La madre de la locura (Historia)

 Autor: Toni Hudd

Ilustrador: Chechu Nieto

Atlántida, 8428 A.C.
 
Lemuria se estremecía al son de la guerra. Las huestes primigenias habían desembarcado en la isla y preparaban el asalto a la capital. La gran batalla final estaba a punto de empezar. La Primera Gran Guerra, por el contrario, llegaba a su fin. Hombres y mujeres, atlantes todos, corrían de un lugar a otro ocupando sus posiciones, mientras fuera de la ciudad los engendros del espacio exterior gruñían y rugían. Y entre todo el caos y marabunta, marido y mujer se besaron apasionadamente.
 
―Y esto es solo el aperitivo ―susurró Tiamat juguetona, sus ojos y sonrisa pura seducción felina―. Ya sabes lo que más me apetece después de una batalla.
―Je je, qué afortunado soy ―rió Apsu tontamente, pero una sombra le cruzó la cara y tornó felicidad en preocupación―. Ten cuidado, mi amada, por favor.
―Pues claro, tonto ―le sonrió ella, dándole un fugaz beso en la mejilla y acariciando su barba trenzada―. Amaterasu lo tiene todo planeado. De todos modos, sabes que soy de la rama Igigi de la familia Sumeria, y los Igigi somos duros de pelar, no como vosotros, Anunnaki, siempre con vuestra política y vuestros libros ―se burló cariñosamente, haciendo morritos y con voz socarrona. Entonces se puso seria ella también―: Enlil me ha dicho que vas a ir a ver a Cronos de nuevo. Ten cuidado, ¿vale? ―Apsu asintió, y ella sonrió de nuevo―. Después te veo ―le dijo y, agarrándolo de la solapa, acercó su cara a la suya y le besó apasionadamente una vez más, para después alejarse balanceando las caderas con descaro.
Cuando oyó que Apsu suspiraba a su espalda dejó ir una risita tonta para sí misma que jamás permitiría que nadie escuchara: Tiamat era orgullosa y General de Brigada del panteón Sumerio, debía hacerse respetar.
 
Se dirigió a la sección de muralla donde esperaban sus hombres, subió de un ágil salto a un tejado bajo y se dirigió a ellos:
―Señores, señoras, señorita. ―Al pronunciar esta última palabra miró en particular a Lilith, que pronto había de casarse. El resto vitoreó a la hermosa joven, que se sonrojó. Tiamat prosiguió―: La Comandante Amaterasu nos ha dado nuestras órdenes, y por el Irkhalla que las cumpliremos. Todo irá bien y saldremos de una pieza, ya veréis. Y si no, que no se diga que hemos fallado los Sumerios. Aquí somos Igigi todos, ¡los primeros, los guerreros! ¡¿Y qué hacemos los Igigi?!
―¡Ganar! ―vociferó su hueste al unísono.
―¡Pues a ganar! Yo tengo hambre primigenia, ¡¿Quién más?!
―¡Yo! ―gritaron todos a pleno pulmón.
―Perfecto. Ereshkigal, coge tu escuadra y defiende el tramo a mi izquierda. Nergal, tú y la tuya defended el de mi derecha. Lilith, encanto, tus hombres y tú estáis de logística general y refuerzos donde se os necesite, así que atentos, ¿sí? Kingu…¡Kingu! ¿Dónde está mi más bravo capitán?
―¡Aquí, mi Señora Tiamat! ―gritó el joven que, ante la estupefacta mirada de todos, saltó desde lo alto de la muralla y aterrizó a su lado como si nada. Se puso en pié y se golpeó el pecho, luciendo el dragón que llevaba tatuado en cada brazo. Con la barba corta y el pelo trenzado de raíz, el musculoso guerrero era imponente y carismático a la par, y ridículamente atractivo según muchas.
 
―Kingu, cariño, un día de éstos te vas a matar ―le reprochó Tiamat.
―Pero no hoy, madre. Hoy sólo morirán esos engendros de allá fuera ―desafió él.
―Créeme cuando te digo que no hay madre más orgullosa en el mundo, Kingu ―dijo ella con más ternura de la que le hubiera gustado mostrar ante los demás―. Kingu, tú comandarás la quinta escuadra. Si traen algún artilugio que amenace la integridad de nuestro tramo de defensas, deberás salir con tus hombres a sabotearla. ¿Podrás?
―¡Sí, Señora! ―gritó él con devoción.
―¡Pues a matar primigenios todos! ¡Por la Atlántida e Irkhalla!
―¡Por la Atlántida e Irkhalla! ―corearon y corrieron a asumir sus posiciones.
 
