La decisión Azteca

LA DECISION AZTECA 

de Antonio Montenegro

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Huitzilopochtli estaba sentado en una sala cerrada dentro de la Basílica de Guadalupe. Era una cámara desusada, antes que la abrieran sus servidores se había encontrado llena de polvo y telarañas. El poder que tenía Huitzilopochtli en esta época era solo una fracción del que tenía antes, lo mismo los otros dioses aztecas, por lo que las reuniones entre ellos siempre debían de ser en algún sitio nuevo. Era algo irónico que decidiera juntarlos en un sitio que representaba la religión que les había quitado seguidores y poder. A pesar de que se habían producido suficientes apariciones de los viejos dioses aztecas, la gente se ceñía a sus creencias.

 

Uno a uno empezaron a llegar los otros dioses. Chicomecoatl fue la primera en llegar, y como siempre, Quetzalcóatl fue el último. Ser el dios de la sabiduría le permitía saber cuándo todos los dioses estarían ahí y llegar después para no perder su tiempo.

 

Huitzilopochtli sostenía el papel verde en sus manos. Era la razón por la que había convocado a todos. A pesar de que su poder había disminuido, aún tenía el suficiente para que cuando pidiera algo los otros lo obedecieran.

“Quiero que esto sea lo más corto posible, sé que todos vosotros estáis ocupados en vuestros esquemas para conseguir más poder.”

 

“Pues creí que por eso nos habías llamado.” Interrumpió Xipetotec. “Para que distribuyéramos mejor las regiones y hiciéramos un plan en conjunto para expandir nuestra red de poder. No me parece justo que algunos de nosotros” en ese momento miro fijamente a Chalchiuhtlicue, “hallan decidido apoderarse de alguno de los puntos más importantes, y que tu hallas prohibido un enfrentamiento entre nosotros…”

 

“Yo fui el que le recomendó prohibir eso,” dijo Quetzalcóatl, “tienes que darte cuenta que somos los más viejos de los dioses, y hay cosas que nosotros sabemos que los jóvenes no saben. ¿No crees que si los Griegos o los Nórdicos nos vieran peleando por Tenochtitlan, como quieres hacer, no sospecharían que haya algo ahí más importante que viejas estructuras? Descubrirán como usar los nodos…”

 

“¡Suficiente!” retumbo la voz de Huitzilopochtli, ocasionando que incluso las paredes temblaran un poco. “¡No os he llamado para debatir mis decisiones! ¡No habrá conflicto sobre estos puntos como he ordenado!”

 

“Entonces…” sonrió la macabra cara de Mictlantecuhtli “tal vez deberías de decírselo más claramente a Coatlicue, que está metiendo sus narices en mis asuntos…”

 

“¡Eso es porque estas matando indiscriminadamente a la gente!” grito la diosa.

 

“Eso es gracioso… uno de nosotros hablando en contra de matar gente. ¿Qué eran todos los sacrificios que demandábamos antes?”

 

“¡Silencio! ¡Nadie más hablara hasta que yo haya terminado!”

 

Todos los dioses callaron y vieron fijamente a Huitzilopochtli. Nadie, ni siquiera el poderoso Xipetotec se atrevería a enfrentarse a el dios de la guerra.

 

“He recibido un mensaje de Amaterasu. Quiere que nos reunamos en un sitio que ella determinara para hablar sobre los problemas que tiene el mundo ahora. Os he llamado acá para discutir, de forma civilizada, si debemos asistir o no.”

 

Xipetotec fue el primero que hablo. “¿Cuántos de nosotros asistirán?”

 

“Aquellos que quieran acompañarme y no estén dispuestos a crear problemas. Pero primero es la pregunta de si deberíamos ir o no.”

 

“Sabes que si vamos probablemente intenten sacarnos algunos de nuestro secretos.” Dijo Tlaloc, siempre frio y calculador.

 

“Secretos que los egipcios ya tienen, ellos también entienden el secreto de los puntos de poder.” Dijo Quetzalcóatl. “No creo que estén convocando una reunión para aprender de nosotros.”

 

“Yo digo que no vayamos. A mí no me interesa reunirme con ningún otro dios, a duras penas si me gusta juntarme con vosotros… “dijo Mictlantecuhtli.

 

“Esa es tu opinión… yo creo que en la unión hay la fuerza, y que deberíamos de al menos ir a oír que es lo que quieren.” Xipetotec siempre le interesaba hablar con otros dioses, para aprender de ellos.

 

“Es una decisión difícil, pero estoy seguro que de ella dependerá nuestro futuro…” termino Huitzilopochtli, mientras contemplaba las expresiones de los dioses ahí reunidos. No pudo evitar ver que Mictlantecuhtli parecía algo nervioso.