La huida de la Atlantida (Historia)

Autor: Tony Hudd

Lemuria, 8428 a.C.

El caos se había apoderado de la capital atlante. La batalla había empezado a media mañana. Al principio los muros y bravos atlantes habían aguantado sin dificultad los embates de la hueste primigenia, pero los invasores del espacio parecían inacabables, y las defensas habían ido cediendo paulatinamente. Por doquier había explosiones, y en algunos puntos los engendros primigenios se colaban al interior de la ciudad.
Ghelis saltó ágilmente a un lado para evitar ser aplastada por unos escombros que cayeron de lo alto de la muralla. Miró hacia la acrópolis de la urbe y vio, con un súbito girar de estómago, que una aeronave salía volando del hangar central. Se le acababa el tiempo. Corrió sobre los adoquines tan rápido como pudo, jadeando y sudorosa, habiendo estado llevando mensajes de un lado a otro a lo largo de la batalla. Ése era su trabajo, y por primera vez desde que la reclutaran, no tenía intención de cumplirlo. Se alejó de la muralla y se adentró en los callejones de la zona pobre del barrio nórdico, donde vivían los siervos como ella. Llegó hasta la puerta de su casa y, con un horror de cien pesadillas, descubrió que la habían echado abajo. Entró apresuradamente, el corazón en un puño, y escuchó el llanto de un bebé. Su mundo se nubló de pánico. Si su piel no hubiera sido del tono más níveo posible, hubiera empalidecido. Corrió al cuarto trasero y vio una babosa del tamaño de una cabra, con tentáculos y colmillos,y una especie de ventosa que estaba absorbiendo un bulto del tamaño de un niño. Detrás, la cuna estaba hecha astillas, y su hija Ghelanya lloraba en el suelo. La adrenalina pensó por Ghelis, y vió varios cortes en el flanco de la babosa, de los que supuraba una sabia purpúrea.
‘Si puedes sangrar, puedes morir’―pensó Ghelis, y cogió una espada que no sabía cómo había llegado hasta el suelo de su casa y lanzó repetidas estocadas al monstruo, hasta que su cuerpo se volvió aún más flácido y los tentáculos cayeron inertes al suelo. Sólo entonces reparó en los piececitos que sobresalían de la ventosa. Su boca se llenó con bilis y necesitó de todo su autocontrol para no vomitar. Uno de los pies se movió. Ghelis inspiró rápidamente y cogió de los tobillos, preparada para estirar, pero entonces notó una conexión con la agonizante mente de la criatura primigenia, y vio la negrura infinita del espacio, el vacío, la soledad, todo lo antagónico a lo que eran ella y su gente. Soltó rápido al niño y se apartó, sollozando. La bestia dio un último espasmo. Ghelis tomó aire y probó de nuevo. Esta vez no notó la conexión, solamente el pulso débil en los tobillo del infante. Estiró con toda su fuerza y sintió como poco a poco recuperaba al niño de las entrañas del monstruo. Cuando salió del todo lo reconoció: era Malevohr, el hijo de los vecinos, el “Media Raza”, como su nombre indicaba. Aún cubierto de moco, sus facciones diferentes y piel más violácea eran inconfundibles. El pobre tosió y escupió una bocanada de baba. Pese a la urgencia, Ghelis le ayudó a incorporarse, le secó la boca y la cara con su propio vestido de seda blanca, y le frotó la espalda. Observadora como era, reparó en las marcas de dientes que el engendro le había dejado aquí y allá. Cuando el chico, de poco más de 6 años, ya respiraba bien, Ghelisfue a por Ghelanya, que parecía intacta, y envolvió su niña en una manta.
― La he intentado defender del monstruo ―dijo una vocecita, y Ghelis se giró sobresaltada―. La he oído llorar ―siguió Malevohr, aún en el suelo―, y he cogido una espada de mi padre y he venido a salvarla ―dijo con orgullo.
― Muchas gracias, Malevohr ―le susurró Ghelis con lágrimas en los ojos. Apretó a su hija contra su pecho y se encaminó a la puerta.
― Todo estaba negro, muy negro dentro de esa cosa, y hacía frío ―dijo Malevohr, y Ghelis se detuvo ya en el umbral. El chico siguió: ―Había estrellas, pero no de las bonitas. Ni siquiera veía su luz. Era todo tan oscuro… y tan frío… y tan vacío…y sentí como… como cuando ningún niño quiso venir a mi fiesta el mes pasado… pero muchísimo más.
Ghelis apretó la mandíbula. Ella solo había notado la conexión con la bestia un instante… pobre Malevohr. Sabía que se arrepentiría, que no hacía un favor a nadie, que no tenía tiempo… pero no tenía otra opción. Se giró hacia el niño y le preguntó: ―¿Puedes andar?
 