Horas después…
 
Las cosas iban mal y se pondrían peor, Tiamat lo presentía. Pese a que apenas había perdido hombres, bien colocados como estaban, la marea de atacantes, lejos de dispersarse, parecía estarse volviendo más densa incluso. ¿Es que no había fin a estos engendros? Y, para empeorarlo todo, las criaturas estaban trepando sobre los cuerpos de sus congéneres muertos para llegar hasta las posiciones defensivas de los sumerios. Hasta ese momento habían tenido que escalar la muralla, y al llegar arriba eran víctimas fáciles de la destreza marcial sumeria, pero al poder usar la montaña de cadáveres de torre de asedio se les estaban complicando las cosas. «Tengo que hacer algo», pensó Tiamat.
―¡Ugallu! ―ordenó a uno de sus hombres de confianza―. Busca a Kingu y que se haga cargo de mi sección. Voy a bajar a barrer el tramo de muralla, que no puedan llegar fácilmente a nosotros.
―¡Ya voy yo, madre! ―gritó Kingu, encaramado a lo alto de una torre unos metros más allá, y con eso saltó en medio del enjambre primigenio.
―¡Hijo, no! ―bramó Tiamat, siguiéndole.
 
Para cuando llegó a su lado Kingu ya blandía sus dos látigos con empuñaduras en forma de cabeza de dragón. Uno estaba cubierto de llamas, el otro de hielo, y ambos eran de eslabones de afilado acero. Kingu danzaba girando sobre sí mismo, cortando, calcinando y congelando a sus enemigos.
―¡Igigi a mí! ―vociferaba.
Tiamat desenvainó su larga espada serrada y, en la mano izquierda, su pequeña hoz envenenada. Empezó a dar buena cuenta de todo aquél que se le acercara a la vez que pateaba los cadáveres para desmoronar la pila. Cortó, golpeó, recibió y se repuso. Pero al cabo de unos minutos vio la futilidad de su plan: al estar fuera de la muralla ella y Kingu atraían la atención de las tropas primigenias, y generaban más cuerpos de los que conseguían despejar. Esperaba al menos haberles dado un respiro a sus tropas.
 
―¡Kingu! ¡Volvemos al muro! ―ordenó a su hijo, que asintió e hizo chasquear el látigo hacia lo alto de la muralla, donde se enroscó, permitiéndole trepar.
Tiamat cubrió su retirada y luego cogió impulso y saltó, clavando su pequeña hoz en el borde superior del muro. Iba a estirarse hacia arriba cuando notó un dolor punzante en el gemelo, y vio un horrible engendro mordiéndole la pierna. Tres más se acercaron, trepando enloquecidamente por los cuerpos hacia la comandante sumeria, cuando Tiamat escuchó un fogonazo ensordecedor que la cegó y le dejó un oído pitando. El horror que le había mordido cayó abatido, y un fuerte brazo tiró de ella hacia arriba y de vuelta a su lado de las defensas. Allí estaba Lilith, con su trabuco de bolas de fuego, y Lahmu, que la había izado.
―Gracias ―jadeó ella, asegurándose con una fugaz mirada que Kingu seguía bien.
―Mi Señora ―empezó Lilith―, incluso con mi escuadra y la de Kingu reforzándoles, Ereshkigal y Nergal no podrán aguantar mucho más. Sus tramos son más accesibles, y por muchos que matan, parece que siempre hay más.
―¡Maldición! ―blasfemó Tiamat―. ¿Qué demonios haces, Amaterasu? ¿Dónde están nuestras naves de evacuación?
 
―¡General! ¡Mi Señora! ―gritó un joven corriendo a una velocidad imposible hacia ella desde el interior de la ciudad. Frenó al llegar a su posición. Tenía largos bigotes y un yelmo dorado con forma de dragón rugiendo.
―¡Mushussu! ¿Qué nuevas trae mi fiel mensajero? ―preguntó esperanzada Tiamat.
―Mi Señora, Amaterasu, Odín, Ra y alguno más han evacuado la ciudad. Brahma prepara la sobrecarga, nos hundiremos en nada. Enki y otros se han llevado la última aeronave, han dicho que te avisara de que intentarían venir a recogernos, pero unos primigenios han irrumpido en el hangar y no creo que hayan podido escapar. Estamos solos, mi Señora.
Tiamat miró a su alrededor. Mushussu tenía razón. Todos sus hombres la miraron con miedo pero devoción en los ojos. Confiaban en ella, así que no los podía defraudar.
―¡Igigi, escuchadme! ―los convocó―. ¡Cambio de planes! Nos quedamos aquí matando cuantas sabandijas podamos, y estad tranquilos, alguien nos vendrá a buscar. ¡Va! ¡Aprovechad! Que ya no pueden quedar muchos más de estos engendros. Yo llevo cuarenta y siete muertos, ¡a ver quién me gana! ―los alentó, y sus guerreros y guerreras asintieron y volvieron a la lid.
 
