¿De vuelta a casa? (Historia)

Autor: Marc Simó
Ilustrador : Carles Hernandez

Antártida.
 
Las hordas de monstruos y criaturas primigenias habían seguido surgiendo tras la desaparición de sus Dioses, lo que había impedido que las facciones aliadas se pudieran reagrupar y dar caza a los Invasores. Habían perdido la guerra, los Primigenios se habían esparcido por toda la Tierra y ellos habían quedado atrapados como ratas en el rojo hielo de la Antártida.
 
Tres largas horas habían tardado en deshacerse de la amenaza, encontrar y recuperar a los heridos y volver al campamento base. Los muertos nadie los recogió.
 
—¡Encuéntrala! —El rostro de la Diosa no trataba de ocultar su dolor—. Haz lo que quieras pero tráela, no merecía terminar así.
 
—Hai, Megami-sama —graznó el Tengu mientras alzaba el vuelo de vuelta al campo de batalla.
 
—Los demás —dijo girándose al pequeño grupo que estaba con ella—, cargad a los heridos en el Manasikatuma y preparad el Yamato para lo peor. Zarpamos en quince minutos.
 
Durante los preparativos nadie habló, trabajaban duro y rápido para poner en marcha los motores de las naves de guerra y regresar lo antes posible a Japón. <<Japón>> Sabía que, de entre los centenares posibles objetivos, los Primigenios habrían escogido sus dominios. Hastur ya se había cebado con Tokyo no hacía mucho y arrasar Japón sería una demostración de fuerza y superioridad ante todo el mundo.
 
No llevaban ni media hora de viaje cuando las noticias empezaron a asaltar la cabina de mando del Buque de guerra.
 
—Europa ha sido completamente arrasada, ciudades enteras destruidas en Estados Unidos, recibimos noticias de destrucción a gran escala en Egipto. Parece que los países nórdicos no han sufrido tanto. América del Sur se ha convertido en el nuevo epicentro de la batalla, las pocas noticias que llegan son nada alentadoras… —Las palabras de la oficial de comunicaciones se interrumpieron bruscamente cuando la Diosa levantó la cabeza.
 
—No podemos hacer nada por ellos ahora, Natsuki-san. ¿Tenemos ya noticias de Japón? —preguntó Amaterasu clavando la mirada en su oficial.
 
—No, mi señora… —Las palabras sonaban quebradas mientras las pronunciaba. —En dos horas no hemos recibido una sola noticia de... pero… viendo el resto de noticias…
 
La Diosa levantó la mano para hacer callar a Natsuki y ordenarle con un gesto regresar a sus labores. Cerró los ojos y expulsó lentamente el aire de sus pulmones, tratando de recomponerse. Pero las miles de muertes que dejaban olvidadas tras ellos en el frío continente, pesaban demasiado en su conciencia.  <<Si hubiera servido de algo…>> las imágenes reales de la batalla se mezclaban con sus peores pesadillas y se agolpaban una tras otra en su cabeza, no podía pensar con claridad. Los miedos que le habían asaltado antes de la batalla eran meras sombras sin forma ante la dura realidad.
 
La puerta de la cabina se abrió de golpe interrumpiendo sus pensamientos, antes de zarpar Trisha y Pak le habían pedido ir con ella a Japón, tras la guerra no sabían cual sería la reacción de los otros panteones y confiaban en ella más que en cualquier otro.
 
Trisha comentó que quizás una buena campaña informativa podría hacerle ganar varios puntos ante la opinión pública, si quedaba algún publico. La Diosa Sol sonrió y les dio la bienvenida al puente de mando, antes de volver a ponerse detrás del mapamundi holográfico, tras ellos aparecieron también Fox y Artedil.
 
Antes de cerrarse por completo la puerta volvió a abrirse y vio como un tengu y un ashigaru ayudaban a una frágil muchacha a moverse.
 
—¡Midori! —exclamó y rápidamente trató en vano de recuperar la compostura, pero no pudo. Se puso en pie y abrazó sin pensar a la joven. —¿Pero có…— Sus palabras fluían más rápido en su cabeza de lo que podía formularlas.
 
—El tengu, él me salvó —dijo mientras hacía una reverencia —. Dijo algo del general O-tengu y de los griegos y curó la herida que tenía en el pecho.
 
—Al principio no lo percibí,  pero la pequeña se aferraba su último aliento de vida como un Kappa al pepino— trató de bromear. —El general nos enseñó primeros auxilios antes de la batalla.— Un rayo de esperanza iluminó su rostro y su mente, quizás, sólo quizás, no se había perdido todo en esa batalla, quizás todavía quedaba algo por lo que merecía la pena luchar.
 
—Mi señora —interrumpió Trisha. La Dama Sol se incorporó para atender a sus invitados.
 
—Por supuesto, perdonad mis modales —contestó la Diosa.
 
—Mi señora —volvió a comenzar—, Fox ha detectado una señal de uno de los colaboradores de Artedil. La señal procede de África... —El rostro de Amaterasu era una negativa mayor que cualquier palabra que hubiera podido decir.
 
—No os pido que abandonéis a vuestro pueblo —interrumpió Pak—, pero permítanos desviarnos a nosotros dos, creo que debemos ir.
 
Amaterasu cerró los ojos pensativa.
 
Unas horas más tarde…
 
—Mi señora…¿Volverán los Primigenios? —Midori ayudaba a Amaterasu a quitarse la armadura.
 
—La última vez tardaron mil años. Pero ahora no somos rival para ellos. Ya no les divertimos.
 
—Hemos hecho todo lo posible. Ahora tenemos mucho trabajo y su pueblo la necesita.
 
—¿De verdad crees eso, pequeña? Yo no estoy tan segura —dijo mirando su espejo. Japón parecía intacto. Había escudriñado cada rincón de su tierra con su oricalco y no encontraba señal alguna de ataque.
 
