La Ultima Odisea Del Hombre

LA ULTIMA ODISEA DEL HOMBRE: 1º PARTE

de : Toni Hudd

ilustracion: Irene Paz

Cuando la aguja perforó su piel notó un pinchazo de dolor. Otra persona hubiera hecho una mueca, inspirado cortadamente entre los dientes, o gemido, tal vez. Pero él no. Llevaba muchos años ocultando cualquier sentimiento tras esa sonrisa encantadora. No iba a cambiar ahora. La enfermera le fijó el catéter con esparadrapo al dorso de la mano. ¿Sería realmente enfermera? Y si lo era, ¿por qué se dedicaba a esto? La vio llenar una jeringa con un líquido blanco, y conectarla con la cánula de su mano.
“Tranquilo, no te dolerá.” – le garantizó la enfermera mientras inyectaba el líquido.
“No notarás nada. Ni siquiera soñarás.” – le sonrió. La última visión de Ses fue del médico ajustándose la mascarilla, bisturí en mano.

La enfermera se equivocó. Ses sí que soñó. Recuerdos y ficción se entrelazaron como en una vieja historia de la infancia, pese a que sólo habían pasado unos días desde los acontecimientos en el Bosque de Aokigahara. Había tenido razón. Siempre, desde que le contrataran una década atrás, había sospechado que su empresa tenía una cara oculta. Y que la hermandad de la que presumía, casi sectaria, podría llegar a suponerle problemas. Por eso había mantenido una pequeña porción de su vida en secreto. Por eso aún tenía esperanza. Ella lo estaría esperando. Siempre lo esperaba. Y esta vez, con suerte, no tendría que volver a marcharse. En sus borrosas visiones, ebrias de sueño, morfina y anestesia, P se estaba acercando a la camilla sobre la que él yacía, con esa sonrisa picarona que le encendía la sangre, cada paso una felina seducción equiparable a la mirada con la que lo fijaba. Solo llevaba puesto ese finísimo camisón de seda que él le había traído de Malasia. Ahora desplazaba un tirante por encima del hombro, los rizos caracoleando por su cuello, y la prenda empezaba a bajar, revelando más y más de ese cuerpo que él tanto deseaba. Ella le repetía que era normal, nada de otro mundo. Pero para Ses, su amada P era una visión, una musa, una diosa! La palabra hizo que su sueño cambiara bruscamente de tono, en esa manera en la que solo un onironauta nota que las cosas van mal. Todo se oscureció, y vislumbró de nuevo al hombre cuervo y al demonio de gran nariz envuelto en llamas. Sintió otra vez el pánico ante su terrible poder. Y las palabras del Mago se repitieron una y otra vez en su turbia mente: “Los antiguos dioses andan entre nosotros, Ses.” “Ayúdanos a convencerles, Ses.” “Ses, esto es parte de algo mucho más grande.” “Es tu hora, es tu momento. No nos defraudes.” La intensidad de la pesadilla fue en aumento, paralela al agobio y pavor que sentía, y todo el rato aquellos brillantes ojos negros estaban clavados en el, leyendo su alma.

“AH!” – exclamó Ses, incorporándose repentinamente. Abrió los ojos. La habitación estaba oscura. Sintió ganas de llorar, orinar, reír y vomitar a la vez. La anestesia, supuso. La cara le picaba. Alzó la mano para rascarse cuando una voz le detuvo. “No!” – le reprendió la voz masculina. “No debe tocar cara, Ses-san.” – el cirujano hablaba pésimo inglés. Pero no importaba, mientras fuese bueno con el bisturí. “Quitar vendaje en 4 días. Entonces tocar cara. De momento permanecer aquí. Enfermera Suki-chan traer comida. Mañana Ses-san salir a jardín. Sol bueno para cicatriz.” Ses se enjuagó la boca con agua de un vaso que había en la mesilla. La tenía muy seca. “Ha ido todo bien, doctor?” “Hai, Ses-san. Y puede confiar en mi honor. No le delataré.” “Gomen nasai, Doctor.” – se disculpó Ses.

