Entre dos Aguas (Historia)

Autor: Toni Hudd

Relato de influencia Torneo Valencia : Ganador Jorge Alba

Antigua Babilonia, 100Km al sur de Baghdad.
 
― Hola, amado mío ― susurró tiernamente Tiamat cuando Apsu abrió los ojos, sin dejar de entrelazar sus dedos entre los duros rizos de su marido.
 
Se encontraban en el gran salón del piso más alto de los Jardines Colgantes, él estirado en un catre, ella sentada a su lado, y por la ventana entraba una brisa cálida que arropaba a los esposos con olor de desierto y flores,  con luz de estrellas y secretos. Era la primera vez que el Dios de la Sabiduría y el Agua Dulce despertaba desde que Thot, Ra y Amaterasu lo sanasen en la Antártida.
 
― Tiamat… ―dijo él con voz quebrada, suavemente acariciando el rostro de ella hasta llegar al cuerno de su sien. Una mueca angustiada, casi avergonzada, contrajo la cara de la Matriarca Igigi, consciente de la monstruosidad en que la habían convertido, pero Apsu le sonrió―: ¡qué guapa estás!

― ¡Ha! ―rió ella con sacudiendo la cabeza con incredulidad y dicha, y Agua Dulce y Agua Salada, Sabiduría y Locura se besaron una vez más, diez mil años después. Pese a que asomarse a la balconada hubiera mostrado la destrucción de la ciudad que jamás se terminó de reconstruir, y la pose alerta de Ugallu y Kurasikku en la puerta confirmaba potencial peligro inminente, el beso que Apsu y Tiamat compartían era de un amor imperturbable y reencontrado, un nostálgico bocado de maná en una hambruna infinita.
 
― ¿Seguimos en la fortaleza de Yogg-Sothot? ―preguntó él al cabo, mirando a su alrededor con preocupación―. Lo último que recuerdo es que me sacaron de mi celda y me llevaron al tanque en el que me sumergían inconsciente cada vez que te iban a torturar.
 
― Se acabaron los tormentosss, amor ―lo tranquilizó Tiamat, y le explicó todo lo que había sucedido: cómo habían escapado de la prisión primigenia, su sanación y la batalla en la Antártida. Apsu la reprendió con la mirada por haber atacado y capturado a los Anunnaki, pero no la interrumpió. Finalmente ella le relató cómo habían vuelto del continente helado para encontrarse sus ciudades destruidas por los primigenios, especialmente las metrópolis como Teherán o Dubái, y las explotaciones petrolíferas. La trampa de los Dioses Exteriores había funcionado, y se habían cebado con cualquier nodo de civilización o lugar con gente armada. Ni los mercenarios americanos de Blackwater habían podido repelerlos. Cuando volvieron al espacio dejaron atrás sus esbirros, que aún campaban a sus anchas.
 
― ¿Y los humanos siguen creyendo en nosotros? ―preguntó Apsu.
― Sí… ―contestó Tiamat sin convicción―. Nos hemos debilitado, claro, sobre todo por la cantidad de gente que ha muerto, pero los nómadasss de los desiertosss y los pequeños poblados de rebaños o pesca siguen intactosss, la gente que nunca nos olvidó. Estamos yendo por las ciudades rescatando supervivientesss y matando a las sabandijasss primigeniasss que quedan. Así la gente recupera fe en nosotros mientras reconstruimosss. Ereshkigal ha cruzado el Eufrates y está liberando la penínsssula arábica, mientras Nergal hace lo mismo al otro lado del Tigris, hasta la frontera con la Índia. Y aquí, entre las dos aguas, Mushussu pone orden y da caza a la escoria que encuentra.
 
― Lo tienes todo muy bien organizado, amor mío ―musitó Apsu.
 
― Idea de Enlil ―concedió Tiamat―. Jamásss me gustó el Mago Oscuro, pero realmente me essstá ayudando mucho.
 
― ¿Y Kingu? ―preguntó Apsu ―. ¿Dónde está nuestro hijo?
 
