La madre de la locura 2º Parte - (Historia)

Autor : Toni Hudd

Ilustrador: Chechu Nieto

Fortaleza de Yogg-Sothot en el Espacio Profundo, la actualidad.
 
Fuera, en el patio de armas, podía oírse como se alineaban las tropas primigenias de Nug y Yeb. El portal estaba a punto de abrirse.
 
―¡Hijos míosss! ¡Ha llegado el momento! ―arengó Tiamat a sus tropas, todos formidables y terribles. Corearon su título con pasión:
―¡Ummu, Ummu, Ummu!
―Hemos estado aquí diez mil añosss. ¡Diez mil! Habéis sufrido más días de tormento y dolor que estrellas brillan en Esharra, pero lo habéis aguantado, mis valientes niñosss, como auténticos Igigi. Nada podrá eliminar el sufrimiento, las pesadillas de nuestras mentes, pero nuestras heridas físicas han sanado y ahora podremos vengarnos de los responsables. Hastur y Yogg-Sothot están en la Tierra, ¡¿quién quiere que los descuarticemos poco a poco?!
―¡Yo! ―aclamaron los sumerios.
―¡Hastur pretendió doblegarnos a su voluntad, que nos entregásemos a su locura, pero nosotros jamás le dijimos su nombre! Pues cuando lo encontremos se lo diré, se lo susurraré al oído mientras lo desmembramos y después me comeré sus entrañas. ¡Muerte a Hastur!
―¡Muerte! ―corearon.
―Yogg-Sothot nos torturó día tras día, aprovechando que no moríamos. Él tampoco muere fácilmente así que encenderemos una pira con los restos de sus monstruitos y lo encadenaremos a que arda sobre ella para siempre. ¡Qué ardan los primigenios!
―¡Qué ardan! ¡Fuego! ―vocifereron los Igigi, sus ojos y voces tiñéndose con sed de sangre.
―A Enki y los Anunaki los encerraremos y torturaremos diez mil años más, para que sepan lo que hemos sufrido porque ellos no quisieron rescatarnosss, ¿qué os parece?
―¡Poco! ―rugió Kingu con su voz draconiana.
―¡Muerte a los desertores! ¡Nos dejaron aquí pudriéndonos! ¡Nos abandonaron! ―se solaparon los gritos de todos.
 
En el exterior oyeron como el portal crepitó, ya casi abierto.
―Y para la causante de todo tengo un plan especial ―siseó Tiamat, sonriendo vorazmente con sus afilados dientes―. Amaterasu siempre ha querido a los humanosss por encima de todo, incluso por encima de sus hermanos atlantesss. Pues bien, haremos que sufra, que vea como sembramos el caos y la destrucción, como devoramos a lo que más ama ―gruñó Tiamat, su respiración acelerándose, su mirada ahogándose en sed de sangre. Los Igigi dieron algún paso atrás. Adoraban a su Ummu, pero sabían que ella había sufrido más que nadie, y que aquello la había afectado de forma irreversible. La matriarca  sumeria continuó, enfureciéndose por momentos―. Y cuando Amaterasu llore, reiremos con sus lágrimas. ¡Y cuando Amaterasu suplique, la haremos aullar de dolor! ¡Y cuando se le rompa el alma la encerraremos aquí, para que se pudra en los eones venideros con el recuerdo de su mundo en llamas! ¡Venganza!
―¡Venganza! ―la respaldaron sus hombres con voz dubitativa.
―¡Dolor! ―siguió Tiamat, llorando de rabia y apretando el aun inerte cuerpo de Apsu contra sí.
―¡Dolor! ― Esta  vez la réplica llegó con más fuerza, con odio, con fervor.
 
Hubo un atronador estruendo y un relámpago partió la pared de la prisión. La fuerza de la explosión tiró a muchos al suelo y dejó momentáneamente aturdidos a los demás, pero se repusieron rápido. Eran los Igigi, veteranos guerreros sedientos de sangre, y tras el dolor que habían sufrido una explosión no era nada. A través de la grieta en la pared Tiamat vio monstruos primigenios encaminándose a un portal estelar.
―¡Muerte! ―gritó a pleno pulmón, y sus tropas lo repitieron y la siguieron, cargando contra los putrefactos engendros y deformes alienígenas de Nug y Yeb.
 