“Porqué, Ses-san?” “Porque usted no puede confiar en el mío. Uno de mis hombres tiene a su hijo de rehén. Lo liberarán en cuanto yo aterrice en mi hogar, en una semana.” El médico quedó mudo, horror y rabia arrugando su rostro. Ses sintió una punzada de remordimiento. Solo era un farol. Ya no podía usar a los matones de la organización de M, y contratar a uno free-lance para esa clase de cosas podría conducir a su antiguo jefe  hasta él. Y le estarían buscando, de eso no cabía duda. Así que había pagado a la prostituta más decente que había encontrado para que se llevase al hijo del médico una semana de…vacaciones…y le perdiera el móvil. No era un mal plan. “Lo lamento, Doctor, de veras. Pero por desgracia no hay suficientes hombres de honor en el mundo.” El cirujano respiró hondo y salió de la habitación.

Ses durmió con la televisión de fondo. Las imágenes de Roma en llamas se intercalaban con la del maldito hombre cuervo en Londres. Eran reales. Y si los dioses y demonios eran reales, entonces, lo otro que tramaba M también podía serlo… Los Primi… Se obligó a no pensar en la palabra.

A la mañana siguiente estaba sentado en el jardín, gozando de la tranquilidad del lugar, el murmullo del riachuelo jugando a correr entre las piedras, el silencioso esfuerzo de las flores del cerezo blanco por ser, si cabía, aún más bonitas. Podría pasar días sin moverse en aquel lugar y no se aburriría. Escuchó unos pasos. Los identificó. La enfermera. “Su almuerzo, Mr Ses.” – le dijo, su inglés mucho mejor que el del médico. Dejó una bandeja con té y mochis a su lado. “Arigatoo gozaimasu, Suki-chan.” – le sonrió. El gesto hizo que le doliera toda la cara, todavía vendada. “Ah! Nihongo-wo hanashimaska?” – le preguntó ella, emocionada. “Hai. Hablo japonés, y algunos idiomas más.” – le explicó, divertido. “Cuantos?” “Demasiados.” – replicó con amargura. “De dónde eres, Mr Ses?” “De demasiados sitios a la vez.”

Ses se sumió de nuevo en sus pensamientos. ¿De dónde era? ¿De Grecia, como su familia? ¿De la isla escocesa a la que había huido su abuelo en los años 30, escapando del fascismo? Allí había nacido y crecido. ¿De Londres, donde estudió la mayor parte de su juventud? ¿De Nueva York? Se había sentido como en casa en las oficinas del Canal 9, trabajando codo con codo con la divertidísima Trisha, dándole caña a su interno Jason… Sus años de RRPP para la cadena de comunicaciones habían sido los mejores. Durante ellos conoció a P. Suspiró con una sonrisa. ¿En qué mal hora se había dejado seducir por la Organización de M? Le habían hecho una oferta que no pudo, ni supo, rechazar. Y a partir de ese momento se había convertido en un nómada sin patria, viajando por incontables países cerrando tratos para M. Para eso le habían contratado: su don de gentes, su carisma y poder de persuasión, sus astutos planes, su capacidad para embaucar, si se terciaba. Reflexionó sobre cuánto se parecía a su máximo jefe, el Mago, ahora que lo había conocido en persona. Y a la vez no. Ses era diferente. Ses utilizaba sus trucos para ganar el dinero que le permitiese huir de ellos, dejar atrás la lucha por el poder, y jubilarse en su islita, con su mujer. El Mago, en cambio… Mejor no pensar en ello. Ni en lo que había tenido que hacer durante la última década, desde que la Organización lo reclutara. Las grandes estafas en Europa, como Ges Cartera, que enriquecieron a M en dinero y poder. Tendría que haber previsto que al final no estaban robando a los políticos y banqueros corruptos, sino a la población. Asqueado, se consoló pensando que dejaba esa vida atrás. ¿Pero también había hecho cosas buenas, no? Había salvado a muchos de los compañeros de la tentadora llamada a invertir en construcción, haciéndoles ignorar el hipnótico cántico del dinero rápido que a tantos otros había hundido. Les había avisado de no tocar los negocios preferidos de los Vor en Rusia, su ganado sagrado. Los que no escucharon pagaron en sangre, pues había lugares en los que siquiera la poderosa organización de M podía protegerte. ¿Y la estancia en el palacio del Sultán? Los habrían tenido años “encarcelados” fumando shisha de loto en aquél harén si no fuera por él. M se había vengado bien, después, iniciando la primavera árabe que les permitió adquirir los derechos petrolíferos de los magnates derrocados. Recordó los tiroreos con la tríada Shy La en Shanghái, o las duras negociaciones con Poll&Fem., a cuyo director general acabó cegando con drogas y jovencitos para que M la absorbiera a coste mínimo . Con cada una de estas victorias, y muchas otras, Ses había ido subiendo peldaños en la Organización, hasta que le revelaron el mayor secreto, el más taimado plan, y le hicieron ir a convencer a un demonio japonés. Y él, en su infinita arrogancia, acababa de abandonar la terrible Organización, ya no por la puerta trasera, sino por la ventana. De la última planta. ¿Se estamparía contra el suelo? Puede. Pero el hombre que no intente volar tiene que renunciar al cielo. Y él no renunciaría. Aún no.
Era de noche de nuevo, y ya estaba acostado.
“¿Necesita algo más, Mr Ses?” – le preguntó Suki-chan, la enfermera, apoyada en el marco de la puerta.
Por su tono, su postura y su mirada, Ses supo inmediatamente lo que le estaba ofreciendo. Se le daba bien leer a la gente. La chica era tentadora, con su estrecha cintura, y la falda corta.
“No, gracias, Suki-chan. Estoy casado.”
“¿Usted?”
“Sí, en secreto.”
“¿Por qué?”
“Si te lo dijera, tendría que matarte.” – bromeó. Ella rió, inconsciente de la viabilidad de la amenaza. Pero no. No más muertes. Le pondría droga amnésica en la copa de despedida. Con eso bastaría.

