La Ultima Odisea Del Hombre: II parte

 

De Toni Hudd
Ilustración : Irene Paz

El asiento tembló cuando el avión despegó. Ulises estaba sentado al lado de la ventana, su mirada perdida a través de ella. El avión estaba casi vacío. Poca gente se atrevía a volar estos días, desde que Trisha Sellers publicara por internet ese documental que las autoridades intentaron acallar. Ulises pensó en su amiga y ex compañera del Canal 9. ¿Estaría pasando por algo parecido a él? ¿Huyendo de la CIA, tal vez? Al principio Ses pensó que se Trisha se había vuelto loca. Pero ahora… Tal vez intentaría contactar con ella, y darle más material. Pero era un riesgo. Si alguien trazaba la llamada… La seguridad de Penélope y de Teleo, el retoño que habían tenido tres años atrás, y la suya misma pendía de un hilo. No se la podía jugar.
 
Ocultó perfectamente su nerviosismo cuando los agentes de aduanas le pidieron el pasaporte en el aeropuerto de Edimburgo. Coló. Por suerte, tenía contactos con falsificadores y otra gente de talentos poco declarables que no trabajaban para la Organización. 
 
Condujo un coche alquilado hasta Skye, deleitándose con el paisaje. Pasó la noche en un B&B, y cogió el primer ferry a las Hebridas exteriores. Una vez allí preguntó cómo llegar a la isla de Ceann Ear, como si fuera un turista más. Le indicaron que había un barquero que hacía el viaje dos veces al día. Esperó con una pinta y un haggis en el mejor pub del puerto. Horas más tarde se subió, con su equipaje, a un barquito que lucía el nombre de “Ítaca” en la popa. Ulises se contuvo justo a tiempo de saludar a su amigo y empleado. Debía mantener la tapadera que su nueva cara le brindaba. Zarparon. Por suerte, él era el único pasajeo.
 
