¿De vuelta a casa? 2º Parte (Historia)

Autor: Marc Simó

Ilustradora: Alba Aragón

África.
 
El monje todavía no había acostumbrado su vista a la oscuridad absoluta y  todavía tenía marcadas en su retina las estridentes explosiones que le habían llevado hasta aquí. Trató de sacudir su cabeza y forzar la vista para situarse.
 
—Sé bienvenido caminante, a la casa de este atlante. —Una voz resonó entre las paredes del largo y oscuro pasadizo, era una voz profunda, cargada de sentimiento, con dejes franceses y acentos americanos a partes iguales, pero suave y amable al oído como la de un orador capaz de embaucar al mundo entero.
 
—El hombre que camina entre dioses, viene a mi tras la bochornosa derrota. ¿será que ha perdido el norte o es que se la ha ido la chota?— rió.
 
—¿Quién eres?— interrumpió Pak con un pequeño salto hacia atrás cuando una estilizada calavera blanca y reluciente se dibujó unos metros más allá flotando entre las sombras.
 
—No importa quien soy, de momento, sólo que debes permanecer atento.— Una luz rojiza, tenue e irreal, se adueñó de la estancia permitiéndole apreciar mejor la silueta tras la máscara. Era un hombre alto y esbelto de piel oscura y musculatura trabajada, vestía un pantalón negro y botas negras, el pecho descubierto y una larga cabellera enroscada en rastas. Los ojos abiertos se mostraban expectantes y ansiosos tras las pinturas blancas.
 
El monje se detuvo y dudó.
 
El extraño hombre hizo una especia de reverencia y corrió las cortinas rojas de pesado terciopelo que tenía tras él mientras musitaba.
 
—Nada, en mi casa, hay que temer, pues nadie aquí te va a retener. De este incierto  futuro que tienes delante, algunas pequeñas pistas yo puedo entregarte. —El monje fijó su vista en la gran sala roja que se abría tras las cortinas, era monótonamente circular, las cortinas estampadas se repetían alrededor de la circunferencia de  la sala de más de diez metros de diámetro. 
 
Justo en medio, una única mesa redonda de madera oscura un taburete y una silla labrada de anchos brazos, tapizados de la misma tela roja que ahora les rodeaba y decoraba cada centímetro de la sala. Sobre la mesa unos extraños artefactos, una bola de cristal, unos muñecos de trapo, algunos pequeños huesos y un pequeño saco de piel. Al volver a levantar la vista ya no estaba seguro de por dónde habían entrado.
 
Sala Principal del Palacio de Ryujin.  Japón.
 
La radiante Diosa Sol parecía más apagada que nunca, su mirada vacía y su rostro desencajado no podían ocultar su pesar,  detrás de ella su pequeño séquito de humanos las escoltaba. Ningún otro Dios fue invitado.
 
Trisha miraba la escena con el punto de distancia que su profesión le había enseñado mientras trataba de no posicionarse ciegamente hasta el final. Fox y Tyler parecían más molestos por las duras palabras que aquel monstruo escupía a Amaterasu.
 
La viperina voz resonaba con fuerza entre las perladas paredes del Gran Salón Principal del castillo mientras la imagen se repetía ocho millones de veces en sus anchas columnas de pulido coral rojo.
 
Orochi había tomado el control de Japón, tras las noticias de la derrota se había elevado garantizando seguridad y los dirigentes japoneses le habían escuchado. El miedo, ese era el verdadero manjar del que se alimentaba la fuerza de la serpiente. A cambio sería nombrado General de todos los ejércitos nipones, sobre él recaería cualquier decisión económica, militar o social, sería nombrado Shogun. Las exigentes condiciones de Orochi habían hecho dudar en un inicio al emperador y al primer ministro japonés. Los hombres confiaban en Su Diosa y las viejas leyendas de la serpiente de ocho cabezas seguían asustando al más valiente y más en estos tiempos. Hasta que Otohime habló.
 
Se aceptarían las condiciones de Orochi hasta que Amaterasu regresara, si lo hacía, de su campaña atlántica, momento en el que la población nipona podría decidir entre seguir de nuevo a la Diosa que había conducido a la humanidad hacia una guerra perdida y había abandonado a su pueblo ante el ataque Primigenio o vivir a salvo bajo la protección del hombre-serpiente. El monstruo confiaba en la hermosa Diosa dragón y sabía de sus dotes de oratoria bastante más trabajados y pulidos que los suyos y por eso, la había escogido como su Yoriki. Los hombres aceptaron.
 
Cuando terminó de hablar, Orochi sonrió y se sentó en el trono que ocupaba la posición principal de la estancia. De rodillas a su derecha esperaba paciente una atractiva chica de rasgos zorrunos y pelo blanco que vestía un ligero kimono corto de colores blancos y rojos. A su izquierda, de pie, Otohime vestida con un largo kimono verde mar con giros rojizos a juego con la corona de coral que portaba jugueteaba con una cría de dragón entre sus manos mientras esperaba su turno.
 
