La Vuelta de Zeus (Historia)

La Vuelta de Zeus

De : Marc Simó

Ilustración: Leonardo Paciarotti

— Hermano... — dijo el Padre de Dioses y Hombres dirigiéndose a Poseidón. — Deberías haberme hablado de ése pergamino antes de la reunión, hubiese sido una importante ventaja frente a nuestros enemigos. 
— ¿Todavía no lo ves? Es precisamente esto lo que quería mostrarnos Amaterasu. Ellos no son nuestros enemigos. — contestó entristecido.
 
Zeus, miró con recelo al Dios de los mares, examinándolo como si tratara de adivinar qué escondía detrás de sus palabras. 
 
— ¿De verdad crees al Egipcio? — preguntó.
 
— Creo que sí. También a mi me han llegado avisos en mis dominios que me han preocupado últimamente. — dijo tratando de no recordar.
 
El Dios de Todos se levantó y miró al cielo. No sabía si era su imaginación, no sabía si era él que se sentía ofuscado, pero esa noche se le antojaba menos estrellada y más oscura que ninguna otra.
 
—Está bien, forjaremos el talismán. — dijo todavía no muy convencido.
 
Su hermano no mostró sentimiento alguno pero en su interior estaba seguro de que sería lo mejor para todos.
 
A la mañana siguiente Zeus se había propuesto emprender su viaje. Sería largo, duro y pesado incluso para un Dios pero no podía prescindir de ninguno más de sus hermanos ni de sus guerreros. Las palabras de buena voluntad de la Diosa Japonesa no implicaban que nadie se fuera a quedar parado viendo cómo los otros iban conquistando territorios y ganando adeptos, pero no quería hacer solo el viaje.
 
Si su intención era pasar desapercibido no podía viajar como un Dios, adoptó una apariencia más humana, menos altiva, dejó sus armas a buen recaudo y fue en busca de un compañero de viaje, necesitaba a alguien más acostumbrado al mundo moderno y del que poder aprender. Owen era el candidato perfecto. Desde el “incidente” había mantenido la palabra de Ares de proteger a la familia del humano, ahora era el momento de cobrarse su deuda. Vislumbraba indicios en ese muchacho que le gustaban, tenía madera de guerrero, pero le faltaba algo…
 
Un rápido ferry, que les permitiera cruzar de Grecia a Italia, y de allí enlazar algunos autocares parecía la mejor manera de cruzar el continente para 2 amigos turistas que viajaban a bajo coste.
 
Sentado en ese autocar veía cómo pasaban las horas mientras pensaba si se refería verdaderamente a eso cuando dijo que tenían que adaptarse a los nuevos tiempos y le entregaba los papeles del divorcio a Hera. <<Hera...>> La echaba de menos, la que era su hermana y esposa, la única que había permanecido siempre a su lado y la única mujer o diosa que de verdad había amado... Su comportamiento impulsivo debía ser castigado; pero, quizás, expulsarla del Olimpo había sido una medida exagerada.
 
Finalmente llegaron, como Owen había predicho, sin controles, sin aglomeraciones y sin contratiempos inesperados. Muchos de los tramos del viaje los hicieron prácticamente solos, parecía que nadie utilizaba el autocar y Zeus creyó comprender el porqué cuando su espalda se quejó por la incomodidad de aquel asiento medio roto y con olor a rancio.
 
— ¡Es aquí chico! — dijo a su acompañante. — Hemos llegado.
 
La entrada al jardín estaba cerrada por una enorme puerta de metal forjado de más de 5 metros de altura. Decorada con el esqueleto de un temible Dragón que daba la bienvenida a los visitantes con la boca abierta de par en par.
 
El Dios hizo una señal con la mano a su acompañante para que se mantuviera a cierta distancia. Tomó aire y se acercó a la puerta. Cuando se encontraba a tan sólo un par de metros la escultura/figura de la criatura cobró vida. Perezosamente se sacudió los siglos de encima y con un suave movimiento posó su pata izquierda en el suelo impidiendo el avance del Dios y obligándole a ceder algo de terreno. A medida que se despegaba de la puerta, el cuerpo del Dragón iba recuperando su verdadero aspecto hasta que quedó posado en el suelo, con la mirada fija en Zeus, preparado para atacar. 
 
