Estación de Paso

 

ESTACION DE PASO (2º PARTE DE ULTIMA ESTACION)

De Marcos Dacosta

ilustracion : Asier 

Una cacofonía de ruidos afilados hacía eco en la oscuridad, cada pequeño sonido tornado estridente en contraste con el ominoso silencio que reinaba en este reino subterráneo. Pies etéreos protegidos por unas finas sandalias caminaban con sobrenatural silencio sobre baldosas antaño blancas mas ahora moteadas por mugre y décadas de abandono. En algún punto desconocido de las tinieblas, una gota de agua caía rítmicamente, en una cierta cadencia que se le antojó como una vil burla de una de esas fuentes de agua tan típicas de los hermosos jardines de su señora, el tranquilizador sonido del bambú contra la piedra al volcarse el agua desde el caño; mas aquí abajo cosas como la luz del sol desperezándose entre las flores del cerezo eran del todo alienígenas. Si hacía frío, ella era incapaz de sentirlo. Cuando los dioses te otorgan su protección muchas cosas dejan de tener importancia alguna. Midori avanzó con paso sereno por la estación abandonada, ojos cerrados y cabeza gacha, sin necesidad de abrir los ojos más que en contadas ocasiones a fin de escudriñar brevemente la negrura que la había tragado, cerciorándose de que sombra ninguna se desperezase más allá de su campo de visión para abalanzarse contra ella y añadir su sangre a la suciedad bajo sus suelas. Su señora le había encomendado descender hasta las olvidadas y putrefactas entrañas de la ciudad armada tan solo con una misión y una advertencia. Si el hecho de hallarse sepultada varios metros bajo el asfalto urbano perturbó a la muchacha, la expresión de esta no traicionó indecisión alguna. Impávida, de un blanco fantasmal, una belleza común pero tocada por lo divino. Ella era la Ashigaru de la diosa Amaterasu. Siguió caminando con movimientos elegantes y corteses, su expresión serena y sus ojos cerrados, mientras los bajos de su delicado kimono rosa acariciaban con delicadeza el suelo de la estación. Abrió los ojos nada más escuchar el inconfundible sonido de plumas frotándose unas con otras, como un jilguero sacudiendo sus alas dentro de la jaula. Midori trató de encarar el sonido, tarea inútil a causa del eco del lugar, intentando tornar la penumbra en silueta y localizar así a quien había sido enviada a encontrar allá abajo. Otro sonido de alas agitándose en las tinieblas a su espalda le hizo volverse con rapidez, su calmada apariencia rompiéndose con cada insoportable segundo de silencio y duda. Una solitaria gota de sudor descendió por su nuca provocándole escalofríos. La muchacha tomó una bocanada del aire viciado y cargado de polvo y trató de recuperar el control latido de corazón a latido de corazón.

