La nueva droga

La nueva droga

de Antonio Montenegro

Mictlantecuhtli p

Ilustración: Jonathan Perez

 

Odiaba las reuniones pactadas en el medio del desierto. Entendía porque a sus asociados les gustaba reunirse ahí, nunca había gente alrededor y era fácil observar si alguien se estaba acercando, pero él las odiaba. No era por el tiempo que tenía que perder conduciendo ahí, ni por el calor sofocante. Tampoco era que tuviera miedo de ir a esas reuniones. A pesar que sus asociados eran conocidos por la extrema violencia con la que les gustaba mandar mensajes, él sabía que estaba a salvo. Su trabajo era demasiado importante para ellos y sería muy difícil reemplazarlo. Era la arena. Odiaba la arena del desierto, no solo significaba que tendría que llevar su coche a lavar después de regresar a Pasadena, sino que también tendría que poner su ropa a lavar, y los zapatos. La arena se filtraba en todo.

 

Al menos sabía que sus contactos en el cartel de Sinaloa eran muy puntuales, algo bastante raro en mexicanos, pero lo agradecía. Le permitía calcular su tiempo mejor para pasar lo menos posible en el odiado desierto. Siempre procuraba llegar al menos medio hora antes de la hora pactada, para asegurarse que no había nadie alrededor y que la reunión podría pasar sin problemas. Tenía que admitir que esta reunión lo había cogido por sorpresa. No era la normal reunión de cada mes que siempre tenía que asistir, sino que era excepcional. No estaba seguro que estaría pasando, pero no se preocupaba mucho.

 

A lo lejos vio una nube de polvo levantarse. Justo a tiempo, pensó. Aun así se cercioro que el coche que se acercaba era el que esperaba. Usando sus binoculares, vio como era un BMW X5 tal como las últimas veces. A los miembros del cartel les gustaban los coches de alta gama que pudieran llevarlos rápidamente a una reunión o permitirles huir fácilmente a través de cualquier terreno. Y últimamente tenían preferencia por los coches europeos.

 

El coche paro a la par del suyo. No era posible ver dentro por los cristales oscuros que tenía, pero sabía que vendrían cuatro. Siempre eran cuatro. Las puertas se abrieron y salieron, como se imaginaba, cuatro hombres. A dos de ellos los conocía. Pedro, un mexicano bastante bajo incluso para la media de ese país, pero con una cara de muy pocos amigos, y al que llamaban el Tortrix, un extraño guatemalteco que había podido subir rangos en el cartel por su fama de sanguinaria, eran las caras conocidas. Junto a ellos salieron dos hombres más, ambos con apariencia latina, vestidos totalmente de negros. Eran tan parecidos que se imaginó que podrían ser gemelos.

 

“Que pasa, pinche gringo” hablo Pedro. Él sabía que Pedro era el de más rango del cartel después de los capos mismos.

 

“Nada, frijolero. Tú eres el pendejo que ha convocado esta reunión. Tú me dirás que pasa”

 

Pedro lo miro fijamente. Soltó una gran carcajada. “Por eso me caes bien, Robert. Eres el único gringo capaz de insultar a un miembro del cartel a su cara y no cagarte. Tu sí que tienes unos huevos de acero.”

 

Lo abrazo con mucha fuerza. Tenían años de conocerse.

 

“Bien, Robert. Te hice llamar porque tengo nuevas órdenes de los jefes. Hay que dejar de vender nuestro producto como lo hemos hecho hasta ahora, debemos cambiar las cosas.”

 

“¿Que quieres decir? ¿Cómo que un cambio? No van las cosas bien, estamos sacando tanto dinero que no se ni qué hacer con el… y eso que mi parte es pequeña.”

 

“Hay mi gringo, siempre tan ocurrente. Tu parte no es pequeña. Un cuarenta por ciento es mayor de la que le damos al resto de distribuidores. Esto no es algo negociable. Los jefes son bastante insistentes con sus peticiones.” Noto que mientras decía esto, Pedro miro de reojo a los dos desconocidos con bastante nerviosismo. Es más, justo en ese momento se dio cuenta que el Tortrix estaba muy nervioso. Algo tenían esos personajes que lo ponía nervioso, y si el Tortrix estaba así era porque estos personajes eran muy peligrosos. Conocía las historias, de como el Tortrix había matado a seis colombianos que intentaron matarlo en una emboscada, cuando él no tenía ningún arma y los mato con un pedazo de tortilla seca, riéndose como un loco todo el tiempo. Que podían representar estos desconocidos si ambos hombres, viejos operarios del cartel, estaban nerviosos por su presencia. En este momento maldecía haber venido solo y desarmado.