 
Las Piedras Guía de Georgia, U.S.A.
 
 
La luz del sol le dolió a Tiamat casi tanto como la vez que le cauterizaron los ojos. Diez mil años en las penumbras primigenias le habían hecho olvidar la fuerza del astro rey, la forma en la que besaba su piel. Las escamas de sus colas se empezaron a calentar rápidamente. Cerró los párpados con una mueca de dolor, y tuvo que hacer un gran acopio de fuerza para no devolver. Las nauseas que viaje le habían causado le recordaban a Hastur, y el odio y el miedo se pelearon por adueñarse de su corazón. Se notó bloqueada, con dificultad para respirar, perdida en la titilante oscuridad de sus ojos cerrados ante el sol cegador. Los oídos le pitaban como al terminar las sesiones de tortura y su equilibrio bailaba ebrio cual potrillo neonato. Su olfato salió al rescate. Aspiró el dulce olor de la Tierra una vez más, diez milenios después. El arenoso, desértico olor de los egipcios se mezcló con el primaveral aroma de flores de los celtas y la metálica esencia de sangre que envolvía a los aztecas. Pero por encima de todo olió el nauseabundo hedor primigenio y recordó lo que estaba haciendo. ¡Matándolos!
 
Descuartizó tres o cuatro insignificantes sabandijas al grito de «¡Cargad, mis niñosss!», y sus Igigi no le decepcionaron. Entre ellos y los atlantes no tardaron en dar buena cuenta de las fuerzas primigenias. Daghda, más enfurecido que nadie, hacía saltar por los aires a los engendros con su vara, y Tiamat creyó escuchar que amenazaba a los aztecas. Los dioses centroamericanos se retiraron antes de que acabara la contienda, así que para cuando Tiamat terminó con Yeb sólo quedaban dos egipcios, algunos celtas y el cuerpo sin vida de Angus sobre una mesa.
 
Hubo una pausa mientras todos recobraban el aliento. Thot se acercó a Tiamat, mirándola de par en par con los ojos desorbitados.
 ―¡Suerte que habéis venido, Tiamat! Por Nut, ¿qué os han hecho? ―preguntó el Dios Ibis con incertidumbre―. Parecen implantes… parecidos a los que nos hicimos nosotros en la Atlántida, milenios atrás. ―Entonces, reparando en el cuerpo que Tiamat aún sujetaba en una de sus colas, se giró hacia el patriarca egipcio y anunció―: Ra, éste es Apsu, parece inconsciente. Hay que avisar a Amaterasu, entre los tres a lo mejor podemos curar… ―pero no pudo terminar la frase.
 
Al mencionar el nombre de la Dama Sol, Tiamat le golpeó tan fuerte que Thot cayó inconsciente al suelo. Los Igigi rodearon la comitiva de dioses, cantando en voces quedas: «Ummu, Ummu, Ummu».
― Apresadlos ―ordenó la matriarca Sumeria, y se reanudó la tremenda pelea.
 
Ereshkigal lanzó una llamarada que hizo retroceder a celtas y sumerios por igual, mientras Nergal cargaba con fuerza contra Lugh. El héroe druida hubiera resistido el embate, pero Lilith le mordió el cuello, drenándole la energía. Morrigan consiguió rechazar a Lamashtu, pero Lahmu y Lahamu la rodearon. Daghda golpeó con su cayado a Kulullu e hizo saltar al hombre pez por los aires. Los guerreros león Ugallu y Uridimmu le atacaron enfurecidos, propinándole hachazos y zarpazos, rugiendo, saltando e incluso volando a su alrededor. Daghda paró los golpes pero no se percató de la carga de Kusarikku, el hombre toro, que envistió al Dios del Caldero por la espalda, mandándolo al suelo sin resuello. Los sumerios eran demasiados. Ra había esquivado al gigantesco guerrero escorpión Giltablullu y se había deshecho de Pazuzu, pero los dragones Basmu y Usumgallu no le daban tregua, y sin mortales a su alrededor que le dieran su fe notaba que se iba quedando sin poder para seguir el combate. Pudo nutrirse del Sol suficiente como para agarrar a Basmu por la cola y golpear a Usumgallu con su hermano. Paró para coger aire y notó cinco apéndices escamosos enroscándose a su cuello y extremidades, inmovilizándolo.
 
