Mitos Renacidos VI: Deuda de Honor

Mitos Renacidos VI

Deuda de Honor

 por Marc Gómez

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Edificio de Oficinas de Nike, Tokio, Japón.

             Adentrarse durante la noche en su interior había sido escandalosamente fácil. Aquellas modernas torres de hierro y cristal no ofrecían ninguna protección en absoluto. Cuán distintas le parecían de las fortalezas de antaño, los shiro, levantados para resistir ante duros asedios y diseñados para impedir torvas incursiones.

            Sin embargo, para la ocasión le había bastado ascender levemente por una de las caras de la torre y colarse a través de una ventana que, imprudentemente, alguno de los incautos sirvientes nocturnos de la limpieza había dejado abierta. Embozado totalmente en sus ropas negras, con tan sólo una ligera franja a la altura de los ojos descubierta, resultaba prácticamente invisible a la vista de cualquier posible transeúnte curioso.

             Según había comprobado, los guardias de aquella torre se contentaban con permanecer cerca de su entrada. Vigilaban su interior mediante unos extraños espejos que les mostraban lo que ocurría en los distintos niveles.

            Podía parecer pragmático, pero Sasuke no pudo evitar sentir un punto de amargura en la garganta. Aquello le parecía totalmente deshonroso. Y con aquel pensamiento volvió a preguntarse con desmayo qué clase de reto honorable suponía llevar a cabo aquella misión. ¿Cómo iba a demostrar su valía enfrentándose a aquellos hombres, que ni siquiera habían efectuado la ceremonia del genpuku para ser considerados adultos?

            El único mérito que podía reconocerles era que, para esquivar su moderna vigilancia, se había visto obligado a usar ciertas habilidades propias únicamente de algunos shinobi. Habilidades que había perfeccionado tras duros años de entrenamiento en el otrora conocido y respetado dojo de la Escuela Kusunoki-ryu.

            Mediante el uso del arte de la ocultación que trasciende el cuerpo y llega al espíritu, su presencia había pasado inadvertida. Las extrañas luces blancas que iluminaban todos los corredores y aquellos ojos colgantes a los que llamaban cámaras, parpadeaban un instante a su veloz paso manteniéndole siempre oculto en la oscuridad.

            Había alcanzado uno de los niveles superiores, completamente iluminado, donde trasnochaba su objetivo en sus aposentos personales. Acercarse sin más llamaría su atención y, muy probablemente, no podría hacer otra cosa que terminar con su vida mediante métodos hoscos y apresurados, requeridos en situaciones más apremiantes.

            Inició entonces la sucesión de sellos con ambas manos, manteniéndolas siempre cerca del pecho, al tiempo que con sus ojos cerrados hacía acopio de toda su voluntad. Al finalizar la coreografía, descargó todo su ímpetu en el suelo, golpeándolo repentinamente con la palma de su mano derecha. Fijó su mirada hacia delante, donde más allá del laberinto de pasillos de cristal, aguardaba su propósito.

            Las sombras proyectadas por su cuerpo, una en el suelo y dos sobre la pared a su espalda, empezaron a incrementar su tamaño y a oscurecerse hasta volverse negras como la noche. Avanzaron cubriendo toda superficie y, a su paso, las luces emitieron un sordo zumbido para después apagarse como si hubieran sufrido una sobrecarga. Pronto toda la planta se sumió en una negrura densa e impenetrable.

            A través de la pequeña franja de su capucha, Sasuke observaba con la claridad de un día soleado a su objetivo.

            Tanaka Hiroto ostentaba el puesto de Presidente de la sede de Nike en Tokio. Su presencia durante la noche en el edificio era más una rutina que simplemente habitual, ya fuera por trabajo, o por emborracharse en compañía de prostitutas de lujo. Cuando las luces de su enorme y recargado despacho, junto con la pantalla de su ordenador, se apagaron repentinamente, maldijo en voz baja. Pero diligente como era aprovechó la interrupción para servirse un trago de su whisky y estirar un poco las entumecidas piernas. Le costó lo suyo encontrar el vaso y la botella, pues aún sabiéndose el recorrido de memoria no era lo miso recorrerlo sin ver absolutamente nada.

            Volvió a tientas a su silla cargando con ambos para no tener que volver a levantarse y fue apurando su bebida poco a poco. Cuando iba a servirse la segunda ronda, una voz proveniente de la puerta de su despacho le interrumpió.

-        El mundo se ha vuelto loco.

Hiroto se llevó tal susto que el vaso y la botella acabaron en el suelo, el whisky derramándose sobre la cara alfombra. Se levantó de repente.

-        ¿Quién es?¿Quién coño anda ahí?.

La voz, lejos de responderle, siguió hablando para sí como en susurros.

-        Hace días que paseo por las calles y lo que he visto sólo me produce dolor y vergüenza. Los hombres y las mujeres visten de formas extrañas e indecorosas, y llevan peinados horribles y desvergonzados. ¿Por qué los hombres no llevan el corte de pelo chonmage, como es debido y adecuado?

-        Si no se marcha ahora mismo llamaré a... -empezó a decir Hiroto, que se había recompuesto y comenzaba a tomar consciencia de la situación.

-        Me horroriza escuchar a la gente hablar, usando esas palabras extrañas de idiomas extranjeros. -el intruso siguió con su perorata, interrumpiéndole e ignorándole por completo. - Faltan al respeto a sus mayores hablándoles de esta manera. Incluso he visto carteles escritos con caracteres incomprensibles y toscos, tan distintos a la elegante caligrafía de los kanji. Escritura gaijin según he podido averiguar. -su tono se tiñó de rabia.-

            Hiroto fue sentándose lentamente. Con disimulo situó una mano sobre el intercomunicador instalado sobre su mesa y pulsó el botón de alarma. Dicho dispositivo obedecía a ciertas normas de seguridad para casos de emergencia y contactaba directamente con el puesto de guardia de recepción. Deseó que los chicos de abajo no tardaran en subir. Mientras, la voz seguía su monólogo.

