Mitos Renacidos XVI: El Vínculo

El Vínculo

de LaAnjanaBrenna

Sigrun

No era la primera vez que ocurría. De repente una mañana, alguna parte del mundo despertaba con la noticia de alguna matanza en  un País lejano o no tan lejano.  Daba igual quien se llevase la gloria de los hechos, los resultados eran los mismos. Disparos  y detonaciones dejaban el rojo rastro de la sangre de los que  simplemente se encontraban en el lugar  elegido  a la hora equivocada.

  La zona que  tras la matanza se asemejaba  aun campo de batalla con heridos chillando  o agonizando, era sitiada por los cuerpos sanitarios y de seguridad del Estado. Y por cientos de periodistas que merodeaban en busca de carnaza  con la que bombardear a sus clientes.

 Durante unas semanas, los muertos eran llorados, los heridos visitados en hospitales y los culpables odiados y maldecidos y tras ello… Olvidados.

 

 Recuerdo el olor a pólvora y  el dolor  que inmediatamente después se instaló en mi cuello. El eco  del pánico  que retumbaba como un tambor en mi cabeza y tras ello  el silencio. El verdadero silencio en el que eres consciente de que no escuchas nada.  Pensé que aquello era el preludio de la muerte  y me asusté.

 La luz blanca se volvió cegadora, como un sol de verano que  taladra el iris dejando tras su paso infinitos destellos que cualquiera pudiera confundir con pequeñas y brillantes estrellas.  Y tras la estela de luz, apareció Ella.

  Bella muerte, pensé, agradecido de no haber  perdido mi raciocinio. Siempre imaginé que la Parca sería una mujer pues son ellas las que  generan  vida y justo sería que fuesen   ellas las que en su regazo te recojan cuando tu hora llegue.  Algo fallaba,  aquella imagen de mujer  vestida de negro con guadaña, nada tenía que ver con la hermosa joven cuyos cabellos dorados ondeaban  salvajes  sacudidos por la brisa que forjaba el  vuelo de su montura.

 Se acercó a mí. Vi mi  imagen reflejada en el brillante casco que cubría su cabeza, en él tallada en relieve distinguí una runa.  En sus manos, lejos de portar guadaña alguna, sujetaba lanza y escudo. Y cubría su torso con un corselete  de color rojo oscuro. Sin duda alguna la efigie que tenía ante mi era la de una mujer guerrera.

  Sus labios, a tan solo un palmo de los míos  comenzaron a susurrar palabras que no entendía, envueltas en un halo blanquecino frío como la nieve de invierno. Vinieron a mi memoria los cuentos que la abuela me contaba de niña. Leyendas de Diosas guerreras  que surcaban los cielos en busca de fieros guerreros muertos en la batalla. Todo esto empezaba a no tener sentido y temí que ciertamente hubiese perdido la razón.

 Cerré con fuerza los ojos, deseé frotarlos con ahínco pero mi cuerpo estaba paralizado. Intenté emitir alguna palabra, pero era incapaz de abrir la boca.  Al abrir los ojos, observé como a mi alrededor otras mujeres de figura similar a la que tenía frente a mi, recogían del suelo a hombres y mujeres  inertes y  se los llevaban cruzando las nubes.

-       ¡Tú no! – La mujer  me habló – Tú me servirás a mi. Yo te enseñaré y tú me ayudarás. Soy Sigrun y he venido  a darte una segunda vida, Thorey.

 Si, Thorey es mi nombre. ¡Quería decir a aquella mujer tantas cosas! El dolor se hacía insoportable, tanto que perdí en conocimiento.

 Lugares que difusamente vienen a mi mente, lugares cálidos de gratos susurros y  perfumes de hierbas. Lugares que no quiero abandonar… no, no quiero. Alguien me llama. No quiero ir.

 -       ThoreyThorey… ¿Me oyes?....

-       Thorey abre los ojos  ¿puedes abrir los ojos? …

-       ¡Oh esto es un milagro Doctora!...

  

Abro los ojos. Varias personas están a mí alrededor. Tengo la boca seca y logro decir la palabra agua. Todos me miran como si estuviesen observando un espécimen de dinosaurio. Poco a poco empiezo a reconocer caras, gestos, sonrisas.  El personal sanitario me rodea con sus aparatos y sus carpetas de anotaciones.  Mi gesto debe dibujar mi contrariedad.

  -       Thorey, soy la Doctora Sigrun. Te acabas de despertar de un estado severo de pérdida de conciencia. No te preocupes, estamos aquí.

 Fijamente observo a la Doctora. Una mujer joven, de rasgos delicados. Sus cabellos rubios atados en una coleta a su espalda. Acerca la  mano hacia mi cabeza y  me inunda  el perfume a hierbas que desprende. Me sonríe. Miro la abertura de la bata blanca, sobre la piel brilla un colgante con aquella runa. Nos miramos y sin decirnos nada estrechamos nuestro vínculo.