En un presente alternativo... (Historia) Relato homenaje al campeonato mundial 2016.

Autor : Toni Hudd

En un presente alternativo…
Diciembre de 2014, la Antártida.
̶̶  ¡Victoria! – Cantaban todos brindando, los cuernos derramando hidromiel, las tazas de saque salpicando su licor en las copas de vino griego y los cálices de pulque. El néctar mesopotamio, la leche de dromedaria egipcia y la de yak hindú fermentadas, la cerveza celta en calderos y la humana en botellines, todas las bebidas corrían por igual, y la ocasión no era para menos.
Gracias al general Dabla al frente de las tropas de Asgard, la alianza de Dioses y mortales había vencido a los primigenios, haciéndoles caer en su propia trampa y salvando al mundo. A la mañana siguiente las distintas aeronaves despegaron, llenas de canciones de júbilo, de vuelta a sus respectivas zonas de influencia.
Se firmó un tratado de paz con la O.N.U. y la humanidad aceptó y veneró a estos nuevos dioses, sustituyendo las antiguas fronteras de países por bloques de credo, de fe a los panteones. Hubo algunas trifulcas internas, como el levantamiento en el que Márduk asesinó (o eso se cree) a Tiamat, o las rencillas de Zeus con Cronos al volver a casa. Y aquellos con el don de predecir el futuro avisaron de la amenaza de las serpientes. Pero en general hubo paz y prosperidad, sobretodo a medianos del 2015, cuando gracias al embajador Orozco los hindús compartieron sus técnicas de meditación con todas las mitologías, permitiendo que llegaran al Nirvana, y expandiendo su credo de paz al planeta.
Pero entonces ocurrió. En diciembre de ese mismo año, justo uno después de la batalla en la Antártida, una nueva amenaza se cernió sobre el mundo. Con la ayuda del Nigromante De la Cruz, M y sus demonios hicieron lo que siempre habían prometido: asaltaron el nexo de poder más importante, el de Barcelona, y lo tomaron para sí. Era una alianza con deidades y monstruos de varias mitologías, y eso sumió a los panteones de nuevo en conflicto.
Tras gran deliberación, Amaterasu, Zeus, Odín, Huitzilopochtli y Ra llegaron a una decisión. Llamaron a los dos representantes humanos en los que más confiaban.
−No entiendo por qué debéis marcharos – masculló Trisha con las pupilas algo temblorosas. Había convivido tanto con todos, pero en especial con estos cinco, que no imaginaba una vida sin ellos.
−Ni yo− añadió Pak. No solía decir mucho, pero Trisha, que lo conocía muy bien, sabía que el monje debía sentir su misma pena. Había visto las figuras de su estantería, una de cada uno de los cinco patriarcas.
−Es mejor para todos, pequeña – la consoló con su voz cálida Amaterasu, poniendo una mano radiante sobre el hombro de la reportera−. El mundo necesita paz, no más guerra.
−Se lo debemos a los demás –añadió Ra, apoyando a su hermana−. Nosotros tuvimos milenios. Y ahora hemos sido los primeros en volver. Dejémosles un tiempo para menguar su rencor hacia nosotros, o para que aprecien nuestra falta, jeje.
−Usaremos este tiempo para entrenar –afirmó rotundamente Odín−. Si vuelven esas sabandijas espaciales, debemos estar preparados.
−Pero primero que se coman al desgraciado de mi padre, que me ha usurpado el Olimpo, y que hagan entrar en razón a mi mujer y sus nuevos romanos – gruñó Zeus, escupiendo la última palabra como si de veneno se tratara.
−A vosotros os entregamos la llave de este portal –explicó Huitzilopochtli−. Cuando lo creáis conveniente podréis abrirlo para que volvamos. Hasta entonces, disfrutad de esta Era Divina –sonrió el dios colibrí.
Y con esto, los cinco patriarcas y sus seguidores más próximos se metieron portal adentro, y desaparecieron, por el momento, del mundo.
Meses después, una unión de varios patriarcas que quedaban, Isse, Enki, Dagda y otros, acudieron a una reunión organizada por un tal Tito Broncas, y juntos, con el poder de Irkhalla que Tiamat y sus Igigi habían dejado vacío, vencieron a los demonios e impusieron un nuevo orden.
