Amenazas en la oscuridad (Historia)

Autor: Juan Manuel Barrera

Ilustradora: Alba Aragón

RUIDO DE SILENCIOS

         Aun a tanta distancia, los ecos del mal despertar de Indra llegaron a las estancias del dios del Norte.  Su residencia, su ciudad, sus montañas… todo le parecía extraño, lejano.  Necesitaba silencio, concentración.  Y no luces de tormenta. Porque el invocador de cuatro brazos tenía por costumbre lanzarlas hacia el suelo, provocándole una y otra vez. Kubera sabía que sin su Vimana personal no tenía opción alguna de abroncar al vidente de los Mil Ojos mirándole a la cara allá en los cielos.  Tenía otras cosas en que pensar.  Además, ya había asignado la misión de encontrar su Pushpak a Hanuman.  Sabia de su fervor por Rama y que por eso el Rey mono acepto de buen grado el encargo. Tanto daba.  Una vez encontrado sería más fácil hacerse a los mandos del regalo de Brahma.
       
  El mundo había cambiado desde la última vez que se había aventurado  a la luz.  Su mundo había cambiado.  Y lo notaba.  Los Bhutas le daban informes puntuales de quienes eran los extraños viajeros que se aventuraban a morar sus tierras.  La humanidad estaba mermada tras el rodillo primigenio.  Y sin embargo las almas de los desdichados no habían ido a formar parte de Patala.  Los Asura estaban desaparecidos y además, su fiel mascota estaba inquieta.  Había recorrido por el las grutas más profundas en busca de indicios.  Se movió con dificultad con sus tres pies apenas unos pasos dentro de la húmeda, profunda y oscura cueva en la que reposaban sus huesos.   Su mangosta había encontrado un olor familiar... Familiar y muy, muy lejano.   La hizo volver a su mano y en unos instantes recorría su palma con movimientos exaltado.  Las había encontrado.  Era su turno.  Ahora sería Kubera en persona quien continuara con sus investigaciones, pero el gordo y feo Dios tendría que fiar al éxito de Hanuman su presencia física en el extraño Patala que intuía se escondía de todos los demás. 
        
Con los mas de sus hermanos poniendo su  sabiduría y sus poderes curativos  al servicio de Dioses de panteones extranjeros.  Solo esperaba que no derramaran una sola gota de Amrita.  Con las Apsaras, Agastya, Narada ocupados en esas lides y los grandes Dioses reunidos, quizá pudiera contar con la ayuda de Durvasas… NO.  Definitivamente no.   Era lanzar una moneda al aire para que nunca cayera.  Y aun cuando su reserva estaba a rebosar y siempre cercana a su mano, no había llegado a ser guardián de un pingüe  tesoro sin pensar en que malgastarlo.  Sin embargo, sabia de alguien a quien podría encargar la misión.  Alguien a quien podría controlar.  Alguien con motivos para cruzar  medio mundo.  Su rencor, su ira…

-VINATA!   ¿Dónde estás, amago de Naga?

El silencio comenzó a romperse despacio. Kubera sabía que la mujer serpiente no andaba lejos. Sus tres pies sentían su lento reptar, susurrante, hipnótico, aun cuando el Dios seguía con la mirada ciega tras los parpados.  No era necesario encender su mirada ya que la oscuridad  tintaba de negro cualquier búsqueda de luz.  La reina se acercaba silente, pero la ansiedad de su mascota, inquieta y excitada, preparada para la caza le advertía de la presencia de la hindú.

-Vinata… la hermosa y gran reina.
-Ssssssshhh. Calla.
-No puedo, beldad serpenteante, no puedo.
-Y esssso por qué?
-Porque tengo un encargo que hacerte. Necesito de tu ayuda.  Necesito que busques sigilosa, que espíes silenciosa…
-No, Diossss del Norte. 
-Has olvidado a mi fiel compañera?  Quieres que la deje ir?  Quieres que te caza?
-NO! Kubera no te atrevasssss. Dime que essss lo que necesitasssss.
 
Y el resto del día Kubera, el dios de la Tierra, el guardián de los Tesoros, el garante del Norte, el feo Dios de los Demonios, explico lo que requería de la Reina Serpiente.  Debería seguir el camino de su mascota, confiar en su guía, temerla y honrarla.  Tendría que recorrer las profundidades del mundo.  Kubera había visto señales, símbolos de otro Panteón cerca de sus dominios, tenía que encontrar las almas errantes de los humanos,  escuchar, ver y evitar ser vista.  Varios yanksas la acompañarían en tan largo viaje.  Se arrebolarían cerca de la extraña pareja como si una oscura neblina se tratara para ocultarlos a los ojos de extraños.