-        ¿Dónde están los samurai, máxima expresión de aquello que es correcto y honorable?¿Dónde están los daymio, que gobiernan y velan para que la voluntad del Shogun sea cumplida en todo nuestro noble imperio y dónde esta el propio Shogun? ¿Por qué su Honorable Majestad Imperial se muestra en público vestido con eso que llaman traje y rinde pleitesía a esos gaijin americanos? ¿Qué ha ocurrido para que nuestro imperio se haya deshonrado de semejante manera y hayamos perdido las buenas costumbres y las honorables tradiciones? - el susurro se había convertido en un grito y Hiroto no pudo evitar notar en él un dolor y una amargura sobrecogedores. De repente escuchó a la voz muy cerca de su rostro.

-        Tú, miserable mercader. -dijo el intruso mientras su aliento cálido le empañaba el rostro- Tu que comercias con los tejidos de esos americanos, que los vendes a aquellos que están por encima tuyo para que vistan como el enemigo. ¿Qué pretendes marcándoles a todos con este extraño kanji como si fuera el mon de un honorable clan? -por alguna razón, Hiroto entendió que se refería al símbolo de Nike. - ¿Cómo te atreves a cometer semejante traición a tu Imperio y a tu Emperador? ¡Contemplarte me avergüenza y me repugna! - Hiroto se había quedado sin habla. Sin embargo, para su alivio, vislumbró al otro lado del pasillo varios haces de luz de linterna.

-        Esta usted perdido. -dijo al vacío oscuro de su despacho.- Mis hombres se encargarán de usted y presentaré cargos por amenazas de muerte!

-        ¿Amenazas? -preguntó la voz- Moriste en el momento en que bebiste de ese vaso. No iba a concederte el honor de una muerte rápida por mi espada. Te retorcerás entre espasmos de dolor y sucumbirás ahogado en tu propia sangre; una muerte adecuada para una serpiente como tú.

            En ese instante Hiroto se percató de un dolor agudo en su estómago al que había atribuido hasta entonces a la tensión del momento. La garganta empezó a hinchársele y le sobrevino una tos incesante. Mientras se derrumbaba sobre su silla, paralizado por el pánico, contempló el espectáculo que se desarrollaba en el pasillo.

            Para los dos primeros, Sasuke lanzó dos dardos, puntiagudos como cuchillos y gruesos como un pulgar, que se clavaron implacablemente en ambas yugulares. Sus linternas cayeron al suelo al tiempo que sus manos se posaban sobre los extraños proyectiles. El primer impulso, casi instintivo, fue arrancárselos del cuello lo que supuso un acto fatal. Sus puntas estaban impregnadas por una concentración de una sustancia conocida en la actualidad como heparina, un potente anti-coagulante. La sangre salió de sus cuellos como dos surtidores rojos, causándoles un desmayo inmediato y una inminente muerte por desangrado.

            Para los dos siguientes ya tenía preparadas sus dos espadas. Cortes precisos y rápidos les cercenaron las muñecas para impedirles sujetar las linternas o desenfundar sus armas. Los ensartó a ambos de una sola estocada que les atravesó el corazón dándoles muerte en el acto.

            Entonces empezaron los disparos. Los tres restantes no se lo habían pensado dos veces. Los truenos de aquellas armas acompañaban el estallido de cristales rotos mientras las paredes de los pasillos se desmoronaban en cataratas brillantes que reflejaban destellos anaranjados.

            Era momento para los shuriken. Pero antes, Sasuke hizo uso una vez más de sus misteriosas habilidades y su forma se disolvió en la oscuridad como si fuera hecha de la misma sombra. Apareció de nuevo un instante después a unos pasos por detrás de los guardias y a salvo de la ráfaga de disparos que surcaba el pasillo en la otra dirección. Los shuriken silbaron y se clavaron en la parte inferior de sus cráneos. Cesaron las balas y los estallidos y los tres cuerpos, muertos antes de tocar el suelo, se derrumbaron.

            Para aquel entonces, el cadáver de Hiroto yacía en su despacho, rodeado por un charco de sangre, vómito y trozos de víscera que se deslizaban por la comisura de su boca. Por su expresión, había sufrido mucho antes de morir, lo que satisfizo a Sasuke.

            Luces azules y rojas acompañadas por el sonido de las sirenas provenientes de la calle se reflejaron en toda la planta. Había cumplido con su cometido y había ofrecido una buena demostración de sus habilidades. Esperaba haber honrado a su Señora con ello y ser digno de su reconocimiento, pero ahora debía marcharse.

            Ascendió a la azotea del edificio y contempló el paisaje mientras los coches de la policía se detenían en la puerta principal. Una figura se le acercó por detrás y al percibirla, Sasuke se arrodilló de inmediato, pero no como lo hace un sirviente, sino como lo hace un guerrero en tiempo de conflicto: con una rodilla y un puño en el suelo y la cabeza gacha.

-        Has cumplido bien, Sasuke-san. -dijo la figura.- Pero en la contienda que nos aguarda deberás afrontar desafíos mucho mayores que el asesinato de un corrupto y deshonroso mercader.

            Pese a que Sasuke no consideraba que aquel desafío hubiera estado a su altura, no replicó. Hacerlo hubiera sido muy orgulloso por su parte y, cuando se esta en presencia de una diosa, sólo hay una cosa que pueda decirse.

-        Hai, Amaterasu-ōmikami-sama.