 

“Bueno, si no es negociable, dime que es el cambio. ¿Hay que cobrar más? ¿Hay que cortar más el producto para vender más?”

 

“No, no, gringo. Para nada. Simplemente que ahora lo tienes que distribuir en estas bolsas.” Se metió la mano en el bolsillo y saco una bolsa pequeña de plástico de color negro con un dibujo extraño en blanco sobre él. Le parecía uno de los jeroglíficos que había visto una vez en su visita a unas pirámides aztecas cerca del D.F.

“¿Qué? ¿Esto es el cambio? Es una tontería… la mayoría de mis vendedores les gusta usar sus propios empaques. A parte que usar un mismo tipo de empaque para vender las drogas hará que sepan de donde viene. Los del DEA no son tontos, con esto podrán ir cerrando el cerco a mí alrededor. No voy a arriesgar a toda mi operación por poner un símbolo estúpido en los empaques para que…”

 

No logro terminar de decir la oración antes de que los dos desconocidos se movieran a una velocidad sorprendente hacia él. No pudo reaccionar, y rápidamente recibió un golpe en seco en el estómago que lo obligo a doblarse del dolor. Le agarraron el brazo y lo somataron contra el capo del BMW. Lo hicieron tan rápido y con tanta violencia que Robert sintió como le habían dislocado el hombro. Pego un grito de dolor. Los dos extraños sonrieron al oír el grito.

 

“¡Alto! ¡¡No lo matéis! No sabía lo que decía, es un pinche gringo ignorante, pero lo necesitamos. Por favor, dejadlo ir.” Grito Pedro. El Tortrix se había echado hacia atrás, con temor en sus ojos.

 

¿Por favor? ¿Desde cuándo un teniente del cartel pedía por favor, algo? Los hombres se miraron entre si y lo soltaron. Robert cayó al suelo sujetándose el hombro con gran dolor.

 

“Robert” le dijo Pedro “te dije que esto no era negociable. De ahora en adelante así debe de ser. Si alguno de los jefes se entera que has desobedecido las ordenes, primero irán por tu familia. No aceptaran ni un error al respecto. Recibirás dentro de poco un envió con nuestros empaques, así como instrucciones de cómo llenarlos.”

 

Lo ayudo a levantarse y le susurró al oído “Hazlo, por favor, Robert. Nuestras vidas y nuestras almas dependen de ello.”

 

Robert miro con sorpresa a los ojos a Pedro. En ese momento lo vio. No era nerviosismo ni miedo lo que tenía en los ojos. Era terror. Aquí se encontraba un hombre que había sobrevivido varios años como teniente de una de las organizaciones más violentas del mundo, y sin embargo, sentía terror.

 

******

El paquete llego al hotel donde se encontraba Trisha Sellers. Oyó como llamaban a su puerta y cuando la abrió con cuidado no vio a nadie, solo encontró el paquete en el suelo. No tenía ninguna dirección, ni de entrega ni de devolución, por lo que Trisha sabía que se lo habían dejado personalmente. Era muy extraño, ya que nadie sabía dónde se encontraba, salvo Fox, pero ya estaba acostumbrada a lo extraño.

 

Abrió el paquete y vio que contenía una simple nota que decía “Mira el video” con un extraño símbolo que parecía a alguno de los jeroglíficos aztecas que había visto en las notas de Pak. También contenía una llave USB. La introdujo en su ordenador y abrió el archivo que contenía. Lo que vio la horrorizó como nada nunca lo había podido hacer.

