El Espejo de Obsidiana (Historia)

 El Espejo de Obsidiana I parte

por Jordi Magester 

Ilustrador: Carles Hernández

 

 

El latigazo retumbó en la sala como si de un trueno se tratase. La multitud estaba muda ante el terrible espectáculo que se presentaba ante sus ojos. Un hombre negro, maduro y mal envejecido, tenía las manos atadas abrazando un poste de madera con fuerza tras el corte que acababa de recibir. Su torso estaba desnudo, por lo que todo el público podía observar cómo su piel se desgarraba tras el cuero del látigo. Nadie se percataba, sin embargo, de una figura serpenteante que rodeaba el patio con un brillo audaz en los ojos.
El hijo del hombre que estaba siendo azotado formaba parte del público, y estaba siendo agarrado con fuerza por su madre, que lloraba en silencio. Abel era el nombre del pequeño, que no debía de tener más de doce años. Su mirada era completamente distinta a la de otros de su condición, brillaba en todo momento como un reflejo de su alma, que quería ir a salvar a su padre. Otro latigazo siguió con la percusión que marcaba el silencio de la sala, y el niño propinó un pisotón a su propia madre, que ahogó un grito de dolor y soltó a su hijo, aprovechando este para correr contra el enorme hombre que asía el látigo. Este cogió al niño por el cuello, lo levantó como si pesara menos que una hormiga y apretó, ahogando los gritos del pobre muchacho.
Abel se levantó de golpe de la cama, sin aire. Palpó en su mesilla hasta acariciar el inhalador, lo agarró y se insufló su dosis. Ésta no era la primera vez que tenía sueños tan vívidos, pero sí el primero en el que su vida había corrido peligro. No conseguía entender cuán profundos debían ser los sueños para que pudiera creerlos con tanto fervor, pues él era un chico simple de Juárez de veinte años de edad. Desde que había empezado a trabajar en la excavación de las afueras como obrero, pesadillas de todo
tipo lo atacaban por las noches y cada vez descansaba menos. Los arqueólogos no se dignaban a aparecer porque aún tenían que preparar la excavación, y eso llevaba su tiempo, pero por lo que se ve podría tratarse de una pirámide enterrada.
‒ ¡Hijo! ¡Baja a desayunar, que no llegarás a tiempo para trabajar! ‒gritó su madre desde la cocina.
‒ Vaya por dios ‒suspiró Abel para sí‒, ¿por qué no me buscaría curro de oficinista o barrendero? Al menos tendría sentido levantarse… ‒se quedó un rato pensativo y se encogió de hombros‒ poco, pero lo tendría.
La excavación estaba desierta. Abel aún estaba soñoliento y con un vaso de plástico con el café sin terminar en la mano. El jefe siempre pedía puntualidad en cuanto a llegar a la obra; cuando era hora de marcharse siempre encontraba alguna excusa para que tuvieran que quedarse un poco más. Y desde el primer toque de atención a Abel por llegar diez minutos tarde, el chico siempre llega media hora antes. No le gusta su trabajo, pero tampoco quiere perderlo. Lo necesitan en su casa, se repite una y otra vez mientras levanta peso y lo lleva de una punta a la otra de la excavación.
Abel se bebió el café a sorbos cortos pero frecuentes porque el paso del tiempo era terrible a dos grados y a las seis y media de la mañana. Aún faltaba un buen rato, pensó, para que llegaran los demás, así que dio una vuelta por la obra. Aún había zonas cuyo paso estaba prohibido por unas cintas que el viento sacudía sin reparo. Abel no entendía para qué prohibían el acceso a ciertas zonas de la excavación si, de todas formas, tenían que encontrar una pirámide.
‒Digo yo ‒pensó el chico mientras se agachaba y cruzaba la cinta de plástico‒ que si buscan una pirámide ya la reconocerán cuando sobresalga la punta. ¿Qué importará si alguien la pisa? Antes de empezar esta tontería la gente pasaba por aquí y nadie pisó ninguna pirámide…
