Ocelotl y el Desollado ( Historia)

Autor : Sergi de la Fuente

 

Ilustrador: Dante Alarido

Xipe-Totec se encontraba en las afueras de Alvarado, con sus hombres haciendo una batida por los alrededores a fin de que ningún engendro escapase al exterminio que se había llevado a cabo un par de horas antes. El dios, todavía exhausto por el esfuerzo, se permitió descansar durante la búsqueda de supervivientes para recuperar fuerzas, dejando toda la operación en manos de su segundo, Tzilmiztli. Las fuerzas aztecas que sobrevivieron a la batalla se habían desplegado en patrullas matando a toda alma viviente de los alrededores, ya sea humana o no. Las ordenes eran estrictas en ese sentido; no dejar nada con vida, ya tenían suficientes prisioneros para los sacrificios, así que solo les quedaba la ingrata tarea de acabar con los que hasta hace pocas horas fueron compatriotas suyos. El exterminio fue total, ningún ciudadano de la ciudad condenada de Alvarado sobrevivió a ese día, ya fuera por la batalla, el meteorito que cayó después o la cacería de los jaguares.

 

Sucedió en las etapas finales de la cacería, fue una mezcla entre maremoto y marea. El mar se agitó por una fuerza desconocida, y una diminuta pero incesante ola surgió del mar. Era como si las aguas reclamasen la tierra que tiempo atrás les fue arrebatada. La antinatural ola, que apenas llegaba a las rodillas de un hombre adulto, cubrió de un manto azulado varios kilómetros de tierra y se extendió por toda la costa este de centro América. Xipe-Totec ordenó a sus tropas que subiesen a una pequeña colina, fuera del alcance del agua, para reagrupar a sus tropas y vigilar los alrededores. Se imaginaba que podría haber desencadenado esto, pero desconocía sus consecuencias.

 

 

 

En la regiones cercanas a Itza, la marea se adentró mas adentro de la tierra que en cualquier otro punto. Marcos, estupefacto, observaba lleno de admiración como su señor podía doblegar los elementos a su voluntad, dejando las demostraciones de sus oponentes como meros trucos de feria. Ese era el objetivo, la repentina ola que se había apoderado de toda la costa a lo largo de centenares de kilómetros no era mas que la consecuencia de la que invadido la mayoría de la península del Yucatán. Un espectáculo digno de ver que encogería el corazón de cualquiera que hubiese podido verlo desde el cielo. Finalmente, la ola se detuvo, y después de unos instantes interminables para todos aquellos mortales que habían presenciado ese fenómeno, el agua empezó a retroceder con la misma rapidez con la que apareció. Así de sencillo y de difícil de comprender para los mortales, la antinatural ola, después de engullir miles de kilómetros de costa, sencillamente volvió al mar dejando como única prueba de haber existido innumerables charcos de oscura agua salada. Así pasó en todas partes... menos en la península del Yucatán.

 

En las zonas selváticas mas cercanas a la pirámide de Xipe-Totec, la mayor parte del agua no había retrocedido y se había estancado formando unos pequeños pantanos de agua salada. En unos minutos, de las aguas empezaron a surgir los mismos monstruos que habían poblado Atlinzintla unas horas antes.

 

Marcos se quedó atónito viendo como uno tras otro los monstruos iban saliendo de la jungla para congregarse a su alrededor, observándolo con ojos ausentes, esperando que los liderara. Poco a poco, se vio rodeado pos un nuevo ejército de híbridos, y levantó la mirada hacia Itza. Esbozó una sonrisa al imaginar de nuevo a los siervos de su dios abalanzándose contra esos paganos Aztecas. De pronto, un ligero temblor en la tierra lo sacó de su ensimismamiento. Cuando recuperó el equilibrio se quedó quieto, expectante, se sentía seguro entre sus tropas pero no quería bajar la guardia, quería descubrir que había sido... cuando de pronto se escuchó otro, “bummm”, otro, “bummmm” y otro más, “bummmmmmm”... Cada vez eran mas seguidos y eran mas fuertes. Fuera lo que fuera, se estaba acercando. Ahora, se podía ver como algo estaba derribando los árboles abriéndose paso, acercándose cada vez más. En el suelo, se podía ver en los charcos de agua salada como esta vibraba al compás de los temblores. Los monstruos, se fueron girando lentamente, encarándose hacia la entrada de la selva, y empezaron a emitir un grave sonido que poco a poco se elevó como una plegaria.

- Daaaaaa... goooooon... Daaaaaa... goooooon...

- Daaaaaa... goooooon... Daaaaaa... goooooon...

