El despertar de Isse (Historia)

Autor: Jordi Magester

Ilustrador: Hector Herrera

Antes de la segunda gran guerra…
La tormenta la acompañó hasta el amanecer. Su ira había despertado con ella, que surcaba los violentos cielos en soledad. No existía nadie en quien pudiera confiar, ni siquiera su hermano Quetzal. Todos la apoyaron cuando se ofreció voluntaria a la prueba, y con mayor o menor recelo nadie intentó impedirlo. De la misma manera, nadie se preocupó por ella cuando desapareció. Encerrada en el espejo de obsidiana tantos años… tantos que había olvidado prácticamente quién era. ¿Coatlicue había muerto? No iba a ser ella quien la sustituyera. Isse prefería verlos sufrir a todos. A todos aquellos que no se han preocupado de vengar su confinamiento, pues aún olía a Amaterasu, la atlante que más odiaba en la faz de la Tierra. La responsable del experimento y de su confinamiento. La responsable de su desgracia.
Al llegar el amanecer con los primeros fulgores una serpiente de tamaño colosal se cruzó en el camino de Isse, que sorprendida la atacó invocando los relámpagos que acompañaban su pesar. Los mismos surgieron de las nubes, verdes, intensos, y fugaces impactaron en la serpiente que ni se inmutó. Sus escamas metálicas brillaron con un negro azulado e iluminaron unos colmillos y cuernos largos y blancos como el marfil que amenazaban firmes a Isse, que se detuvo a observar al intruso que la había apartado de su ensueño. Miró fijamente aquella serpiente que no decía nada y la observaba impasible ante ella, y entonces recordó. Era Kur, antiguo rey del Inframundo sumerio antes de que secuestrara a Ereshkigal. Y con su aparición llegaron los recuerdos del último día en que Isse vio su rostro…
«Isse estaba en una sala en forma de huevo en cuyo interior sólo estaba ella atada de pies y manos, y al otro lado de un cristal de la sala observaba a su hermano, a Amaterasu y a un hombre de pelo y ojos negros que reconoció como Kur. Entonces empezó el dolor. Tres artefactos de forma ovalada sujetos por tres brazos mecánicos dentro de la sala empezaron a acercarse a Isse mientras daban vueltas a su alrededor. Al principio solo notó una quemazón en su piel que se fue incrementando a medida que los artefactos giraban y se acercaban. Notaba como si su piel quisiera desprenderse de su cuerpo, como si lo repeliera, y de los artefactos empezaron a surgir rayos verdes que la resquebrajaron introduciéndose en su interior, escapándose algunos por los ojos, boca y orejas. Observaba, a través del cristal, cómo Amaterasu se disponía a activar el espejo para encerrarla mientras su propio hermano sujetaba a Kur, que intentaba detener a su futura captora. Isse sentía cómo el poder de los artefactos la invadía, y el dolor se había transformado en placer cuando dejó de sentir nada… en siglos. »

  • ¿Qué haces aquí? –preguntó Isse a la gran serpiente Kur.
  • Conozco tu ira, tu rencor y tu pesar porque los he llevado yo encima todo este tiempo… Tu confinamiento me hizo buscar la manera de vengarme de Amaterasu y finalmente la encontré.
  • ¿Vengarte de Amaterasu?
  • Jamás supe dónde te confinaron, por eso no vine antes. Con tu despertar, todos nosotros, las sierpes y dragones, hemos notado un cambio. A todos nos invade el mismo deseo de venganza que a ti.
  • Todos me abandonaron sin importarles qué me pasaba…
  • Excepto nosotros, Isse. He venido hacia ti para compartir la manera de vengarte.

Isse miró incrédula a Kur. ¿Realmente decía la verdad? Fuera como fuese, Kur había sido el único que intentó evitar su confinamiento, y en su día fue un muy buen amigo. ¿Quién sino él podía ser de confianza?
-Dime de qué se trata –contestó Isse imponente, mirándolo fijamente a los ojos.
-Cada panteón tiene un opuesto, como si hubiera un espejo que los reflejara al centro de la tierra. Allí van las almas de los muertos y los perdidos, que contienen un poder inmenso en grandes cantidades. Si pudieras reunir las almas en su trayecto hasta este inframundo de cada mitología reunirías tantas almas como para alimentar tu poder por encima del de Amaterasu.
-¿Y cómo reúno tantas almas?
-Utiliza a tus allegadas, las serpientes, incluso a los repudiados de cada mitología; criaturas, monstruos, etc. Que caven túneles en el paso entre el panteón o la Tierra hasta el infierno. Las almas son eternas, por más que intenten destruirlas no podrán. Solo pueden unirse a algo más poderoso que ellas.

Isse maquinaba a medida que Kur hablaba. Imaginaba ya en su cabeza la red de túneles que podrían hacer sus allegadas para que las almas pudieran desviarse todas hacia un nuevo inframundo creado por ella. Cómo iba a disfrutar de la muerte de Amaterasu, y de todos aquellos que observaban impasibles su confinamiento era algo que no sabía, pero después de tantos años encerrada, no iba a importarle esperar un poco más.