El pergamino de los Titanes 3ª Parte (Historia)

Autor : Marcos Dacosta

Ilustrador : Guillermo Garcia

Caminó con paso seguro, franqueada por las estanterías cargadas de libros que delimitaban su santuario. Olía a papel viejo y a incienso, tal y como correspondía a su templo. No echaba de menos las multitudes aullando su nombre, los sacrificios, las plegarias. La verdad se encontraba en su biblioteca, en susurros garabateados con manos temblorosas, en los viejos grabados de criaturas fantásticas que ella recordaba haber tocado con sus manos tiempo ha. Mas solo un necio tomaría ese lugar por un refugio, un bastión de conocimiento de espaldas a la historia. No, esa biblioteca era un arsenal. Un silo repleto de misiles apuntando a los corazones de dioses y mortales por igual. Ideas listas para propagarse e infectar al mundo con la virulencia de la peor arma biológica.
Y una semana antes una de las más terribles cepas había sido robada.
La pelirroja no tenía por costumbre adornarse de acuerdo a su estatus, encontrando tal atuendo recargado e incómodo, pero era innegable que daba peso a su presencia y había encontrado que deidades más tradicionales respondían mejor a esta vestimenta que a su habitual apariencia más moderna. Que así fuera, pues. Si ello le servía para encontrar el pergamino la pragmática mujer no iba a quejarse. Así, bajo una nívea capa, destellos verdeazulados revelaban una armadura helena de bronce viejo, pesada pero noble. Estaba segura de que aquella con quien iba a ponerse en contacto apreciaría la muestra de respeto que indicaban los anacrónicos ropajes; su marido era exactamente igual. O sería más correcto decir exmarido. Esbozó una sonrisa sarcástica, pero pronto la disciplinó de vuelta a la máscara relajada y magnánima que el pasar de los milenios había convertido en una segunda cara.
Tras franquear una puerta, echó un rápido vistazo al interior de la habitación, poco más que un recoveco apenas amueblando escondido entre el laberinto de pasillos y estancias de su sancta sanctorum. Un trono de mármol, recargado con toda suerte de detalles cincelados en la roca, presidía el lugar, rodeado por cenefas y murales de vibrantes colores similares a los que, tanto tiempo atrás, habían adornado las paredes de sus templos a lo largo y ancho de Grecia. Frente a tan arcaico escenario, al otro lado del cuarto una moderna mesa de cierta casa sueca soportaba un ordenador personal; webcam sobre el monitor, ventiladores ronroneando sobre la placa base. Con el mismo aire majestuoso que había entrado en la sala, se acercó hasta la computadora y, con el ratón, comenzó a clickear por la pantalla. Todo estaba listo. Le había costado organizar este encuentro, más por las reticencias de aquella con quien iba a entrevistarse a través de internet a estas tecnologías modernas, que por lo que le había costado localizarla.
Eros sabía cuando no cruzarse en su camino, y la diosa Hera, segunda en el panteón griego y poder tras el trono durante incontables siglos, no podía negarse a una audiencia con la pelirroja.
Con un rápido doble click una imagen se abrió en pantalla. Una sala, piedra desnuda, muebles antiguos pero de aspecto lujoso. En el centro, enmarcada por vasijas con plumas de pavo real en lugar de flores, una figura femenina envuelta en una delicada túnica a la manera tradicional reposaba sobre una lujosa cómoda, largo pelo rubio caía en cascadas sobre sus hombros mientras se llevaba algún fruto rojo a la boca con evidente placer. La pelirroja atisbó movimiento a los bordes de la imagen, la sombra de algún sirviente. Hera se volvió a la cámara, o más correctamente a la pantalla bajo esta. La calidad permitía apreciar toda la petulancia en la sonrisa de la vieja diosa.
– ¡Mi querida hija, veo que esta era parece estar tratándote bien! –saludó Hera con su habitual levedad–. Me encanta lo que has hecho con tu pelo, pero esas ojeras te hacen parecer mucho más mayor.
La dueña de la biblioteca tuvo que esforzarse para que un súbito fogonazo de irritación no arruinase su expresión gélida. Muchos subestimaban a Hera, pero ella no era uno de ellos. Cualquier paso en falso significaba revelar todas sus cartas a alguien que no dudaría en usarlas en su propio beneficio. Se apartó de la webcam y tomó asiento en su trono.
– Estimada madre, es un honor que me hayas dado audiencia –respondió la pelirroja en su mejor voz de diosa: profunda, sabia–. Me puedo imaginar lo ocupada que te tendrán muchas de tus actuales actividades en ese lugar.
La vieja diosa clavó su mirada en la pantalla, odio bien visible durante apenas unas centésimas de segundo. Casi imperceptible para alguien que no hubiese conocido a la mujer de Zeus durante eones
– Así es, tengo la mala costumbre de dejarme absorber por mis tareas –comentó la rubia despreocupada–, pero nunca hasta el punto de perder de vista las cosas más importantes. Qué irresponsable sería por mi parte, ¿no estás de acuerdo, mi querida hija?
