Mitos Renacidos XIV: Los Hilos del Destino

Los Hilos del Destino

de Marc Gómez

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         Los gritos del mendigo empezaron a llamar la atención de los transeúntes.

“¡Acercaos, es... escuchadme!” Su bamboleo etílico parecía obedecer al ritmo de una música que sólo sonaba para él. “¡Escuchadme... maldita sea! Debo haceros llegar la palabra... de... Escuchadme!” Levantaba los brazos con entusiasmo para dar énfasis a su demanda.

         La mayoría de los peatones ignoraban sus gritos, sin embargo, algunos fueron deteniéndose con aire curioso y otros sacaron sus móviles para grabar el espectáculo y subirlo a Youtube.

         Las escenas como aquella se habían vuelto habituales en Atenas. La terrible situación que atravesaba el país añadida a los extraños acontecimientos que sacudían todo el planeta habían sembrado la ciudad de personajes de ese estilo. Charlatanes, predicadores y profetas aparecían por las calles para anunciar a gritos sus peculiares advertencias bajo el aborrecido eslogan de “El Fin Esta Cerca”.

Viendo que había conseguido reunir cierto público, el mendigo se arregló sus mugrientas ropas y prosiguió con sus devaneos.

“Cerrad los ojos, cerradlos... y abrid las orejas...” Él hizo lo propio, a modo de dar ejemplo. “¿No lo oís? Ñic... ñic... ñic... el  huso rueda de nuevo y la lana vuelve a hilarse! Ellas han vuelto y yo os traigo su palabra.”

         La mayoría de espectadores se miraron unos a otros con media sonrisa en los labios mientras el mendigo se sumía en un misterioso silencio. Repentinamente cogió aire y gritó a pulmón abierto, con los brazos extendidos.

“¡Honrad a las Moiras!”

         Las risas se sucedieron entre el público, que por algún motivo había estado esperando alguna revelación con cierto sentido. “¡Escuchadme!” - continuó molesto al ver que le tomaban por loco. -“Os contaré una historia tan real como el vino barato que he estado bebiendo toda la mañana.” Su tono y su porte se habían vuelto desafiantes. “Y luego me diréis si soy un loco o un mentiroso... ¡O ninguna de ambas cosas!”

 

         En la Maternidad de Gaia de Atenas, Helena abrazaba a su hijo neonato tumbada en su lecho, acompañada por su esposo Gregorio y el Padre Damian, mientras el bebé se alimentaba de leche materna. Ambos progenitores descendían de familias católicas y dado que el catolicismo era un culto minoritario en Grecia, la relación de los sacerdotes con sus feligreses solía ser más cercana.

“Qué alegría Helena.” -dijo el Padre Damian- Dios te ha bendecido con un niño sano y fuerte. Esta tarde rezaré para darle las gracias.”

“Qué amable de vuestra parte, Padre.” -dijo Gregorio- “Estoy seguro que nuestro pequeño será un gran hombre y un buen defensor de la fe cristiana, que falta nos hace en este país con los tiempos que corren.”

“Bien dicho, hijo mío.” -asintió Damian.-

“Creéis padre,” -dijo entonces Helena con la risa en el rostro- “que mi bebé se convertirá en sacerdote?” Todos rieron.

“Sería una bendición que así fuera, hija mía.· -contestó- “Pero sólo Dios sabe cuál será el destino de este angelito. Recuerda siempre que Dios tiene un plan para todos nosotros.”

         Como respuesta a sus palabras, tres figuras femeninas aparecieron en la habitación rodeadas por auras de luz blanca y dorada. Vestían túnicas de colores apagados con trazos de negro y llevaban el pelo recogido con diademas, al estilo de los tiempos antiguos. El sacerdote ahogó un grito de asombro al creer, por un instante, que se trataba de una aparición de la Virgen. Sin embargo, las miradas de aquellas mujeres eran frías como el invierno y carecían completamente de bondad o compasión.

         Una de ellas, la más joven, sostenía en su mano una rueca antigua, compuesta por una vara y un huso en su extremo, en el que había enrollado un ovillo de lana blanca y negra. Otra, un tanto mayor que la primera, portaba una vara de medir de madera y la última, la más anciana, esgrimía unas tijeras.

