Refuerzos Primigenios (historia)

Autor : David Carreras

Ilustrador : Jonathan Pérez

Dos semanas antes la Segunda Batalla de la Atlántida.
Endelave, Dinamarca
 
Miserere mei, Deus,
secundum magnam misericordiam tuam
et secundum multitudinem miserationum tuarum
dele iniquitatem meam.
 
Olaus Wormius entonaba el himno inclinado frente al altar de una vieja capilla en la isla danesa Endelave, su voz rota y áspera resonaba por las antiguas piedras dotando al cántico de una pátina tenebrosa, como si el propio santuario quisiera llorar junto al monje dominico. Olaus no se levantó cuando escuchó un sutil sonido de flautas, ni tampoco cuando la pesada puerta de madera carcomida se abrió a sus espaldas, quien fuera el que había entrado, esperó paciente al final de su proclamación.
 
Miserere mei, Deus.
Amplius lava me ab iniquitate mea
et a peccato meo munda me.
Miserere mei, Deus.
Quoniam iniquitatem meam ego cognosco,
et peccatum meum contra me est semper.
 
Olaus acabó de recitar el salmo, se arrastró de rodillas hacia el altar frente a él, pelando un poco más su piel en carne viva. Un gran libro, envuelto enteramente en tela negra, descansaba sobre la piedra del ara, cuando llegó besó el envoltorio del volumen oculto. El monje se volvió hacia el visitante, no, hacia los visitantes. Un hombre joven de traje blanco, flanqueado por una mujer de ropas ajadas, edad indeterminada y una turbadora belleza de un lacio pelo largo. Olaus reconoció enseguida al hombre, se puso tenso y se aplastó contra el suelo temblando de excitación y horror.
—Mi señor. Mi amo. Me honráis con vuestra presencia —balbuceó patético, el hombre blanco sonrió satisfecho, casi burlón por la actitud del dominico.
—Tu fe se rompió hace siglos, viejo monje, iluminada por la verdadera. Pero aún imploras un perdón que ya está fuera de tu alcance —dijo el joven avanzando hacia él, Olaus se encogió de terror mientras la mujer lo miraba sin mostrar emoción alguna. El hombre blanco se acuclilló frente al dominico, le cogió por las mejillas alzando su mirada para encontrarla con la suya.
—Me has reconocido, Guardián del Libro. Quien me reconoce a través de mis Máscaras está más allá del perdón que imploras —los ojos del hombre blanco mostraron al monje un abismo insondable de horror infinito, Olaus gimió de dolor como nunca antes lo hubiera sentido —. Porque a través de mi no hay perdón, solo hay..
—Caos, mi señor —respondió Olaus hipnotizado al poder del hombre blanco, este sonrió satisfecho, una sonrisa magnánima, palmeó las mejillas del monje y se levantó. Pasó junto a él hacia el altar.
—Señor R, hemos de partir pronto —anunció con sumisión la mujer, Olaus clavó una mirada venenosa a la fémina, envidioso por el trato que tenía con Él. R siguió con su ritualístico acercamiento al libro haciendo caso omiso al aviso.
—¿Qué es el tiempo para mi, Keziah? ¿O para ti, o el bueno de nuestro devoto Olaus? Nada —respondió con desdén —. Los humanos disfrutáis del momento, fugaz y frágil, vuestros recuerdos se marchitan y se convierten en polvo. Para mi, esto, es eterno —la mano de R acarició la tela que escondía el libro, luego reveló este cuyas tapas rugosas mostraban un retorcido rostro de ojos y boca cerrada. Piel humana, conocimientos antiguos, la herencia de los verdaderos dioses a los mortales.
—No esta muerto lo que puede yacer eternamente... —empezó a recitar R.
—... y con el paso de incontables evos, incluso la propia muerte puede morir —terminaron al unísono Olaus Wormius y Keziah Mason. El Señor R y sus miles de Máscaras sonrieron a la vez.
 