― Kingu ha ido con un grupo de nuestros mejores guerrerosss a una misión especial  ―le explicó―. Sufrimos bajas en la Atlántida, Anzu, Kululu, Etana y muchos más. Pero hubo tres cuyos cuerpos nunca hayamosss: Lilith, Enkidu y Damkina. Así que Kingu y Gilgamesh están liderando dos gruposss de búsqueda, siguiendo su pista. Bajarán al mismísssimo Inframundo, si hassse falta. Kingu se ha vuelto un gran líder, ¿sabesss? También está…cambiado, como yo ―Tiamat bajó la vista, algo avergonzada de nuevo al decir esto, pero Apsu le izó la barbilla y se sonrieron―.  Estarás tan orgullossso de él cuando lo veasss…
 
― Siempre lo he estado, y de ti también ―afirmó el dios honestamente―. ¿Y Marduk? ¿No te da problemas por lo que hiciste a mi gente y a Enki?
 
― ¡Tu gente! ―escupió ella despectivamente―. Tú siempre tan Anunnaki. Tu gente, amado, nos dejó pudrirnosss en aquellas celdasss. ¡Yo te saqué de allí, no Enki ni tampoco Marduk! ―espetó, encendiéndosele los ojos. Pero al poco se calmó―. Y sí, Marduk me da problemasss. A ver si tú puedes rasonar con él. Enlil lo puso al cargo de la seguridad de este palasio, así no lo pierdo de visssta ―dijo ella, su voz tiñéndose de mal humor.
 
En ese momento se oyeron pisadas en el pasillo que conducía a la estancia. Enmudecieron y se giraron hacia Ugallu y Kurasikku. El hombre león y el hombre toro enarbolaron las armas. Marduk, Shamash y Ninurta cruzaron el umbral, arrastrando entre los tres un pesado monstruo de apariencia y hedor primigenia. Tras ellos entró Enlil, abrazado como siempre a la Tablilla del Destino. Tiamat se levantó del catre y se encaminó hacia allí. Soltaron el cadáver y Marduk empezó a desenvainar su daga serrada, a lo que Tiamat bufó como un felino enfurecido, abriendo las fauces y chasqueando sus colas. Marduk se detuvo, levantando la mano izquierda pero sin soltar la daga con la derecha. A la Matriarca le pareció ver un relámpago surcándole los ojos.
 
― Tranquila, Mi Señora… ―dijo Enlil―, sólo quiere enseñaros qué había dentro de esta sabandija que hemos encontrado.
 
Tiamat se relajó un poco, y Marduk desenvainó lentamente, clavó la daga en el abdomen de la monstruosidad muerta y lo abrió en canal. Acto seguido se apartó, su mirada tan desafiante como siempre.
 
―Mira, si metes la mano aquí… ―empezó Enlil con esfuerzo, dejando la Tablilla cuidadosamente en el suelo e introduciendo los brazos dentro del cuerpo del engendro. Tiamat se acercó e hizo lo mismo. La criatura estaba fría, sus entrañas negras como las de Yig.
―¿Qué se sssupone que debo notar? ―preguntó ella, confusa.
―A ver… ―murmuró Enlil, palpando a ciegas entre los órganos del cadáver―. ¡Ah! ¡Aquí! ―exclamó triunfante―. Mira, Mi Señora.
 
Tiamat se agachó sobre la bestia, arrugando la nariz por la pestilencia. Acercó su cara lo que pudo a la incisión, sin discernir aún qué debía ver. Palpó más a hondo, hasta que dio con las manos de Enlil, que le sujetó las muñecas. Los siguientes pensamientos se le aparecieron todos al unísono y en décimas de segundo: este bicho estaba demasiado frío y coagulado para estar recién muerto, Enlil estaba sudando sin haber hecho esfuerzo alguno, y ella se había quedado de espaldas a Marduk y con las manos atrapadas.
 
Fue a dar un paso atrás y sacar los brazos de aquella inmundicia, pero antes de que pudiera hacer nada notó una punzada en la espalda. No le dolió mucho, no después de las torturas a las que la habían sometido los primigenios, pero…fue como si el tiempo se detuviera. La boca se le llenó con el metálico sabor de su propia sangre y bajó la mirada para ver la punta de la daga serrada de Marduk protruyendo de su pecho. Oyó, como de lejos, el grito de esfuerzo y rabia del Dios del Trueno sumerio cuando la rajó de arriba abajo, y se desplomó. Era consciente del movimiento, de su propia sangre extendiéndose por las baldosas bajo su cuerpo, de haberse golpeado la cabeza y del frío repentino. Nada dolía. Era como si no estuviera pasando. Aquello no podía ser real.
 