El corazón de la megami del Sol estaba dividido, ese monstruo había puesto a salvo a los suyos y había repelido el ataque Primigenio. <<¿Pero a qué precio?>>
 
El Muro de jade era el último sistema de defensa con el que contaba Japón, una ligera adaptación de la tecnología atlante que habían recuperado tras la primera Gran Guerra. Negó con su cabeza, mientras asimilaba todo lo contado. <<¿A qué precio?>> se volvió a preguntar para si misma. Sólo debía ser utilizado como último recurso, y por ello se necesitaban tres Dioses para activarlo, pero él sólo lo había logrado.  Más de ciento veinte metros de muro por encima del nivel del mar que impedían el acceso al archipiélago.  Japón volvía a estar incomunicado. Además, pensó, las reservas animales dentro del muro tarde o temprano se acabarían y… ¿luego qué?
 
Orochi había condenado a Japón a una lenta agonía por la supervivencia. Sin embargo, parecía que los “suyos” preferían al Monstruo. Amaterasu agachó la cabeza. La Población la había apartado de sus pensamientos y corazones y ella podía notarlo.
 
—Gracias.— Fue lo único que pudo decir antes de que sus ojos se empañaran, nadie lo vio. La Diosa agarró con fuerza su kimono y se dispuso a hacer una reverencia en señal de derrota.
 
 
África.
 
Una espiral de humo gris distorsionó y se llevó la imagen que se había dibujado en la esfera de cristal que ahora reflejaba la dura mirada del misterioso hombre de la cara pintada.
 
—Luz y sombra luchan por Europa. Panteones encerrados en su propia derrota. Mientras… América… se hunde dividida y rota.  —Poso sus manos abiertas en la mesa esperando que sus palabras hicieran el efecto. Pak levantó la cabeza en busca de respuestas—. Si algo quieres saber, las preguntas correctas tendrás que hacer —contestó él.
 
—¿Por qué me enseñas todo esto? ¿Qué quieres de mi?— preguntó algo molesto.
 
—¿De verdad son estas tus dudas, o sólo son tonterías absurdas? —El monje frunció el ceño tras las palabras del africano. 
 
Seguía pensando en lo que había visto, el mundo entero estaba en guerra, viejas nuevas. Antes de abandonar el Arca de Yamato ya lo sabían, Apop en Egipto, Isse en América del Sud, y ahora sabía que Orochi hacía lo propio en Japón entre otros.
 
—Lo has dicho antes, has dicho que yo he venido a ti, pero no he venido voluntariamente, me has arrastrado hasta ti. ¿Querías mostrarme todo esto…? —Pak comenzó a hablar en una especie de razonamiento, intentando que todo cobrara algo de sentido—. ¿Ahora me toca a mi… es eso? Soy yo el que tiene que hacer algo. —Los ojos del Africano brillaban con más y más intensidad a cada palabra de su invitado—. Me hablas de guerras y desastres, me muestras un futuro peor de lo que han dejado los Primigenios… —Hizo una pausa y tomo aire antes de continuar.
 
—Has dicho que no importaba quien eras, de momento, pero ahora sí, no estas solo, ¿verdad Atlante? Sois más, muchos más y por algún motivo quieres que me una a vosotros, no… peor, queréis participar en la guerra, queréis un bando. Esta bien… si quieres que sigamos hablando, tendrás que ser más claro. ¿Quiénes SOIS?
 
Por primera vez el Atlante no habló en rimas ni enigmas, sólo dos palabras salieron de sus labios, dos palabras que resonaron con el eco de la voz de los muertos.
 
—Somos Vudú. 
 
 
Sala Principal del Palacio de Ryujin.  Japón.
 
—Al final ha regresado pues que bien…— Las palabras de Otohime sonaron como un reproche infantil. Un reproche que cortó la respiración de Trisha.
 
La reportera levantó la cabeza buscando con la mirada alguna reacción entre los asistentes. A su lado Fox y Tyler seguían con la mirada en el monstruo y los puños apretados controlando el impulso de un ataque frontal y fútil.  La Diosa Sol seguía cabizbaja perdida en sus pensamientos. Y Orochi seguía sonriendo victorioso desde su trono. La reportera miro a un lado, la mujer del Kimono rojo y blanco sonreía divertida por el comportamiento de su compañera mientras la miraba expectante. En el otro lado, Otohime le devolvía la mirada a la reportera, y por un instante hubiera dicho que le había sonreído.
 
El enfado se tornó confusión en su cabeza, y la confusión en esperanza. Con un rápido gesto detuvo a la Diosa antes de que terminara su reverencia.
 
