Proscritos (Historia)

Autor: Fernando Arsuaga

Ilustrador : Javier Santamaria Carpio

Mucho antes de la Era del Hombre, la Atlántida
Lemuria, la capital del Reino se despereza con una luminosidad espléndida, fruto del brillo de los exquisitos edificios de marfil que despuntan en la urbe al ser acariciados por los primeros rayos del astro rey. Se empiezan a oír las primeras risas de los pequeños que se dirigen a la escuela y el sonido del golpear martillos y cinceles en las casas de los artesanos. Los ciudadanos salen de sus casas hacia su lugar de labor, siguiendo la rutina matinal. Este clima de tranquilidad que se rompe por culpa de un joven corriendo entre los tenderetes recién puestos en la plaza. Los ecos de “¡Al ladrón!” se filtran por las columnas de los panteones del distrito político.
El pillastre salta y esquiva velozmente todos los obstáculos que le salen a su paso, dejando cada vez más atrás a la “no tan ágil” autoridad. Al verse tan liberado de sus perseguidores, toma la decisión de ocultarse en una casa grande, entrando por lo que parece ser una puerta de servicio. Al momento descubre su error; en realidad, se ha metido en la boca del lobo. Es la mansión de una de las familias principales de la ciudad, y acaba de interrumpir el desayuno del cabeza de familia, cayéndose sobre la mesa y derramando todo sobre los ropajes de los comensales.
“¡Quieto, bribón!”, resonó la voz del Padre de los Olímpicos. Dando un traspié, logró zafarse de uno de los guardaespaldas que custodiaban tan magno lugar, pero otros dos cayeron sobre él como un mazo, derribándolo definitivamente. “¿Quién osa irrumpir en el Elíseo de Zeus?..., ¡responde!”
“Sólo soy un aprendiz, mi señor, tened piedad…” Viendo los ropajes raidos que llevaba el adolescente, y mirando a su esposa e hijos,  Zeus hizo un gesto de despacharlo sin más diciendo: “Sea pues, y que no vuelva a suceder…” Cuando solo iba a ser expulsado con esa reprimenda, llegó la autoridad: “Este muchacho es un ladrón, antiguo aprendiz de Hefesto, y miembro de la familia caída en desgracia por culpa del mal hacer de su padre…” “¡Mi padre no hizo nada malo! ¡Sólo buscó lo mejor para mí y los míos…!” respondió iracundo el joven hombre. “¿Qué ha robado?” preguntó el Patriarca. “Varias hogazas de pan…, y un lingote pequeño de Oricalco puro” respondió raudo el guardia. “¡Lo necesito, mi hermana necesita comer…! y en parte el metal es mío…” respondió con firmeza el desastrado adolescente.
“Si es así, todos los tuyos fueron hallados culpables de Alta Traición hacia el resto de la Atlántida…, pero sólo tú y tu hermana fuisteis exonerados por ser sólo unos neonatos…” con un tono de lástima explicó el Padre Heleno. Endureciendo su voz, continuó “…pero no por ello te librarás del peso de la Ley Atlante”.
“Llevadle a las mazmorras, hasta la fecha de su juicio…” terminó Zeus con un gesto de su mano…
Mientras, una pequeña sombra había observado la escena y, con gesto de aprobación de su hermano, logró coger un mendrugo grande de una de las hogazas y salir corriendo sin ser vista con el frugal botín.
 
 
Varios años después…
La sala era apoteósica, las paredes estaban finamente esculpidas a pesar de ser un lugar recio y austero. El Gran Salón de Justicia era el lugar donde se atajaban los temas más importantes que acaecían en el Reino y su uso era exclusivo del Tribunal Máximo. El insigne Tribunal estaba formado por cada uno de los Patriarcas de los Panteones Mayores, y el puesto de Juez Principal era ostentado por Hachiman. El otro órgano de gobierno era La Cámara de la Ley formada por los Patriarcas de los Panteones Menores, que se ocupaba de delitos menores.