 

Era la escena de un par de drogadictos afroamericanos abriendo un extraño sobre que debía de ser una droga. Era un sobre negro con el mismo símbolo que había visto en la nota. Tras de aspirar la droga, ambos drogadictos cayeron al suelo con enormes convulsiones. Uno de ellos logro para tras un momento y se levantó con una cara de éxtasis y camino fuera de la escena. El otro, sin embargo, continúo convulsionando cada vez más violentamente.  Se veía como golpeaba su cabeza de una manera muy fuerte contra la pared en la que se había logrado apoyar. Golpeaba la pared con tal violencia que pronto se vio como le salía sangre de la cabeza, pero esto no hizo que parara. Continuo golpeándose la cabeza cada vez más fuerte hasta que se vio como su cráneo explotaba y materia gris se esparcía por todos lados.

 

Luego escucho una voz muy baja, casi gutural que decía “Aquellos que realmente me adoren lograran conseguir un éxtasis inimaginable, aquellos que no, morirán.”

 

Rápidamente tomo la llave USB y llamo a Fox para concretar una cita. Querría mostrarle lo que tenía y preparar una historia para publicar. Uso su ordenador para encontrar información al respecto y vio varios historias sobre una nueva droga que los carteles estaban distribuyendo por todos lados. Siempre estaba en sobres negros con un extraño símbolo en ellos. Decían que esta nueva droga era la más fuerte y adictiva que había en el mundo ahora. Y lo más sorprendente, que los carteles habían dejado de pelear entre ellos y que solo se dedicaban a distribuir esta droga, nada más. También encontró que el símbolo representaba al dios azteca Mictlantecuhtli, el dios de la muerte y de las tinieblas. Preparo la información para dársela a Fox al día siguiente cuando se juntaran.

******

Trisha se encontraba sentada nerviosa en la mesa de la cafetería donde había quedado con Fox. Algo de esta historia la había vuelto un poco paranoica, miraba por todos lados para asegurarse que nadie la seguía. Incluso por este lado del continente la violencia del cartel era algo que temer.

 

Aún quedaban unos minutos antes que llegara Fox, así que estaba tomándose un té para calmar un poco los nervios. De pronto, una mujer se sentó en la mesa donde ella estaba. Era una mujer de claros rasgos latinos, algo avanzada en edad pero que tenía una belleza incuestionable y un aura de grandeza a su alrededor.

 

“Disculpe,” dijo Trish “este asiento está ocupado. Estoy esperando a alguien.”

 

“No te preocupes Trish,” dijo la mujer “solo estaré un momento.”

 

“¿Cómo sabe mi nombre?”

 

“Eso no es importante. Mi nombre es Coatlicue. Esa historia que tienes en tus manos es algo que nunca debe de salir a la luz.”

 

“Mire, señora. No me dejare intimidar por los carteles para evitar que publique una historia en su contra. Soy una reportera con principios…”

 

“No vengo a amenazarte. Es una petición. Veras, Mictlantecuhtli fue el que te mando el video. Durante todos los siglos su poder viene tanto de la adoración de sus seguidores en sus múltiples formas, la última de ellas La Santa Muerte, como también del terror que induce. ¿Qué crees que lograra tu historia, salvo provocar más terror? Piénsalo bien antes de publicarla…”

 

Con eso la extraña mujer simplemente se esfumo.

 

******

Mictlantecuhtli se encontraba en una caverna mezclando en un mortero.

 

Los dos mexicanos que parecían gemelos entraron y se arrodillaron.

 

“Levantaos mis hijos, no es necesaria tanta reverencia. ¿Qué noticias me traéis?”

 

“Mi señor,” dijeron los dos al unísono “el video fue entregado como nos pediste. La reportera preparo la historia, pero…” ambos se callaron y se vieron mutuamente.

 

“Hablad sin miedo. Se que siempre hay complicaciones.” Lo dijo con una gran sonrisa en su rostro alargado y pálido.

 

“Coatlicue hablo con la reportera. Le pidió que no publicara la historia. No sabemos si decidirá publicarla o no.”

 

“Siempre metiéndose en mis asuntos, que molesta. Bueno, da igual, si no es ella habrá otro reportero que lo hará. Siempre puedo contar con la ambición humana.”

 

Se volteo y continúo con su trabajo, tomando otro hueso humano de la pila y mezclándolo en el mortero con la anfetamina. Esta nueva droga era su mejor invención.