Pero no había pasado ni media hora cuando una nueva amenaza se aproximó a ellos desde dentro de la ciudad.
―¡Mi Señora! ―la advirtió Lilith.
Tiamat se giró y vio a una imponente figura alta, envuelta en una capa amarilla y con un nauseabundo símbolo al cuello, que la hizo enfermar con solo mirarlo. A su lado marchaba Cronos y varios monstruos de aspecto temible, dos de ellos portando un fardo sobre los lomos. El Rey Amarillo susurró unas palabras y los primigenios a ambos lados de la muralla dejaron de luchar.
―Tiamat, pequeña, ríndete ahora y vivirás ―le ofreció Cronos con una sonrisa complacida.
―Jamás, traidor ―le espetó ella, nerviosa.
―Vamos, ya has demostrado tu valor en batalla. Ahora demuestra tu amor ―le ordenó el titán. Chasqueó los dedos y los dos monstruos arrojaron el fardo al suelo, que resultó ser el cuerpo inconsciente de Apsu―. Rendiros ahora y os llevaremos a todos prisioneros durante algún tiempo. Seguid luchando y contemplad como devoramos a Apsu delante vuestro.
 
Tiamat apretó los dientes. ¿Qué debía hacer? Debía cuidar de los suyos, de su esposo y de los Igigi, ése era su deber como matriarca de la rama guerrera de la familia Sumeria.
―¡Mis valientes! ―gritó―. Habéis luchado como nadie. Pero ahora hay que vivir para luchar un día más. Deponed las armas. Dejaremos que nos lleven presos. Los demás nos vendrán a rescatar, ya veréis. ¡Ah! Y a quien le escupa en la cara a Cronos le premiaré con el Manto de Luz ―terminó, y al decirlo cogió aire y esputó sangre y odio directo a los ojos del Titán, que se acercó y la abofeteó iracundamente.
―Pagarás por esto, traidor ―siseó ella.
―De momento pagarás tú por tu insolencia ―amenazó él, apenas conteniéndose.
 
Pero de poco le sirvió la bravuconada. A medida que ataban y conducían a los Igigi hacia el portal que el Rey Amarillo había abierto, todos y cada uno escupieron a Cronos, aunque les costara fuertes golpes por parte de éste. Mientras, a su alrededor, la Atlántida se hundía, llevándose al ejército primigenio y el poder que estos necesitaban para sus portales consigo.
 
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Fortaleza de Yogg-Sothot, Espacio profundo, una semana después de la caída de la Atlántida.
 
Tiamat estaba preparada. Esta vez funcionaría. Llevaba toda la noche repasando el plan en su mente. La pequeña trampilla se abrió y vio los ojos amarillos que la escudriñabancerciorándose que llevara los grilletes puestos. En el momento en que se cerró, ella apretó los dientes y sofocó un gemido de dolor al dislocarse a sí misma el pulgar. Sacó la mano del brazalete y se recolocó el dedo con otro espasmo doloroso, todo esto en los segundos que tardaban en abrir la puerta a su celda. En el instante en que asomó el engendro, Tiamat le golpeó la cabeza con la manilla suelta de los grilletes y le propinó un rodillazo en la barbilla. Salió y partió el cuello del siguiente guardia, demasiado atónito para reaccionar. Siguió pasillo abajo, despachando algún horror más, hasta que llegó a la sala donde la habían torturado ya tres veces. Allí se valió de puñetazos y patadas para llegar hasta Cassilda, la supervisora de los tormentos. La criatura antropomorfa había estado disfrutando de los aullidos de dolor de la pobre Lamashtu. Cogió una de las siniestras herramientas y la puso contra el cuello de Cassilda.
 
