Mitos Renacidos V: Dolor y Vida

Mitos Renacidos V

Dolor y Vida

 por LaAnjanaBrenna

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Era bien pasada la  media noche, cuando  Izel sintió una fuerte punzada en la base de la espalda que se extendía hacia la zona del bajo vientre comprimiendo su útero y ensanchándose hasta los pulmones.  El repentino dolor le dejó sin respiración durante unos interminables segundos. Se incorporó, sentándose en el borde de la cama matrimonial e instintivamente echó sus manos a la prominente barriga.  Un nuevo pinchazo, esta vez acompañado del  pegajoso liquido que se escurría  entre sus piernas. - No…no  ahora no – musitó volviendo a respirar con dificultad. Izel estaba  embarazada de 38 semanas. Le faltaban más de dos  para  salir de cuentas. En su anterior embarazo la fecha fue clavada y por  una errónea intuición creyó que en éste todo sería igual.

 El estado de  Tabasco, al Suroeste de México,  estaba en alerta máxima por intensas lluvias, inundaciones y  vientos que impedían a la población salir de sus casas, salvo en casos de extrema necesidad. ¡Éste lo era! , pensó Izel mientras sufría la tercera contracción en menos de cinto minutos.

 -  Daniel… Daniel…. despierta – zarandeó a su marido que ajeno a su estado dormía aún plácidamente al otro lado de la cama.

 - mmummmmummm….

 - Despierta, estoy de parto… - Una nueva contracción, más dolorosa que las anteriores -  ¡DESPIERTA! Tenemos que irnos.

 Un Daniel ojeroso intentaba volver del mundo onírico, siendo de repente consciente de una  realidad que le abrumaba. ¿Salir? …si claro, era una situación de emergencia. Su mujer necesitaba ir al hospital para  traer al mundo a su esperada hijita.

 Saltó de la cama  vistiéndose deprisa, mientras Izel combatía con intensas respiraciones el dolor provocado por el femenino cuerpo. El dolor que precede a la vida.  No pudo reprimir un alarido. La cosa iba evolucionando  más rápido de lo esperado.

 Su  hijo de cinco años asomó la cabecita por la puerta. Sus ojos buscaban los de su madre. Era evidente que le había oído gritar y la visión de su progenitora  con  hilillos de sangre por las piernas  no le tranquilizó demasiado.

 Llorosa, Izel intentó incorporarse. Necesitaba caminar. Moviéndose  con aquella torpeza, intentaba llegar a la puerta de salida de la casa, pero algo en su interior le avisaba… no iban a llegar, la pequeña  Zyanya iba a llegar a este mundo sin darles tiempo a estar bajo la seguridad de un hospital

 - ¡Daniel! … esto va rápido  ¡Joder! , no vamos a llegar  ¡Mierda! – Esta vez la contracción hizo que la mujer apoyara el peso de su voluptuoso cuerpo  sobre la  fría pared-  Necesitaremos ayuda… necesito ayuda.

 Izel hizo un repaso rápido de las posibilidades de ayuda. Podían llamar al servicio de emergencias, si. Mientras pensaba en ello vio como Daniel tomaba el teléfono moviendo la cara con resignación.  Hacía poco tiempo que se habían mudado a aquella barriada y no conocían a mucha gente.  Recordó a una mujer que  había llegado a vivir allí una semana después que ellos. Era una mujer de edad indefinida, que siempre la saludaba en la cola del supermercado y mostraba  un visible interés por su embarazo.

 Dos golpes secos en la puerta le sacaron de sus pensamientos. Daniel abrió y como por arte de magia allí estaba Ella. La mujer de la sonrisa en la cola del Supermercado.

 -Los aullidos se escuchan desde casi  dos cuadras más allá – espeto, explicando así su presencia en el umbral.  Segundos después  estaba haciéndose  cargo de la situación- ¡agua caliente  papá!

 - Vamos a ver príncipe -  la ronca voz se dirigió  al pequeño que aterrorizado hacía un ocho con su camiseta de pijama -  ¿sabes donde están las toallas? – Nahui  asintió aliviado  por tener algo que  hacer.

 Izel se había tumbado en la cama  boca arriba  con las piernas abiertas.  Se retorcía con cada espasmo y gemía a voz en grito.

 - No entiendo que os ha pasado  a las mujeres, os dejé sabiendo parir y os encuentro intentado traer una niña al mundo en contra de la ley de la gravedad – La mujer tomó la mano  de la parturienta- estarás más cómoda si te acuclillas en el suelo o si te colocas a cuatro patas como cualquier mamífera.

 Mientras hablaba ayudaba a  Izel a tomar  las posturas recomendadas.

 - Veamos, déjame que te de calor en la raíz del dolor…avísame cuando venga una contracción dolorosa.

 Funcionaba, no sabía que estaba haciendo a sus espaldas pero fuese lo que fuese  el dolor  remitía.

 - Y  ahora piensa en el ser que llevas en las entrañas.  Háblale, dile que juntos lo conseguiréis.  Siente como con cada sacudida,  tu útero te ayuda a que esa niña nazca. Ve en el dolor un aliado.

 Las palabras de la  improvisada partera le daban energía,  sus  manos le daban calor. Entrevió a Daniel  acercándose a ella  sirviendo de tótem soporte de sus manos.

 Todo lo demás vino solo. La cabecita de Zyanya morena y  ensangrentada salía de entre las piernas de su madre y era sostenida por ella misma. Un último empujón y el cuerpecito de la pequeña se dejaban ver al completo.

 La Matrona colocó unos cojines en la espalda de la madre y dejó que el cordón umbilical dejase de latir antes de cortarlo. Las lágrimas corrían por las mejillas de todos los componentes de la familia y les dejó un rato a solas para que tuviesen la intimidad que correspondía, mientras ella  preparaba una tisana  para la recién parida.

 - Gracias-  Izel con la niña mamándole  dirigía sus palabras de agradecimiento – No se que habría hecho sin ti. Perdona, no sé ni tu nombre.

 - Tlazolteotl.

 - ¿Quién eres Tlazolteolt?

 - Soy  todas las mujeres que habitan en ti. La madre, la fiel esposa, la mujer lujuriosa y perversa. La que genera vida y muerte. La depravada y la  clemente. Soy el placer y el dolor. La devoradora de mugre, la comedora de suciedad.