Mitos Renacidos VII: Encuentro

 Encuentro

 por Alberto Rodríguez

 Fenrir

 

La luz se filtraba entre los abetos y le iluminaba el rostro. Hanna estaba muy acostumbrada a caminar por los extensos bosques de la selva negra. Sus interminables senderos y bosques, sus lagos, sus cascadas y sus increíbles paisajes hacían que se sintiera como en casa.Durante el invierno, estudiaba en un colegio situado en el Chateau du Rosey, en Suiza. Después de la muerte de su madre, su padre se había enfrascado en los negocios y no tenía mucho tiempo para ella. En una de las pocas conversaciones que habían mantenido le había confesado que, cada vez que la miraba le asaltaba el recuerdo de su madre y no podía soportarlo, por ese motivo iba a ser internada en un colegio hasta que acabara sus estudios y fuera a la universidad.

A los dieciséis años los adolescentes pueden ser muy crueles y no se podía decir que tuviera muchos amigos. Era más dada a relacionarse con los animales que con sus propios compañeros. Los animales no preguntaban ni te juzgaban, y sobre todo no fardaban de los coches, casas o dinero que tenían sus padres.

El verano era la única época del año en la que Hanna era realmente feliz. Lo pasaba con su tío Fredderick que era el jefe de la guardia forestal en la selva negra. Al contrario que su padre, su tío se alegraba mucho cuando iba a visitarlo y pasaba todo el verano recorriendo de punta a punta los parques naturales y disfrutando de todo lo que veía.

Esa mañana su tío le ofreció acompañarle a uno de los lugares más retirados del parque y que no estaba abierto al público. Hanna no quiso perder esa oportunidad y preparó su mochila tan deprisa como pudo.

Tuvieron que dejar el Jeep al pie de un lago ya que el único camino que había a partir de ahí era un sendero que iba desapareciendo al internarse en el bosque. A los pocos minutos su tío le pidió que esperara para inspeccionar el camino. Hanna aprovechó para sacar su cuaderno y comenzó a dibujar las plantas e insectos que habían al borde del sendero.

De repente lo oyó.

Primero fue un ruido de ramas quebrándose. A estos le siguieron unos quejidos y lamentos, propios de un perro al que le pisas la pata sin querer y decidió ir a investigar un poco. Según aumentaban los ruidos sus pensamientos se atropellaban por la excitación, pensando en que se encontraría al llegar allí. Probablemente sería un zorro herido o a lo mejor un perro de alguno de los ganaderos cercanos a la linde del parque, que se había perdido. Pero ninguno de sus pensamientos le prepararon para lo que vio al llegar.

Su pelo negro como el carbón. Sus ojos amarillos observándola con aspecto animal, pero con una astucia que no era propia de un ser de este mundo. Era como si analizara cada pequeño movimiento que realizaba y evaluara sus consecuencias. Era un lobo.

 

Por la forma del hocico y el tamaño de las patas y la cola debía de ser un cachorro, pero su tamaño no era para nada el de una cría. Estaba agazapado y atrapado por un tronco y unas zarzas, pero de pie, su cabeza debía de llegarle por el pecho. No se había dado cuenta pero estaba temblando. Nunca se había encontrado cara a cara con un lobo salvaje y no sabía como reaccionar. ¿Que pasaría si lo liberaba? Puede ser que la atacase o en el peor de los casos que la devorase allí mismo.

Estuvo pensando unos minutos que hacer y al final se decidió a sacarlo de allí. Decidió empezar por las zarzas y el tronco, que le impedían mover las patas traseras. El no se movió, como si comprendiera que del éxito de Hanna dependía su libertad. Sacó una navaja que llevaba en su mochila y cortó primero las zarzas para que no se hiciera más daño al intentar incorporarse, pero lo que más trabajo le costó fue el tronco. No le extrañaba que no pudiera levantarse con ese trozo de madera encima. Vio que solo con sus manos no era posible liberarlo así que decidió coger la rama más consistente que pudo agarrar y hacer palanca. Un intento. Dos intentos. Al tercer intento el tronco se movió y el lobo quedó libre.

Sin darle tiempo a recuperar el aliento el animal se abalanzó sobre ella y la derribó. Se quedó paralizada al ver sus ojos amarillos clavados en los suyos, pero para su sorpresa, después de observarla durante unos largos minutos, el lobo se marchó.

No supo si había estado horas o minutos en shock. Solo que se había despertado en el hospital y su tío estaba a su lado. Hanna prefirió no contarle lo sucedido ya que, seguramente pondría en peligro a ese animal, pero en los años que siguieron, Hanna nunca pudo olvidar esos ojos, tan parecidos y a la vez tan distintos a los de un lobo.