―¡Rey Amarillo! Déjanos ir o la mato ―amenazó Tiamat.
―«Mátala» ―susurró una voz directamente en su mente, haciendo que le subiera la fiebre y se le revolviera el estómago al instante―. «Pero ten seguro que yo mataré a tu amado, te haré mirar como obligo a tus guerreros a devorarle las entrañas, y luego hago que mueran de dolor uno a uno» ―no había farsa alguna en su voz.
Tiamat pensó un momento, viendo cómo su marido flotaba inconscientemente en el tanque de líquido verdoso y burbujeante en el centro de la sala.
―¡¿Por qué?! ―grito ella, a duras penas consiguiendo ahuyentar un sollozo de su voz rota. Bajó el arma y se rindió a la desesperación―. ¡¿Por qué nos tienes aquí?! ¡¿Por qué nos torturas?!
―«Ya sabes por qué» ―la voz siseó de nuevo, directamente en su mente. Tiamat alzó la vista y vio la imponente figura envuelta en capa amarilla y tinieblas―. «Porque sois los únicos que aún no habéis pronunciado mi nombre. Entregaros voluntariamente a mi insania, y no tendré que inducírosla».
―Jamás ―susurró ella, volviendo orgullosamente hacia su celda.
 
 
Dos mil años después…
 
La puerta a la celda común gimió de nuevo, el siniestro sonido que marcaba el inicio de un nuevo tormento para los Igigi.
―No, por favor, yo no, ¡otra vez no! ―sollozó Lilith, perdiendo toda compostura y arañando la pared a sus espaldas.
Otros empezaron a llorar en quedos lamentos, balanceándose adelante y atrás, abrazándose las rodillas los que aún tenían extremidades suficientes para ello. Algunos ya ni siquiera hablaban, resignados a la desesperación y la tortura. Yogg-Sothot, Nug e incluso Cronos y Hastur alguna vez se turnaban en torturarlos. Hubo unos gritos, los ruidos de un forcejeo, y la puerta se cerró de nuevo.
 
―¿A quién se han llevado? ―preguntó Tiamat.
―A Lamassu, madre ―contestó Kingu―. ¿Aún no puedes ver?
―No ―negó ella con la cabeza―. No sé con qué me quemaron los ojos, pero no se me regeneran.
―Lo siento tanto, Mi Señora ―se lamentó una voz.
―No es tu culpa, Mushussu. ¿Cómo te encuentras hoy, pequeño?
―Bueno…sigue doliendo mucho, a todas horas, pero he dormido algo.
―¿Cómo de grave es? ―preguntó ella, palpando el aire.
―Le han fundido el casco al cráneo, madre, ¿tú qué crees? ―dijo Kingu, malhumorado.
―Tranquilo, hijo ―le susurró ella, acariciándole la cabeza pelada y el cuello, procurando no tocar los muñones que antes habían sido sus musculosos brazos, ni las zonas despellejadas.
―¿Mi Señora, a vos os duelen las heridas? ―preguntó Ereshkigal llevándose la mano a donde le habían implantado protuberancias con forma de cuerno al cráneo para poder aplicarle descargas eléctricas más controladas. Casi todos las tenían ya.
―A mí me duele saber lo que os hacen, hijos míos. ¡A mí me duele escuchar los aullidos de dolor de mi marido y que nunca nos dejen estar con él! ¡¡A mí me duele saber que los Primigenios, Cronos y Amaterasu viven felizmente cuando es a ellos a los que habría que torturar!! ―gritó a pleno pulmón, e inconscientemente las protuberancias que le habían empezado a unir al cuerpo se desenroscaron y reptaron con ruido de escamas.
 
―¡Madre, tus colas! ―le advirtió Kingu en un susurro―. Los estás asustando.
―No temáis, mis pequeños, vuestra madre está aquí ―dijo ella―. ¿Quién tiene hambre? ―preguntó, desgarrándose un trozo de carne del pecho y ofreciéndolo.
Entre murmullos y lamentos todos se fueron acercando a beber la sangre de Tiamat y comer su carne. Era una suerte que los primigenios hubieran potenciado aún más su regeneración de lo que ya habían hecho los galenos Houridas en la Atlántida. Así podía alimentarlos, algo que sus captores no parecían tener intención de hacer. ¿Tal vez pensaban que así infligían una tortura más a Tiamat, obligándola a rasgar su propia carne y debilitarse dando su sangre?
―Gracias, Ummu ―murmuró Ugallu, usando la palabra Atlante para llamarla madre.
―De nada, mis pequeños ―sonrió ella, aferrándose a la necesidad de ellos para mantener algo de cordura.
 
