Mitos Renacidos VIII: La Huída

La Huída

 por Oriol Villanueva

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Museo Arqueológico Nacional, Atenas. Grecia. 21:05 

Stavros atravesaba el pasillo a toda velocidad, el pitido de la alarma resonaba cada tres segundos, pero él sabía que nadie acudiría a socorrerlo. El fin de semana de violencia callejera, el pillaje y los incendios provocados, tenían a la policía saturada. Tampoco sabía dónde estaba Mehmet pero estaba convencido de que ya estaba muerto. Su compañero era turco y los radicales de extrema derecha que cada día estaban tomando más poder en el país, habían proclamado públicamente que no querían extranjeros y los culpaban del desastre. Él era griego de los pies a la cabeza, pero no creía que eso le sirviera de mucho cuando la jauría de rapados que le perseguía le diera caza.

 

Como guardia de seguridad del museo tenía una porra y un espray de pimienta; eso no serviría de mucho, al menos había una decena de salvajes ahí dentro, eran rápidos y le estaban comiendo terreno. Stavros ya no era joven a sus 42 años aun conservaba algo de su fuerza de juventud, pero tantos años de sedentarismo y falta de acción le habían pasado factura, aunque de complexión fuerte lo que más llamaba ahora la atención de él, era su enorme barriga. Ahogado ya de la carrera se dio cuenta de que no podía seguir corriendo, así que se adentro en la pequeña sala dedicada a Hades el dios de los muertos; cerro la puerta atrancándola con un estante lleno de objetos cerámicos que se precipitaron al suelo, si salía vivo de esta lo despedirían por aquello. Con la puerta bien atrancada se giro para observar la estatua que le miraba inquisitivamente desde su pedestal.  -Lo siento pero no quiero morir hoy, Hades.- Soltó una pequeña risa cargada de amargura observando la puerta los radicales estaban a punto de llegar, oía sus gritos y el sonido de las botas militares contra el frió y pulido mármol blanco.

 

Entonces  se hizo el silencio, un silencio total, casi sepulcral, el tiempo se ralentizo. La bien iluminada sala comenzó a oscurecerse  y fue como si el frió invierno hubiera llegado de golpe. Las sombras parecieron cobrar vida a su espalda, un único sonido, un crack hueco como si algo se hubiera desprendido de la pared. Girándose lentamente contemplo como la estatua de Hades cobraba vida.

 

Lo que había sido duro mármol blanco se había convertido en huesos, carne y piel pálidos, la túnica que cubría su cuerpo parecía hecha de la misma noche, el casco que portaba en su brazo izquierdo resplandecía plateado que brillaba con luz propia. Un rostro firme, duro y sereno, le observaba tras una poblada barba oscura acabada en punta, a la que la luz del casco daba destellos azulados, lilas y violetas. Sus ojos eran dos pozos negros hundidos en las cuencas, ojos que veían almas no cuerpos, su voz resonó dentro de la cabeza de Stavros.

 

-Hoy no es tu día, es el suyo.-dijo señalando al final de la habitación, tras la puerta que estaban intentando echar abajo, detrás de Hades había una figura pequeña de un perro que representaba a Cerbero, esta no había cobrado vida pero una sombra se deslizo de ella recorriendo el suelo y la pared y cuanto más avanzaba en dirección a la puerta más grande se hacía, cuando atravesó  el umbral de la puerta era enorme y tenía tres cabezas.

 

-Todo aquel que mancille el suelo sagrado, hogar de los dioses en la tierra, será castigado eternamente.- Una furia silenciosa recorría su mirada. Stavros no dudo de que el Tártaro existía y era un lugar horrible.

 

Hades volvió su mirada de nuevo hacia el guardia de seguridad que aterrado y maravillado se había puesto de rodillas. -Ve fuera y proclama nuestro regreso, los Antiguos hemos retornado y pronto reclamaremos lo que nos pertenece.- Dicho esto se coloco con solemnidad su casco y desapareció.

 

Stavros aun tardo unos segundos en incorporarse, estaba asombrado y aterrado a partes iguales, no podía creer lo que había visto, la oscuridad desapareció como había venido y la luz de los focos y el pitido de las alarmas volvieron a la sala. Trago saliva antes de mirar la puerta que había atrancado y se acerco con paso lento, no se oía nada. Volvió a mirar donde antes había estado la estatua, el pedestal estaba vació. Tomo aire y desatranco la puerta, cuando la abrió lo que contemplo casi le hizo perder el sentido. La sangre en las paredes y el suelo dejaba bastante claro lo que había sido de sus perseguidores, dio las gracias de que no hubiera cadáveres,  tomo aire y se preparo para su nuevo trabajo:

 

Predicar la vuelta de los dioses.