Diciembre 2016, en otro plano.
−Padre de Todos, deberías ver esto− sugirió Baldr, aunque Frigg ya se lo había avisado en sus premoniciones.
−Mi señora Amaterasu, está sucediendo algo importante –dijo, en profunda reverencia, Ameno Oshido Mimi.
−Hermano, presiento que pasa algo –Quetzalcoatl alertó a Huitzilopochtli.
−Ra, Sol de Soles, vuelve a haber tumulto en la Tierra –le informó Thot.
−¡Zeus! ¡Deja de ligar con Eir y ven a ver esto! – le increpó Poseidón.
Para cuando los patriarcas llegaron al Espejo de mirar, todos los dioses, especialmente los guerreros, estaban arremolinados alrededor, inspeccionando lo que pasaba en la Tierra.
−¿Qué sucede? –preguntó Thor estirando después de su entrenamiento matutino. Tyr llegó tras él.
−Varios ejércitos están confluyendo sobre Barcelona. Parece un nuevo intento de tomar el nexo de poder.
−¿Y nadie les hace frente?
−Hindús, sumerios y patriarcas bajo Irkhalla, druidas celtas, las yokais… pero se están  abriendo paso.
−¿Quién? Pensaba que al retirarnos aquí los demonios habían perdido su poder, y con los dragones sobrevolando todo…
−Las huestes flameantes de Orochi y los gélidos incursores norteños. Además tienen la ayuda de algunos mortales.
−¿De quienes?
Montcada i Reixach, norte de Barcelona, 17 de Diciembre del 2016.
Los ejércitos formaron, uno a cada lado del río Ripoll, cuando el tímido sol de invierno se hundía rojo cauce arriba. Una pequeña comitiva, tres de cada bando, se avanzaron para verse en el puente que lo cruzaba. Ambos grupos estaban formadas por un mortal y dos dioses. De la colina de los defensores bajaron Enki y Dagda flanqueando a un decidido humano. Mientras, el bando atacante estaba fortificando su campamento, como les enseñó el general Dabla. De él salieron un Svartalfar y una Jotun acompañando a un hombre con un arco y media sonrisa.
−Esperaba que Tito Broncas liderara a los partriarcas bajo Irkhalla− dijo el arquero, tendiendo una mano al hombre decidido. Éste la miró con suspicacia, pero al cabo la estrechó.
−Mi nombre es Robert, y soy su digno sucesor. Ha confiado en mí sus secretos –contestó, tajante.
−A ti te conozco, tú eres Ses –afirmó Dagda, dirigiéndose al arquero−. Antes vivías en mi isla. Ayudaste a Odín, nos alertaste de M.
El tal Ses asintió, miró alrededor y dijo−: Sí, pero ¿sabías que también viví aquí unos años? Me apodaban Tons, en aquel entonces. Por cierto, estáis acampados sobre un cementerio –añadió Ulises, señalando la colina que había tras ellos.
−Ha llegado a mis oídos que hoy habéis vencido a mis druidas− retumbó el patriarca celta amenazante, mirándolos con el ceño fruncido y desestimando lo que le decían−. No sé qué artimañas habréis usado, pero Naga y Gus, junto con Danu, Cathab y los poderes de los nemetones, deberían haberos detenido. Pienso vengarlos,  ¡me oís! ¡Pienso vengarlos! –gritó, sacando una daga serrada que relucía relámpagos, similar a la de Marduk.
−Al alba –riñó entre dientes Enki.
−Al alba, pues –sonrió Angrboda, la hermosa jotun, la capa de Loki volando a su alrededor.
Ulises negó con la cabeza y suspiró: −De veras que lo sieentoo.