Vio a Shamash placando a Ugallu cuando corría a socorrerla, y a Ninurta golpear con Sharur a Kurasikku, dejándolo inconsciente en el suelo, pero parecía que era solo un recuerdo, no la realidad. Escuchó la conversación como si estuviera al otro lado de una ventana, sin presencia ni voz para influir en ella.
 
―¡Estate quieto, Apsu! ―gritaba Marduk―. Puede que seas Anunnaki, pero tú y los otros titanes de tu generación sois responsables de todo el mal de la Atlántida, así que te mataré si tengo que hacerlo. ¡Quieto, he dicho! ―rugió y golpeó a Apsu en la cabeza―. Mucho mejor. Enlil… ―dijo, encaminándose hacia el Mago Oscuro.
 
―¡Ha funcionado, Marduk! ―exclamó el Dios del Viento, sacando las manos del engendro y buscando con la mirada la Tablilla. Marduk avanzó, cortándole el camino al oricalco sumerio―. Eh…¿lo he hecho bien, no? ―preguntó el Dios del Viento, su voz delatando su nerviosismo―. Recuerda el trato, me prometiste la mano de Ishtar en matrimonio si…¡ugh! ―balbuceó Enlil cuando Marduk le dio un súbito puñetazo en el estómago con la velocidad del rayo y la fuerza del trueno.
 
―Los reyes…―empezó Marduk golpeando de nuevo a Enlil en la cara, tirándolo al suelo―…no hacen pactos…―le propinó una terrible patada en las costillas―…con traidores ―terminó, se giró y recogió la Tablilla del Destino mientras Enlil tosía de fondo. Un brillo recorrió su cuerpo del guerrero. Se encaminó hacia Tiamat y la miró sin emoción alguna. A la Matriarca del Caos y los Mares no le pareció ver ni un atisbo de felicidad en la expresión de Marduk, ni siquiera de satisfacción. Solo el frío escrutinio de quien cree hacer justicia por encima de razón o pasión. Marduk levantó su daga y la blandió, y Tiamat notó como una negrura y un gélido viento inverso se la llevaban, privándola ya de sentir nada más. Sus últimos pensamientos fueron de Kingu, con el pelo trenzado y la barba, apuesto e imponente, un dragón tatuado en cada brazo en lo alto de la muralla de Lemuria, mientras ella, en su forma atlante, y Apsu se besaban apasionadamente.
 
 
En distintos lugares de Oriente Medio.
 
Pazuzu y Lamashtu estaban debatiendo sobre qué poblado debía ser el siguiente en visitar. No se percataron de la llegada de Ninurta, que fue a decirles algo a Nabu y Sin. Decidieron qué camino coger y fueron a informar a los dioses Anunnaki y guerreros a sus órdenes, pero Sin invocó un destello lunar, y quedaron momentáneamente cegados, lo justo para que Nabu y Ninurta les asaltaran.
 
Lahmu y Lahamu estaban embriagados con los vinos del palacio de Mosul, que habían liberado. Reían y se regodeaban sobre cojines. ¿Qué absurdo humano creería que un dios prohibiría beber tales delicias? Tan borrachos estaban que apenas notaron dolor cuando las cuchillas les atravesaron el pecho.
 
Mushussu se recostó contra una roca y jadeó. Incluso para alguien tan veloz como él, correr así suponía un gran esfuerzo. ¿Se habían vuelto locos? ¿Qué hacían los Anunnaki atacándole?
 
Kingu volvía de su turno de guardia, orgulloso de sí mismo por seguir haciendo las tareas de soldados rasos, por dar ejemplo. Algo iba mal, lo notó. Sus cabezas draconianas miraron a un lugar y a otro, fuego y hielo preparándose en sus gargantas. Vio un arquero apuntándole desde lo alto de las ruinas, ¡uno de sus guerreros! Y otro al otro lado. Y otro, y otro más. Veinte, cuarenta, cincuenta saetas dirigidas hacia él.
―No hagas nada estúpido, Kingu ―dijo el sabio Apkallu, su tocado de tiburón de oro claramente distinguible bajo la luz de la luna―. Por favor, no me obligues a hacer esto.
Pero Kingu no vaciló. Rugió, se abalanzó sobre el sacerdote y cayó al suelo bajo el impacto de cincuenta flechas que, de algún modo, consiguieron atravesar sus duras escamas.
 
