Mitos Renacidos II: Ladina Fortuna

Mitos Renacidos II

Ladina Fortuna

 Por Marc Gómez

loki

Ilustración: Jonathan Pérez

 

Ólaffur volvió a mirar su mano. Dos sietes, un as, un cuatro y una jota. Menuda suerte la suya aquella noche. En la mesa ya había puesto la mitad de todo lo que le quedaba, que no ascendía a más de cien mil coronas, o lo que es lo mismo, unos quinientos ochenta euros. Estaba en la más absoluta de las ruinas y su supervivencia económica dependía de su capacidad para hacer creer a los otros cuatro jugadores de la mesa que no tenía una mano de mierda.

Se esforzaba en mantener la expresión neutra, los rasgos relajados y en despejar de la mente la acuciante pregunta que amenazaba con hacerle llorar: Dónde coño dormiré esta noche? Por si el panorama no fuera bastante lastimoso, podía oír perfectamente el sonido de un televisor de la sala contigua, en el que una tal Trisha Sellers informaba de los desastres acontecidos por todo el mundo, y hacía hincapié en la terrible ola de frío polar que azotaba Islandia en esos momentos.

"Vamos muchacho! -dijo el gordo que tenía a su izquierda- No tenemos toda la noche, o pones veinte de mil en la mesa o pasas." Viendo las pintas repugnantes de aquel hombre-cerdo que rondaría los sesenta, cuyo aliento y vestimenta iban a juego con el decrépito aspecto de aquel tugurio, no pudo evitar preguntarse qué demonios estaba haciendo allí. En algún momento, jugarse lo poco que tenía en una de las mesas clandestinas del puerto le había parecido una gran idea. Ahora no estaba tan seguro.

La única vía de éxito posible era jugar al todo o nada, o dicho de otra forma, hacer trampas tan pronto como viese una oportunidad.

"Veo las veinte de más." -dijo al tiempo que movía las fichas hacia el centro de la mesa.

"Voy." La mujer con pinta de furcia barata que se sentaba a su derecha llevaba toda la noche ganando, Ólaffur le había cogido rabia enseguida y se preguntó si esa tipa no ganaría más jugando al póquer que abriéndose de piernas por dos mil coronas.

"Yo también veo las veinte." El joven simpático que se sentaba delante suyo era todo sonrisas. No había ganado una mierda, como él, pero eso no parecía importarle demasiado, daba la sensación de que se lo estaba pasando en grande.

"Enseñen las cartas, señoritas." -dijo riendo el gordo, y al instante dispuso delante suyo una doble pareja de nueves y reyes con un as a la dama.

"Yo sólo tengo una mierda de pareja!" -dijo Ólaffur alzando la voz con auténtica indignación al tiempo que lanzaba las cartas sobre la mesa, boca abajo.-

"Pues gano yo de nuevo." La furcia abrió su mano en abanico para enseñar un trío de ases al rey. "Parece que esta es mi noche caballeros."

"Vaya, pues parece." -dijo el joven simpático sin dejar de sonreír.- "Yo sólo tengo dos parejas de treses y cincos."

Ahora o nunca, que empiece la magia. -pensó entonces, y su manó voló rápida, sin ser vista, sobre sus cartas todavía boca abajo.

"Un momento..." -dijo clavando los ojos en la jugadora de su derecha y entonando sospecha en su voz- "¿Cómo puedes tener un trío de ases, si aquí mi amigo tiene una doble pareja al as y yo... -en ese momento mostró abiertamente su mano- tengo otro as? Eso en mi pueblo hacen cinco putos ases!

La expresión del hombre-cerdo palideció repentinamente mientras su mirada atónita iba de las cartas sobre la mesa hacia el rostro de la muchacha.

"¡ Crupier!" -grito entonces- ¿Cuántos ases hay en la baraja?

Todos los ojos se volvieron hacia el quinto miembro de la mesa, una figura anodina que permanecía discretamente apartada y que sólo había intervenido para repartir las cartas de cada partida.

"Cuatro, caballero. Jugamos al póquer clásico." -respondió con el ceño fruncido y la mirada confusa por la situación.

"Esta furcia hace trampas joder! Lleva toda la puta noche ganando!" -gritó Ólaffur al ver que al resto les costaba llegar a esa conclusión.-

Su declaración causó dos reacciones. La primera, la mujer se levantó de golpe y empezó a chillar soltando improperios como una histérica señalándolo y acusándolo. La segunda, el hombre-cerdo se levantó y desenfundó una pistola que había permanecido oculta en su pantalón, bajo los pliegues grasientos de su barriga. Al ver el arma, la mujer palideció y empezó a balbucear. El crupier se levantó de golpe al tiempo que llamaba a gritos a los hombres de la sala contigua.

Instantes después las balas surcaban el aire de la habitación. Dos hombres disparaban al gordo desde la puerta, armados con pistolas de poco calibre, mientras intentaban eludir los disparos que iban en su dirección. Ólaffur se cubrió debajo de la mesa tapándose los oídos mientras el estruendoso tiroteo llenaba la estancia de humo, plomo y sangre.

Tan pronto como había empezado terminó. El muchacho se asomó por encima de la mesa para contemplar con horror el escalofriante resultado. Los dos hombres de la puerta estaban medio apoyados en el marco, con sangre derramándose por las comisuras de sus labios, aparentemente muertos, se iban deslizando hacia el suelo. El hombre-cerdo se había vuelto a sentar. Su enorme barriga estaba salpicada por agujeros de bala y sus ojos vidriosos observaban sin vida la escena. La furcia estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y el vestido barato manchado con su propia sangre. No respiraba.

Ólaffur se levantó pálido y con ganas de vomitar. Jamás hubiera pensado que su técnica pudiera obtener semejante resultado.

"Espectacular." -exclamó de repente el joven sonriente- "Yo no lo hubiera hecho mejor." En ese instante su forma cambió, sus ropas mundanas mutaron hacia lo que parecía ser una especie de armadura de tonos cobrizos. Sobre su cabeza apreció un yelmo del que emergían dos largos cuernos que se curvaban hacia el techo. Su sonrisa se hizo más intensa, más ladina, y al contemplarla al muchacho se le heló la sangre.

"La ilusión y el engaño son las armas del astuto." -dijo Loki- "y tu has demostrado ser un maestro en su uso. Por ello deseo recompensarte. Coge el arma y pídele al caballero que se esconde detrás tuyo que te entregue todas las ganancias de la mesa."

Obedeciendo, se giró y miró al crupier, que observaba al Dios nórdico con terror mientras se acurrucaba en una esquina de la habitación.

Instantes después abandonaban el tugurio, el chico cargando un maletín que debía contener por lo menos un millón y cuarto de coronas, suficiente para salir adelante. Su rostro no mostraba remordimiento. El dios nórdico que lo acompañaba volvió a mutar su aspecto, esta vez vistiendo un largo abrigo gris, de cuello alto muy al estilo inglés, y un sombrero negro de copa chapado a la antigua.

"Midgar parece haber cambiado." -le dijo Loki una vez en el puerto.- Pero me alegra comprobar que, en esencia, sigue siendo el mismo. Ahora debo partir. Mi libertad es, entre otras cuestiones, un enigma que necesita respuestas. Pero no te pongas muy cómodo, mortal, pues pronto volveremos a vernos y tus servicios serán requeridos.

Dicho eso se alejó caminando, con ese porte de otra época y desapareció tras la bruma fría típica del gélido invierno.