Midori volvió a abrir los ojos y decidió romper el terrible silencio. - O Tengu-sama, mi señora Amaterasu os envía sus saludos –dijo la chica acompañando la cortesía con una reverencia al vacío-. - ¿Amaterasu? ¡Bah! –bramó una voz grave y fanfarrona-. ¿Qué quiere tu señora de mí, niña? Tengo asuntos aquí abajo, ¡no voy a perder el tiempo con grullas de papel y ceremonias de té! Hubo más ruido de alas en la oscuridad, hasta que una solitaria bombilla se encendió sobre la Ashigaru, iluminando con cansada luz amarilla una pequeña parte del oscuro andén. Unos pasos sonoros y con aire marcial sonaron más allá del claroscuro, hasta que la imponente figura del O Tengu se asomó a la luz. El demonio de piel roja transmitía un aura de respeto, sus ojos feroces enmarcados por su leonina melena blanca inspeccionaban a la muchacha con intensidad, mas en unos instantes la expresión de la criatura pareció relajarse y una sonrisa bravucona se asomó bajo su larga nariz. Al lado del demonio una silueta más pequeña se asomó a la claridad con paso tímido. Un hombrecillo con gafas rotas, aspecto demacrado y lo que antaño habría sido un traje mas ahora era poco más que harapos llenos de manchas y agujeros miraba embobado a Midori. Esta decidió ignorarlo por el momento. Tenía una misión que cumplir, y una advertencia que tener en cuenta. Decidió lanzar una bola curva al orgulloso O Tengu. - Mi señora Amaterasu sabe que habéis enviado a vuestros sirvientes a explorar el mundo humano, O Tengu-sama –habló la muchacha con tono educado y suave, claro contraste con la voz de su interlocutor-. A pesar de lo que queráis aparentar, el destino de los humanos y de este mundo es algo que os preocupa. - ¿Amaterasu sabe lo de mis observadores? –preguntó con clara confusión el demonio mientras se rascaba la cabeza, para acto seguido dejar escapar su temperamento con histriónicos movimientos sacados de una obra de teatro Kabuki -. ¿¡Pero cómo se ha enterado?! ¿¡Ha sido alguno de vosotros?! ¡No servís para nada! Hubo ruido de plumas y algún que otro graznido removiéndose más allá de la vista de Midori, quien logró con éxito evitar una sonrisa divertida que sin duda habría encolerizado aún más al demonio. - De acuerdo, niña. Es verdad que tengo un ojo puesto en lo que pasa ahí fuera, ¡y los humanos son demasiado divertidos como para dejar que les pase algo malo! ¿Verdad, Umehara? –dijo el O Tengu palmeando la espalda al sorprendido hombrecillo que se limitó a asentir nervioso-. Sí, ¡además está claro que tu señora necesita de mi ayuda! Por suerte soy un Tengu honorable y... ¡vosotros dejad de reíros! ¡¿Os creéis que no os escucho?! ¡Bah! La muchacha realizó una ligera reverencia en dirección al demonio rojo. - Mi señora agradece vuestra ayuda, O Tengu-sama –continuó Midori ignorando las miradas furibundas que su anfitrión lanzaba a las sombras-. Es un honor poder... Un ensordecedor rugido se abrió paso desde el fondo de algún oscuro túnel lejos, muy lejos de la trémula luz de la bombilla, ahora temblando casi al mismo ritmo que la maltrecha figura del hombrecillo llamado Umehara. El gran Tengu miró en dirección a la oscuridad y adoptó una teatral postura de combate mientras llevaba la mano al gigantesco arma que colgaba de su cinto. - ¿¡Qué ha sido eso?! –preguntó el O Tengu. - Mi señora me ha enviado para advertiros que no solo los dioses han despertado, sino también otras criaturas antiguas y terribles –explicó la muchacha con rapidez-. El demonio rojo mantuvo la mirada sobre Midori durante un breve momento. - ¡Karasu Tengu, seguid a vuestro señor! –ladró el gran Tengu con furia-. ¡Niña, conmigo, y tráete a Umehara! ¡Vamos a necesitar algo de cebo! Midori frunció el ceño y, cogiendo la mano de un todavía tembloroso Umehara, se adentró en la oscuridad siguiendo las atronadoras risotadas del demonio rojo. Al cabo de unos minutos estas cesaron por completo, dejando a ambos mortales completamente perdidos en los túneles subterráneos. La Ashigaru se detuvo un instante, tratando de orientarse en la opresiva negrura. Tal era el silencio que, de no haber sido por la nerviosa y sudada mano de Umehara casi podría haber jurado que estaba sola allí abajo. Entonces una fuerte luz la obligó a cerrar los ojos con un quejido de dolor. - T-tengo una linterna y... – tartamudeó el hombrecillo. Midori iba a responder cuando otro sonido se escuchó justo al lado suyo. - Shh –susurró el O Tengu, cuya roja e impotente