Las noticias del resto del mundo habían seguido llegando sin cesar, pero ninguna del país del sol naciente, la duda era igual de asfixiante que la verdad que sólo ella podía ver pero no comprender.
 
Nigeria. África.
 
Mr Artedil, Mr Pak, I presume? —dijo una voz detrás de ellos, ambos se giraron sorprendidos.
 
Ante ellos se encontraba un extraño hombre de unos 40 y largos, pelo canoso y insólito bigote. Vestía un peculiar uniforme de campaña ancho de color beige y un sombrero bajo a juego.  La culata de una escopeta de gran calibre que asomaba por detrás de su hombro, el monóculo y el acento le delataban.
 
—¿Sir Michael supongo? —respondió con media sonrisa el monje.
 
—Sir Michael Carton Rowlands Stanley Mulligan III, descendiente de Henry Morton Stanley para servirles. —Pak se sorprendió de poder encontrar cosas que le hicieran sonreír después de todo lo vivido.
 
—Vamos caballeros tenemos muchas cosas de las que hablar antes de emprender el camino. —Hizo una breve pausa. —¡Y es la hora del té! — añadió mirando un pequeño reloj de cadena que había sacado de uno de los incontables bolsillos que parcheaban su uniforme.
 
La improvisada reunión fue corta pero intensa. El caballero Británico les había puesto al día de sus investigaciones. Según explicó se había producido un repentino incremento de “actividad” que no pudo definir de otra forma que “extraña”. Al parecer habían encontrado rastro de esa misma actividad en la Zona de Estados Unidos y aquí en África central, concretamente le había llamado la atención un pequeño pueblo con fuerte arraigo Yoruba.
 
El poblado estaba situado en la ladera de una baja montaña y había quedado rápidamente oculto de la luz del Sol, las sombras se habían ido alargando y retorciendo por todas partes mientras se adentraban y ahora parecían estar sumidos en una asfixiante oscuridad a pleno día.
 
Los tres hombres se movían en silencio siguiendo las indicaciones del cazador Británico.  Las casas prácticamente uniformes, las calles de tierra completamente vacías y el ruido de sus pasos rompiendo el silencio les invitaban a pensar que el poblado estaba completamente vacío.
 
Fue al girar por el pequeño callejón que seguía ladera arriba cuando el monje, como en un destello, vio una macabra sonrisa de color violeta que lo retaba fijamente. Cuando volvió a girarse para echar un segundo vistazo nada había ya allí. En los cinco segundos que tardó en escudriñar la calle con la mirada se había quedado solo, sus dos compañeros habían seguido adelante sin él.
 
Volvió su atención a la zona en la que había visto la sonrisa y se acercó. Había confundido un cartel roto y mal pegado en la pared con una sonrisa.
 
—Tengo que tomarme un descanso— se dijo en voz alta, una risa frenética le respondió. Sin darse cuenta estaba adentrándose más y más, por las estrechas y retorcidas calles que serpenteaban entre paredes desconchadas y destellos sin sentido de brillantes colores eléctricos. Corría incitado, como un sueño, persiguiendo una extraña sonrisa que reverberaba, carente de toda lógica, entre las esquinas mientras una muy débil niebla crecía silenciosa bajo sus pies.
 
Giró una esquina y un destello naranja le obligó a torcer a la izquierda. Cuando levantó la cabeza una nube blanca le impedía ver más allá. Y con un cegador fulgor verde la nube se retiró empujada por un inexistente viento. Estaba en un callejón con altas paredes de ladrillo rojizo a sus lados y detrás el laberinto de calles que se veía incapaz de repetir para salir de allí. Delante, una apertura en la pared en forma de puerta, un cartel negro con letras blancas y una cortina roja mal apartada. Tomó aire y entró.
 
Japón. Unas horas más tarde.
 
Las Naves de Guerra japonesas se habían detenido encima del cruce de la estación de Shibuya para facilitar el desembarco y redistribución de heridos y aprovisionamiento. Amaterasu se encontraba en el corazón de la plaza pero era incapaz de moverse. Sus ojos estaban clavados en las inmensas pantallas de LED de los rascacielos colindantes.
 
Una y otra vez se repetían las mismas imágenes. En un picado imposible se veían las huestes de los primigenios acercándose desde mar adentro, avanzando imparables hacia las costas de Japón. Una única y oscura figura flotaba en el cielo interponiéndose en su camino. El hombre de largos cabellos negros y piel pálida sonreía a la espera de sus invitados.
 
Unos cientos de metros antes de alcanzarle y como si obedecieran sólo a su voluntad las aguas del océano comenzaron a danzar arremolinándose, las olas se alzaban amenazantes y parecían saltar de un lado a otro como serpientes gigantes que atrapaban, hundían y devoraban a los monstruos venidos del más allá.
 
Poco a poco la cámara se acercaba para tener mejor perspectiva del impresionante espectáculo. Orochi, reía a carcajada limpia mientras su muro de serpientes de agua se levantaba más de un centenar de metros protegiendo Japón de lo que ella, y todos los muertos que la habían seguido, no había sido capaz. Los ojos del demonio brillaban con una fuerza que jamás había visto. <<¿Era ese el poder que le otorgaba el miedo?>>.
 
En un segundo todo terminó, las olas que rodeaban el archipiélago cristalizaron. Un muro Jade protegía a su pueblo. Nadie que quisiera atacar Japón podría atravesar esos muros jamás y tras un primer plano de la viperina y desafiante mirada de Orochi, las imágenes  volvían a empezar.
 
—No puede ser, no puede activar el sistema de defensa él sólo… no puede…— La Diosa no pudo más que dejarse caer, desolada, sobre sus rodillas.