Aquella noche en el campamento de los patriarcas hubo grandes celebraciones: fiestas de Opeth y danzas tribales, mientras las cometas de carpas volaban amarradas. Pero antes de que pudieran usar el poder de los festivales para activarse, los nórdicos cayeron sobre ellos. El svartalfar Volundr apareció de la nada, asestando golpes y desvaneciéndose al instante. Detrás Ghelanya repartía poder entre los suyos, con sus hechizos de carpa y conejo. Dagda fue el primero en entrar en acción por parte de los patriarcas, y detuvo los primeros embates. Pero Malevohr se hizo con la escena entonces, surgiendo de las sombras, apareciendo y desapareciendo en nubes de humo, cogiendo enemigos y teletrasportándolos lejos del combate, para luego volver él y dejarlos allí. Hielo salido del mismísimo Jotunheim retrasó aún más que su pérdida de festivales a los patriarcas, y aunque Cronos cazó a Ghelanya con su hoz, destruyendo por completo su armadura, se encontró lento, cansado. Los nórdicos les habían cogido desprevenidos. Enki llegó entonces a igualar la balanza, sacando del panorama a Angrboda, que había congelado ya varias armas. Mas fue alcanzado por una flecha de Skadi, y notó como también él caía de lado, sus fuerzas a la mitad de lo normal. Dagda era un ciclón de magia, armas y armaduras, el coraje celta con la ira de un padre agraviado. Pero a estos bichitos no se les acababa el poder. Los nórdicos atacaron en una formación punta de lanza y Cronos se encontró fuera de la contienda. Los patriarcas querían prepararse pero por algún motivo no podían.
−Hemos aprendido a dominar el tiempo− rió Malevohr con su capa de águila y un mochuelo mecánico en el hombro−. Esos hindús y su samsara son muy interesantes –rió el rey de la noche más oscura.
Y con eso, engrosaron sus filas una vez más y expulsaron del lugar a los valientes patriarcas, que pese a todos los contratiempos habían luchado hasta el último aliento, a un pelo de la victoria.
Cornellà, Sur de Barcelona, en ese mismo momento.
El ejército hindú de Lakshmi y Shiva llegó, jadeante y maltrecho, a orillas de Llobregat. Acamparon y se prepararon para hacer noche y lamerse las heridas tras la extenuante batalla con el General Dabla. Hoxx, el mortal que habían escogido como líder por quedar primero en los ránkings humanos que valoraban estas habilidades, sabía que no faltaba mucho para tener que enfrentarse a la otra hueste que asolaba esta zona, pero confió en que el poder de la meditación hindú les permitiría reponerse a tiempo.
Con lo que no contaba era con el fuego.
A penas se habían instalado cuando Indra dio la alarma. Los japoneses del Nuevo Takagamahara cayeron sobre ellos como un azote de viento negro, fuego y acero.
Hoxx reconoció inmediatamente a su líder: frac plateado, sombrero de copa, y ser más alto que muchos dioses lo identificaban claramente: El senador Muork.
−¡Os hemos vencido antes y volveremos a hacerlo! –espetó Hoxx.
−Las segundas partes nunca fueron buenas –sonrió el Senador, y los flameantes nipones atacaron a los hindús. Éstos salieron en tropel, intentando engrosar sus filas rápidamente, pero se obstaculizaron más de lo que avanzaron. Los dioses del sol naciente, en cambio, funcionaban a la perfección. Las llamas de Izanami y Kagutsuchi quemaban a los hindús, dejándoles sin posibilidad de atacar. Tsukuyomi, veloz como un destello de luna, blandía su hoja aquí y allá mientras Otohime se concentraba en aportarles tácticas y armas. Los hindús, no obstante, no se amedrentaron, pero necesitaban meditar constantemente para mantener el poder que tenían, y así poco conseguían más que sobrevivir.
−Con fuego habréis vencido a las yokais que mandamos a interceptaros en Mallorca, pero vuestro fuego no sirve con nosotros. Podemos meditar mientras peleamos y jamás nos quedaremos sin poder –decían Lakhsmi y Kubera, esperando que Shiva los apoyara. Sin embargo fue otro el dios que llegó.
Todo parecía fluir a cámara lenta para él, y zig-zagueó entre los combatientes, desabrochando piezas de ropa a Apsara, asustando al tigre de Mataji, quitándole el turbante a Bharadvasha, tapándole la cabeza con él a Durvasas y susurrando “Cara anchoa” en el oído del Shiva que se había unido a los vástagos de Brahma. Mercurio derrapó sonriente: −¿Alguien ha pedido poder? –sonrió el romano, y empezó a correr entre los japoneses, apoyándolos con poder de unos a otros, y atizando fugaces golpes a los hindús.
