Mitos Renacidos XVII: La Canción de los Cielos

La canción de los cielos

de Marcos Dacosta

SONY DSC

Ladeó la cabeza y escuchó las múltiples pisadas que, con premura, se acercaban hasta él desde todas direcciones. Dio unos pasos hacia adelante y estudió sus alrededores con desapasionado interés. El olor de la mar se mezclaba con el de los óleos y miasmas que surgían de los buques amarrados al muelle, tornándolo en una desagradable parodia del aroma marino que él todavía recordaba de la última edad en la que había recorrido este mundo. Como quien afina un delicado instrumento, el dios del trueno permitió que esa pequeña nota de ira resonase libre en sus entrañas, su cara impávida como una máscara de madera de ciprés. Afianzó su lanza de metal en su mano derecha y adoptó una postura recta, los músculos tensos y los ojos cerrados, dejando que sus oídos se habituasen a todos y cada uno de los pequeños sonidos que le rodeaban.

El grupo encargado de darle la bienvenida a esta nueva tierra se acercó, una cacofonía de pasos y respiraciones agitadas que sirvió a la deidad para calcular el número total de enemigos a los que se enfrentaba sin necesidad de observarles. Un breve segundo de silencio sirvió para advertirle de que le habían visto y se dirigían ya hacia él. Inhaló profundamente y la electricidad estática de la atmósfera le abrazó durante tan solo un segundo para luego regresar al éter como si ese momento de intimidad nunca hubiera pasado. Expulsó entonces el aire, que caracoleó en el aire convertido en vapor debido a las bajas temperaturas de la madrugada. Su cuerpo adoptó una posición de combate, lanza extendida, rodilla izquierda flexionada. Él era el ojo de la tormenta; sereno, majestuoso, letal. Solo entonces se permitió abrir los ojos y encarar a aquellos mortales que servían a sus enemigos en el laberinto de asfalto y cristal que llamaban Los Ángeles.Sus caras estaban deformadas por escandalosos tatuajes, escarificaciones y toscos pendientes de madera y piedra, sus ojos parecían casi salírseles de las órbitas y enarbolaban mazas de madera y cuchillas de obsidiana. Algunos tenían la boca cubierta de espuma blanca, presas de un frenesí provocado por la ingesta de alguna sustancia sagrada en uno de sus rituales. Otros mortales habrían advertido el fulgor en los ojos de la deidad, quizá incluso sentido su poder a pesar de estar este escondido tras capas de carne y hueso; mas quienes hacia él avanzaban lo hacían contagiados de una fe primitiva y aterradora, más antigua que los volcanes y mucho más violenta. Estos eran hombres que habían visto a su dios, y ese dios les había azuzado contra su enemigo más como una suerte de mensaje que como un obstáculo a superar: el alma y el corazón de los habitantes de Los Ángeles eran suyos para devorar, y ningún otro dios, mucho menos uno perteneciente a otro panteón, estaba invitado al banquete. El dios del trueno aceptó la situación con la paciencia de un cielo negro a punto de estallar en furiosos rayos.

El primero se abalanzó contra él gritando antiquísimas plegarias en una lengua casi muerta, la sobrehumana fuerza y velocidad de sus movimientos fruto sin duda tanto de saberse elegido por un verdadero dios como de los terribles venenos que corrían por su sangre. La deidad bloqueó la maza de su atacante con un simple movimiento de su lanza, madera chocando contra metal. Movió sus pies y, ejerciendo firmeza, se sirvió de los bordes aserrados del arma del mortal para empujarla lejos de sí; dejó llevarse por la inercia en una feroz pirueta que culminó con la hoja de su lanza firmemente insertada en el pecho del pobre infeliz. Este tardó unos instantes en darse cuenta de que estaba muerto, la incomprensión evidente en su rostro. Sí, se creían protegidos por su dios de todo daño. Aún así, la muerte de su compañero no amedrentó al resto de la jauría.

Otro se acercó por la espalda del dios, quien pudo advertir una hoja negra y afilada en las manos del mortal. Una patada al cadáver le permitió liberar su lanza a tiempo de volverse para encarar a su nuevo rival. En un movimiento fluido, hizo girar su arma en su mano derecha, la parte roma de la lanza ahora dirigida hacia adelante. Antes de que el sirviente de su enemigo pudiera acercarse más y hundir el puñal en sus entrañas, la deidad sujetó la lanza con decisión y golpeó su cuello más para detener su avance que para matarle. El mortal dejó caer el cuchillo y se llevó las manos a la garganta. El dios del trueno aprovechó para, con gesto impasible, volver a hacer girar la lanza en sus manos, trazando una línea invisible en el estómago de su atacante que, solo un segundo después, comenzó a marcarse en rojo. Piernas juntas, brazo izquierdo separado del cuerpo, brazo derecho sosteniendo la lanza dejando que pequeñas gotas carmesíes bailen al final de la punta de esta. El humano y la primera de las gotas cayeron al suelo al mismo tiempo.

Se dispuso entonces a terminar con esa charada ahí mismo, avanzando hacia el grupo de fanáticos con la determinación del relámpago.  Antes de que pudieran reaccionar, su lanza ya se había cobrado la vida de dos hombres, dos precisos cortes a la altura del cuello; avanzó a través de las neblinas de sangre, pequeñas motas rosas floreciendo en su traje blanco. Con celeridad esquivó una de las mazas de madera, respondiendo al ataque con una rápida patada usando su lanza para mantener el equilibrio. Fue entonces cuando escuchó su nombre.

- Aji-Suki-Taka-Hi-Kone... –gorgoteó una voz profunda y baja que parecía haberse arrastrado desde las entrañas de la tierra hasta acariciar los oídos del dios del trueno con repugnante odio.

Notó este entonces la presencia del otro dios. A un suspiro de distancia, oculto entre las alargadas sombras de la ciudad. Se había acabado el juego. El dios del trueno abrió la boca y dejó que un canto surgiese de su garganta. A qué sonaba nadie lo sabría nunca, los mortales supervivientes convulsionando en el suelo, manos tratando de proteger unos oídos que jamás podrían volver a oír. La voz del dios aumentó de intensidad hasta que su misma lanza comenzó a vibrar y a vibrar, los únicos testigos de este hecho contemplándolo en absoluto silencio. Fue entonces cuando el arma comenzó a brillar, como si estuviera siendo calentada por el fuego de un herrero. Y el rojo se tornó amarillo, y el amarillo blanco; y el blanco cegó a todos, pues Aji-Suki-Taka-Hi-Kone blandía ahora el rayo y dejó que este rugiese sobre su cabeza.

Salió al encuentro de su enemigo.