La Separación de Zeus y Hera

La Separición de Zeus y Hera

de Albert Mialet

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Hace dos meses

-          No te puedes ni imaginar lo harto que estoy. – Un trueno hizo vibrar las paredes del British Museum londinense por donde paseaban Zeus y su hijo Apolo. – Pensaba que en esta nueva era las cosas iban a ser diferentes, que la cólera de Hera se apaciguaría con las grandes maravillas y distracciones que nos ofrece este mundo… Pero no, sigue siendo la puta rencorosa y vengativa de antaño.

Los dos Dioses pasaron cerca del monumento a las Nereidas, aunque no le estaban prestando ninguna atención en su paseo. Los dos eran ejemplares magníficos, Zeus con su barba y melena blancas y su porte señorial, y Apolo radiante y rubio, un hombre perfecto. El museo estaba lleno, y la gente mostraba casi más interés en ellos que en el arte y las reliquias expuestas.

-          Las mujeres no cambian, padre, manipulan a su hombre  una y otra vez para moldearlo a su gusto, pasen cinco, diez, o mil millones de años.

-          Lo peor es que con esta nueva era delante no puedo permitirme encadenar a Hera como cuando intentó usurpar mi trono. Tengo que demostrar a los mortales que hemos evolucionado y que ya no somos tan salvajes.

-          En eso tienes toda la razón.

-          Cuando pienso en esa pobre chica... Ella solo quería divertirse y pasar un buen rato, ¿sabes lo que quiero decir? Lo vi en sus ojos, solo quería desconectar del estrés diario y dejarse llevar. Pero no, tenía que venir ella y cumplir con su papel de mala víbora y matar a la pobre muchacha. ¡Y así hará con cualquier mujer u hombre que yazca conmigo! ¡Maldita sea la hora en que hice que Cronos la vomitara!

Zeus y Apolo llegaron a la sala dieciocho del museo, la sala del Partenón. Se quedaron unos segundos mirándolo y luego siguieron con su paseo.

-          Tu hermana debería hacer que restauraran el templo de Atenas como debe ser. Es uno de nuestros mayores símbolos, debe volver a tener la gloria de antaño. Creo que voy a ir a verla, ¿quieres venir?

-          Te lo agradezco, pero me gustaría pasear por el museo un rato más.

Se dieron dos besos y Zeus desapareció con el retumbar de otro trueno. Apolo siguió caminando hasta que entró en la sala dedicada a Alejandro Magno. Allí se acercó a un hombre alto y elegante que lo observaba apoyado en la pared.

-          ¿Lo has oído todo?

-          Cada consonante y cada vocal.

-          ¿Y bien, podrás hacerlo?

-          Por supuesto que podré hacerlo, la pregunta es: ¿podrás tú pagar el precio?

Apolo meditó unos instantes y contestó con firmeza. – Sí.

-          ¡Excelente pues, que empiecen los juegos!

Loki y Apolo chocaron sus manos y sellaron el acuerdo.

 

Hoy

Zeus está sentado en el trono de su mansión en lo alto del monte Olimpo, presidiendo la enorme mesa de marfil de su salón principal. Once sillas la rodean, la mayoría ocupadas por su dueño, pero no todas, pues algunos osados no han acudido ante la llamada del Padre de los Dioses.

Nadie habla. Una gran tormenta se puede ver a través de los muros de cristal, reflejo del terrible humor del Dios del trueno y el cielo. Hacía mucho tiempo que el Concilio de los Dioses no veía a Zeus tan enfadado, quizá desde el golpe de estado mediante el cual Atenea, Apolo, Poseidón y Hera habían intentado arrebatarle el trono.

Precisamente Hera es la última en llegar. Entra orgullosa y altiva, como siempre hace ella, y también increíblemente bella, ataviada en una finísima túnica blanca de seda que transparenta las increíbles curvas que hay debajo de ella.

-          Por fin llegas. – Habla Zeus, con una voz seca y muy profunda que retumba en los oídos de todos los presentes.

-          Terminemos con esto Zeus. ¿Qué demonios quieres, para qué nos has llamado?

Zeus respira profundamente y con un gesto hace aparecer un sobre marrón delante de todos los Dioses sentados en la mesa.

-          Os he llamado porque quiero que veáis algo. Abrid los sobres.

Uno por uno, los abren. Las caras van variando al extraer los documentos, desde la mueca de asco de Atenea a la pícara sonrisa de Afrodita, o la indiferencia absoluta de Ares. Pero donde todos coinciden una vez han visto lo que hay dentro, es en posar luego su mirada en la protagonista del contenido del sobre.

Hera se va poniendo cada más roja, tanto por vergüenza como por ira. Los documentos son varias fotos en las que se ve a Hera manteniendo relaciones sexuales de lo más explicitas con un gigantón rubio muy bello.