―Vaya, vaya, el hermano preferido de Amaterasu ha caído en mis zarpasss ―le siseó Tiamat al oído, y lo olisqueó un poco más mientras apretaba y le estiraba.
 
El único que no estaba agotado, inconsciente o apresado era Belenos, que bramaba iracundo en su pelea con Anzu, al que acabó ensartando en sus astas. Acto seguido se giró para enfrentarse a Kingu, que lo bañó con una llamarada de una de sus cabezas, pero el dios celta sonrió al dragón sumerio.
―La llama no quema al fuego, monstruo ―vociferó Belenos, y se abalanzó contra Kingu, que le propinó un coletazo y mandó rodando al celta. Pero Belenos era duro y tenaz por igual, se incorporó y fintó a un lado. Las potentes mandíbulas draconianas de Kingu chasquearon al morder el aire.
―¡Vaya tontería te has hecho al cuerpo, muchacho! ―le espetó Belenos intentando provocarle―. Antes tenías aspecto de auténtico guerrero. Ahora solo eres un engendro más ―añadió mientras buscaba un hueco para decapitar alguna de las cabezas del gigantesco monstruo.
―¿Yo? ¡Me lo hicieron! ―bramó Kingu, escupiendo hielo tras los pasos del rápido celta―. ¡Me arrancaron los brazos! ¡Me despellejaron vivo! ¡Me partieron la cabeza en dos!
―¡Kingu, cuidado! ―gritó Tiamat tratando de alertar a su hijo, pues Belenos aprovechó la desconcentración del dragón para trepar a su espalda y levantó la espada para asestar el golpe de gracia.
―¡Belenos, detente! ―ordenó Daghda desde el suelo, y el dios del fuego y la medicina obedeció―. Los Igigi son nuestros hermanos, no debemos dañarles ― añadió―. Ya han sufrido demasiado. Si me permitís…
 
Lamassu se quitó de encima del Padre Celta, y éste se levantó y cojeó hasta el cuerpo inerte de Anzu. Tocó las plumas del pecho del monstruo cuervo con la parte luminosa de su cayado, y el sumerio volvió a respirar. Acto seguido se aproximó lentamente a Tiamat, y dijo en la voz más calmada que pudo poner:
―¿Dónde habéis estado, valiente Tiamat? ¿Qué os ha pasado?
―¿Qué qué nos ha pasado? Nos ha pasado que nos quedamos a defender la Atlántida mientras vosotros huíais, que Cronos nos traicionó y ¡que llevamos diez mil años siendo torturados por Primigeniosss! ¡Eso nos ha pasado! ―gritó Tiamat fuera de sí misma, espuma brotándole de la comisura de los labios. Ra dejó escapar un gemido cuando la matriarca sumeria apretó la tensión sobre su cuello.
―¿Así que vosotros también fuisteis traicionados por Amaterasu? ―preguntó Daghda con una pena tan sincera como infinita. Tiamat quedó muda un segundo, pero al fin se repuso y contestó:
―Por Amaterasu y por todos vosotros, que no nos vinisteis a buscar ―sentenció con amargura.
―Este es el primer portal que conseguimos abrir desde que se hundió nuestro hogar. No hemos podido hacer más. No sabes cuánto lo siento, Tiamat. Ni me imagino los horrores que habéis vivido. Pero ahora os necesitamos. Los Primigenios han vuelto. Ayudadnos a vencerles, y después podremos vengarnos de Amaterasu.
 