Algo pareció moverse bajo los pies de Abel, y tras dar un paso hacia delante la arena se hundió llevándose al chico hacia abajo. Este chocó contra un objeto liso y empezó a rodar arena abajo por una pendiente bastante pronunciada, dejando tras de sí el rastro de un edificio imponente, enterrado y olvidado hasta el accidente. El chico rodó y rodó, y aunque se mareaba no apartó la vista de un objeto liso y oscuro que rodaba pendiente abajo con él. Un golpe contra el suelo arenoso de la caverna donde parecía estar enterrada la gran pirámide de corte azteca desorientó al muchacho, pero al ver un brillo oscuro descendiendo se arrastró apresuradamente para que no recibiera el mismo viaje que él y lo agarró con ambas manos antes de cerrar los ojos un rato. Solo… un rato.
‒ Desspierta… Desspierta… ‒Abel oía una voz siseante que le susurraba al oído‒ Ess la hora…
El chico se incorporó. No había sido un sueño. Seguía tumbado en una superficie arenosa. Miró hacia arriba, pero no había ningún agujero por el que pudiera haber caído. La única luz del lugar la desprendía una piedra oscura y lisa que tenía entre las manos, que emitía un fulgor oscuro muy desagradable. Oscurecía la oscuridad. Parecía una especie de anti luz. Y de la misma forma que una luz fuerte ensombrece las débiles, esa anti luz esclarecía la oscuridad.
‒ Tantoss añoss busscando… en las sombras se esscondía… ‒volvió a susurrar la voz, a la cual la acompañó un hilo serpenteante de humo negro que rodeó al muchacho‒ Y la osscuridad lo ha mosstrado…
‒ ¿Qué…? ‒Abel empezó a temer estar dentro de otra de sus pesadillas. Ésta, sin embargo, no tenía ningún tipo de lógica. Humo parlante, enterrado en la excavación, un espejo que ensombrece… no tenía sentido.
‒ El esspejo sse desspertó… ‒siguió la voz, y el chico no supo si le contestaba o lo ignoraba y seguía una especie de discurso o monólogo‒ Y el olvido sserá recordado… la osscuridad sse iluminará y la luz osscurecerá…
‒ ¿Quién…? ‒balbuceó Abel asustado, al cual empezaba a faltarle el aire‒ ¿Quién eres?
‒ Tezcalipoca sse llama… Ssombra de la vida, luz de la muerte… ‒el humo fue materializándose en una especie de víbora oscura y grande que serpenteaba en el aire como si fuera su pecera sin prestar atención al humano que sujetaba el espejo.
‒ Qui… qui… ‒volvió a trabarse el chico, que no encontraba el inhalador‒ Quiero… salir… ‒pero no podía seguir. No tenía aire, y al darse cuenta el terror lo invadió y empezó a buscar frenéticamente el inhalador.
‒ La muerte perssigue al portador del esspejo… ‒siguió la serpiente que se hacía llamar Tezcalipoca, rodeando a Abel‒ Pero tú has salvado mi alma…
El chico seguía buscando frenéticamente el inhalador mientras la serpiente adoptaba la forma de una mujer indígena y le arrancó el espejo de su mano izquierda, que en ningún momento se había separado de la piedra oscurecedora. Tezcalipoca acarició el espejo y pronunció unas palabras impronunciables para un humano, todo apuntando a Abel, que estaba ya agonizando. Una bocanada de humo emergió del espejo, revuelta y desordenada se posó sobre el cuerpo agonizante del chico y poco a poco fue adoptando forma. Forma de mujer. A medida que el humo contorneaba la silueta, se materializaba en ella la carne de la que estaría hecha después del ritual.
Abel alcanzó a ver a una mujer desnuda a su lado antes de perecer por su disfuncionalidad pulmonar.
‒ ¡¿Qué?! ‒ gritó la mujer mientras se tapaba las partes íntimas insegura de si debería hacerlo o no‒ ¿Qué ha pasado? ¡Estoy muerto! ¡Pero vivo! ¿Qué es esto?
‒ El esspejo ssepara el alma en ssuss opuesstoss… ‒respondió la mujer serpiente desde la oscuridad‒ Ssi muere uno de loss doss… El alma sse une en el nuevo contenedor…
‒ ¡Pero…! ¿Y mi vida? ¡Mi identidad! ¿Qué está pasando? ‒Abel, o la mujer desnuda, cayó de rodillas y rompió a llorar. Sin embargo, se sorprendió al no atragantarse en el llanto. El aire fluía por sus fosas nasales.
‒ Ya no eress un humano essclavo… ‒la mujer serpiente, mientras hablaba, se transformaba otra vez en una serpiente grande‒ Eress Isse… mi ssalvadora y… mi ayudante…