La vuelta Hindú (Historia)

Autor: Isidre Fàbrega

Ilustrador : Guillermo García

La luz rojiza del atardecer baña la arena de la Chowpatty Beach. Paseando junto a las olas que sutilmente mueren sobre el dorado una mujer contempla como el día empieza a tocar a su fin y no puede sino echar la vista atrás y suspirar. Los recuerdos y los pensamientos se van haciendo cada vez más certeros cuando a medida que sus huellas se hunden sobre el suelo húmedo y el agua luego las borra otra figura, silenciosa, marca las suyas a un par de pasos de ella. Una mirada y una sonrisa, luego, sin romper el silencio que envuelve la mágica tarde sobre la playa tropical ambos se detienen. Aún no hay palabras, solo una mirada de ella hacia el hombre viejo que acaba de llegar a su lado. Él, suavemente asiente y es justo en ese momento cuando el silencio, con ese suave movimiento de cabeza se rompe…

-¿De veras? ¿Lo has conseguido?
-¡Maravilloso! - exclama la mujer que en un golpe de emoción se abraza al anciano de marcado aspecto hindú quien sorprendido por la reacción de la joven se queda completamente hierático.
 

-Sí mi señora Atenea, he encontrado el pergamino, ahora ya está todo listo para poder realizar el rito e invocar a mis dioses.- explica paciente y con un tono de voz muy pausado el anciano, al tiempo que trata de separarse del abrazo de la mujer pues se le nota claramente incómodo.
 
Atenea sonríe ampliamente y luego ríe al percatarse de la reacción del anciano y se separa de él dejándole sobre la mejilla una suave caricia con el dorso de su mano. Respira hondo y asiente repetidas veces antes de girar su vista hacia el inmenso océano que se abre ante sus pies murmurando despacio palabras que solo ella puede comprender.

-Vamos, no perdamos más tiempo, Agastya, llama al chico y vayamos hacia la puerta, hay que acabar con esto cuanto antes.- la voz de la mujer es ahora más seria y directa, su mirada ya ha dejado atrás esa felicidad momentánea y se ha vuelto firme y decidida.

 

-Enseguida señora, en una hora más o menos nos encontraremos ahí. -Presto responde el anciano al tiempo que gira sus pasos y se apresura a salir de la playa para perderse por la avenida que la rodea.
 
Y así la noche empieza a caer sobre las palmeras que adornan las calles y las avenidas de la preciosa ciudad de Bombay. El reflejo plateado de la luna sobre el mar y las calles es el testigo silencioso de un trabajo que pronto verá su luz. Atenea lleva meses investigando, a petición de su padre, cómo conseguir acceder al portal que pueda contactar con los antiquísimos dioses hindúes, pues después de los acontecimientos sucedidos se ha vuelto vital poder contar con toda la ayuda posible pues el combate está cada vez más equilibrado entre los dos bandos. El conocimiento que deben atesorar y la sabiduría que podrían poseer sobre los grandes misterios del universo deberían ser claves para el éxito en esta guerra que cada día se alarga más y su final incierto.

Tres figuras se mueven sin pausa por las calles, las tres tienen el mismo destino, la Puerta. El viejo arco del triunfo levantado para la visita del rey Jorge V es el lugar donde se van a encontrar. Un maletín en cada una de sus manos, los tres, tienen claro que no deben demorarlo más y que no debe pasar de esta noche. Agastya, el anciano, se apresura con el pergamino que debería permitirles, junto a los otros dos objetos, abrir el portal y permitir la llegada de sus dioses a este plano. Se le nota nervioso, desde que Atenea se puso en contacto con él, hace meses, su sueño se ha visto turbado y sólo en las largas horas de meditación, el viejo gurú ha podido encontrar cierto descanso y reposo. Por su mente han pasado millares de situaciones y momentos, pero eso sí, jamás ha contemplado la opción del fracaso. Deben tener éxito.

Por otra calle, avanza, con más pausa un chico joven, de aspecto occidental, pelo castaño y liso, aunque tiene los ojos propios de la raza hindú. Parece despreocupado, con el maletín en su mano diestra, escuchando música a través de los auriculares, mientras con la zurda, responde algunos mensajes en su teléfono. Casi está a punto de chocar con un adolescente que es perseguido por un policía lo que hace que se pare y se quite los auriculares. Contempla la escena desde la más absoluta indiferencia y luego prosigue hasta llegar a la puerta. Mira a su alrededor, no les ve, es el primero en llegar.

-Tanta prisa por hacerme venir y ahora resulta que tengo que esperarles… -ríe y vuelve a mandar otro mensaje para después, sin perder ni un solo instante se enciende un cigarrillo. 

Atenea ha tenido un pequeño problema con el tráfico, aún no se ha acostumbrado al caos que se forman en esa ciudad y después de pagar al taxista ha decidido acabar de llegar a pie. Sonríe al reconocer al joven y se apresura a llegar a su lado, pone la mano sobre su hombro y cuando este se gira sonriendo al reconocer a la joven asiente.

-Vaya, siempre eres él último en ser avisado pero el primero en llegar, ¿como demonios lo consigues?

-Es cuestión de práctica, mi señora Atenea. *Y no puede evitar volver a reír mientras le muestra el maletín y asiente – Lo tengo.

-Maravilloso, con este amuleto, el pergamino que trae Agastya, y la daga que encontramos en la tumba de Calcuta podremos abrir el portal. No te imaginas las ganas que tengo de acabar con esto. -sonríe al joven y luego se gira, viendo llegar al anciano hacia ellos dos. – Aquí le tenemos, preparémonos.