A una señal de Muork las keikos de Kaguya y Agaou empezaron a brillar y pronto todo el poder quedó, indiscutiblemente, del lado japonés.
Antigua fábrica Fabra y Coats, Barcelona, 18 de Diciembre 2016.
La Hueste de Fuego y los Incursores Norteños confluyeron en el lugar escogido por el monje Pak para celebrar la mayor reunión de devoción anual a los dioses de los panteones, la congregación Mundial de Mitos. Allí había la reliquia que más poder albergaba: como un pequeño menhir oscuro, sobre una doble plataforma cuadrada de roca negra, y en lo alto un escudo sobre el que se veía una silueta de un guerrero japonés enfrentado a uno nórdico. Las dos primeras facciones en volver a despertar; las dos que se encontraban ahora cara a cara, listas para disputarse el codiciado artefacto.   
−Rendirosss –siseó Orochi−. No tenéis nada que hacer −. Y con eso se metió bajo tierra y apareció tras las líneas nórdicas para destruir el monumento que les otorgaba poder. Volvió de nuevo bajo tierra para reaparecer entre sus propias tropas, con esa sonrisa serpentina. Tras él, las amenazantes cabezas de Escila basculaban, esperando atacar, y Tsukuyomi desenvainó su wakisashi, siempre el primero en entrar en la lid.
−Al contrario –respondió Malevohr, socarrón−. Nos enseñasteis bien cuando entrenamos juntos –dijo, y a su señal, Hreimdar y Ghelanya sacaron relucientes escudos, como el que Perseo usó para matar a Medusa. A la vez, el propio Malevohr y sus svartalfar, se abrieron las capas para mostrar las armaduras japonesas que llevaban bajo ellas: keikos y hakamas. Además el enano tenía la daga de Márduk tomada de Dagda la noche anterior. −¿Ves? –continuó el rey de la noche más oscura, su sonrisa ensanchándose−. Sois vosotros los que no podéis ganar.
−Tal vez haya otra solución –propuso Ses, adelantándose de las filas de Jotuns, Svartalfars y Dvergers.
−Tal vez –coincidió la profunda voz de Muork, avanzándose carismáticamente a su propio contingente. Se encontraron en el medio, frente al trofeo.
−Parece que fue ayer cuando luchamos codo con codo, entre los aztecas –sonrió Ses, contento de ver a su viejo amigo, pero algo titubeante por la situación.
−Fue una gran victoria –le sonrió de vuelta el senador.
−Luchando juntos –asintió Ulises.
−Luchando juntos, ¿Cuándo no lo es? –tronó la voz del senador.
Se sonrieron el uno al otro, se dieron la mano y juntaron las cabezas. −¿Juntos? –se preguntaron a la vez.
Y con una mano cada uno alzaron la ansiada reliquia de poder.
En ese momento, en otro plano.
−Daré a Trisha un quimono fénix y la enseñaré a hacer nuevos oráculos en mi lugar –avisó Amaterasu, levantándose del borde del espejo con el que miraban el mundo−. Y nieblas debilitadoras.
−Mandaré de nuevo mis Drakkares –ofreció Odín.
−Y yo ordenaré que los cíclopes ataquen –lo secundó Zeus.
−¡Yo no pienso quedarme de brazos cruzados viendo esto! –bramó iracundo Huitzilopochtli, blandiendo su Macuahuitl−. Yo también voy a volver.
−No se porqué, pero tengo la sensación de que no eres el único dios que vuelve, hermano –musitó Quetzalcoatl, meditando pensativamente.
En ese momento, en el desierto de la antigua Persia.
Ahura Mazda se plantó ante la cueva sellada.
–Es hora que volvamos –se dijo a sí mismo, mientras hacía unos gestos con las manos. Entonces, con la mirada en fuego y una sonrisa conocedora, gritó−: ¡Ábrete sésamo!
Y con un cavernoso tronar de roca, la cueva empezó a abrirse.