El clima tropical de Rapa Nui había cambiado, el viento helado que acompañó la llegada de los Primigenios había transformado la isla de Pascua en un estéril páramo. A los pies del Maunga Terevaka, el principal volcán dormido de la isla, se habían aposentado las huestes enloquecidas de los dioses exteriores: centenares de sectarios venidos de todo el mundo y la semilla de Dagon profanaban con sus ritos terribles la antigua isla de los moai. La arena blanca de sus playas se había vuelto de sangre y ceniza, y al frente de aquella ordalía innombrable se encontraba el hechicero mutante Wylbur, el hijo maldito de Yog-Sothoth.
—¿Está listo el ceremonial? —preguntó con voz aflautada el deformado hechicero. Un subordinado encorvado, que apestaba a pus y putrefacción, se inclinó.
—Zsí, amo. El Menzsajero lo dizspuzso todo antezs de partir —una horrenda deformación en la garganta, oculta a la vista, era la marca de sus futuros cambios, la marca de que había dejado de ser humano para ser otra cosa. Wylbur se volvió violentamente hacía el sectario, soltó un alarido desquiciado mientras lo golpeó con la mano abierta.
—¡El Mensajero! ¡El Mensajero no ha hecho nada! ¡NADA! ¡YO! ¡El primogénito de Yog-Sothoth!  Yo.. yo.. yo.. —la ira homicida del hechicero estalló salvaje sobre el sectario, esta se fue atenuando cuando un chorro de sangre blanquecina de pus le salpicó la cara. El subordinado estaba en el suelo envuelto en patéticos estertores, Wylbur se agachó sin miramientos cogiéndole la cabeza, le susurró.
—Yo. Solo yo. Yo y mi padre infinito. Solo mi padre eterno. Nadie más —en el cenit de su locura, el demente invocador mordió la oreja del desgraciado arrancándola de cuajo en un paroxismo de locura, el sectario dejó de moverse.
Mientras Wylbur sonreía histérico, empapado en sangre, pudo escuchar el sonido de flautas que surgieron de la nada. El rostro del hechicero cambió de repente.
—Tu padre está lejos, aberración. Pero yo estoy aquí —la voz sinuosa de R, que escondía una perversidad oculta y horrible. El hijo del Todo-En-Uno palideció de terror, como si su mente enferma hubiera recuperado la lucidez para advertirle del peligro. El hombre de blanco se encontraba frente a él con su impoluto traje, a sus flancos estaban la bruja Keziah Mason y el monje Olaus Wormius que abrazaba obstinadamente un libro que le cubría todo el pecho.
—Bienvenido, Mensajero. Todo esta listo, como lo preparó. Wylbur obedece a la Voluntad de los Dioses —el retorcido ser híbrido se arrastró a los pies de R sin atreverse a tocarlo, tras él dejaba un fétido limo sanguinolento. El hombre blanco pasó por encima de él sin inmutarse, lo mismo hicieron Olaus y Keziah que resistían las náuseas que les generaba el mutante. Cuando pasaron de largo, Wylbur se volvió a cuatro patas hacia ellos y preguntó lastimero.
—¿Mi gran padre va a volver hoy? —la repulsiva voz aflautada se clavó en la mente de los otros dos hechiceros. Sin volverse, R respondió con una sonrisa satisfecha.
—Tu padre tiene asuntos mucho más importantes que atender, patética babosa —la voz del hombre de blanco se moduló inhumana por un instante, quizá molesta por la actitud de Wylbur —. Pero tienes suerte, energúmeno, podrás contemplar la visión más hermosa que mortal alguno puede concebir.
Algo oscuro y terrible tenía aquella declaración, un feral instinto de supervivencia emergió en el híbrido, pero el pavor por el hombre que era el Mensajero lo tenía paralizado. Algo mucho más primitivo, algo atávico atado en lo más profundo de su psique, la realidad de que hiciera lo que hiciera no había lugar donde escapar de Él.
 