figura estaba siendo ahora iluminada por la trémula linterna de Umehara-. Está justo delante nuestra. La muchacha y el hombrecillo se miraron durante un momento. La linterna dejó de alumbrar al Tengu para, inspeccionando un poco las vías del metro, terminar parando sobre lo que parecía un gigantesco montón de carne color púrpura. Luego unos cuernos retorcidos. Entonces unos terribles ojos amarillos se abrieron, pupilas completamente dilatadas bajo la luz artificial. - ¿Qué es eso? –susurró Midori, el blanco de su cara causado por el miedo en lugar de por maquilaje. - Mon no Oni –respondió con curiosa calma el demonio rojo-. Todo está bien mientras... Umahara dejó escapar un grito agudo y se abalanzó hacia la oscuridad intentando escapar del gran demonio púrpura. El chillido del hombrecillo fue respondido con celeridad por otro feroz rugido del Oni. Hubo un mero segundo de indecisión antes de que Midori y el O Tengu comenzasen a correr detrás de la linterna de Umehara, las pesadas zancadas de Mon no Oni haciendo temblar los viejos túneles de metro, graznidos de los Karasu Tengu tratando de detener al gigantesco demonio el tiempo necesario para dar un respiro a su señor. Sin embargo estas distracciones no servían de mucho, el Oni avanzando con hambre y rabia, sus ojos puestos en aquel punto de luz y en las dos siluetas enfrente suya. Con un bramido, el O Tengu desenfundó su espada y, con gestos teatrales, se dio media vuelta dispuesto a enfrentarse a su rival. - Niña, será mejor que sigas corriendo, ¡voy a intentar detener al Mon no Oni! –clamó el demonio rojo, su melena blanca, visible aún en esta penumbra, dándole un aspecto aún más salvaje. Midori asintió, dispuesta a continuar la huída cuando se detuvo observando que no estaban tan lejos de la estación donde había encontrado al poderoso O Tengu por primera vez. La luz de aquella vieja bombilla amarilla proyectaba tímidas sombras sobre las vías del tren. A la Ashigaru se le ocurrió una idea. - O Tengu-sama, ¿hay electricidad aquí abajo? – preguntó de súpito la muchacha. - ¡Pues claro, niña! Son cables viejos pero aún funcionan –rió el gran Tengu, espada en mano y expresión desafiante, esperando a que el Oni asomase sus cuernos en cualquier instante-. Umehara es quien conectó los cables a... - ¡Sígame! –chilló Midori cogiendo al O Tengu del brazo y empujándole hacia la luz.   El Oni olfateó el lugar, buscando el rastro de sus presas. Era fácil seguir al hombrecillo, el hedor de la orina marcando con claridad el camino de este a través del laberinto de túneles y vías. No obstante Mon no Oni estaba interesando en las otras dos criaturas. Había notado su poder y era un bocado demasiado delicioso como para dejarlo pasar. Demasiadas horas en la oscuridad devorando a bocados cadáveres medio putrefactos. No, él necesitaba poder. Y esas criaturas, el demonio rojo y la mujer, hedían a poder. Los habría alcanzado antes pero esos malditos cuervos se lo habían impedido. El gran demonio púrpura notó algo húmero en sus dedos. Se los llevó a la nariz y aspiró. Sangre. Sangre humana. Eso le hizo sonreír, su boca llena de dientes afilados e irregulares. Siguió el rastro, casi saboreando la dulce carne de la muchacha en su boca cuando llegó a un lugar iluminado. Frente a él, la muchacha humana. Su garganta dejó escapar un gorgoteo que pretendía ser una risa. Dio unos pasos adelante y se preparó para abalanzarse sobre ella. Fue entonces cuando advirtió que la mujer tenía una cuerda negra en sus manos y que este parecía echar chispas.   Midori dejó caer el cable eléctrico sobre las vías del tren. El Oni se desplomó como impactado por un rayo. Ella no sabría hasta días más tarde que había dejado sin luz a varios barrios de la ciudad de Tokyo. Los tres se acercaron hasta el cuerpo del gigantesco demonio púrpura. - ¿E... E-está muerto? – susurró Umahara asomando su cabeza desde detrás de una columna. - ¿Muerto? ¡No tendremos tanta suerte! –bramó el O Tengu-. ¡Y no esperes que te de las gracias, niña, yo podría haberme encargado del Oni por mí mismo! ¿Entendido? - Por supuesto, O Tengu-sama, ¿informo pues a mi señora de que aceptáis luchar a nuestro lado? –preguntó con dulzura Midori mientras se enjugaba el sudor de la frente, mirando de igual a igual al orgulloso demonio rojo. - ¡Bah! ¡Cuenta con nosotros, niña! –rió de nuevo el gran Tengu y dio otra palmada a la espalda del hombrecillo-. ¡Con todos nosotros! Umehara ahogó un sollozo.