—Si, ha regresado. Y ahora el pueblo tendrá que decidir. —Las malas noticias habían hecho pasar por alto el último punto del trato.  Hacía unas horas había prometido ayudar a Amaterasu y aún no se había dado por vencida. Miró a los ojos de la Diosa  Dragón, ahora no lo dudó, estaba sonriendo.
 
Palacio de Ryujin.  Japón. Unas horas más tarde.
 
—¡Lo tengo!—exclamó Fox—. No entiendo como funciona, pero aquí esta… treinta-setenta no vamos demasiado bien me temo. —Seguía tecleando mientras hablaba.
 
—Sabía que lo lograrías… eres un mago —contestó Trisha inclinándose por encima de la cabeza de Fox para ver la pantalla—… Ahora la otra parte. No tenemos mucho tiempo.
 
—Estará todo listo no te preocupes. —Crujió sus dedos y siguió tecleando.
 
Sala Principal del Palacio de Ryujin.  Japón. Más tarde.
 
Midori caminaba, de un lado a otro, impaciente entre las brillantes columnas rojas. Sabia que Orochi haría esperar a su “visita”, mientras le ofrecerían algo para beber, le darían varias excusas falsas y cuando empezara a desesperar aparecería, pero la chica ya hacía rato que estaba demasiado impaciente.
 
Finalmente las puertas se abrieron y el monstruo entró en la sala.  La muchacha lo recibió con una reverencia.  
 
—Habla humana— gruñó él.
 
—Vengo en nombre de mi señora, vengo a negociar la rendición. —Las palabras sonaron tristes y carentes de esperanza. La muchacha era incapaz de alzar la cabeza mientras las pronunciaba. La exagerada carcajada del monstruo sorprendió a la joven que alzó la cabeza instintivamente.
 
—No habrá negociación. No habrá perdón. En una hora Japón será mío— gritó Orochi levantando los brazos como si pudiera abarcar todo el territorio. Midori, temblorosa, dio un paso adelante.
 
—La Diosa Sol insiste en que reconsideréis vuestra posición— continuó. El monstruo miró a la insignificante humana con diversión—. Mi señora teme por el futuro de su pueblo. El muro de Jade ha aislado Japón del resto del mundo, es cuestión de tiempo que la comida escasee y la gente muera de hambre.
 
—¿Y qué? —preguntó indiferente—. ¿En que me afecta eso a mi? Sois más de los que necesito, sois una plaga, meras cucarachas serviciales que ocupáis lo que por derecho es nuestro. Ahora volveréis al lugar que merecéis, bajo nuestros pies, arrastrándoos para cumplir nuestra voluntad. Ciento treinta millones de humanos… Cuando no quede comida moriréis como ratas hasta que seáis una población sostenible. Así es la naturaleza.
 
—¡No, Amaterasu jamás lo permitirá!
 
—Y…. ¡Corteeen! — La voz de la periodista salió de detrás de una de las columnas—. Perfecto Midori es todo lo que necesitamos. Ahora mismo Fox esta distribuyendo el discurso electoral de este imbécil a cualquier teléfono, ordenador, televisión o radio de Japón. —dijo avanzando con una pequeña cámara entre las manos.  Al instante se llevó la mano a la oreja para colocarse un pequeño aparato en la oreja.
 
—¡Genial! Ya funciona. Cuarenta Sesenta. —dijo la voz de Fox por el pequeño auricular que acababa de colocarse. Trisha Sonrió.
 
—¡Que se supone que es esto!¿Que haces aquí? —gritó con los ojos inyectados en sangre.
 
—Hemos venido a darte una oportunidad para negociar y no has querido. Ahora el pueblo podrá decidir.
 
—Sesenta Cuarenta—la voz de Fox volvió a sonar.
 
—Seréis ejecutadas por traición— amenazó el monstruo que acababa de comprender lo que estaban haciendo. Miró sus brazos y notó como perdían fuerza. En Japón el temor estaba convirtiéndose de nuevo en esperanza.
 
—¡Ochenta, Quince! ¿Y el otro cinco se han perdido…? Ahora ya! Noventa, Diez, ¡Excelente!
 
—¡No! Abandona el palacio ahora mismo monstruo. No habrá negociación. No habrá perdón. En una hora Japón será libre.
 
 
Casa de Papa Legba. En algún lugar del mundo.
 
Pak estiró su mano y cogió la del africano.
 
—Esta bien— dijo el monje—. Vamos.
 
En un abrir y cerrar de ojos Legba había dado la vuelta a la mesa y se había puesto detrás de él y le mostraba de nuevo la salida.
 
El pasadizo tras la cortina había desaparecido, la luz del sol entraba directamente en la habitación, una luz intensa y cegadora. Entrecerró los ojos tratando de acomodar la vista. Una playa de arena blanca, agua cristalina y palmeras gigantes.
 
—Bienvenido a Haití —Sonrió el Dios—. ¡Mon amie!