- ¡Ladón! - Gritó Zeus devolviendo la mirada a la bestia. - Déjame pasar, he venido a buscar lo que es mío. - La voz del Dios sonaba fuerte y desafiante.
 
-¿Tuyo?- preguntó. Siseante y grave dejaba entrever un tono irónico en sus palabras. -Creo que Gea regaló las manzanas de este jardín a Hera por vuestra unión, no a ti…
 
El Dragón se enroscó sobre sí mismo antes de sacar de nuevo su cabeza de debajo de una de sus alas, como si estuviera dándole tiempo para comprender/que comprendiera sus palabras.
 
- ¿Hicisteis también separación de bienes en vuestro divorcio? - rió.  / - Ahora ya nada suyo te pertenece. - rió
 
Las palabras de Ladón se clavaron como un puñal en el corazón del Dios. Pero aguantó.
 
-No pienso repetirlo lagarto. ¡Déjame pasar o ataca!
 
Como si de una orden ineludible se tratara, el Dragón se abalanzó sobre su presa. Atrapó con sus garras los brazos de Zeus y lanzó un feroz bocado a la yugular del intruso. Pero esto no cogió a Zeus desprevenido, con los brazos inmovilizados propinó un brutal cabezazo al cuello de Ladón antes de que éste finalizara su ataque.
 
El Dragón liberó a su presa y recuperó el aliento mientras mantenía la distancia.
 
El Dios griego se movía lentamente alrededor de la bestia esperando el momento. Ladón valoró otro ataque frontal pero lo descartó. A pesar de estar desarmado, su enemigo no era un rival a menospreciar. Con un rápido movimiento saltó hacia atrás y tomó impulso contra el muro de piedra que custodiaba el jardín. 
 
Los movimientos del Dragón eran mucho más rápidos e impredecibles en el aire. Zeus observó el terreno buscando la mejor posición para defenderse de las embestidas, pero Ladón no quería brindarle esa ventaja. Atacó desde el aire con una temible llamarada que Zeus esquivó en el último momento.
 
Tras sortear el ataque había quedado separado del muro y desde su posición ventajosa la bestia atacó, descendiendo desde el aire golpeó con un contundente cabezazo que el Dios no pudo evitar, tirándole de nuevo al suelo. Aturdido por el impacto no pudo reaccionar a tiempo para evitar otro ataque aéreo de Ladón que lo hizo rodar y golpear contra uno de los árboles de la zona. El Dragón dio un par de vueltas en el cielo marcando su presa como un ave de carroña/carroñera.
 
<<Lo primero, recuperar el control de la batalla>> pensó. Antes de actuar buscó con la mirada a su acompañante para asegurarse que estaba a salvo. Owen estaba agachado detrás de un coche pendiente de cada movimiento de la batalla. Parecía excitado y con ganas de participar, aunque no tenía muy claro qué podía aportar al Dios que luchaba contra un Dragón. Zeus percibió la duda. <<No está preparado.>>
 
El Dios corrió de nuevo hacia la puerta de metal y esperó el siguiente ataque. Una segunda bocanada de fuego brotó de la boca del Monstruo hacia Zeus. Esta vez no pudo evitar el ataque, la bola de fuego golpeó contra el exterior de su brazo izquierdo antes de volar la puerta de metal en mil pedazos. El ardiente desgarro en el brazo no formaba parte del plan para vencer al Dragón. Por un momento el Dios flaqueó y cayó al suelo abatido por el dolor.
 
Desde el otro lado de la escena Owen contemplaba cómo Ladón descendía para terminar el trabajo. Poso su pata derecha encima de la cabeza del Dios y presionó contra el suelo, aumentando poco a poco la fuerza como si se tratara de un juego. Sin saber cómo, Owen se encontró lanzando una piedra del tamaño de un puño directamente a la cabeza del Dragón. Impactó.
 
El rugido del monstruo ante la agresión fue suave, comparado con la sarta de improperios que conjuró mientras olvidaba el cuerpo del Dios y cargaba contra el Hombre.
 
— ¿De verdad crees que puedes luchar contra mí? — Dijo justo antes de lanzar la mayor de sus llamaradas en la dirección que se encontraba el humano.
 
En ese instante el Dragón notó como un punzante dolor atravesaba su espalda y el mundo se oscurecía.  Zeus bajó de la espalda de Ladón. A tiempo de ver como se transformaba lentamente en la escultura de huesos de hierro forjado que había sido.
 
