Las Sombras Reunidas III

 

LAS SOMBRAS REUNIDAS III

por : Fernando Arsuaga

Ilustración: Irene Medina

  En el interior del Bosque Aokigahara O Tengu reposaba ocioso ante la tranquilidad que proporcionaba el pequeño claro donde se encontraba, intentando encontrar la mejor forma de atormentar a un par de estudiantes que se habían aventurado en el bosque a pesar de las advertencias en casi todos los idiomas para que no lo hicieran… Pobres ilusos, traían consigo gran cantidad de cachivaches que suponían que podrían detener a sus demonios o eludirlos…, si realmente fueran de verdad… Siguió observándoles de la misma manera que un niño observa dos hormigas antes de quemarlas bajo una lupa, cuando unos graznidos le sacaron de su ensoñación. - ¿Qué noticias traes desde la isla más allá de los dos océanos, donde sentí brotar poder de la ciudad de la gran Pagoda con reloj dentro, mi fiel Karasu? - Conseguí esa amalgama de energía para vos, mi Señor…, pero se va difuminando con el paso del tiempo, como agua en las manos de un niño… Al pronunciar esas palabras, una perla dorada de fulgor indescriptible se formó en el interior del bosque y les hizo visibles en un parpadeo ante los ojos de los aventureros, los cuáles salieron huyendo del lugar despavoridos… Con un gruñido de desaprobación, el gran demonio rojo hizo un gesto hacia otra silueta, una bella figura que había permanecido callada y semioculta hasta ese instante:  - Son tuyos, Yama-Uba, haz con ellos lo que te plazca.- En un instante, tornó su cuerpo hacia una forma más horripilante y se esfumó en un siseo en dirección hacia los exploradores… - Y hace 3 días era aún más inmensa…- señalando con su garra córvida la refulgente esfera. - Entonces, me lo comeré…, para retener así todo su potencial…- y abriendo sus fauces, la esfera fue engullida dejando salir unas pequeñas vetas de luz  a través de las fosas de su alargada nariz. En unos matorrales, oculto ante la escena, una figura humana observaba minuciosamente a los Demonios impasible. Portaba un solo artefacto, muy sencillo y desgastado, pero sin duda, EFECTIVO…  