Océano Atlántico, horas después del hundimiento de la Altántida
 
La flota de aeronaves avanzaba entre las nubes como una manada  de elefantes entre ovejas que pastan. El sol se ponía ya, y aunque un cielo tan tranquilo parecía imposible después de los horrores vividos, el color rojo del horizonte sí hacía justicia a la tragedia, a la sangre derramada, al sacrificio que los atlantes habían hecho por el mundo. A bordo de Argos, la aeronave principal de los griegos, tres jóvenes y otrora orgullosos patriarcas estaban reunidos en silencio. Cabizbajos y negando con la cabeza, en cuestión de horas parecían haber envejecido más que en los últimos siglos.
― ¿Esperamos a Amaterasu? ―preguntó Odín, mirando alrededor.
― Me ha dicho que prefiere estar sola ―informó Zeus, y los otros dos notaron la tristeza en sus palabras, conscientes del dolor que debía sufrir la mejor amiga del griego.
― Odín, ¿todas tus naves han salido a salvo? ―quiso saber Ra. El nórdico asintió en silencio―. Las mías también. Pero he visto como la nave de los sumerios Anunnaki era absorbida directamente por un portal de Yogg-Sothoth.
― Y la Igigi siquiera ha despegado ―respondió Odín―. Lo pobres se han quedado defendiendo el tramo Este de la muralla hasta el final. Como mis Vanir; una estirpe entera de mi panteón, una rama entera de mi familia, todos muertos… ugh! ―gruñó golpeando la silla que tenía cerca y haciéndola pedazos.
― Lo mismo que mis Nubios ―se lamentó Ra―. Y los hindús, ¿qué ha sido de ellos?
― Bramha era el encargado de activar la trampa-portal ―se lamentó Zeus, pensando de nuevo en Amaterasu―. No he visto salir su aeronave.
― ¿Quiénes sabemos seguro que hayan sobrevivido? ―preguntó Odín.
― La mayor parte de nuestras tres familias, y los japoneses, así como los celtas y los aztecas ―empezó Ra. Entonces se giró a Zeus―: ¿Tus vasallos romanos han podido escapar?
El Olimpo asintió sombríamente: ―Sí, pero ninguno de los patriarcas del panteón espiritual ha sobrevivido. Por suerte tenían aún muchos hijos en enclaves en las tierras de Los Manitús. Es posible que se fragmenten y dividan, pero mientras los humanos que viven allí les sigan adorando, podrán sobrevivir.
― Lo mismo pasará con otras familias, me temo ―musitó Ra.
― Entonces, ¿ya está? ¿Nos vamos a resignar a vivir con el poder de cuatro aldeanos que cuenten un relato sobre nosotros? ―les increpó Odín, algo enfadado.
― Me niego a vivir así ―le secundó Zeus, saliendo de estado taciturno.
― Paciencia ―aconsejó Ra―. Los humanos se multiplican rápido. Cada familia que los guíe a su manera en sus tierras, y que canalice su fe como pueda. Con el tiempo, ¿quién sabe cuánto poder podemos llegar a acumular?
― ¿Aún querrán seguirnos después de que hayamos perdido una guerra que los ha llevado casi hasta la extinción? ―preguntó Odín con bastantes dudas.
― Sólo nosotros sabemos escribir, Padre de Todos ―le dijo Ra―. Les ocultaremos la verdad. En unas pocas generaciones se habrán olvidado. Les contaremos cuentos de nuestro origen, como si fuéramos realmente seres de otra dimensión, al igual que los primigenios, y no humanos mejorados con tecnología atlante.
― ¿Qué haremos ahora sin la tecnología atlante? ―preguntó Zeus―. ¿Podremos reconstruir lo que teníamos?
― Me temo que no ―se lamentó Ra―. Separados, y sin R’lyeh y su biblioteca, sin aquellas máquinas… no. No podremos modificar más nuestros cuerpos ni nuestros genes.
― Entonces ya está, somos los últimos atlantes, la última generación de dioses ―sentenció Zeus con melancolía.
― Sí, los niños que hemos evacuado serán los últimos que gocen de nuestra longevidad. Pero los hijos que engendremos, tanto entre nosotros como con humanos, pueden heredar parte de nuestros genes mutados y con ellos nuestro poder ―propuso Odín―. Ya pasaba ahora.
― Correcto ―corroboró Ra―, pero al no tener nuestro suero atlante, serán mortales. Mortales poderosos, capaces de potenciarse con fe, pero mortales. Somos, en efecto, los últimos dioses. Nos repartiremos nuestras zonas de influencia y fingiremos ser ajenos los unos a los otros. Con el tiempo los humanos olvidarán todo esto, crearán nuevos recuerdos, nos venerarán…
― ¡Qué suerte tienen! ―masculló Zeus negramente―. Yo moriría por poder olvidar…
― Eso es lo que hacen los humanos ―dijo agriamente Odín.
 
