El Caballero de Cornwall (Historia)

Autor : Toni Hudd 

Ilustrador: Jonathan Pérez

PÁRAMO BODMIN, CORNWALL, REINO UNIDO
 
El joven Tristán Thorne estaba teniendo lo que solía llamar un día de triple mala suerte, y su adolescencia le limitaba severamente la paciencia. Aceleró el paso, apretó la mandíbula e hizo caso omiso a las ramas que le golpeaban y las zarzas que se estiraban a intentar trastabillarle. Ni siquiera se preocupó en exceso de que sus zapatillas deportivas preferidas se estuvieran manchando con el suelo del pantanoso bosque. Tenía un calzado especial que usaba para salir a caminar por el Páramo de Bodmin, pero hoy no había querido ir a casa a cambiarse. Por el mismo motivo llevaba al hombro la mochila del instituto en vez de la cámara. Pero sabía que la incomprensiva directora habría llamado ya a su incomprensiva madre, que a su vez habría avisado a su necio e incomprensivo padre de que le habían expulsado dos días del instituto. Ésa había sido la tercera de sus tres malas suertes. La segunda fue el examen oral en el que había sacado un cero, lo que había propiciado las burlas del imbécil de Mel, del que Tristán estaba más que harto, y hoy le había plantado cara y se había llevado un buen morado en el ojo por ello, además de la expulsión por devolverle el golpe al matón. ¿Cómo no podían entender los profesores que el valor era la mayor de las virtudes?
 
Sin desearlo, su mente reptó sola hasta la primera y peor de sus desgracias, la desventura que desencadenó las otras dos. Isa, su amor platónico, había puesto en facebook la noche anterior que “estaba en una relación”, con lo que Tristán no pudo ni estudiar, ni dormir, ni a penas respirar. ¡Si últimamente le miraba más, e incluso habían hablado dos o tres veces! El auténtico responsable de sus infortunios eran sus rizos castaños tirando a pelirrojos, lo sabía. Debería raparse y ponerse camisetas de futbol como los simios de su clase, pero sus camisetas estampadas con dragones y la flor de lis molaban demasiado.
 
Llegó a su escondite secreto en medio del Páramo Bodmin, se encaramó al viejo árbol con forma de Y, y cerró los ojos. Se sumió en la belleza del olor y sonido de aquel sitio junto al pantano. Ya con diez años había empezado a venir aquí, él solito, palo en mano, haciendo ver que era Arturo Pendragón combatiendo a Mordred. A los catorce había cambiado la vara de madera por una Canon Réflex, y llevaba ya casi dos años intentando fotografiar con ella la legendaria Bestia del Páramo Bodmin. De momento había tenido que contentarse con alguna sombra borrosa y muchos halcones, su animal preferido. Él sabía que la bestia existía, la había visto, y no era un simple gato grande y negro como el de los videos de Youtube. Si conseguía fotografiarla saldría en las noticias, sería famoso y, tal vez, ¡incluso popular en el instituto! Últimamente los informativos estaban abarrotados de sucesos paranormales en las Islas Británicas: un gigante con un ojo en el cogote había robado una estatua o algo en Irlanda,  en Escocia se habían escuchado aullidos de lobos, había una niebla mágica alrededor de la Isla de Mann, y jinetes que salían a pasear en la bruma decían ver una misteriosa amazona pelirroja. Tal vez era toda una trama del gobierno para que la gente no preguntase por los dioses y caos de otros países europeos. ¡Lástima que ninguno hubiera renacido en Inglaterra!
Éste era el momento de fotografiar por fin a la mítica bestia y por eso acudía casi cada tarde al bosque con su Canon. Sin embargo hoy, más que su cámara, hubiera querido tener allí a Isa, su cabeza apoyada en el hombro de él, poderle pasar los dedos por su tremenda cabellera rubia, acariciar su pálido y perfecto cuello, tocar sus…
 