Isla de Pascua, Océano Pacífico
 
Rodeando la boca del volcán Maunga Terevaka, un cordón de centenares sectarios se aprestaba a cumplir su función en el ritual de apertura. El coro de flautas y cánticos delirante hacia varias horas que duraba, algunos de sus celebrantes se habían derrumbado agotados y eran empujados al abismo volcánico sin contemplaciones. Presidiendo la ceremonia desde un improvisado palco de madera estaban R, Olaus, Keziah y Wylbur, preparados para completar la invocación. El monje, que sujetaba desquiciadamente el libro maldito, se atrevió a asomarse a la caldera del dormido Terevaka. No había el brillo ambarino incandescente de la lava, había otra cosa más terrible y demencial.
Una legamosa masa burbujeante de color negro cubría todo el interior del volcán. De esta sopa de horror primordial, brotaban sin descanso bocas, ojos y tentáculos de hedor inenarrable. Aquella gelatina diabólica de cambiante aspecto se lanzaba a por los desgraciados que se precipitaban al abismo, sus dentelladas babeantes los destrozaban en medio de alaridos de dolor, que se ocultaban por los cánticos y los acordes de flauta cada vez más frenéticos. A Olaus no le costó reconocer a las criaturas que allí moraban, los shoggoth, los blasfemos servidores de los dioses primigenios.
—El ritual de sangre esta listo, Mensajero. El portal está a punto de ser alzado por los shoggoth, y la primera semilla del gran Cthulhu lista para atravesarlo, ¿deseáis oficiar la apertura? —preguntó Keziah sin que le temblara la voz, el hombre de blanco se volvió hacia ella mirándola directamente.
—Abre el portal. Y no mires a lo que salga de él. Tengo una cita con una pobre y perdida diosa del inframundo.
La mujer se inclinó con obediencia, R besó su frente haciendo que se estremeciera casi orgásmicamente, recordando sus viejos aquelarres en los bosques de la América profunda.
—Gracias, mi señor.
El hombre de blanco miró al desquiciado público, sonrió ampliamente mientras daba un paso hacia el abismo.
—¡El Nuevo Mundo está aquí! —aulló alzando los brazos mientras el público persistía en sus enfervorecidos cánticos —. ¡Un solsticio de horror y caos desciende sobre este mundo! ¡Que el mundo se incline de pavor ante los verdaderos amos de la Tierra!
El frenesí estalló entre los sectarios, verdaderas ordalías suicidas se lanzaron a la caldera nauseabunda de los shoggoth, mientras que los que quedaban arriba coreaban con bramido inhumano el nombre del dios de las Mil Máscaras-
—¡Nyarlathotep! ¡Nyarlathotep!
El hombre blanco, R, el Mensajero de los Dioses, Nyarlathotep.. se derritió en un limo negruzco frente a sus allegados. Keziah tomó el púlpito abandonado por su señor frente a las masas entregadas a la demencia, la sangre de decenas de ellos alimentaba el portal sumergido bajo el protoplasma shoggoth. Olaus abrió el Necronomicón por la página adecuada casi por intuición, lo sostuvo frente a la bruja sin titubear.
¡Iä! ¡Iä! ¡Ghatanothoa fhtagn!
¡Iä! ¡Iä! ¡Ghatanothoa fhtagn!
Ghatanothoa ijaceebo, 
Ghatanothoa telal alal.
Ungoyud mangeif naguz
¡Ijaceebo! ¡Ijaccebo! ¡Ijaceebo!
¡¡Ghatanothoa edin nazul!!
¡¡Barra!!
 
El cielo pareció romperse  sobre ellos, un relámpago cayó de ninguna parte y se estrelló en el centro de la marisma shoggoth hacia salpicar pedazos de estas criaturas por todo el borde del Terevaka. Una luz violenta palpitaba incandescente en el interior del volcán, que atravesaba la capa oscura de las bestias amorfas, luego llegó un alarido que no podía tener émulo en este mundo. Con grandes reflejos, Keziah se lanzó al suelo obligando a Olaus y a Wylbur a hacer lo mismo. Enterró la cabeza contra el suelo negándose a mirar el rostro del gran dios Ghatanothoa, el horror de Mu, el primogénito de Cthulhu, aquel que no puede ser contemplado y los otros dos hechiceros supieron que tenían que hacer lo mismo. Gritos de horror, la respuesta del dios chillando como un recién nacido colérico, el sonido de carne desgarrarse y temblores de tierra que amenazaban con hundir la isla. La bruja pensó que no iban a salir vivos de allí, pero se equivocaba, el caos generado por la aparición de Ghatanothoa cesó poco a poco mientras los tres hechiceros como aquello se arrastraba lejos de ellos y se sumergía en el Pacífico.
 
Lo que sobrevino luego, fue un fantasmal silencio de muerte y estatuas vivientes que habían contemplado lo que no podía ser contemplado.