-Esssso essss todo, mi ssssseñor?
-Hay algo más, mi pequeña espía.- Kubera sonrió enarcando una sonrisa extraña de solo ocho dientes.
 
La he encontrado…
 

Pasados unos días desde la partida de Vinata, el gordo Dios enano tuvo un presentimiento.  La cueva estaba más fría de lo normal.  Había mandado a Vinata para asegurarse, pero estaba casi seguro de que lo que ella encontraría seria todo aquello que el más temía.  Era posible en teoría, pero quien se atrevería a realizar tamaña obra.  Si alguien se atrevía, si alguien tan solo pensaba en hacerlo… Se vería las caras no solo con su propio panteón, sino con todos y cada uno de todos los panteones.  ¿Qué haría si se confirmaran sus temores?  Daria parte a los grandes Dioses… ¿O se reservaría esa información para sacarle provecho?  Abrió los ojos.  Ese gesto le valía para tomar una decisión.  Uno de sus ojos estaría encendido de por vida.  Su mirada ilumino el húmedo, frio y enorme Kars en el que se encontraba.  Su ojo brillaba, refulgía amarillo, intenso, dolorosamente intenso…  Ese había sido su castigo, el  injusto castigo que sufriría, que le habían impuesto eternamente…
No…, era ya hora de devolver el golpe.  Necesitaría mucho más poder del que detentaba en la actualidad.  Su Pushka Vimana no sería suficiente.   El Dios del Norte volvería a ser grande,  más grande que ellos. Tenía que urdir un plan… Y Durvasas le iba a ser de gran ayuda.
 
Tuvo que salir de la cueva donde descansaba para reclamar la presencia del malhumorado Durvasas.  Nunca había tenido poder sobre el erudito hindú.  Era de largo el más instruido de entre sus hermanos de Panteón.  También el más trastornado.  Era capaz de crear, destruir y olvidar con cada pestañeo.  Se creía arropado de la presencia de una serpiente gigante escamada.  Kubera jamás la había visto, ni siquiera había notado su presencia alguna vez.    Desde lo que ocurrió en Mojenjo Daro, Durvasas fue otro, un terrible aliado, un enorme rival con un punto débil: la sed  de conocimiento.  Cuando este escucho de viva voz el plan del Dios del Ojo Amarillo, su animosidad se volvió temeraria.  Chasqueo los dedos acompañado de una mirada cómplice  y  sonriente a su espalda.

-¡Nos vamos compañera!

Y Durvasas desapareció.  Kubera era incapaz de comprender como ese excéntrico personaje había sido capaz de cerrar portales sin ayuda alguna.  Quizá la  locura era la penitencia del conocimiento.  Si así era, Kubera debía ser muy ignorante, mucho.
  
Ahora debía esperar acontecimientos.  No merecía la pena malgastar fuerzas.  Aun quedaban primigenios en el planeta.  Nunca antes de ahora se le habían dado los condicionantes para tener esta oportunidad.  Debería  tener cuidado, aun no dependía todo de sí mismo y eso le preocupaba. 
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 La primera vez que uno de los Bhutas se le acercó susurrando quedamente su información, Kubera lo achaco a la locura de algún  viajero extraviado o muy ebrio.  Cuando el flujo constante de Espíritus del Bosque se torno rio y todos repetían la misma y maldita palabra su preocupación e incredulidad crecían a la par.

-¿Cómo era posible?
 
 No era posible.  No lo podía  creer.  Habían vuelto.  ¿Cómo? ¿Por qué?  ¿Quién les había devuelto el poder?  Quien además de él podía dominar a las Nagas?  Ellas eran el instrumento eficaz de alguien en la sombra.  Cogió una moneda de tantas tanteando su lozana bolsa y su tacto le tranquilizo por unos instantes.  Se le acumulaban los enigmas.  Su piel oscura se mimetizaba a la perfección con la oscuridad que le rodeaba.   Sus manos asieron el gran colgante que ostentaba sobre su pecho.    Se concentro en sus pensamientos y todo el comenzó a brillar tenuemente. Era tiempo de volver a ser grande.  El más grande.