Mitos Renacidos XII: Despertar

Despertar

de Marcos Dacosta

Volva

 

Ella había sido una vez una persona normal. De eso estaba segura. Una pequeña parte de su mente, al fondo, muy al fondo, todavía recordaba esos diminutos fragmentos de cotidianidad con los que uno envuelve su día a día: el aroma del café sentada en la mesa de la cocina, los excitados lametones de un encantador cachorro de Beagle llamado Max, la entrada al metro de Estocolmo, esperando para engullirla cada mañana junto a un millar más de anónimos trabajadores. Estos ecos eran frágiles y huidizos para ella. A veces lograba atrapar uno y desenredarlo hasta toparse con otros más, como quien trata de recordar el más vago sueño a la mañana siguiente. Sí, ella había sido una persona normal.Mas lo peor para ella eran las cosas que no necesitaban ser recordadas, esas eran las que más le irritaban. La otra noche encontró un uniforme en el armario de una habitación que no era capaz de reconocer ya como suya. Era de un verde suave y apagado, con un símbolo arcano a la altura del corazón que le hizo pensar en interminables pasillos blancos, sangre en las manos y en un fuerte olor a algún producto químico. Sin embargo ninguno de esos datos significaba ya nada para ella, incapaz de comprender siquiera cómo encajaban las piezas del puzle. Había salvado vidas, de ello era consciente, pero cómo o por qué eran preguntas que poco a poco iban diluyéndose en su mente.La antigua enfermera se sentaba de cuclillas frente a un afilado trozo de espejo, devolviéndole este un reflejo fantasmal que le causó un pequeño escalofrío, espantando así tal vez a lo que quiera que aún quedase de sí misma. Las demacradas mejillas habían afilado su cara, sus ojos antaño de un dulce miel eran ahora ventanas a interminables llanuras de tormentas e invierno eterno. A juzgar por la escasa luz de la calle que entraba a través de las gruesas cortinas de la sala de estar, el color de su cara había sido espantado de forma permanente por lo sucedido esas últimas noches.

Pese a ser la primera vez que realizaba el ritual, tomó el filo del espejo y se lo llevó a la cara con la templanza de quien ha repetido esta acción a lo largo de los milenios. Sin vacilación. Un símbolo de poder bajo el ojo derecho de la mujer hizo florecer gotas de sangre en la mejilla a las que ella no prestó atención alguna. Depositó el espejo en el suelo y, con su mano izquierda acercó a sí lo que antes había sido un cuenco para llaves; el sonido de la cerámica al ser esta arrastrada por el suelo sin ningún cuidado. En el interior de la pieza de barro pequeños trozos de hueso chocaban entre sí, runas talladas en cada uno de ellos. Se llevó uno de huesecillos a la boca, royendo con los dientes los últimos restos de dura carne todavía adheridos a este y lo devolvió junto a los demás. El nombre de la fiel mascota ya había abandonado su mente para nunca más regresar.

Sostuvo los huesos en sus manos y los dejó caer frente a ella; unos de cara, otros ocultando su runa, todos formando extrañas constelaciones que le permitían ver más allá de esa oscura sala, de la ciudad, del horizonte, elevando su mente hasta otros mundos lejos de este, reposando plácidos en las ramas del gran árbol Yggdrasil, hasta donde uno puede atisbar los afilados hilos del destino trenzados de acuerdo a su propio e inescrutable patrón. Lo que allí vio no pudo ponerlo en palabras que entendiese mortal alguno, pero reconoció la tormenta acercándose y eso la llenó de temor solo durante un instante. Solo uno. Luego no se permitió sentir más.

Tras incorporándose con solemnidad, regresó al cuarto de la mujer que ya no era ella y cubrió su cuerpo con los primeros ropajes que encontró en el armario, su imagen devolviéndole una terrible mirada desde el espejo de una de las puertas. Un pantalón de pijama y una camisa de botones, eso era todo cuanto llevaba cuando abandonó el apartamento descalza, sangre seca formando perlas mates en la barbilla. A su espalda la puerta quedó abierta de par en par y, aunque ya no reconocía el lugar, supo orientarse hasta la salida del edificio.

Otros dioses estaban llegando. Podía sentirlos venir, paso a paso, atravesando continentes y océanos; manifestándose en todo su poder. Alguien habría confundido el frío viento huracanado que recibió a la mujer en la calle con una terrible ventisca de invierno, pero ella sabía que esta no era otra cosa que la calma que precede a la tempestad; y esta tempestad los iba a devorar a todos. Viejas leyendas como ella resurgían sedientas de poder, cosas que épocas civilizadas habían desterrado a las estanterías de ficción. Criaturas terribles para las que las leyes de la realidad no servían para nada.

Sus pasos desnudos le llevaron lejos de la ciudad, los pocos viandantes que se cruzaban con ella apartándose de su camino con presteza sin mirarla siquiera a los ojos. Al cabo de unas horas los edificios dieron paso a casas unifamiliares y estas a árboles. Sus pies sangraban pero ella ya no los sentía. Qué ridiculez pensar en sí misma como otra cosa que no fuera una Volva. Como algo incapaz de sacudir la misma tierra con su poder. Groa era su nombre. Su único nombre. El que siempre había tenido desde los tiempos antiguos. El destino se había pronunciado. Ya no importaba nada más.

Miró al otro lado de la llanura, un coro de árboles muertos eran los únicos testigos de la escena. Allí le esperaba una armadura anacrónica, fuera de lugar tanto en tiempo como en espacio, el rostro del guerrero oculto tras una máscara demoníaca. Él desenvainó una espada antigua, mellada tras milenios de guerras. Ella extendió su mano y llevó el poder hasta ella; una llama azul que se movía en cámara lenta comenzó a crecer en su palma.

Los oráculos habían hablado. Hoy moriría un dios.