A medida que la plegaria se iba haciendo mas y mas fuerte, entre los arboles se dibujaba una enorme silueta que apartaba perezosamente los arboles que acababan convertidos en astillas con la misma facilidad con la que un niño parte una ramita seca.

 

Mientras el gigantesco monstruo salía dela jungla, Marcos Moriarty se quedó boquiabierto contemplándolo, deleitándose solo de imaginar la desolación que desataría. Era el ser mas alto que jamas había visto, una criatura semejante a un pez pero con un par de brazos gruesos como un tronco acabados en unas afiladas garras. Sería un honor para el comandar este avatar en la batalla.

 

Cthulhu había respondido a su llamada... y sus enemigos serían aplastados. A su orden, fueron esta vez las huestes de Cthulhu quienes marcharon contra Itza.

 

 

 

Huitzillin tenía ganas de probar su valía. Se consideraba un guerrero águila experimentado, pero le había dolido no haber sido incluido en el destacamento de su señor. Acaso sus habilidades no estaban a la altura? No era digno de acompañar en batalla a su dios? Huitzillin sacudió la cabeza para alejar de si tales pensamientos, demostraría su valía, conseguiría que hasta el propio Tzimitzli le reconociera sus méritos, hasta tal punto que en su próxima salida no se plantearían incluir a ningún águila antes que a el. Y empezaría demostrándolo en esta patrulla.

 

Habían llegado informes de criaturas avistadas en los alrededores de pueblos cercanos a la jungla del templo, algunos lugareños habían desaparecido, y después de la enigmática declaración de guerra y marcha de Xipe-Totec, Ocatla veía fantasmas por doquier. El sumo sacerdote estaba muy inquieto, sobretodo después de la lluvia de fuego que había caído por el oeste, mas o menos en la zona de Alvarado, donde estaba su señor. Ocatla no paraba de profetizar que era una señal del triunfo de su señor, pero en sus ojos se veía el miedo de que algo terrible hubiera sucedido, y la inmensa ola que había surgido del mar no había hecho mas que incrementar su paranoia. Así que solo empezar los rumores de criaturas por los alrededores, Ocatla se había puesto a recorrer el nido de las águilas instando a los exploradores a enviar un par de patrullas a peinar la selva... como si fuera tarea fácil. Desde el resurgimiento de los antiguos dioses, la selva había recuperado parte de su antiguo esplendor, y Itza ahora estaba rodeada por una espesa jungla de varios kilómetros. Esto, junto a que esa mierda de ola había empantanado la mitad de ella, hacía que explorarla en busca de un potencial enemigo desconocido fuera todo un reto. Pero eso solo animaba a Huitzillin, como mas difícil fuera la tarea, mas reconocimiento conseguiría, y había jurado que si encontraba enemigos en la selva, no volvería sin prisioneros para los sacrificios del templo.

 

Esta región de la selva estaba mucho mas silenciosa... demasiado. Los ruidos de los molestos insectos y de los pájaros habían desaparecido. Instintivamente, las cuatro águilas que componían la patrulla se agazaparon y continuaron su marcha a hurtadillas. Estaban separados unos veinte metros los unos de los otros, a la distancia suficiente para adivinar-se sus siluetas si sabías a donde mirar pero suficientemente separados como para parecer que estaban solos a primera vista. Escudriñando la espesa selva, Huitzillin consiguió ver algo entre la maleza, una figura humana. Alertó a sus compañeros emitiendo el silbido de una serpiente y después de cerciorarse de que el objetivo no se había percatado se dirigió hacia el. Sin hacer el menor ruido, se acercó a través de los árboles hasta la figura que a cada paso le parecía menos humana. Poco a poco fue viendo los rasgos deformados de este servidor de los profundos, su piel escamada y de colores pálidos, unas agallas en el cuello, unos brazos demasiado largos, con unos dedos demasiado largos y unas uñas demasiado largas. Una boca con un grueso labio morado y unos ojos redondos con mirada ausente.

 

No tenía ninguna duda, tenía que ser una de las criaturas de la que hablaban los habitantes de las aldeas cercanas. Huitzillin se acercó a eso (ya que no era capaz de saber si era hombre o mujer... o macho o hembra) dando un pequeño rodeo hasta colocarse a su espalda. Tardó un poco mas de lo normal ya que el monstruo era extrañamente silencioso, y caminaba por el agua pantanosa sin emitir ningún ruido, ningún chapoteo. Cuando pudo casi tocarle, Huitzillin le dio un fuerte golpe con el dorso de su hacha en la parte posterior de la rodilla, forzando al ser a caer de rodillas, le rodeó el cuello con el brazo estrangulándolo y le dio un golpe seco con el mango en la cabeza. Con el monstruo fuera de combate, Huitzillin lo inmovilizó rápidamente para poderlo llevar al templo para su interrogatorio y posterior sacrificio.

