Mitos Renacidos XI: Konibori

Konibori

de Ivorwen

Ame-no-mi-kumari

 

“… ¿Qué es ese sonido?...” – siguió durmiendo.

“…Suena como la corriente del río…”. Una sonrisa cruzó su rostro. “…Las carpas me hacen cosquillas con sus bigotes…”, volvió a dormirse.

“…Están muy asustadas. ¿Por qué huyen?...”, intentó moverse.”...estoy demasiado débil…”

Desde hacía unos meses, Nobunaka se levantaba cada mañana al amanecer. Los terremotos que habían asolado Japón habían provocado una fuga en la central nuclear pero, gracias a los dioses, causaron pocas víctimas. La experiencia con el desastre de Fukushima había forzado al pueblo japonés a estar preparado y disponer de un amplio protocolo de emergencias.

Nada de esto consolaba a Nobunaka. A sus sesenta y cinco años quedó viuda por el accidente de la central, y poco después perdió a su hija a consecuencia de la radiación. Su única alegría era Hitomi, una pequeña de cuatro años que vivía en la habitación de al lado y que cada noche, entre llantos, llamaba a su madre en sueños.

-Está listo.

Extendió el Konibori y lo admiró. Había bordado con mucho esfuerzo unas carpas blancas, amarillas y naranjas a la bandera, pero todo era poco para su pequeña.

- ¡Abuela  pero qué bonito es!  Joooo… yo no podré  participar en el concurso de carpas…  pero todos admiraran mi konibori! – sus ojos volvían a brillar por segundos como antes pensaba al verla emocionada corriendo por el pasillo volando la bandera.

- Tengo además otra sorpresa para ti. Hayate, el pescador, me ha prometido traer una carpa antes del festival de las próximas semanas y podrás participar.  –  le hizo un guiño.

Hasta Hitomi sabía el esfuerzo que habría hecho su abuela para esto. Desde la fuga de la central, muchísimas carpas habían fallecido, el rio andaba contaminado y el monopolio de las carpas lo tenía el Sr. Hiroto lo más parecido a un señor feudal de la época Edo. Famoso por la extorsión y el abuso de las familias medias y pobres como la de Nobunaka.  ¿Cómo conseguiría Hayate una carpa entonces?

La puerta se abrió de golpe y la chica cayó al suelo.

- ¡Por los kappas! ¿Qué ha pasado?- se asustó Nobunaka.

Hayate la ayudo a recostarse en el futón.

- La he encontrado en la parte alta del río he tenido que apartar rocas para sacarla de abajo… - Se quitaba la gorra nervioso y tartamudeaba un poco al intentar explicarse- No sabía dónde acudir, no estaba atrapada bajo escombros por el terremoto pero,  pero… balbuceaba ¿sabes?  Cosas como “mis ríos…”   “mis carpas...” en el silencio de la madrugada pescando… jamás lo habría oído de no ser por eso…- Sus palabras salían a trompicones y sin orden coherente.

-  Has hecho bien en traerla Hayate, está muy débil y tiene fiebre. Prepararé una compresa de hierbas, la limpiaremos, curaremos  y esperaremos que despierte- Nobunaka regentaba antes de jubilarse el herbolario y hacia pócimas e ungüentos curativos para todo el pueblo.

Cuando Hayate se hubo marchado más tranquilo y después de acordar no decir nada sobre la muchacha hasta saber quién era, la anciana se dispuso a limpiarla y cuidarla con la ayuda de Hitomi.

- Abuela… parece un disfraz. Su piel tiene roca pegada. Tiene musgo y flores en el pelo – El camuflaje que describía Hitomi era realmente impresionante.  ¿Pertenecería a un circo ambulante? ¿Seria una actriz de un teatro o la televisión? Jamás habría visto nada parecido.

Los días fueron pasando y la chica desconocida acompañaba a Hitomi con sus lloros de madrugada. Nobunaka escuchaba los sollozos de ambas cada noche.  A su edad poco dormía y se pasaba las horas bordando y cosiendo, su pequeña pasión.  Los kimonos de Nobunaka eran famosos en toda Okuma.

En las dos últimas semanas los sueños de la chica eran cada vez más fuertes, los ríos, las carpas, los mares, la creación… Amaterasu. Eran muchos de los comentarios que tenía entre fiebres.  Nobunaka tenía miedo al imaginar y suponer cosas, pero no podía ser posible. No podía ser real. No.

Las noticias daban imágenes de desastres por todo el mundo y apariciones extrañas de seres sobrenaturales que los políticos y “gente importante” desmentían. Cada día sus sospechas eran más fuertes.

Llego el Festival de la Carpa en Okuma y Hitomi aun no tenia pez alguno. Hayate se había disculpado pero el dinero de su abuela no había sido suficiente.  La pequeña tenía su bandera de carpas y un cubo vacio. Sentada en el porche dejaba pasar la mañana hasta la hora de bajar a la plaza. Pocos niños tendrían carpas pero ella había soñado con ser uno de ellos.

La puerta de la sala se abrió.

- Muchas gracias por su hospitalidad, sé todo lo que ha hecho por mí - La chica de cabello negro liso y brillante estaba de pie con el kimono azul de carpas bordadas en los bajos que la anciana había tejido. Su porte era magnifico, no parecía haber estado enferma. Irradiaba una luz y frescura sobrenaturales.

 - Soy Nobunaka y creo… creo saber quién es usted. – El té se  había derramado por el tatami. Señalo un tapiz bordado de la pared el cual relataba  “… y se crearon los ríos y los mares y ella se marchó y nadie la encontró.  Y aunque los dioses la buscaron las aguas la guardaban…”

- Soy Ame-no-mi Kurami y tú eres mi Ashigaru  a partir de hoy. Ahora volveré, la que no quería ser encontrada ha despertado y su voz será oída. Tendrás noticias mías y acudirás en mi nombre.

Kurami salió por la puerta pasando al lado de Hitomi que quedó boquiabierta en el porche. Kurami cogió dos de las carpas de su kimono y las depositó en el cubo de Hitomi. Ahora la niña estaba más patidifusa pues: ¡Las carpas estaban vivas! Y nadaban plácidamente en el cubo.

Alzó la cabeza para agradecer o balbucear, pero allí no había nadie.