Los Nuevos Demonios (Historia)

Autor : Marc Simo
Ilustradora : Alba Aragon

Bosque de Ahokigahara, Japón
Mediados de diciembre de 2015
 
Habían pasado varios meses desde la vuelta de la diosa Amaterasu y el exilio de Orochi, poco a poco las decisiones y acciones del panteón Japonés estaban devolviendo la normalidad al archipiélago nipón.
 
Esa mañana de diciembre se había levantado especialmente soleada y calurosa para el frío invierno que azotaba las islas. Sin duda, era el día perfecto para una excursión. Keitaro se había puesto ropa cómoda, botas de senderismo y había cargado la mochila en el maletero de su coche.
 
La hora y media que separaba su casa de su restaurante favorito en Otsuki la había pasado recordando viejas anécdotas entre las canciones de la emisora que le hacía compañía.  La vieja pero elegante casa de madera rodeaba un jardín que conducía a la entrada principal del restaurante, parecía que nada de lo que había pasado en los últimos años al mundo pudiera afectar a ese pequeño paraíso.

No había ido en busca de lujo ni comida exótica, en el Yoshidaya solo servían comida tradicional al más estilo casero. Un par de horas más tarde volvió a ponerse en marcha. El último tramo hasta el corazón del bosque lo había hecho andando.
 
El bosque de Aokigahara, era un bosque envuelto en el misterio y la magia, la luz se filtraba entre las hojas de los árboles y le confería esa aura de ensoñación capaz de hacer olvidar el mundo exterior. Los problemas del mundo se desdibujaban y parecía que nada importara más allá. Una extraña sensación de banalidad por el mundo, la guerra y la vida, un sentimiento de paz y desencanto, cada paso que se adentraba entre los árboles, las sombras oscurecían poco a poco el paisaje y nublaban su mente.
 
Horas más tarde.
 
—¿Otro más? —preguntó el general de los tengu mientras se ajustaba el Obi.
 
—Desde la guerra cada día son más los que vienen a este bosque, señor —afirmó la hermosa y nívea Yokai.
 
—No estamos en condiciones de perder más vidas en vano —se reprochó a sí mismo el poderoso demonio mientras sacudía sus negras plumas tratando de apartar aquella imagen.
 
—¿Desde cuándo un humano cualquiera le preocupa señor? —La Yuki no Onna trató de contener su rabia—. ¿No fue justo antes de partir a la guerra que nos ordenó a los Yokai segar a nuestro antojo? “Que la noche se cierna sobre todo…” creo que fueron sus palabras.
 
—¡Preparábamos una guerra! —Los ojos del Demonio emplumado se clavaron en la mujer pero no era ella quien buscaba la rabia que emanaban. —Ninguna de esas vidas llegó a las reservas de Yomi —masculló—. Ni ninguna de las miles de pérdidas durante la guerra… tanta muerte y nuestras reservas siguen vacías.
 
La Joven lo miraba divertida, sabía que nunca le habían importado de esa manera los humanos, pero por primera vez había comprendido que sin ellos nada de su mundo podía sostenerse eternamente.
 
—Fe, devoción, miedo, gratitud… son solo palabras vacías de significado si no queda nadie para usarlas —susurró ella. Sus palabras eran frías al alma y se clavaron como flores de escarcha creciendo entre sus plumas.
 
—¡La diosa Sol expulsó a la serpiente de Japón, reparad el Templo de las Fortunas del bosque y volved al trabajo! —gritó en un desafortunado intento de zanjar la discusión.
 
—¡No es suficiente! —La voz de la mujer iba cargada con la fuerza de mil ventiscas. El tengu la miró sorprendido, nunca antes un Yokai había alzado la voz a un demonio de mayor rango—. Los que estabais allí no comprendéis de lo que es capaz ese Monstruo. Seguís pensando en los Antiguos Dioses.
 
—¡Porque volverán! —interrumpió él— y arrasarán con todos nosotros…  Los que no vivisteis a la guerra no podéis compren…
 
—Termina esa frase y te arranco la cabeza aquí mismo —le amenazó—. Orochi es un monstruo y no dejará nada que arrasar si dejáis que se recupere. —El bosque quedó en completo silencio, la joven fantasma no quiso contener más su ira y tomó aire y arremolinó su impecable vestido blanco a su alrededor. —O-Tengu —dijo con desprecio—, tu tiempo se acaba… está a punto de comenzar una nueva Era, si los viejos no pensáis hacer nada los Yokai lo haremos.  
 
La chica miró una última vez hacia la figura que colgaba entre los árboles antes de girarse y desaparecer entre la espesa niebla que se había alzado bajo sus pies.
 
Allí, solo, el joven senderista quedó colgando de una soga en lo más profundo del bosque de Aokigahara mecido, suavemente, como las hojas por el viento.
 