Tiamat miró largo tiempo los azules ojos del Patriarca Celta, y al cabo decidió que decía la verdad. Además, sus palabras la habían despojado de parte de su odio, y sin ese frío acero protector su desquicio interno amenazaba con reclamarla para la desesperación.
―De acuerdo, Daghda. Os dejaremos marchar…, pero no os interpongáis en nuestro camino ―le advirtió.
―Gracias, Ummu.
―¡Sólo mis hijos pueden llamarme así! ―le gruñó ella amenazadoramente.
―Pues cuídalos bien ―aconsejó el druida, y empezó a reunir a sus dioses.
 
Mushussu se acercó corriendo, una humareda de polvo marcando su camino. Derrapó frente a Tiamat.
―Mi Señora, los dioses aztecas han huido. Quetzalcoátl se ha olido algo.
―No importa. Nuestra venganza es contra los Primigenios, Cronosss ―en este punto el resto de Igigi añadieron sus voces a la de Tiamat, y recitaron los últimos nombres al unísono―, Amaterasu y Enki.
―Entonces… ¿podemos marchar nosotros también? ―preguntó Ra como pudo, su cuello aún bajo el abrazo constrictor de la matriarca Sumeria.
―Sí, si vais a combatir contra los Primigenios ―aceptó ella―. Pero no me fío de ti, dios Sol, así que me quedaré a Thot como rehén.
―Ya me quedo yo, si quieres ―ofreció Ra, tramando un plan de escape mientras hablaba.
―No. Te pareces demasiado a tu hermana Sol: te duele más el sufrimiento de tus allegados que el tuyo propio. Así que me quedaré con tu sacerdote pájaro.
―¿No prefieres venir conmigo y luchar juntos contra los primigenios?
―Aún no. Tengo cosas que hacer aquí ―sonrió Tiamat.
Ra miró una última vez al inconsciente Thot y, con un pesaroso suspiro, volvió a Egipto.
Tiamat ordenó que se dispersaran a por recursos para preparar la emboscada a los Anunaki, así que nadie reparó en las dos figuras que salieron del portal, ocultos entre las sombras.
 
Tres días más tarde…
 
―¡Qué bien lo habéis hecho, mis niñosss! ―les felicitó Tiamat.
―¡Ummu, Ummu, Ummu! ―la vitorearon.
 
La emboscada había sido un éxito, el plan de Enlil había funcionado. Tan pronto como Enki salió del portal lo habían apresado, aprovechando los segundos de estupor que causaba el viaje cósmico. Y tras él, el resto de los Annunaki: Damkina, Nabu, Sin, Adad, Zisurda…todos habían sido capturados sin luchar. Shamash, Dios de la Guerra, había presentado resistencia, pero fue fútil. Y Marduk había logrado escapar. Gilgamesh e Ishtar protestaban por ver a sus compañeros siendo encadenados, pero Enkidu y Enlil intentaban calmarlos, este último acariciando distraídamente la Tablilla del Destino.
 
―¿Y ahora qué, madre? ―preguntó Kingu a Tiamat.
―Ahora hacemos que el mundo arda. Cada alarido humano es una agónica aguja al corazón de Amaterasu. ¡Hagamos que sufra!
―¡Sufrimiento!¡Dolor!¡Muerte! ―gritaron.
―Estás loca ―insultó Enki entre dientes, mirando fríamente a Tiamat.
La matriarca le golpeó ferozmente con todas y cada una de sus colas, y luego le propinó una lluvia de puñetazos que podían derribar muros. Entre golpe y golpe, entre grito de ira e inspiración entrecortada, le gritaba:
―¡¿Loca?! ¡No estoy loca!¡Estoy furiooosa!
―¡Ummu, Ummu, Ummu! ―la alentaron los Igigi. Cuando Enki perdió el conocimiento, Tiamat se levantó y se lamió lenta y placenteramente la sangre de los nudillos, manchándose las mejillas de rojo. Entonces miró a sus tropas.
―¡Id, mis niñosss, y sembrad el terror! ―comandó Tiamat―. Mushussu os irá a buscar para reunirnos cuando llegue el momento de atacar a Hastur. ¡Que empiece nuestra venganza!
―¡Ummu!¡Ummu!¡Ummu!