos y las valiosas obras de arte contenidas en aquellos edificios. Un golpe bien coordinado y que buscaba aprovecharse de una ciudad que todavía no había recuperado el aire tras la cadena de atentados de la tarde. Camiones blindados servían para desplazar las obras más pesadas o voluminosas desde el museo hasta algunas localizaciones seguras en la ciudad donde otros helicópteros de carga esperaban para llevárselas al norte, ocultos entre las gigantescas columnas de humo.

Había pasado casi un milenio desde los tiempos en que terribles hombres del norte caían sobre las ciudades sureñas exigiendo rescates en oro y joyas a cambio de no saquear la ciudad y pasar a cuchillo a todos sus habitantes. En ese milenio las ciudades se habían convertido en metrópolis donde las murallas eran edificios de oficinas y las riquezas se guardaban en ordenadores, pero las expresiones de pánico y miedo entre los habitantes de la urbe seguían siendo las mismas. Thor sonrió orgulloso mientras paseaba triunfal por una de las calles principales, un comando de guerreros detrás suyo, sembrando muerte con fría celeridad. Sí, ya no había gloria en la guerra, la canción del Berserker ya no hacía hervir la sangre de los hombres ni empañaba sus ojos con ensueños de fuego y acero; pero ningún mercenario que se precie de tal sería capaz de rechazar la oferta de saquear una ciudad entera, su paga una parte de todas las obras de arte obtenidas durante la operación. La deidad nórdica había tardado mucho tiempo en preparar el ataque, pero merecía la pena. Que sus soldados tomasen aquello que quisiesen, la verdadera joya de la corona era solo para él.

La alarma de su reloj le arrancó de sus pensamientos. Había pasado una hora. El ejército italiano ya había llegado. El sonido de un tanque desplazándose por la calle a toda velocidad puso en guardia a sus mercenarios. Thor no borró su sonrisa. El tanque entró en la calle, una columna de soldados avanzó junto a este, rifles en posición. Helicópteros de combate cortaron el cielo, dispuestos a espantar de la ciudad eterna a la nube de aeronaves que servían de aparato logístico a los mercenarios nórdicos. En efecto los mortales de hoy en día contaban con impresionantes herramientas a su disposición, pero el dios del trueno había contado con ello y decidió que era momento de recordar al mundo contra quién se estaban enfrentando.

Alzó un walkie-talkie y dio una breve orden, sus ojos azules chispeando con energía.

La calle se abrió con violencia, asfalto apedreando los edificios cercanos, cañerías y cables eléctricos rompiéndose mientras desde las entrañas de la tierra un gigante se alzaba contra el naranja del atardecer. El tanque abrió fuego contra la gigantesca criatura, sirviendo de poco más que para atraer la atención de esta hacia los soldados. Sutur, tal era su nombre, rugió con ferocidad, provocando una lluvia de cristales en los edificios más cercanos. Entonces llamó al fuego, y este cubrió al gigante, las llamas danzando sobre su piel de piedra. Una de las cañerías de gas, expuestas por la irrupción del titán, explotó llevándose consigo la fachada de un edificio colindante. Fue entonces cuando Sutur se abalanzó contra los enemigos de su dios y la ciudad de Roma se llenó de fuego, gritos y tanto humo que, cuando finalmente anocheció, nadie pareció darse cuenta.

Thor y su grupo de élite avanzaron por las calles desiertas, cadáveres y coches ardiendo los únicos testigos de su presencia. Frente a él se alzaba el motivo por el cual había venido hasta la ciudad, la razón de todo este caos y destrucción. La estructura había sufrido el paso de casi dos milenios, algunos de sus muros poco más que ruinas, pero incluso estas habían logrado atrapar una buena parte de la majestuosidad del edificio original. Si Thor cerraba los ojos podía todavía escuchar el rugir del populacho romano mientras festejaban cada gota de sangre derramada en la arena, el horror en sus gargantas cuando alguna fiera salvaje arrastrada desde las ignotas fronteras del imperio lograba atrapar finalmente a algún gladiador popular. Con el paso de los siglos el lugar había sido abandonado, entregado a la naturaleza, las zarzas creciendo en su interior mientras los habitantes de la ciudad apuraban el paso bajo su sombra pues lo temían embrujado por los demonios paganos de aquellos tiempos antiguos. Hoy hordas de turistas lo asediaban guiados por nativos disfrazados de antiguos centuriones. A pesar del olvido, de la indignidad, de la ruina, el Coliseo recordaba. El dios del trueno sintió cómo el poder inflamaba su espíritu.

Fue entonces cuando reparó en que no era el único dios en la ciudad, una presencia brillando con fuerza le aguardaba dentro del viejo anfiteatro. La furia del dios nórdico se hizo patente en su cara y apresuró el paso hacia el interior del edificio. Pronto las piedras del suelo dejaron paso al crujir de la arena. Una figura aguardaba allí, lanza apoyada contra el hombro, ojos cerrados y expresión serena. Los mercenarios de Thor apuntaron a Aji-Suki-Taka-Hi-Kone y se separaron de su señor, atentos a cualquier movimiento súbito del dios japonés. Finalmente el de la lanza abrió los ojos y reconoció al nórdico. Fuertes vientos comenzaron a barrer el humo hacia el oeste, nubes aún más negras y peligrosas comenzaron a cubrir la ciudad eterna, brillos de fuego producto del rastro de destrucción que el gigante de fuego dejaba a su paso reflejándose en ellas.

- Tú -se limitó a decir Thor al reconocer al otro dios del trueno. Un fogonazo de luz iluminó el coliseo brevemente.

Por respuesta, Kone permitió que el cielo rugiese por encima de Sutur.

- Puede que seas poderoso en tu isla, oriental, pero en estas costas el trueno solo responde ante su verdadero señor –continuó el nórdico en voz alta y con una sonrisa confiada-.

- Tú también estás lejos de tu tierra –murmuró Aji-Suki-Taka-Hi-Kone, y ese simple murmullo hizo estallar los focos de luz que todavía alumbraban el coliseo, los mercenarios de Thor llevándose las manos a los oídos, intentando protegerse demasiado tarde de la voz del dios del trueno japonés-.

Thor se llevó una mano a su oído derecho y observó sangre al retirarla. El poder del lugar inundó por completo al dios nórdico, una sonrisa feroz asomándose en su pálida cara.

- Esto no nos va a hacer falta –dijo el señor de los vikingos dejando caer el rifle de asalto a la arena y empuñando el Mjöllnir-.

A pesar de todo su control, Kone no pudo evitar una mueca de preocupación ante la visión del martillo. Asintiendo, más para sí mismo que para su enemigo, el dios del trueno japonés hizo girar su lanza con un movimiento rápido y fluido, adoptando la posición inicial que tantas veces había dado inicio a sus entrenamientos. Cerró los ojos en un momento de concentración.

Cuando los abrió, Thor cargaba contra él con todo el poder del trueno.

Arriba, en las nubes, se formó la gran tormenta. Y esta no dejaría Roma nunca más.