El pergamino de los Titanes Desenlace (Historia)

Autor : Marcos Dacosta

El destartalado navío se desplazaba con dificultad a través de las agitadas y frías olas del Atlántico norte, el ajado cascarón de metal crujía con cada acometida del mar emitiendo un gemido lúgubre e inhumano que surgía a la cubierta desde el corazón de la nave. El sucio trapo ondeando frenético en lo alto del puente de mando indicaba que el barco navegaba bajo pabellón griego. Quizá tiempo atrás se dedicase a transportar contenedores cuyo contenido era en muchas ocasiones de dudosa legalidad a un lado y a otro del mundo conocido, mas en esos momentos la única mercancía que parecía preocupar a todos los que a bordo se hallaban era la solemne dueña de la silueta que se recortaba apoyada en una de las barandillas a babor.
Imperturbable, digna, ojos fijos en el horizonte como las estatuas que antaño adornaban los templos en su nombre. Una auténtica diosa.
La pelirroja volvió a vomitar de nuevo, y esta vez, por suerte, parecía que no haría falta tratar de sacar desagradable mancha alguna de su confortable jersey de cuello alto. Quién demonios le mandaba abandonar su segura, y firme, cabe decir, biblioteca y embarcarse en tan desagradable viaje a bordo de algo que no le habría sorprendido descubrir construido a base de latas de atún desechadas. Escupió a la mar y se pasó un pañuelo de papel por la boca. Y eso que ella había estado tan ilusionada con el viaje, hasta el punto de arrastrar abordo un arcón de libros con los que entretenerse durante la travesía. Le llevó tan solo un vistazo a la primera página de uno de ellos para darse cuenta de su equivocación y correr a buscar el servicio más cercano. Y las cosas no habían mejorado desde entonces.
 Tan ocupada estaba ella en su propia miseria que no advirtió los pasos a su espalda.
– Nadie va a creerme de vuelta en Grecia –comentó jocoso Eros mientras le ofrecía una pequeña botella de agua–. ¿Pero cómo es posible?
La mujer se volvió hacia el impertinente joven; pálida, ojos enrojecidos y una mueca de disgusto en su cara. Tomó el agua con brusquedad, abrió la tapa y procedió a enjuagarse la boca. Tras volver a escupir al mar se volvió de nuevo hacia su acompañante.
– Cuídate muy y mucho de difundir rumores algunos, Eros, o te arrancaré la piel yo misma –gruñó lastimosamente ella, su amenaza solo respondida por una carcajada del rubio–. Es evidente para cualquier ser con inteligencia que cuanto más poder tiene un dios, menos acostumbrado está a emplear medios de transporte mortales.
El dios del amor estaba a punto de contestar de forma afilada cuando escuchó voces en la cubierta. Dedos que señalaban a más allá de proa, a través del agitado mar y la neblina tan propia de esas aguas. A lo lejos, en el horizonte, se adivinaba la silueta de un gigantesco petrolero en no mucho mejor estado que la nave que transportaba a los dioses griegos. La pelirroja se recompuso y acudió junto al resto de la tripulación para poder ver mejor la otra nave. La mujer dejó escapar un suspiro de irritación. Por supuesto, solo a cierta deidad se le ocurriría llenar un barco de ese tamaño con tecnología anti-radares y usarlo a modo de sala de reunión.
– ¿Es él? –preguntó el joven.
Ella ni siquiera se molestó en responder.
 