 
Ocho mil años después…
 
―Mira madre…fuego … ¡cabeza fuego! ―balbuceó Kingu a través de la boca draconiana de una de sus testas mientras escupía llamaradas por la otra.
Los torturadores habían sustituido sus brazos por largos cuellos de dragón con sendas cabezas, pero habían cortado la suya propia.
―Bien ―dijo ella, moviendo sus cinco colas―. Cuando salgamos de aquí las necesitarásss, cuando salgamosss…Primigenios, Cronosss, ¡Amaterasu…!
―Ummu, ¡Ummu! ―corearon todos en voz queda, intentando calmarla. Casi temían más las pérdidas de control sobre sí misma de Tiamat en la celda que a ser llevados por la siniestra puerta. Casi.
―Mis niiiños ―siseó ella, hendiéndose la carne con las afiladas uñas y mirando, con esos extraños ojos que le habían puesto, cómo todos se acercaban a beber.
 
Hubo un silbido de aire, como si la celda hubiera sorbido, y apareció una figura oscura, envuelta en capa medianoche y con un negro yelmo tapándole la cara.
―Por Esharra, ¿qué os han hecho…? ―murmuró horrorizado.
Todos recularon ante la aparición. Todos salvo Tiamat, que se le acercó mirándolo con suspicacia.
―Yo te conosssco, caballero negro ―le dijo―. Conosssco el viento que te trae. Lo conosssco de un tiempo muerto y olvidado, enterrado en mi rencor.
―Sí, Señora Tiamat―contestó él con educación y cautela, atónito ante el macabro cuadro que presenciaba―. Me conoces, aunque hace diez mil años de nuestra última conversación.
―En diez mil añosss se pueden olvidar nombresss, palabrasss e incluso cordura ―silvó ella en su voz serpentina―. Pero no eres Primigenio…ni Cronosss…ni Amaterasu.
―Esos nombres no los has olvidado ―rio él, intentando suavizar el tenso ambiente ys que, siguiendo el ejemplo de su madre adoptiva, todos los Igigi se aproximaban hambrientamente al recién llegado.
―¡Esos jamás los olvidaré! Ni sus crímenes ―bufó ella―. Pero el tuyo es un nombre Sumerio, un nombre de Magia y Viento, aunque rico en ambición, atributo que rima con traición.
―Me llamo…
―Shssss… ―le hizo callar ella, acariciando su yelmo y serpenteando a su alrededor, más cerca de lo que el oscuro caballero hubiese querido―. Deja que Ummu te huela y recuerde…mis ojosss, incluso mi cabeza…me han dañado demasssiado…pero el olfato recuerda ―le olisqueó―. Enlil, ése es tu nombre, digo yo. ¿Qué dicesss tú?
―Que os creíamos muerta, Señora Tiamat. A vos y los vuestros, y a Apsu―contestó él, cada vez más dubitativo.
―¿Y por qué ibamos a estar muertosss? ¡¿Por qué nos abandonasteis, tal vez?! ―rugió y, tras un momento de susto, los Igigi se recompusieron y avanzaron agresivamente hacia Enlil. Él quiso recular, pero las colas de Tiamat se enroscaron alrededor de sus extremidades, reteniéndolo.
―¡Enki dijo que os habías sacrificado voluntariamente! ¡Yo quise buscaros pero Enki me lo prohibió! ―balbuceó Enlil aterrorizado―. Cuando nos escapamos de los primigenios Gilgamesh y yo…
―¿Os escapasteisss? ¡¿Cómo?! ―le cortó Tiamat.
―Eramos muchos y nuestros captores pocos, y teníamos La Tablilla del Destino. Llevamos diez mil años en una zona lejana de esta fortaleza a la que nos han traído a todos. Nos amotinamos al poco de llegar. Yo me infiltro entre los Primigenios, buscando un modo de volver a la Tierra, pero de momento…
―¡¿Diez mil años y no nos habéis venido a buscar?! ―Tiamat apretó su constricción sobre Enlil, enroscando una quinta cola a su cuello.
―Gilgamesh insistió en que seguíais vivos, que hubiera notado si Enkidu hubiese muerto. Yo lo propuse, pero Enki fue tajante ―carraspeó como pudo bajo la estrangulación de Tiamat. La Señora de los Igigi aflojó un poco su presa.
―¿Gil…ga…mesh? ―pronunció una voz gutural que no había hablado en milenios.
―¿Enkidu, eres tú? ―preguntó Enlil―. ¡Oh, Enkidu! ¿Qué te han hecho? ¿Qué os han hecho a todos?
―Lo que te haremos a ti si no nos sacasss de aquí ―siseó Tiamat.
―Enki no querrá, y mientras él tenga la Tablilla yo no soy suficientemente poderoso para derrotarlo.
―Pero yo sí ―le cortó Tiamat―. Tú avísame con tiempo. Nosotros nos prepararemosss, y cuando estés listo para sacarnos de aquí, nos rebelaremos contra el Yogg-Sothot y el Rey Amarillo. Destruiremos a Enki y podrás quedarte la Tablilla del Destino. ¿Te parece un trato jusssto?
―Lo que sea por salvaros, sois mi gente ―dijo con una reverencia Enlil.
―Bien ―musitó Tiamat, le soltó y él se desvaneció―. Ya habéis oído, pequeñosss. Hemos de volver en sí, de hacernos fuertesss. Pronto llegará el momento…y entonces pagarán…todos pagarán…los Primigenios… Cronosss… Amaterasu…y Enki.
 