Las puertas del Salón se abrieron y tres figuras se acercaron al estrado de los acusados. Los dos guardias terminaron de escoltar al tercero que se quedó solo en el atril. Todos los ojos del público recayeron en la malograda figura que aparecía en medio de la sala: Un hombre con una oscura túnica plagada de intrincados símbolos dorados. Sus manos y pies encadenados y una mirada desafiante hacia aquellos que le iban a juzgar.
Huitzilopochtli, como Fiscal, comenzó a relatar los hechos: De su boca salieron los diversos cargos que se imputaban, tales como el uso del Oricalco para forjar diversos artefactos sin permiso, el uso de los conocimientos sagrados de la Inmortalidad de los Houridas (más tarde conocidos como egipcios) y mezclarlos con la alquimia de sangre del Panteón Tezcalipocano (futuros aztecas), la creación de una secta adoradora de los Antiguos, alterar el orden en busca de un derrocamiento de los Panteones, su negación a revelar la ubicación de su hermana…
Tras ello, Amaterasu, cuyo papel era la de abogada defensora, intervino para dar testimonio de los logros positivos y atenuantes de los cargos: Con un tono calmado y cálido salieron diversos halagos hacia el reo como los conocimientos de sus antepasados para crear los Golem-ayudantes, el descubrimiento de las aleaciones de Oricalco (consiguiendo crear artefactos útiles de poder más limitado), la creación de las cadenas que han podido sujetar a los seres más animadversos a los Atlantes como el  Lobo Gigante Fenrir o la Serpiente Eterna Apop,…
Tras ambos discursos, se le dio al acusado la potestad de realizar un alegato final. Couger se subió al atril y dijo: “Sois deplorables… Todos vosotros… Me juzgáis por Alta Traición como hicisteis con mis padres, hermanos, primos… Les condenasteis a morir por negarse a perpetrar el mayor acto de Traición: Asesinar y exiliar para siempre a vuestros propios Padres, sangre de vuestra sangre… Desde vuestra perspectiva, ellos estaban equivocados al adorar a los que nos dieron el regalo de la tecnología, las leyes universales, la inmortalidad… He visto en mis años de aprendiz la hipocresía de vuestro razonamiento: Les llamabais tiranos y os convertisteis en lo mismo o peor… ¡Dioses! Los humanos son inferiores a nosotros, pero fuimos tiempo atrás como ellos… Son borregos, no tienen otro remedio…, y los usáis como  fuente para aumentar vuestro poder… Nosotros los gigantes y ellos las hormigas… Mi hermana incluso los protege, pero ese es otro tema…
Por eso no pido clemencia ante esta pantomima, mi futuro lo habéis sellado…, y como no podéis dejarme libre por haberme convertido en lo que soy, acabad pues de una vez…”
Tras una corta deliberación, cada uno de los Padres dió su veredicto, en pie: Los pulgares hacia abajo de Huitzilopochtli, Horus y Odín le condenaban a muerte. Amaterasu mostraba su abstención al sentarse sin alargar su brazo. Zeus, con gesto disgustado, mostró un pulgar hacia abajo tras unos interminables segundos de vacilación.