Los marinos del petrolero tendieron una escalerilla hasta el otro barco. La mujer había pasado varios minutos en su camarote, preparándose y dando órdenes tanto a Eros como al capitán de la nave antes de regresar de nuevo a cubierta actuando como se esperaba de ella: majestuosa pero distante, vestida de forma moderna pero sin hacer olvidar a los que la observaban que ella pertenecía a un mundo de togas y dorados tronos. La tripulación de su navío se apartó, haciéndose un pasillo hasta estribor, donde ambos buques de vez en cuando tocaban casco con casco. La mujer lanzó una mirada suspicaz a Eros y comenzó a subir la escalinata hasta la cubierta del petrolero, tratando de no pensar en cómo el fuerte viento dificultaba la tarea moviendo la escalera y obligándola a aferrarse a ella hasta que sus nudillos se volvían blancos. Cuando los marinos pudieron tenderle manos para ayudarla, ella las rechazó y logró finalmente encaramarse por sí misma al petrolero.
Tras un breve segundo para recuperarse, la pelirroja se frotó las manos contra sus vaqueros y estudió la cubierta del enorme barco, así como la diversa tripulación que parecía mantenerlo a flote bajo órdenes de su señor.
– ¿No viene nadie más con usted, señora? –preguntó uno de ellos en un inglés roto con el acento de quien se pasa la vida haciendo escalas en exóticos puertos–.
La diosa posó una simple mirada en el atrevido mortal, quien retrocedió varios pasos tras leer la amenaza en unos ojos que habían visto nacer y morir eras. No, ella no necesitaba compañía. Ningún ejército serviría para convencer a su anfitrión de que respondiese a sus preguntas con honestidad, ni la protegería en caso de que este decidiese emplear todas sus argucias contra ella.
El mortal que había hablado la condujo en silencio hasta el puente de mando, a través de una portilla y bajando las escaleras. Las paredes estaban desconchadas y corroídas por el óxido, pero supuso que tal estado agradaría al señor de este mundo. Siempre fue una criatura bastante extraña. Un pasillo terminó en una puerta cerrada, que su guía en este inframundo flotante procedió a abrir indicando a la pelirroja con un ademán que debía entrar en la sala. La mujer hizo lo que se esperaba de ella y la pesada puerta se cerró a sus espaldas con un sonido seco. La sala se encontraba en penumbras, tan solo una enorme mesa de madera y dos sillas a lados opuestos, los muebles haciendo juego con el ruinoso estado de sus alrededores. Por supuesto.
– Atenea –saludó en griego antiguo una voz disonante en la oscuridad–. Siempre es un placer verte. Por favor, toma asiento y búrlate cuanto antes acerca del tamaño de mi nave y cómo se relaciona con el de mi virilidad para que así podamos pasar a los temas que de verdad nos interesan.
De las tinieblas surgió un hombre de cara afilada, perilla casi luciferina y un brillo de astucia en los ojos. Aunque bien podría haber sido una mujer, o un niño, o un lobo, pues a quien la pelirroja tenía delante no era ni más ni menos que al mismo dios del engaño.
– El estado de tu virilidad no sería asunto mío siempre y cuando esta y el resto de tu persona se mantuvieran bien lejos de mi biblioteca –respondió ella con frialdad y un poco de arrogancia–. Debías de haber sabido que te encontraría, Loki.
El dios nórdico dejó escapar una risita enfermiza mientras se acercaba a la mesa y arrastraba la silla para, finalmente, dejarse caer sobre ella.
– Sí, pero no necesitabas venir a tocarme a la puerta, una simple llamada telefónica habría bastado, mi diosa, a estas alturas algunos enemigos comunes se habrán enterado de esta reunión.  –el cambiaformas se inclinó hacia delante, apoyándose en sus codos y mirando a la recién llegada con curiosidad–. Ah. Pero ese es tu plan, ¿no?
La pelirroja se sentó en la otra silla con cuidado, sin apartar la vista de la inquisitiva mirada del nórdico. No era momento de mostrar debilidad.
– Alguien como tú no habría dejado pasar la oportunidad de hacer una copia del pergamino, lo que estoy segura no agradará saber a quienes le entregaste el original, mucho menos de boca de aquella con quien te reuniste de forma tan secreta en mitad del océano –explicó la diosa con tranquilidad–. La diferencia es que, al contrario que ellos, yo sé que no planeas usarlo para tus propios fines.
– ¿Y cómo has llegado a esa conclusión, mi diosa? –preguntó burlón el hombre–.
– Porque al final vas a ganar tú, Loki –la deidad griega suspiró con irritación–. El Ragnarok vendrá, no como está escrito, pero a lomos de los Primigenios y sus sirvientes. Los viejos dioses van a desaparecer y ni todo un ejército de titanes van a impedirlo. El único uso que podrías darle es como moneda de cambio, pero una vez liberados ese pergamino carece de todo valor, así que es en tu mejor interés ayudarme a recuperar el original y mantenerlo a salvo.
El dios del engaño permaneció en silencio observando a la mujer con una sonrisa enigmática. Entonces soltó una risita inquietante y aplaudió con sarcasmo.
– Bravo, mi diosa. Bravo. –rió Loki–. Pero hay un agujero en tu razonamiento. ¿Qué me impide ser honesto con mis aliados, reconocer que tengo una copia y obligarles a apresurar el ritual?
Esta vez fue el turno de la mujer para pensar en silencio durante unos instantes.
– Es menos divertido así –respondió ella encogiéndose de hombros.
Loki volvió a dejar escapar una siniestra carcajada mientras golpeaba la mesa.
– Siempre has sido mi favorita entre tu gente, Atenea. Lamentaré tener que acabar contigo cuando sea el momento.
– El nombre –pidió la pelirroja mientras se levantaba.
–  ¿Quién otro que Poseidón, mi diosa? –dijo él reclinándose en su asiento–. El dios del mar ha estado realmente ocupado de un tiempo a esta parte. Y al contrario que Apolo, él no es un cobarde que se eche atrás en sus planes.
La diosa griega asintió. No era ninguna sorpresa, decir que no había amor entre el Olimpo y el fondo del mar era poco menos que un eufemismo. Escucharlo, no obstante, de forma tan cruda y clara era algo del todo distinto. ¿Entendía Poseidón acaso lo que significaba liberar a los titanes?
– No vuelvas a entrar en mi biblioteca, Loki -dijo ella mientras se marchaba.
– Tu biblioteca no te va a proteger de la tormenta que está por venir, Atenea.
La pelirroja iba a responderle, pero sabía que esta vez el dios del engaño estaba diciendo la verdad.