Volvió a pensar en P, esperándole en las islas escocesas que habían comprado con el dinero que él había ido ganando. Las había sembrado de Bed&Breakfast, pequeñas atracciones turísticas para familias que buscasen tranquilidad,  como los viajes de avistar ballenas, las granjas ecológicas y el pequeño casino. Diversión para pequeños y grandes. P lo regentaba en su ausencia, a la par que dirigía el tradicional taller de tapices que ya había allí a su llegada. Por fin podría quedarse allí con ella durante más de 3 días seguidos. Diez años llevaban ya así, viéndose en secreto cuando él tenía días libres, no atreviéndose siquiera a hablar por Skype. Ses había sido muy cauto. Había intuido que abandonar la organización podría traerle problemas a su mujer y a él. Ahora sabía que estaba en lo cierto.

Le costó dormir esa segunda noche, ahora ya sin las nanas de la morfina. A las dos se dio por vencido, salió de la cama, plantó un cojín con un cuadro detrás en una silla, sacó su arco y se puso a practicar. Le encantaba la arquería. Había jugado a golf con los peces gordos americanos;  había tirado con carabina, a caballo o camello, con los Jeques, mientras sus halcones surcaban el cielo del desierto; se había batido en duelo de sables deportivos con los Vor. Pero nada le llenaba tanto como tirar con su arco. De pequeño era el único deporte de las tierras altas que su delgada constitución le permitía hacer, y había pulido su destreza con maestría. Descargó el dolor de las heridas en la cuerda, liberó la angustia de la persecución que la organización estaría montando para atraparle con cada flecha, incluso diluyó un poco la culpabilidad de la vida que había llevado cuando las recogió, todas clavadas en el centro de la diana improvisada. Cuando se volvió a acostar, el sol filtrándose por la persiana, durmió profundamente.

Dos días después le quitaron las vendas. ¡Qué raro era mirarse al espejo y ver otra cara que no era la suya! Bueno, ahora lo era. Se seguía reconociendo en sus ojos castaños y agudos, por supuesto. Le habían cortado la coleta y ahora el pelo le llegaba solo hasta la nuca, o hasta los ojos por delante. Aún así…no estaba mal. Los puntos no se veían. Podía acostumbrarse. Se dejaría un poco de barba, tal vez. Miró también el tatuaje con el que le habían tapado la cicatriz que lo podía delatar. Una orca. Curiosa elección. Era bonita y discreta. Serviría. Justo entonces escuchó el pitido de su teléfono. ¡Pero eso no era posible! Lo había destruido. A menos que…

Corrió a su cartera, la abrió y tocó los puntos necesarios para abrir el falso fondo. Debajo estaba el otro teléfono. ¡Pero solo una persona tenía este número! Había un icono de sobre en la parte superior de la pantalla. Reconoció el número. No lo guardaba en la memoria por si alguien le arrebataba el aparato. Borraba sistemáticamente todas las llamadas, todos los sms. Clicó para que se abriera y leyó: “Dicen que has muerto. Tengo mucho miedo. Ven a verme en cuanto puedas, por favor, Ulises. Te amo mucho, mi vida. Penélope.”