La decisión Egipcia

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LA DECISION EGIPCIA

de Oriol Villanueva

El sacerdote bajaba las escaleras despacio, llevaba ya un buen rato descendiendo hacia las estancias privadas del dios Thot, que se encontraban en el nivel más profundo del Templo.

 

Thoth se encontraba atravesando las puertas hacia el espacio infinito a través de la meditación y nadie podía molestarlo. Solo Ra, el Dios Sol, tenía poder para ello y era precisamente su llamada la que había llevado al sacerdote a interrumpir la meditación estelar del dios del tiempo.

 

Reinaba un profundo silencio en las estancias personales de Thot. Apenas existía iluminación, solamente la procedente de dos velas dispuestas sobre una mesa, junto a un cuenco con agua. En el centro de la habitación, sentado en el suelo con las piernas entrelazadas, se encontraba el dios con cabeza de Ibis, cuya silueta apenas se adivinaba en medio de la penumbra. Su respiración era tan pausada que si alguien hubiera querido sentirla, habría tenido que pegar el oído a su pecho. El sacerdote se sentó frente a él, imitando su postura. No era sencillo traerle de vuelta del espacio infinito, no serviría llamarle ni tocarle. Su mente estaba lejos, en lugares que el sacerdote no entendería ni conocería jamás. La única certeza que tenía era que Thot permanecía unido a su cuerpo mediante un débil vínculo, y que ese vínculo sería el canal para traerle de vuelta.

 

Extrajo una flauta de madera labrada de entre los pliegues de su túnica. Un instrumento sumamente sencillo con tan solo cuatro orificios, consciente de que no hay idioma más universal y potente que la música;  comenzó a tocar una melodía suave y rítmica, repitiendo las mismas notas una y otra vez. Tal era la concentración con que se había entregado a su tarea que no era capaz de saber si habían pasado minutos o si, tal vez, habían sido horas. En algún momento, en esa cámara atemporal, la respiración del dios Thot se volvió más firme y fuerte. Su pecho se movía respondiendo al compás de sus inspiraciones y espiraciones, y poco a poco le siguió el resto de su cuerpo, dando signos de que su mente había regresado. Por fin abrió los ojos, mirando fijamente al sacerdote. El hombre se apresuró a entregarle su mensaje sin más preámbulos.

 

-Mi señor, lamento haberos despertado. Ra os reclama, necesita urgentemente vuestro consejo y he de llevaros hasta la tienda desde donde dirige la construcción de las nuevas pirámides.

-¿Las nuevas pirámides? -La voz de Thot era suave y profunda, nunca la elevaba, sencillamente porque no era necesario; sus escasas pero certeras palabras siempre tenían la atención de quienes le rodeaban. Se levantó con parsimonia, colocándose junto al sacerdote, a quien casi doblaba en estatura. Por el camino, el hombre le relató todo cuanto había acontecido en el mundo material durante su ausencia.

 

 

 

Pese a que la noche había caído horas atrás, los hombres seguían trabajando sin descanso en la construcción de las pirámides. Thot se dirigió directamente al interior de la tienda, cuya entrada se encontraba flanqueada por dos robustos guardias que se hicieron a un lado para dejarle pasar. El espacioso interior estaba atestado de gente: criados, músicos, guardias,  y para su sorpresa un buen número de dioses, todos ellos revoloteando alrededor de Ra, cuya sola presencia iluminaba la estancia, creando la ilusión de que, en aquel lugar, la luz del día no se había ido con el ocaso. En cuanto el dios Sol vio aparecer a Thot, ordenó inmediatamente que todos los presentes, salvo los dioses, los cuales tomaron asiento a ambos lados de la mesa dejando en el centro la silla vacía de Ra, abandonaran la estancia.A la derecha del asiento del Dios del Sol se colocaron, Osiris el predilecto junto a su hermana Isis y el hijo de ambos, el joven y valiente Horus. El último asiento lo ocupaba el hermano de Osiris, el iracundo Set que como siempre tenía aspecto de no estar muy contento. A la izquierda tomaron asiento Anubis junto con Hator y Bastet que no dejaban de reír y compartir confidencias.

 

Ra acercándose a él, le tomó del brazo en muestra de afecto sincero.

 

-Siento haberte interrumpido, pero debemos tratar un asunto importante y de gran urgencia.

 

-¿Tiene algo que ver con esas nuevas construcciones que has ordenado comenzar?

 

Ra tomó asiento de nuevo mirando fijamente a Thot. Era imposible, incluso para él, conocer sus pensamientos, y su rostro de Ibis era tan inexpresivo que no era capaz de discernir si contaba o no con su aprobación respecto a la construcción de las nuevas pirámides, pese a que les serían enormemente útiles para canalizar el poder de la Fe y para fortalecerles ante sus rivales.

 

Antes de responder, el dios Sol tomó un sorbo de vino de una copa de oro. Y ofreció a Thot el último asiento a su izquierda al lado de la Diosa Gato, el Dios con cabeza de Ibis declino la invitación pues prefería quedarse de pie y poder mirar a todos los demás dioses de frente.

 

–He recibido un mensaje de Amaterasu, mi hermana Sol. Nos invita a participar en un cónclave para discutir el destino de la humanidad y nuestros propios conflictos con los otros dioses. Parece ser que ha avisado a todos los panteones, aunque ignoro si acudirán. -Bebió un nuevo sorbo de vino. -Opino que debemos asistir, tal vez nos sea útil para trabar nuevas alianzas.

 

Cuando termino de hablar hubo un pequeño murmullo por parte de los dioses, Set impulsivo y guerrero no quería parlamentar y abogaba por una declaración de guerra. Horus apoyaba el conflicto bélico deseoso de comandar los ejércitos a bordo del disco solar, la nave de guerra de Ra, que ya había comandado en alguna ocasión.

 

Bastet la más pacífica de todos pedía calma y parlamentar y Hator la más alegre y coqueta reclamaba asistir al conclave para usar sus dotes “diplomáticas”

 

Ra que ya llevaba horas oyendo a unos y otros hizo un gesto con la mano pidiendo silencio, eso y su mirada profunda que anunciaba tormenta hizo callar al resto. Después todos miraron al Dios de la sabiduría esperando sus palabras.

 

Thot fijó sus profundos y oscuros ojos de ave sobre el fino papel de arroz que se encontraba sobre la mesa, guardando silencio, pensativo. Al fin respondió.

 

-Algunos de nuestros hermanos, como los asiáticos, conocen el camino del espíritu, algunos incluso han tratado de recorrerlo en pos del verdadero conocimiento. Los nórdicos sólo conocen el camino de la guerra, hasta Odín tuvo que renunciar a un ojo para alcanzar el conocimiento. Los aztecas sólo se mueven a través de la sangre, por el poder del miedo. Y los griegos por el placer y las pasiones. No alcanzo a imaginar un cónclave en el que, aunándose tantas y tan diversas motivaciones, se pueda llegar a un acuerdo para alcanzar un único fin.