 

Huitzillin sonrió. Todo había salido a pedir de boca y volvería al templo con su prisionero asombrando a todos con su rapidez y eficacia...

 

- Huitzillin detrás!!

La advertencia de Itzcuauhtli le salvó la vida. Se giró a la velocidad del rayo, con su hacha en posición defensiva para ver como otro monstruo surgía de las aguas verdosas hacia él con sus garras por delante. En un único movimiento fluido, Huitzillin se apartó de su trayectoria en el último momento y descargó su hacha en la nuca de su oponente. Desgraciadamente para él, las escamas de pez que lo recubrían absorbieron la mayoría del golpe y aunque el golpe fue mortal, se le quedó el arma atascada en el cuello del enemigo y se le escapó de las manos. En el mismo momento en el que el cadáver volvía a las aguas, otro surgió para encararse al guerrero águila. Huitzillin miró a su nuevo enemigo y al mango del hacha sobresaliendo de la nuca del cadáver y comprendió que no tendía tiempo para cogerlo, así que desenvainó su cuchillo y se lanzó gritando contra el nuevo híbrido. Este detuvo el cuchillo con el brazo izquierdo, que se quedó clavado profundamente en su carne pero no profirió grito alguno de dolor, y le agarró el brazo al explorador para lanzar-le un zarpazo en el abdomen. Huitzillin intentó detenerlo pero no llegó a tiempo. Las garras del monstruo abrieron cinco heridas profundas en la tripa del guerrero, y solo cuando fue a lanzar el segundo y fatal ataque el azteca consiguió coger y detener su brazo a escasos centímetros de su desgarrado pecho. Empezó entonces una lucha de fuerza y voluntad, en la que un par de centímetros eran los que decidirían la suerte de los participantes. El explorador estaba desgarrando lentamente con su daga todo el brazo derecho del monstruo hasta el codo, pero la fuerza del monstruo estaba acercando cada vez mas las garras de su brazo izquierdo a su pecho. Lentamente por eso, la presión de su enemigo estaba menguando ya que por fin le estaba afectando la enorme herida del brazo. Entonces, escuchó un pequeño estallido a su espalda, de como las cuerdas habían cedido de un solo y violento golpe, y supo que estaba perdido segundos antes de que unas garras le arrancaran la cabeza de un zarpazo.

Itzcuauhtli no llegó a tiempo para salvar a su compañero, y solo pudo ver como su cabeza salía despedida varios metro dejando tras de sí una tenue cortina carmesí. Se detuvo en seco y dio un paso atrás para evaluar mejor la situación y darles mas tiempo a sus compañeros para llegar. Gracias a esto, pudo notar como su pié tocaba algo que se movió bajo del agua. El monstruo no se esperó que su presa retrocediera, y para cando levantó sus garras para arrastrar a Itzcuauhtli bajo el agua este le amputo ambas manos por las muñecas. Entonces el guerrero águila supo que habían sido emboscados que habían sido atraídos por un cebo y que la impaciencia de Huitzillin había cerrado la trampa delatando su posición. Esto fue lo último que se le pasó por la cabeza antes de que otra criatura saliera de detrás suyo para arrastrarlo debajo de la pantanosa agua salada.

 

Ocelotl solo llegó a ver como su compañero era arrastrado dentro del agua, y de como esta se empezó a volver rápidamente de color rojo oscuro. Maldijo en voz baja por haber sido tan estúpidos como para dejarse atrapar tan fácilmente. Consciente de la ventaja de estos monstruos en el agua, se posó de un grácil salto encima de una raíz de un árbol cercano y de esta a una robusta rama y evaluó la situación. Por la densidad de la selva no podía llegara ver a ninguno de sus enemigos, pero sabía que estaban ahí... seguramente deslizándose por debajo de la verdosa agua salada, preparados para rodear-le y caer encima de él. Lentamente, con una tranquilidad que no estaba acorde con la situación, Ocelotl sacó su átlatl y lo cargó con un proyectil, armó su brazo y observó su alrededor.

 

Al estar fuera de su alcance, poco a poco los monstruos que se encontraban sumergidos fueron saliendo para dirigirse al árbol del guerrero águila. Este, al ver la cantidad de seres que surgían vio claramente como eso no era una trampa, era una invasión, y en el templo no sabían nada de ella.