— ¿Está muerto? — preguntó Owen mientras salía de detrás del vehículo que había usado de escudo todo el rato.
 
— No, sólo está cansado. — contestó el Dios mientras volvía dirección a la entrada del jardín.
 
El camino ascendía a través de un bosque de olmos, sauces y álamos y pasaba por un pequeño cenador hecho de los mismos árboles, allí descansaron prácticamente toda la noche.
 
Tras el combate con el Dragón, ese muchacho había demostrado que si estaba preparado para luchar, y su inesperada intromisión en el combate, a pesar de la clara desventaja, había permitido al Dios coger por sorpresa al monstruo.
 
Antes del amanecer retomaron el camino que conducía finalmente a una terraza elevado a la que se accedía a través de unas escaleras de piedra. El Jardín escondía un claro con una docena de manzanos alrededor de una fuente de piedra de la que brotaba un líquido dorado. Zeus decidió tomarse unos minutos para contemplar el amanecer.
 
Los jóvenes rayos de Sol trepaban por la ladera a medida que el astro ganaba altura, iluminando poco a poco el Jardín. Mientras dejaba que sus huesos se calentaran le pareció que el calor que le proporcionaban los suaves rayos de luz estaba cargado con la gratitud de la Diosa Japonesa.
 
Detrás suyo una hermosa voz comenzó a cantar entonando una vieja y olvidada canción acerca de héroes y batallas que nadie podía recordar ya. Zeus no se giró, cerró los ojos y escuchó. Al rato una segunda voz se unió a la primera y la canción se tornó más triste y desgarradora. Las muertes se contaban por miles y la sangre teñía mares y praderas, hombres y Dioses caían en ambos bandos en la que parecía la última gran batalla del mundo. Cuando terminó la canción una tercera voz reprendió a las otras.
 
— ¿Así tratamos a nuestros invitados? Deberíais cantar algo más alegre para el Padre de Dioses y Hombres. —  Tras estas palabras Zeus salió de su trance, se volvió hacia las voces y extendió los brazos hacia las chicas. 
 
— Acércate Guerrero te presento a las hespérides, hijas de la noche y guardianas del jardín.
 
El chico no se percató del cambio de adjetivo. Las ninfas lo tenían cegado/abstraído del resto del mundo. Vestían túnicas de color marfil atadas con un cinturón de seda y sandalias de tiras de cuero. Eran jóvenes y realmente hermosas. 
 
— Esta es Egle, dicen que es la más hermosa de todas las hijas de Nix. — La chica hizo un leve gesto de agradecimiento por las palabras de Zeus y sonrió mientras miraba con curiosidad al humano que acompañaba al Dios. Sus ojos brillaban hipnóticamente bajo la luz del amanecer. Se acercó al chico y lo rodeó como valorando cuánto podía ofrecerle aquel mortal que sólo volvió en sí cuando Zeus movió su mano hacia la segunda chica. 
 
— Ella es Eritia, la más joven y también la más mala. — dijo susurrando la segunda parte. Era algo más baja que las otras pero no menos atractiva. Parecía mucho más resuelta y decidida que su hermana. Estaba jugando con su melena negra y por su sonrisa no parecía que le hubiera molestado el comentario del Dios. Se dirigió directamente hacia el muchacho y puso la mano en su pecho, se acercó más y más, hasta que sus miradas apenas estaban separadas por unas pulgadas.
 
Ella se mordió el labio inferior mientras miraba fijamente a los del humano. En un acto reflejo  él la imitó. La chica se apartó triunfante y recuperó su sitio entre sus hermanas.
 
— Y por último... bueno.... — Señaló a dos chicas que estaban enlazadas en una especie de abrazo imposible. No habían dejado de mirarse la una a la otra en todo el rato, excepto para susurrarse cosas al oído y reír. — Son Hesperia y Aretusa, o al revés... nunca lo he sabido.
 
Mientras una hablaba, la otra jugaba con su dedo tratando de silenciarla y recuperar su plena atención. Zeus se acercó a su guerrero.
 
— Por esto algunos pensaban que sólo eran 3 hermanas. — Rió.
 
Egle cogió de la mano a Owen y se la entregó a su hermana menor. 
 
— Llevaros a nuestros invitados, haced que se sientan como en su propia casa. — ordenó a sus hermanas. — Curad sus heridas y dádles de comer y de beber, que no les falte de nada.
 