Mientras tanto, en el Skíðblaðnir.

Los Dvërgar, enanos, trabajan industriosamente en la sala de máquinas de la aeronave nórdica, así como en el barco Ngalfar, que surcaba las aguas del Atlántico bajo la flota de aeronaves. Las valkirias los flanqueaban, en sus corceles voladores. Los gigantes iban en el barco, mientras los Aesir y Asgardianos ocupaban la cubierta y camarotes de Skidbladnir, respectivamente. En la bodega de carga se arrebujan los Lójsálfar, los elfos de la luz. Y para todo lo sombría que debería haber sido la bodega, haces luminosos lo bañaban todo de blancura, resplandeciendo enlas doradas cabelleras, orejas puntiagudas y níveas pielesde los elfos. La música y la poesía inundaban el lugar, y algunos ya habían empezado a pintar, pero hoy era un día triste, y la melancolía que desprendía el precioso arte de los elfos de la luz era como el último destello de una estrella agotada. Su condición de siervos de los Asgardianos había jugado en su favor, hoy. Muchos se encontraban en la acrópolis de Lemuria, y habían podido ser evacuados.
― No deberías haberlo traído, Ghelis ―le reprochó una Lójsálfar en un susurro enfadado.
― El pobre estaba sólo, ¿qué iba a hacer? ―preguntó Ghelis a la defensiva.
― Dejarlo morir, cómo debieron hacer sus padres. No debe engendrarse un media-raza ―escupió con desdén un joven elfo que tenían al lado. Ghelis lo reconoció como el copero de Thor.
―Shut! ¡Te va a oír! ―le recriminó ella.
― No tiene lugar entre nosotros, Ghelis ―le dijo con un tono tierno una elfa más anciana, la costurera de Frigg―. Se lo dijimos a su madre cuando se casó con el Vánir, que nosotros somos musos y siervos, no guerreros. Su sangre mancha nuestra alma, que debe ser de luz pura siempre. Y por lo que dices, ha salido a su padre. Si ha sido capaz de matar…
― ¡Matar a un monstruo para salvar a mi bebé! ―gritó Ghelis, perdiendo la compostura.
― Matar es matar. No hay escusas ―recitó la anciana.
Ghelis quería decir muchas cosas. Quería decir que sus señores siempre estaban sedientos de sangre, quería decir que dejar morir es lo mismo que matar, quería confesar que era ella la que tenía las manos manchadas… pero solo podía pensar en el destello de oscuridad que atisbó a través de la bestia. Los Lójsálfar, como su nombre indicaba, debían ser siempre luz. Ella sólo había estado en contacto un segundo con la mente de la criatura, pero el niño…
― Tal vez los Vánir lo acojan ―propuso.
― ¿Los Vánir? ―preguntó con sorna el copero de Thor―. Han muerto todos, defendiendo la muralla. Se han salvado sólo los que viven con los Asgardianos o los Jottuns, pero esos ni cuentan como Vánir ya. Dudo que Freya recuerde siquiera que una vez lo fue.
― No podía dejarlo allí solo… ―murmuró Ghelis bajando la cabeza y el tono, como última excusa a la que aferrarse.
― Claro que no, chica ―le tendió de nuevo la anciana con dulzura, si bien llamarle chica había sido excesivo. Le puso el dedo en el mentón a Ghelis y le levantó suavemente la cabeza―, porque eres un ser de luz como nosotros. Pero él es un media-raza. Siempre estará solo.
Y en el único recoveco de la bodega donde se arremolinaban las sombras, Malevohr se abrazó las rodillas aún más fuerte. Cerró los ojos, tratando de pensar en sus padres, pero lo único que vio fue la oscuridad infinita. Y la oscuridad lo vio a él, y se abrazaron mutuamente.