         Ninguno de aquellos objetos era mundano, así lo decidió Gregorio cuya mirada se vio atrapada por sus intrincadas decoraciones relucientes y el aura brillante que parecían irradiar. Helena, sin embargo, no podía apartar sus ojos del hilo que manaba de la rueca, pues de alguna forma reconocía que aquello no eran hebras de lana, sino de vida.

         La más joven de las tres recién llegadas inició su tarea, haciendo rodar el uso. Emitía un gemido de pena y melancolía que recordaba a eras pasadas y a tiempos olvidados. Las manos suaves y perfectas, de tez pálida y brillante, hilaban los hilos de lana blanca y negra con una gracia y soltura divinas. Una danza de movimientos abstrayente que dejaba sin aliento si se contemplaba.

         Mucho tiempo había callado aquella rueca, mucho se había enredado el hilo, y sin embargo al volver a hilarlo, pareció que no había pasado tanto. Pero ellas sabían que por demasiado tiempo los designios del destino escaparon de su abrazo, arrebatados, a pesar de haber sido siempre su divina potestad y derecho. No era sabio ofender a las Moiras, ni siendo dios ni mortal, pues las tres hermanas presenciaban el alumbramiento de todo lo que nace y en ese instante decidían cuánta de su suerte y cuándo de su muerte. No había quien pudiese escapar a la voluntad del hilo de vida, ni quien pudiera eludir al destino que ellas le hubieran tejido. Sólo Zeus, su padre, podía otorgar su indulto y librar así al mortal del destino que las Moiras le hubieran hilado.

Habló Clotos, la más joven, sin apartar la mirada de su tarea.

“Somos las Moiras. Desde el principio de los tiempos hemos designado el destino de los hombres, pues esa es nuestra misión divina como nos fue encomendada por nuestro padre.” -dicho esto empezó a pasar el hilo a su hermana mediana, Láquesis, que con su vara de madera lo fue midiendo. Y mientras lo medía tomó la palabra.

“Nosotras designamos el largo de cada vida de este mundo. No hay destino que no sea el que nosotras tejemos, ya sea de nobles, esclavos, o clérigos.” Cogió el hilo por un punto con dos dedos y lo pasó a su hermana mayor, Átropos, mostrándole la marca que había escogido. Ésta abrió sus tijeras y dispuso el hilo entre sus cuchillas.

“Y aquellos arrogantes que crean lo contrario,” -dijo Átropos mirando al sacerdote- “serán testigos de la veracidad de nuestras palabras y aprenderán a honrarnos a nosotras y a nuestro deber sagrado.”

         Entonces las tijeras se cerraron emitiendo un ruido estridente y el hilo se desprendió deshaciéndose en volutas de un humo blanco.

         La vida del recién nacido se escapó con un último suspiro de entre los brazos de Helena, y en ellos sólo quedó la fría muerte.

         A los pocos días, la pareja se divorció. La madre fue internada en un centro psiquiátrico para suicidas potenciales mientras que Gregorio encontró la muerte en una pelea de borrachos. El padre Damian dejó el sacerdocio y ninguno de ellos volvió a pisar una iglesia. Pero todos recordaron por siempre más que no se debe ofender a las Moiras.

 

Los transeúntes observaban al mendigo con cara de incrédulos. Algunos de ellos se habían unido al corrillo a mitad del cuento y no sabían muy bien de qué iba el tema. La reacción mayoritaria seguía siendo de escepticismo y poco a poco el público empezó a dispersarse siguiendo su camino.

“¡No me creéis! -afirmó el mendigo indignado. Entonces apartó las harapientas ropas de sus antebrazos para mostrarlos claramente a la muchedumbre. Las marcas rojas producidas por jeringuillas salpicaban su piel blanca y escuálida.

“Joder si sólo eres un puto yonki.” -dijo uno de los transeúntes que había escuchado su historia.

“Sí.” -respondió el mendigo.- “Me pincho heroína para acallar el llanto de un bebé muerto, los gritos de una madre loca y la rabia sangrienta de un padre destrozado. Me pincho porque lo único que no oigo es a Dios diciéndome nada al respecto.”

Y con estas palabras echó a andar hasta perderse entre el gentío.