Los dos hombres se dejaron cuidar por sus anfitrionas, probaron frutas de éste y de otros mundos y cataron vinos fríos y calientes y se deleitaron con las canciones y los bailes que las hermanas tenían para ellos.
 
No sabían cuantas horas llevaban comiendo y bebiendo en compañía de las ninfas, pero tampoco les importaba, se habían propuesto recuperarse de todas sus heridas antes de continuar con su viaje. Eran realmente hermosas, inteligentes y divertidas, Hera había sido brillante al ponerlas de guardianas de su tesoro. << Hera >>
 
— ¡Mierda! — gritó Zeus mientras se levantaba del suelo. — Ahora vengo a por ti guerrero. —
 
Ese pensamiento le había devuelto a la realidad. Egle le siguió de vuelta al jardín.
 
— ¿Qué pretendes Zeus? — preguntó mientras juzgaba y reprochaba los actos del Dios con una sola mirada.
 
Zeus no se giró, pero aminoró el paso cuando alcanzó los manzanos de frutas doradas.
 
— Nada que sea de tu incumbencia, ninfa. — Sentenció mientras estiraba su brazo izquierdo, libre de toda herida del pasado, para acariciar una de las manzanas. — ¿Era aquí?
 
— Si, debajo tuyo. Pero no estoy de acuerdo con lo que haces. — reprochó la muchacha.
 
— No te preocupes por tus manzanas, sólo cogeré lo que necesito.
 
Cavó en el suelo con sus propias manos hasta que lo encontró, un pequeño alijo de lingotes de un metal que sólo con verlo le inspiraba una fuerza primigenia y real. Los miró detenidamente, eran del color del fuego y a pesar de llevar varios siglos enterrados tenían el mismo brillo de antaño. Cogió sólo dos lingotes el resto permanecería a salvo en el jardín, nutriendo la tierra y alimentando sus frutos.
 
Cuando hubo tapado el agujero fue en busca de Owen. Al fin salieron del Jardín, el tiempo había cambiado en la ciudad. Hacía mucho más frío que cuando habían entrado  y el suelo estaba mojado.
 
— ¿Cuándo ha llovido? — Preguntó inocentemente el humano.
 
— Anoche. — contestó Zeus algo enojado por haberse dejado engañar por un truco tan viejo. Levantó el brazo y le mostró la zona donde una vez Ladón le había hecho una herida, ahora ya, perfectamente curada.
 
— ¿Semanas, meses? No lo sé. — contestó Zeus a una pregunta que Owen no llegó a formular.
 
Según los periódicos habían perdido más de dos meses allí dentro, ahora tenían que asegurarse de no perder más tiempo y forjar el amuleto. Hefesto terminaría el trabajo.
 
La fragua del Dios del fuego era un lugar lúgubre, descuidado, lleno de polvo y restos de metales, el ambiente era cargado, costaba respirar a causa del humo negro que no dejaba de emanar de las brasas y sólo la luz que salía de ellas mal iluminaba la estancia. Hefesto les estaba esperando y había empezado a avivar el fuego. Zeus le dio los dos lingotes e instrucciones muy precisas de cómo tenía que ser el talismán. El Dios de la forja no necesitaba más, sabía cómo domar aquel metal.
 
Cogió uno de los lingotes y lo metió en las brasas, no levantó la cabeza hasta que hubo terminado. Noche y día se turnaron Dios y Guerrero alimentando el fuego para Hefesto.
 
Cuando lo sacó, lo observó unos segundos y lo sumergió en agua. Al sacarlo ya templado había perdido el color rojizo de la forja y se podían apreciar los detalles. Una semiesfera de metal hueco que contaba con una base circular en la que había tallado un rayo. Desde el circulo exterior unos pequeños e intrincados arcos que completaban la forma esférica. Más parecía el trabajo de un joyero que de un rudo herrero de un solo ojo, pero sin duda era el trabajo de un Dios.
 
Zeus cogió el amuleto con sus manos, lo miró impresionado y dio las gracias a Hefesto. La alzó a la altura de su pecho y con unas palabras lo infundió de poder. El artefacto comenzó a brillar con luz propia, muy tenue al principio, prácticamente cegadora al final, pequeños relámpagos crujían en su interior mientras otros saltaban dentro y fuera del amuleto como con voluntad propia.