 
Meses después
 
De nuevo se escuchó el sonido de un viento inverso al aparecer Enlil.
―¡Vaya! No esperaba esto ―comentó el Caballero Oscuro mirando a su alrededor.
 
Hacía ya días que los Igigi se habían amotinado y ahora disfrutaban torturando tremendamente a cuantos siervos primigenios cogían. Sin embargo los habían encerrado dentro de aquella torre de la fortaleza, así que no podían ir muy lejos. Ocuparon su tiempo entrenándose y rematando los detalles de sus implantes usando la tecnología de estos seres del espacio profundo. Si la cara de Enlil no hubiera estado cubierta por su yelmo el resto podría haber apreciado sus ojos como platos y mandíbula desencajada: Lilith, Mushussu, Ugallu y Lamassu se habían implantado alas funcionales, los dos últimos luciendo cabezas de león; Girtablullu parecía una versión gigante de los escorpiones mascota de Nergal, y Kulullu un auténtico hombre pez, no tan diferente de los profundos que habían atacado la Atlántida. Pazuzu, Lahamu, Lahmu, Lamashtu, Kusarikku, Ereshkigal…todos tenían cuernos y formas imponentes pero retorcidas. Sin embargo ninguno tanto como Kingu, convertido en un auténtico dragón de dos cabezas, y Tiamat, con las cinco colas de dragones cromáticos agitándose furiosamente bajo su cuerpo.
 
―Hastur y Yogg-Sothot partieron hace mesesss, y entonces fue fácil subyugar a estas sabandijasss. Cronos nos cerró desde fuera, pero estamos preparadosss―anunció ella, que no quitaba la vista del cuerpo inerte de su marido, aún flotando en el líquido verdoso con el tubo que le permitía respirar conectado a la boca.
―Me he enterado que los Primigenios tienen preparada una trampa ―anunció Enlil―. En breves Daghda y Ra abrirán un portal desde la Tierra a aquí. Me aseguraré de que seáis liberados en el momento en que se abra el portal. Destruid los Primigenios que intenten cruzar y una vez en la Tierra podrás tomar tu venganza contra Amaterasu, y también contra Hastur y Yogg-Sothot―esto captó súbitamente la atención de Tiamat―. Los Primigenios invaden nuestro mundo de nuevo. El Rey Amarillo estará allí.
―Exssscelente―sonrió ella―. ¿Y Enki?
―Os daré tres dias para que preparéis la emboscada. Después guiaré a Enki y los Anunaki hasta el portal y nosotros también lo cruzaremos. Pero recuerda: Gilgamesh, Ishtar y yo somos inocentes. A nosotros no nos toquéis.
―Ella jamás te querrá, Enlil―le advirtió Tiamat sin maldad.
―Enki también dijo que yo jamás sostendría la Tablilla del Destino, y la sostendré, ¿verdad?
―Tan pronto como tenga mi venganza ―sonrió Tiamat.
―Así sea pues, Señora Igigi.
―Así sea pues, Mago Oscuro.
 
Y con eso se desvaneció.
―¿A…hora…qué…Ummu? ―preguntó Kingu.
―Ahora nos vengamosss. Ahora destruimosss―siseó Tiamat, y todos corearon su nuevo título como un auténtico cántico de guerra: ¡Ummu, Ummu, Ummu!