La sonrisa afilada que floreció en el rostro de Hera indicó a la otra mujer que su controlada expresión había dejado paso a una mueca que transmitía toda la irritación de esta. Había dado en el blanco. La matrona griega sabía lo que estaba pasando. Esa vieja arpía.
– Qué sabes sobre el pergamino –preguntó la bibliotecaria con sequedad, mirando con fijeza la webcam que la apuntaba. Se habían terminado los juegos y las puyas.
Una risita cantarina le respondió saliendo de los altavoces con muy buena claridad. Hera chasqueó la lengua.
– ¿Dónde se quedó el "estimada madre"? ¿No merezco ni siquiera un "querida amiga? –preguntó burlona la vieja deidad, cabeza apoyada en uno de sus puños– Los años te han vuelto una criatura huraña, hija mía. Quién te hubiese visto en tus días de gloria.
La pelirroja se frotó el puente de la nariz con la mano derecha en un vano intento por contener la retahíla de blasfemias que asomaba a sus labios. Esto no estaba yendo bien.
–  No tengo tiempo para esto, "madre", es vital para todos nosotros que lo recupere antes de que sea demasiado tarde –explicó la más joven con evidente exasperación–. Tú les recuerdas tan bien como yo. Cada hora cuenta.
Hera se incorporó hasta quedar sentada y ladeó la cabeza.
– ¿Por vital para todos nosotros te refieres a vital para Zeus? –preguntó la vieja diosa intentando disimular una sonrisa cruel–. No sabía que te habías vuelto tan buena hija. Estoy seguro de que estará orgulloso.
La pelirroja devolvió la mirada al objetivo de la webcam, adivinando los ojos azules de su interlocutora al otro lado del laberinto de conexiones que las separaba y a la vez permitía conectar. Una mueca arrogante floreció en su rostro.
– Sois tal para cual, tú y Zeus, todo gira alrededor vuestro y está sujeto a vuestros antojos –comentó la mujer de la armadura de bronce, reclinándose orgullosa en su trono–. ¿Sabes cuáles son mis días de gloria? Estos. Estos son mis días de gloria. Aquí, sentada en el corazón de una ciudad que lleva mi nombre, el mundo brillando con conocimiento; nuevas ciencias y filosofías que ninguno de vosotros, necios ignorantes, sois capaces de entender. He vencido. Yo he vencido. Esta era me pertenece, Hera. Ha aguardado a mi regreso y me está recibiendo con los brazos abiertos. Zeus y los demás dioses son celacantos, fósiles vivientes que esperan que el mundo se adapte a ellos y no al revés. Puedes interponerte en mi camino o servirte de mis acciones para tus propios fines, tú decides, estimada madre.
La rubia volvió a reír, mas esta vez fue un ruido desagradable y peligroso.
– ¿Cómo osas amenazarme a mí, a Hera, diosa entre diosas? –alzó la voz la deidad– ¿Qué clase de patético poder te crees que tienes sobre mí, niñata malcriada?
– El pergamino de los titanes no es el único que alberga mi biblioteca –respondió la otra mujer con tranquilidad.
En el espacio de varios segundos la expresión de la vieja deidad pasó de la ira a la incredulidad y finalmente a una expresión tan cerrada como la de la propia pelirroja. El silencio reinó durante bastante más tiempo y ninguna de las mujeres se atrevió a interrumpirlo, sus miradas posadas en las pantallas. Hera finalmente se pronunció.
– Mira al norte, niña, es ahí de donde vino tu ladrón –dijo en tono gélido–. Sabes de quién hablo.
– Siempre es un placer hablar contigo, estimada madre –contestó la otra.
La rubia cogió otro fruto rojo de una bandera dorada y se lo llevó a los labios.
– Te estaré vigilando –comentó la vieja diosa mientras observaba el bocado de comida.
La dueña de la biblioteca se levantó de su trono y se acercó al ordenador con paso solemne.
– Ya.
Un simple click fue todo cuanto necesitó para cortar la conexión. La pelirroja dejó escapar un suspiro nervioso y apartó la webcam de un manotazo. Se llevó los dedos a las sienes y comenzó a frotarlas sabedora de que poco iban a hacer por calmar su más que inevitable dolor de cabeza. Llevó sus manos al broche que mantenía la capa blanca en su lugar y dejó que esta cayera al suelo tras de sí. Recorrió de nuevo los recovecos de la biblioteca arrastrando los pies y dejando a su paso piezas de la dichosa armadura hasta quedar tan solo en ropa interior. Sus pasos la llevaron a una de las habitaciones, puerta entreabierta y a oscuras. La escasa luz que venía del pasillo iluminaba la figura de un joven rubio tumbado en un sofá, durmiendo apaciblemente. La mujer entró en el cuarto y cerró la puerta tras de sí con un violento portazo.
– ¿Qué...?  –preguntó alarmado el recién despertado– ¿Qué demonios?
La bibliotecaria se acercó a él.
– Si vuelves a hablar con Hera te voy a matar, Eros. Esto te lo prometo –voz fría, cargada de acero y veneno–. Prepara las maletas, nos vamos al norte. Tengo que encontrarme con un viejo amigo.
Si el joven dios iba a replicar, prefirió no hacerlo. La mujer se dejó caer en un sillón cercano y se pasó las manos por la cara.
– ¿Quién es? –el dios del amor preguntó todavía intimidado.
– Quién o qué es algo que suele depender de él...