Finales de Enero de 2016
 
A medida que el Sol había perdido autoridad, las sombras habían tomado el control del bosque y la Luna había peleado y reclamado cada hoja.
 
Los Yokai habían empezado la discusión hacía rato y a medida que llegaban se iban sumando.
 
—Son débiles— clamó Yuki entre el griterío de todos.
 
—Su luz mengua día tras día —apoyó Kuchi, que todavía llevaba su curioso uniforme de escuela.
 
—En palacio no van muy bien las cosas— afirmó Kasai. Todos los Yokai enmudecieron para atender las noticias que traía la hermosa cambiaformas—. Amaterasu se ha visto obligada a malgastar tiempo y recursos para volver a comunicar Japón con el resto del mundo, volvemos a tener rutas al continente. Pero estamos muy por debajo de los otros panteones. Debemos volver a ser fuertes. —Las duras palabras de la exuberante chica de rasgos zorrunos habían confundido a los Yokai.
 
—¿Entonces ha hecho bien o ha malgastado nuestros recursos?— se atrevió a preguntar una voz aunando el estupor del resto. La kitsune hizo un extraño aullido de indignación antes de contestar.
 
—Encerrados e incomunicados estaríamos muertos, hizo lo que debía. Pero no es suficiente, ahora no podemos ignorar a la serpiente —contestó molesta.
 
—Los viejos no van a darle la espalda a la diosa otra vez. Tienen miedo, jugaron sobre una hoja demasiado afilada y no se cortaron de milagro. Hablé con su general no hace mucho y trató de dejarlo claro… —las palabras de la Yuki no Onna eran desesperanzadoras y aterradoras. —Estamos solos.
 
Los dioses y los demonios que habían participado en la guerra no querían escuchar. Los Yokai habían pasado apenas unas semanas bajo el dominio de Orochi y sabían de lo que era capaz. Si los Yokai querían hacer algo estaban solos.
 
—¿Y si encontrásemos algún aliado? —propuso Kasai. El silencio volvió a adueñarse de aquél pequeño claro en mitad del bosque, hasta que un pequeño demonio rojizo se atrevió a hablar.
 
—¿Aliados? —preguntó— ¿No acabamos de decir que estamos solos? —gruñó. En ese momento una rama seca se quebró fuera del claro en el que estaban las criaturas. Varios Yokai se esfumaron mientras otros saltaban hacia la espesura buscando al intruso.
 
—¡Aquí! —gritó la cabeza de la Rokurokubi desde el otro extremo de su cuello varios metros más allá. —Es la perrita faldera gaijín de la diosa. —Trisha decidió salir de su escondrijo y dar la cara. Estaba nerviosa y a pesar del punzante frío una gota de sudor recorría su mejilla.
 
—Deberíamos matarla. —Los dientes negros y afilados esculpidos en la cara de porcelana de la Ohaguro Bettari escupían coágulos de sangre negra con cada palabra. —O le contará a la diosa lo que pretendemos.
 
—La echaran en falta si no vuelve. —gruñó Kawataro.
 
—Colgadla del árbol más alto. Muchos jóvenes vienen al bosque a morir. — gritó otra voz.
 
—Silencio—. Se sobrepuso la Kasai—. Veamos a qué ha venido, habla jovencita… y convénceles, si puedes, de que no te maten.
 
Trisha dio un pequeño paso adelante y salió de las sombras dejando que la luna le iluminara el rostro.
 
—He oído lo que decíais. —Hizo una breve pausa. —Y tenéis razón la Diosa no puede dedicar recursos a la caza de Orochi. — La voz le había tembaldo con las primeras palabras pero poco a poco cobraba confianza.
 
—¿Qué haces aquí? —preguntó Yuki. —¿Te envía ella?
 
—No, ella no sabe que estoy aquí… me han llegado informaciones de “fuera”… Orochi no es la única serpiente que esta causando problemas. —Las miradas se cruzaron en el claro. —Necesitáis aliados y yo se quién estaría dispuesto a ayudaros.
 
Las palabras de la periodista captaron la atención de los fantasmas. Durante más de cuarenta minutos habló y ellos escucharon. Tras eso, los Yokai tomaron una decisión.
 
—Esta bien —dijo la Yuki no Onna—. Esperaremos a que vuelvas de hablar con ellos.
 
Tras sus palabras los Yokai desaparecieron entre la espesura y dejaron a la Kitsune y a la periodista a su suerte.
 
—Bien hecho pequeña, has entrado justo en el momento oportuno. Pronto amanecerá te recomiendo que camines en dirección opuesta al Sol. — La mujer dio un giro dejando volar su Kimono y le guiñó un ojo antes de transformarse en un ágil zorro azul que se escabulló entre los arbustos.