 
Capadocia, Turquía.
 
Olió fuego, escuchó el crepitar de una antorcha y notó en los párpados el inconfundible bailoteo de llamas. Entonces le volvió el dolor. Fuerte, fortísimo, agónico, paralizándole cada músculo y articulación, idéntico al que sentía en la mazmorra primigenia tras las torturas. Ah, ésa era la explicación. Le habían inducido un sueño de que escapaba, de que volvía a la Tierra con sus niños, de que su marido despertaba, solo para verla hundirse al darse cuenta que había sido una artimaña, una ilusión descorazonada. Tiamat abrió los ojos, lista para llorar de amargura al darse cuenta que Hastur había ganado finalmente, que ella se había vuelto loca.
 
Pero lo que vio era no fue la celda de sus pesadillas sino el interior de una cueva, y a un lado y a otro túneles, una red de cavernas excavadas en la roca. Ella estaba postrada contra una pared y Apsu sobre la opuesta. A su lado estaba Enlil. A Tiamat le hirvió la sangre e intentó, contra todo el dolor que le producía, ponerse en pie. Enlil se cubrió con los brazos instintivamente para protegerse, pero el cuerpo de la matriarca flaqueó y no pudo alzarse.
 
― Descansa, Tiamat ―le dijo una voz suave. La Diosa del Agua Salada giró la cabeza lo que pudo y vio a la bella Ishtar, que le estaba curando una herida grotesca que le recorría el pecho y el vientre―. Se te va a abrir de nuevo si no estás quieta ―la reprendió.
 
― ¿Pero…? ―intentó decir Tiamat.
 
―Enlil te salvó en el último momento ―explicó Apsu―, y a mi también. Nos transportó aquí, y fue a buscar a Ishtar para sanarnos.
 
―Lo siento, Mi Señora, jamás debí traicionaros… ―murmuró el Mago oscuro en voz queda―. No sabes cuánto lo lamento.
 
―Y más que lo lamentarásss… ―amenazó ella―… en cuanto pueda…
 
―¡Eh! ―la atajó Ishtar―. No te estoy curando para eso, ¿de acuerdo?
 
―¿Por qué me estásss curando? ―le preguntó Tiamat con recelo―. Eres Anunnaki.
 
―Sí, soy Anunnaki ―contestó Ishtar irritada―, pero ante todo soy quien soy. Ya sé que vosotros, los Igigi, valoráis los lazos de sangre y panteón por encima de todo, pero nosotros servimos a nuestros ideales. Marduk, yo…¡incluso tu marido! Cada uno hacemos lo que creemos que es lo correcto, no lo mejor para los nuestros, y debes aprender a respetarlo, ¿de acuerdo?
 
Por un momento a Tiamat le dolió más el orgullo que el cuerpo. Intentó cambiar de tema.
― ¿Dónde estamosss?
 
― En mi morada ―dijo una voz femenina fuerte y carrasposa, endurecida por el tiempo y el humo. Tiamat se giró para ver quién había hablado: era una mujer alta y voluptuosa, su pálida piel cubierta únicamente por joyería y tatuajes. Portaba una curiosa lanza ceremonial claramente sumeria, y de su rapada cabeza se enroscaban cuernos a los lados de una cara dura pero atractiva, determinada.
 
―Yo te conosssco… ―balbuceó Tiamat haciendo un gran esfuerzo de memoria―. Eres Inanna. Eras de mis mejores capitanasss durante la Primera Gran Guerra, hasta que Enki te exilió al Irkalla por confraternisssar con el enemigo. ¿Cómo has escapado?
 
―Nuestras hermanas han cavado hondo…muy hondo ―dijo ella con una sonrisa pícara.
 
―¿Nuestrasss hermanasss? ― preguntó Tiamat confusa.
 
Sólo entonces se percató de la forma que había en la cueva tras Inanna, y en el reptar de escamas que emitía al moverse.