Un ruido le distrajo y abrió los ojos de repente. El agua del pantano se movía. Tristán bajó del árbol y miró las ondas con el ceño fruncido. Entonces empezó el burbujeo. Un graznido hendió el aire y el joven se giró para ver gran cuervo posado en una rama con la mirada fija en él. Fue entonces, al mirar hacia arriba, que se dio cuenta de lo rápido que se estaba haciendo de noche. Tanto que le parecía que una parte del cielo era anaranjado atardecer y otro estrellado ocaso, casi como si alguien estuviera cambiando el decorado de un escenario.
Escuchó el agua y se giró de nuevo hacia la oscura laguna. En el centro, sobresaliendo imposiblemente de la superficie y andando sobre las ondas hacia él, había la mujer más hermosa que había contemplado jamás. Coincidentemente también era la mujer más desnuda que había visto nunca, sin contar internet, así que Tristán apartó la mirada en menos de un pestañeo. Y pese a que deseaba poder mirarla bien, su consciencia se lo prohibió.
“Le regalo a un mortal la mejor de las visiones, y la rechaza.” – dijo la aparición chasqueando la lengua. “Mucho habéis cambiado los hombres si no te gusto, chico.”
“Sí…sí me gustas, mi señora.” – tartamudeó Tristán. “Es solo que no quería ofenderla al mirarla, estando vos desnuda.”
“Haha, no soy una Ondina, muchacho.” – rió ella. “Pero tú sí eres un caballero. ¿Cuál es tu nombre?”
“Tristán, mi señora.” – dijo él, agachando la cabeza.
“¿Tristán? ¿Tristán de Cornwall? Interesante.” – murmuró la hermosa mujer. “Y dime, Tristán, ¿qué favor deseas de la Dama del Lago? ¿La inmortalidad?”
“Eh…no, creo que no.” – dijo él con la vista aún clavada en el suelo.
“Déjame adivinar.” – sugirió ella.
Se le acercó y le pasó las manos por la cabeza, sus mojados dedos entrelazándose en los rizos de él.
“Estás triste por tres cosas,” – afirmó ella, su voz lejana, como en trance, - “tres malas suertes. Ha! Aún conservo algún talento.”
“Me alegro.” – contestó una voz atronadora desde los árboles.
 
Tristán abrió los ojos, intentando no mirar el perfecto cuerpo de la misteriosa mujer, y se volvió para ver un hombre enorme, con raíces y madera en los brazos y el pelo como fuego.
“Dagda!” – exclamó la mujer, y Tristán no acabó de discernir si era alegría o miedo lo que se mezclaba con sorpresa en el tono de ella.
“Morrigan, por fin te encuentro. Te necesito más que nunca.” – dijo él.
“¿Para qué?” – le preguntó la diosa.
“Para vengarnos.” – le contestó él.
Más y más cuervos se posaron en las ramas, y fue entonces que Tristán se dio cuenta que el cielo detrás del hombretón era todo índigo y moteado de brillantes estrellas.
“El momento ha llegado. Espérame en el punto de reunión. Belenos y Angus están allí. En cuanto encuentre a Cernunos os contaré el plan.” – añadió el gigantón.
Ella asintió y comenzó a andar tras el tal Dagda, que había desaparecido de nuevo entre los árboles. Tristán reparó en que ahora estaba vestida y que su pelo parecía más oscuro. Morrigan se volvió de pronto hacia él, y también sus ojos estaban envueltos en sombra:
“Te daré tu suerte, joven Tristán, pero tú, a cambio, no me olvides. Puede que venga a buscarte pronto. El mundo necesitará sus caballeros.”
Y con eso desapareció también entre la oscuridad de la maleza.
 
El móvil de Tristán vibró. Aún atónito por el encuentro, lo sacó y vio que era un aviso de facebook de…Isa! Con las manos temblorosas y el corazón a cien lo abrió y leyó:
“Me ha parecido muy valiente lo que has hecho hoy. Ese cerdo de Mel Ot se merecía un escarmiento. ¿Qué haces este fin de semana? ;* Isa Old.”
 
Tristán lo releyó dos o tres veces más, lo cual fue una suerte, porque de no haber tenido el teléfono en la mano no habría podido fotografiar a la extraña bestia que bajó a abrevar al otro lado del pantano. Aquella noche, pese al broncazo de sus padres, Tristán Thorne se acostó pensando en que había sido un día de triple buena suerte.