Ares se gira de golpe hacia Zeus. – ¿Éste no es…?

-          Así es. – Responde Zeus. - El Dios del Trueno nórdico, el mismísimo Thor.

Un suspiro colectivo se escapa de las bocas de los dioses. Hera se levanta de golpe.

-          ¡Sí, me he follado a Thor, ¿qué pasa?! ¡Tú no me has tocado en siglos, y no creo que tengas ningún derecho a decirme nada después de todas las putas con las que te has acostado!

-          ¡Cállate, mujer! – Zeus se levanta del trono, una luz cegadora ilumina la sala y luego un trueno sacude los cimientos de la mansión. - ¿Cómo osas desafiar al Padre de los Dioses y los Hombres? ¡¿A mí, vuestro rey?! ¡Puede que me haya acostado con muchas mujeres y hombres, pero jamás he traicionado al Olimpo follándome a uno de sus enemigos!

-          ¡Deja de decir tonterías, Thor no es nuestro enemigo!

-          ¡Sí lo ES! – El retumbar de otro trueno crea un pequeño seísmo en la casa, tirando al suelo a Afrodita, que inmediatamente recibe la ayuda de su esposo, el monstruoso Hefesto. - ¡Estamos en guerra, querida, a ver si te entra en la cabeza! ¿Es que aún no te has dado cuenta de que nos estamos disputando la fe del hombre en esta guerra de mitos? ¿Que cualquier Dios nórdico, azteca o de dónde coño sea es nuestro enemigo? ¡Hemos estado muy cerca del Olvido, y cualquier paso en falso nos puede llevar a él!

Zeus vuelve a sentarse en el trono y el silencio reina por unos segundos en la sala, dejando que sus palabras reposen en los oídos de sus hijos.

-          Yo… Lo siento. – Hera agachó la cabeza, con lágrimas cayendo por sus mejillas. – No lo había pensado, no creí que esta guerra fuera tan importante…

-          ¡Pues lo es! – Esta vez, Zeus respira intentando calmarse. – Mira Hera, sé que te he hecho mucho daño, y lo siento de verdad. Y sabes que te quiero, pero esto no puede seguir así.

Zeus hace un gesto y otro sobre aparece delante de Hera.

-          Antaño, te hubiese atado a una roca por toda la eternidad, te hubiese dado de comer a los gigantes o algo mucho, muchísimo peor. Pero estoy intentando cambiar, quiero adaptarme a los nuevos tiempos y entender mejor el mundo en el que estamos.

-          ¿Qué es esto? – dice Hera con el contenido del sobre en las manos.

-          Los papeles del divorcio. – Los ojos del resto de dioses se abren como platos. – Nuestro matrimonio ha terminado Hera. En la antigüedad fuiste la diosa del matrimonio, un símbolo para los mortales que, ahora mismo, ha quedado desfasado. Mira a tu alrededor, mira el nuevo mundo. La gente vive el día a día, y lo sigue haciendo con amor en sus corazones, pero no con la sumisión que tú representabas, no por establecer un estúpido lazo entre una pareja. Los mortales no quieren que ningún Dios esté presente mientras intercambian  unos votos llenos de palabras vacías, a ellos lo único que les importa es que su amor sea correspondido. ¡Les he observado Hera, y siguen siendo igual de felices, incluso más! Por eso creo que tenemos que modernizarnos, adaptarnos a la nueva era. Y para ello, vamos a empezar rompiendo una relación que lleva ya muchos años quebrada. Estoy harto de ti, de tus celos, de tus manipulaciones y de todo el mal que has provocado a mis hijos. Así que firma estos papeles, rompe nuestro matrimonio y olvidaré tu traición acostándote con el hijo de Odín.

El Concilio de Dioses está totalmente petrificado y mudo ante el discurso, incapaz de articular palabra. Hera mira fijamente a Zeus con una catarata de lágrimas cayendo desde sus bellos ojos oscuros. No hay odio en su mirada, solo hay tristeza, sabiendo que ha cometido un grave error. Piensa que es posible que Zeus tenga razón, que la venganza la ha cegado y en lugar de intentar arreglar una relación rota, se ha dedicado a vengarse de sus bastardos y sus fulanas. Piensa que podría haber sido diferente, porque sabe que pese a todo, él la ama, y ella a él. Piensa que demasiado ha sucedido entre ellos, y ahora no hay punto de retorno.

Hera firma los papeles y se marcha del Olimpo, mientras los Dioses siguen con su silencio y una gran parte del corazón de Zeus se va junto a ella.

Tan solo Apolo esconde un atisbo de sonrisa en su rostro.