“¿Así que unas relajantes vacaciones en Ceann Ear?” – le preguntó el barquero amablemente. “Nada mejor para un hombre de negocios como usted. Y, si me permite la sugerencia, en la pequeña isla de Calipso hay los mejores B&B de Escocia. Y un casino familiar, y muchas cosas para hacer. Yo mismo hago viajes desde allí a ver las orcas cazando salmones. Es un espectáculo único.”
“Gracias. Aunque, de hecho, no estoy de vacaciones. Tengo que hablar con la dueña de la isla. Una tal Srta Penélope Wallace, creo.” – disimuló Ulises.
“¿Es usted otro de esos buitres de hacienda? ¿Qué pasa, con tres no había suficiente para intimidar a la pobre mujer que te han enviado a ti también?” – el tono del marinero se había vuelto bruscamente hostil.
“¿Qué tres?”
“Los tres tipejos como tú que vinieron ayer. Aún están varados en Ceann Ear, ¡donde te dejaré a ti! ¡No pienso llevaros a la casa de Lady Penélope, y con los oleajes que hay nadie más se atreve a navegar, ya te lo digo yo! ¡Y me da igual que tengáis una tarjeta con la M o con la mismísima Reina Isabel!”
Dos emociones se enfrentaron dentro de Ulises: agradecimiento por la lealtad de este hombre al que él y Penélope habían devuelto el barco que el banco embragó, pero a la vez pánico; pavor; impotencia; desesperación! Los esbirros de M habían llegado hasta allí. Se fue a su equipaje.
“Lo siento, William!” – gritó por encima del ruido del oleaje y el motor diesel de la embarcación. Tensó la cuerda del arco, apuntando la flecha hacia la cabeza del marinero. “Debo insistir en que me lleves directamente a Lady Penélope. Por el bien de ella misma.”
El hombre gruñó, pero obedeció. Media hora después, Ulises saltó a la tierra de la playa de su isla. No la isla de sus comercios. El pequeño islote, a media milla náutica, donde había su casa. Solo su casa. Corrió hacia ella impulsado por el miedo y la adrenalina, su corazón palpitando como al huir del Bosque Aokigahara. La puerta delantera estaba abierta. Entró despacio, sin hacer ningún ruido. Oía voces que venían del estudio. Fue hasta allí e intentó serenarse antes de entrar a la estancia. Cargó la flecha en el arco y se preparó. Al otro lado se oían los gritos desafiantes de una mujer. Su mujer. Oyó una fuerte palmada y Penélope se calló.
“Si vuelves a abrir la boca para cualquier cosa que no sea decirnos dónde está Ses, te vuelvo a abofetear, ¿entendido zorra? Y ahora a lo que íbamos. ¿Qué no nos lo dices por las buenas? Pues por las malas. Poneros en fila, chicos. Yo me la pido primero. Ese cerdo de Ses tiene buen gusto, ¿eh?. Hu, hu, hu.”
Ulises oyó el chirrido metálico de una cremallera corta y adivinó lo que pasaba. Penélope empezó a balbucear una súplica. Había llegado el momento. Entró en la estancia con el arco tensado. Su esposa estaba sobre una mesa maniatada, pataleando al hombre que intentaba forzarla. Los otros dos se habían puesto en fila, riendo. Imbéciles. Ulises tensó con toda su ira y soltó. La flecha atravesó a los dos primeros y se clavó en la espalda del tercero. El trío cayó al suelo. Ses sacó el cuchillo dirk que había comprado como souvenir en Skye, y apuñaló a los dos primeros en la garganta. Por si acaso. El tercero, que solo estaba herido en la espalda, estaba intentado sacar la pistola de la ristra que llevaba en la axila, pero el brazo no le respondía muy bien. Ulises se agachó sobre él y le arrebató el arma. Con dos atronadores disparos le voló ambas rodillas. El matón gritó y se revolvió en el suelo.
“¿Cómo habéis llegado hasta aquí? Dímelo o te volaré los huevos antes que la cabeza.” – amenazó Ses.
“Estamos buscando a alguien. No eres tú. Pero ahora irán a por ti. La has cagado, gilipollas!” – gruñó el matón, pero  le sobrecogió un achaco de tos, y le salieron unos hilos de sangre por la comisura de los labios. “Te has metido con la gente equivocada.”
“¿Eso crees? ¿Crees que tú vales tanto para M?” – se burló Ulises.
“¿Conoces a M?” – preguntó el matón, desconcertado.
“M me envía a castigaros por vuestra inutilidad. Mis fuentes personales me acaban de decir que han descubierto que la presa, Ses, está en Londres, con un amigo de la universidad. Puede que ya haya hablado con la prensa. Y vosotros aquí, de vacaciones en un Bed and Breakfast. M está poco receptivo al fracaso últimamente.”
“En Londres?” – peguntó el matón, perplejo. “No lo sabía. Seguimos su pista. Siempre acababa volando a Escocia!”
“Para disimular, idiota.  Todo esto,” – señaló la casa- “debe ser otra de sus tapaderas. Ahora, M te perdonará la vida si llamas a tu superior y le cuentas algo interesante. Si no… badabum!” – amenazó Ulises. “Tienes un minuto.”
El hombre comprendió la gravedad de la situación, sacó el teléfono y marcó un número.
“Señor, seguimos las pistas hasta la tumba de su padre en Skye, pero no estaba. Creo…creo que estará en Londres, señor, con algún amigo de la universidad. Por favor, señor, pídale a M que me perdone…”
Ulises le quitó el teléfono de la mano y colgó.
“¿Ahora me robas mi información?” – preguntó amenazadoramente.
“¡Tenía que decir algo! ¡Tenía que salvarme!”
Un último disparo retronó en la casa. Penélope se puso a llorar. Ulises sintió un peso abrumador en el corazón. Otra muerte más. Otro fantasma para sus noches de insomnio.
Ulises desató a su mujer y la fue a abrazar. Ella le golpeó la cabeza con un cenicero decorativo que él siempre había odiado, y corrió hacia la puerta.
“¡Penélope! ¡Mi vida, soy yo!” – balbuceó, sujetándose la cabeza con ambas manos.
“¡¿Ulises?!” – preguntó, perpleja, asomando de nuevo la cabeza a la estancia.
“Sí. Me lo he tenido que hacer para que no me encuentren.” – se señaló la cara. “El médico dice que si no me gusta, tengo dos semanas para devolverla.” – bromeó.
Ella, reconociendo su voz, corrió hacia él y se abrazaron fuertemente.
“¿Dónde está Teleo?” – preguntó él, preocupado.
“Escondido con los McCouligh. ¿Crees…crees que se lo habrán tragado?” – preguntó Penélope, haciendo un gesto con la barbilla hacia los tres cadáveres.
“Puede. Pero mandarán más. Alguno nos encontrará. Solo es cuestión de tiempo.”
“Entonces…¿qué hacemos? ¿Huímos?”
“El mundo no es suficientemente grande para huir de M. No. Solo queda una opción. Acabar con él antes de que él acabe con nosotros.”
“Pero, ¿Cómo?”
“Pidiéndoselo a Dios. A cualquiera de ellos, de hecho.” – sonrió.