Agastya llega apresurado y cuando les ve se siente algo cohibido. – Lamento llegar tarde, mi señora. Ler, ¿cómo te encuentras? *le pregunta al joven a quien mira y asiente despacio.

  • Bien, bien, nada por lo que preocuparse, solo que una vez más me has jodido el ligue. *ríe mientras se acerca al anciano y le da un abrazo que bien podría ser el de un hijo a un padre
  • Ya os pondréis al día después, tenemos trabajo. *Les apresura Atenea mientras abre el maletín y toma en sus manos la vieja daga y un pequeño cuenco.

Agastya y Ler hacen lo propio con los suyos, toman en sus manos el pergamino y el Sudarsharná Chakrá y se acercan al lado de la diosa.

-En principio es sencillo, no debería ser difícil, debemos mezclar en el cuenco un poco de nuestra sangre, pero el corte debe ser sobre la palma izquierda y hacerlo con esta vieja daga. Luego empapar el amuleto con ella mientras Agastya pronuncia las palabras que hay escritas en el pergamino. Ler ¿cuánto falta para la medianoche? -habla en un tono solemne para luego mirar al joven y aguardar su respuesta.

-Cinco minutos, señora, podemos empezar ya. -responde al tiempo que acerca su mano a la de ella para coger la daga.Los tres no tardan en tenerlo todo listo y preparado.

Los cortes los realiza Ler, empezando por su mano zurda, el siguiente es el anciano y finalmente la diosa. Con el mismo amuleto mezcla los tres fluidos dentro del cuenco y una vez lo ha bien empapado con la sangre se lo tiende al viejo para que recite las palabras del viejo pergamino.

Atenea por su parte venda su mano y luego hace lo propio con la mano de Ler. Mientras Agastya empieza a recitar la vieja oración, los nervios se hacen presentes entre la diosa y el joven, compartiendo algunas miradas de complicidad al tiempo que las palabras rituales del anciano se van haciendo cada vez más profundas e intensas.

Repite el texto una y otra vez, sin pausa. Las palabras envuelven la noche de la Puerta de la India. Un destello cegador, seguido de un atronador trueno rompe la paz de la noche sobre el puerto de Bombay. Atenea coge la mano de Ler de forma inconsciente justo después del destello al tiempo que el anciano cae de rodillas y baja la cabeza, en un claro gesto de sumisión ante la brecha que se ha abierto frente a ellos. La respiración de la diosa se acelera al tiempo que deja la mano de Ler que se queda un poco atrás mientras ella avanza y se pone frente a la brecha temporal abierta.

-Visnú, Shiva y Brahma… poderosos señores de la antigüedad, acudid a mi llamada, regresad al que antaño fue vuestro hogar. Yo, Atenea, hija de Zeus, solicito vuestra presencia de nuevo en vuestro antiguo reino. *las palabras, solemnes, pausadas, aunque claramente marcadas por el nerviosismo de la diosa resuenan con firmeza frente a la brecha, seguidas de un silencio terrible que parece eterno.

Atenea estaba convencida y había pasado milenios estudiando los mismos pergaminos y manuscritos que los aztecas. Incluso estaba obsesionada con sus grabados para no perder la memoria y no olvidar las enseñanzas atlantes. Ella estaba convencida que podría abrir el portal sin hacer un sacrificio de sangre. Y viajo durante milenios a escondidas de Zeus su padre para conseguir el disco forjado con metal atlante.

En su panteón no estaba bien visto que ella se dedicase a la ciencia y el estudio, los griegos siempre fueron más tácticos y dedicaban sus esfuerzos a otros menesteres, pero Zeus conocía de su ansiedad por la sabiduría y  la dejaba la libertad suficiente para que Atenea pudiera demostrar alguna de sus teorías.

Allí estaba delante de uno de los portales milenarios el que había augurado tendría a sus compañeros Hindús apresados. La familia Hindú siempre fue muy pacífica y poco dada a la guerra más al conocimiento y el estudio y gracias a ellos habían conseguido la eternidad. Sus sabios los Rishis habían descifrado de un manuscrito perdido en el hundimiento la manera de hacerlos inmunes a la eternidad y la enfermedad. Aunque no del todo, el tiempo pasaba mucho, muchísimo tiempo más despacio para ellos.

Aun así Atenea tenía miedo. ¿Querrían volver o les gustaría el lugar dónde están? ¿Sabrían de lo que está sufriendo su pueblo? ¿Sabrían de la Gran Guerra que se estaba librando?
La invocadora tenía la esperanza de que su sabiduría que ella tanto anhelaba y admiraba los ayudarían a evitar de alguna manera la masacre que ella preveía. A ello había dedicado sus miles de años y este era el momento clave. Imploraba una respuesta ante el gran resplandor que había surgido de la gran puerta.

-Volveremos. -Responde una voz suave, femenina por un lado pero dura y fuerte como a duo engarzados en los mismos sonidos,  a través de la brecha, hecho que aún inclina más al viejo anciano sobre sí mismo, notando como una lágrima cae por encima de una de sus mejillas.

Atenea asiente y se abraza a Ler. Aunque intenta levantar al anciano del suelo, ese no se deja mover y ella le deja ahí mientras sonríe observando la brecha y de reojo ve como Ler, como si nada, se enciendo de nuevo otro cigarrillo.

Aún había esperanza de evitar una masacre.