Días más tarde… Los graznidos en el bosque eran ensordecedores, hojas y  ramas volaban por doquier, y sus diabólicos habitantes huían despavoridos. Un grito de rabia desatada se diseminó por toda la frondosa arboleda haciendo esconderse hasta a la más pequeña de las almas condenadas en él. Después de un tenso silencio, O Tengu comenzó a calmarse y empezó otra vez a sentir y oler todo lo que existía en sus dominios, cuando se percató de un humano. Parecía indefenso ante los ojos del Gran Tengu y, tras la frustración sufrida, sería el “muñeco” donde acabar de dirigir el mal genio que todavía le recorría… - ¿Querrías poder usar y mantener todo ese Poder para tí?- La voz se oía detrás de él, pero era imposible, ningún mortal podría burlar su poderoso olfato, salvo que fuera aquel humano… - Pues sí y no, “Mago de Túnica Blanca”. Amaterasu no ha contado con los de mi condición para la Gran Reunión, por tanto, he decidido acumular tanto de ese “Poder” para mí como me sea posible. Pero antes, voy a saciar mi hambre con ese mortal. - Es uno de mis lacayos, por tanto no te lo puedo permitir, como tú no lo permitirías con uno de los tuyos…, salvo que fuera estrictamente necesario, ¿no?- una leve sonrisa surgió del rostro de M, mostrando un extraño artefacto de talla antigua. - Éste es mi hogar, humano. Aquí soy yo y solamente yo el que permite o no. Tu arrogancia me cansa. – espetó el Señor demoniaco con aire altivo. - Bien. Conócelo, pues, y decide... – le propuso. A continuación gritó hacia los árboles: Ses! Preséntate ante el Gran O Tengu. El humano salió de entre los árboles y se aproximó. Era un gaijin corriente, juzgó elevando su prominente nariz, de treinta-y-pocos, pensó, con rostro amigable y esos estúpidos ojos grandes de los extranjeros. Se movía con confianza y su sonrisa era encantadora, suficiente para engañar a cualquiera…, pero O Tengu podía oler el miedo, y éste lo emanaba como un conejo acorralado. Aún así, el esfuerzo que el humano hacía para enmascarar su pavor era divertido. El chico le hizo una reverencia perfecta y marcial, lo cual le complació. - Soy Ses, O Tengu sensei. Por favor, sea amable conmigo. – entonó el hombre, mientras repetía la reverencia. Su japonés era perfecto, tanto en la elección de palabras como en la entonación. Y sin embargo… - ¿Por qué me llamas sensei, gaijin? No soy tu maestro. – gruñó el Jefe de los Demonios en tono amenazante. - No personalmente, por desgracia, y sin embargo sigo tu escuela. Aspiro a ser Yamabushi, uno de tus magos guerreros. – explicó el tal Ses. - ¿Tú? ¿Un gaijin con traje? ¡Jamás! – gritó el demonio, alzándose. El humano se mantuvo impasible, si bien su miedo se acrecentó. - ¿Si lo demuestro, me perdonarás la vida, O Tengu sensei? – pidió Ses. Al demonio le gustaba la reverencia con la que este ser le trataba, mucho más que la del Mago Blanco. Asintió. El chico hizo una nueva inclinación de cabeza, se preparó y realizó una kata, un conjunto de movimientos de combate al aire. En algunas de las patadas y puñetazos se notaba que su técnica no estaba muy pulida, pero le ponía espíritu. Al concluir, se inclinó de nuevo al demonio, y dijo: - Ahora invocaré fuego para vos, O Tengu sensei. Hizo unos gestos místicos con las manos, abrió los ojos, y de repente surgió una pequeña llama de su puño cerrado. Hizo un gesto con la otra mano y el fuego se extinguió. - Te queda mucho por aprender aún, gaijin. – menospreció el gran demonio. – Así que permitiré que vivas para mejorar. No quiero que deshonres mis artes con tu falta de técnica – - Hai, O Tengu-sama. – contestó educadamente.  - ¡Excelente! – exclamó el M entusiasmado, aunque O Tengu no había olido ni una pizca de preocupación en él cuando la vida de su mortal pendía de un hilo. – Ahora volvamos a los negocios. ¿Has pensado tu respuesta, O Tengu? lo único que debes hacer es acudir con la corte que creas conveniente al lugar y fecha señaladas – indicó un árbol manchado con una M de sangre – y pronunciar la clave y te presentaré un plan que no podrás rechazar para alcanzar ese y otros grandes objetivos… - Puede que no vaya. Siempre he procurado no deshonrarme con asuntos gaijin. – sentenció el demonio. - …pues no me gustaría veros desaparecer, O Tengu-sama. – dijo respetuosamente Ses. - ¿Qué insinúas? ¿Osas amenazarme? – comenzó a rugir enarbolando una enorme no-dachi hacia su posición. - Jamás. Solo digo que hay mucha gente dispuesta a creer en los demonios, y lo harán, cuando llegue el momento. Pero si decides no tomar parte… puede que tu poder y el de los tuyos vuelva a mermar tanto que ni siquiera podais mantener vuestra forma corpórea. Ya nadie teme a los espíritus guardianes del bosque. Ya nadie respeta las antiguas costumbres. Por ello, deberíais uniros a aquellos afines de otros panteones, y demostrar al mundo cómo se pena la arrogancia y la falta de fe. ¿Me equivoco, O Tengu-sama? – sonrió frente al afilado filo de la espada infernal. O Tengu se giró hacia el Sr. M. – Tu lacayo me intriga. Es astuto y parece honorable. Acudiremos a ese encuentro.- - Bien. Pues en ese caso… Mientras discutieron los detalles, Ses se alejaba del encuentro, pensando en el mal que había hecho hasta entonces y que ahora era el momento de empezar a restaurar.  También pensó brevemente en lo útil que era llevar siempre un mechero encima, así como los años de karate que, hasta ahora, le habían aportado palizas. Pues bien, hoy le habían salvado de… ¡demonios! Aún no podía creerlo. Era el momento de huir de todo esto y empezar una nueva vida. Tales deliberaciones se hubieran perdido en la brisa…, pero unos brillos áureos entre las nubes supieron percibir la verdad de esos pensamientos y el fuego purificador que los alimentaba desde lo más hondo de ese humano…   En algún lugar muy lejos de este lugar… Engwar batió sus alas de forma abrupta para remarcar su enojo:  - ¡NO! ¡No puedo permitir que hagas eso…! - …pues siendo lacayo de mi socio, estoy en mi perfecto derecho a no dejarle ir…-  Las palabras de Couger resonaron en el lugar de manera imposible, ya que les rodeaba un vacío insondable desde la pequeña roca suspendida donde se encontraban.  – Si los caminos que has intentado cerrar por todos los medios se han abierto de par en par, no creo que ese hombre marque una diferencia… En fin, por esta vez no me opondré activamente, HERMANA, pero no prometo nada por parte del señor M.- inquirió con sinceridad la figura con cadenas. - Ahora mismo me acerco a aquello que busco - las cadenas que le rodeaban se pusieron tensas ante tal anuncio - y ese insignificante humano me resulta anodino. Engwar  miró con sus brillantes y dorados ojos, enmarcados en un rostro querubíneo, hacia los flamígeros ojos de Couger, en la oscuridad de su capucha, que tenía enfrente. - Este es diferente…, he visto como, a pesar de estar bajo el mando de ese que llamas M, después de largos años construyendo su red y ascendiendo puestos en su organización, no ha sucumbido a su nefasto influjo ni al de aquellos a los que adora… - insistió Engwar. - Pues si así lo crees, me deberás un favor, y en la futura contienda que se avecina, cualquier ventaja resultará útil. – una sonrisa se vislumbraría si se pudiera ver en la negrura que oculta la capucha del Encadenado. - Llevas eones vagando para recomponer las ciencias perdidas y encontrar los antiguos artefactos, ¿acaso crees que podrás ocultarte de ELLOS en este momento? – dijo Engwar con un gesto de aflicción. - Su regreso significa que cada vez estoy más cerca de lograr todas mis metas, y si con ello desaparece una raza inferior, ¿qué importa? – y las cadenas de Couger partieron una roca que estaba a su lado. Una lágrima resbaló por el rostro perfecto de la Atlante alada – No sé por qué sigues acudiendo a estos encuentros, en esta grieta abierta entre mundos, ahora que el resto de nosotros va regresando… - Prefiero tu compañía a la de la inmensa mayoría de homínidos inferiores, su perspectiva del mundo es demasiado simple. Además, desde su regreso, los otros muestran haber perdido la memoria de lo ocurrido en la Tierra, y prefiero sacar provecho de ello hasta donde pueda. Y por último, vigilo que no te metas en mis planes, eso sería muy desagradable… - sentenció Couger, en postura amenazante. - Sea pues, cuando volvamos a vernos será porque estaré protegiendo a la Humanidad y no tendré ninguna piedad sobre aquellos que intenten evitarlo. – explicó con convicción Engwar, al tiempo que se enfundaba un extraño yelmo y levantaba el vuelo. - Bien, lo tendré en cuenta, no lo dudes. – y con un contundente golpe de sus cadenas, abandonó también el lugar.