Hachiman, tomó la palabra: “Has sido considerado culpable ante el Tribunal Máximo. La sentencia por los cargos imputados y, a pesar de los atenuantes, solo puede ser la muerte. El método será el Fusilamiento Pulverizador, utilizado únicamente en actos de Alta Traición…”
Esas palabras llenaron la Sala de susurros, ovaciones y algunos sollozos…, y una figura oculta tras la sombra de una de las columnas, derramó unas lágrimas silenciosas. No pudiendo soportar el espectáculo, Engwar salió con un silencioso batir de alas por una claraboya abierta en el techo, sin ser advertida…
La sentencia se llevó a cabo en otra sala. Las paredes estaban cubiertas por un material brillante, ajado por el desuso y fabricado hace ya muchas décadas. Este lugar vio como todo un Panteón fue eliminado… A la orden de Hachiman, su cuerpo fue fulminado por el poder surgido de los 5 Grandes Oricalcos, los artefactos más poderosos de la Atlántida. Couger se estremeció hasta su final, de sus ojos surgieron llamas hasta que no fue más que una masa sin forma. Sus cenizas y sangre se fueron derramando por toda la estancia, impregnando todo el suelo. Su capa raída y sus cadenas yacían inertes en la estancia. Los 5 Jueces salieron siguiendo al Gran Juez Principal, con una última mirada de compasión por parte de Amaterasu hacia el alma del desgraciado… Algo más tarde, uno de los Golem-esclavos fue llamado para limpiarlo todo…, y junto a él una figura femenina se introdujo en la sala.
Como si alguien pudiera responder, dijo sollozando: “Espero que tuvieras razón…” y estrelló contra el suelo una vasija canope en cuyo extremo se había esculpido una cabeza de serpiente de estilo precolombino. Al fracturarse, la pócima que contenía se mezcló con la sangre, cenizas y demás despojos… Al instante, la mujer dio un pequeño respingo y abrió un poco sus metálicas alas por el asombro… y del amasijo se elevó una forma etérea que le habló: “Engwar…, sigo aquí…, pero no puedo mantenerme mucho…, necesito un nexo…” Al momento, sacó de un zurrón una cadena de color muy oscuro – “Traigo tu último artefacto, como me pediste…”- La forma vaporosa se desdibujó y rodeó con un aura brillante toda la cadena, la cual comenzó a moverse con vida propia. Sin mediar un instante, los eslabones se movieron rápidamente hacia el Golem. Él había contemplado toda la escena inmóvil a la espera de órdenes, y rodeándolo en un abrazo, soltó las hebillas de la vieja cadena que aprisionaba antes las muñecas de este ser manufacturado…
- “¿Qué ocurre, Couger?”- dijo Engoar. El gólem se dio la vuelta posando su enorme dedo sobre la boca  de ella – “No me llames así, podrían descubrirme…”- Su voz era ronca y profunda, igual que la de los demás sirvientes de barro. Los anteriormente vacios ojos de la criatura estaban ahora encendidos por sendas llamas y continuó diciendo – “Llámame por el nombre que tiene esta carcasa, hasta poder salir de aquí…” Engwar al ver que se acercaban unos guardias solo dijo: “Termina de limpiar y nos vamos a sección de confinamiento preventivo, Arvad”. El respondió fríamente diciendo: “Si, mi Señora”.
Días más tarde…
Al llegar a su refugio, lejos de la capital y de ojos curiosos, Arvad comenzó a moverse de forma espasmódica…Tras un rato, el gólem se levantó pesadamente y le dijo a Engwar – “Debo volver a R’yleh…”- “Dirás Lemuria…” corrigió la mujer alada. “No…, he dicho bien. Algo ha fallado. No puedo separar mi esencia de la esencia sintética de Arvad. En los escritos de la biblioteca de la ciudad vieja debe de estar la respuesta… Debo volver para descubrir el error en el proceso de desunión con el anfitrión. Si no, estaré condenado ser uno con ésto para siempre…”- dijo Couger con determinación.
- “Yo debo irme…”- contestó Engwar con tristeza - “Los humanos me necesitan”. La respuesta por parte del ser de barro cocido fue fría – “Haz lo que quieras, hermana… Ya me has ayudado bastante… Has saldado tu deuda conmigo por cuidarte… Nos vemos…” Con un golpe seco, cerró la puerta de la estancia y se marchó. Engwar prosiguió, tras una leve reflexión, con su petate para salir hacia el continente. Al alba partiría a ayudar a los mortales a resistir contra los caprichos de los suyos, los auto-coronados como Divinidades.