Empieza la Guerra I: Moscú

Empieza la Guerra I: Moscú

por Albert Mialet

Tyr

Oslo, Noruega

La sala Rockefeller estaba llena a rebosar. Más de mil personas habían acudido en masa para ver a uno de los grupos de metal de moda, "The Doomed Warriors", en su último concierto antes de salir de gira por Estados Unidos.

Odin atravesó la sala directo a la barra de bar y pidió una cerveza. Llevaba ya un par de meses entre los humanos y les había estado estudiando, viendo cómo habían cambiado. Al principio le había fascinado ver lo mucho que habían evolucionado, sobre todo las maravillas tecnológicas que habían conseguido por ellos mismos, pero poco a poco se fue dando cuenta que en realidad seguían siendo los mismos brutos borregos de hace dos mil años. Eran tan sumamente fáciles de engañar que estaba perdiendo el interés en ellos. Si no los necesitara...

El concierto empezó bastante tarde, pero cuando salió al escenario el público se entregó totalmente. El cantante, Michäel Ljublig, un gigante pelirrojo con una voz muy potente al que le faltaba una mano, llevaba el ritmo del concierto desde el escenario como si fuera el director de una orquesta. La gente cantaba y saltaba como en trance, siguiendo sus órdenes sin dudarlo. Fueron dos horas de música metal sin interrupción, y casi diez minutos aplaudiendo al grupo, un verdadero éxito.

La sala se fue vaciando poco a poco, pero Odín se quedó esperando en la barra. Al cabo de media hora, los músicos empezaron a salir, y unas cuantas fans que también se habían quedado se lanzaron encima de Michäel para que les firmaran su disco y sus tetas. A Odín se le empezaba a agotar su paciencia, y su cuervo Hugin graznó encima de su hombro. Las chicas se giraron extrañadas al oírlo y Michäel abrió los ojos como platos al verle. Apartó a las fans de golpe y fue hacia él.

- Odín, padre de todos. - Se arrodilló delante suyo. - No soy digno de teneros delante...

- Sí, sí, por supuesto que no lo eres, no me vengas con chorradas. Llevo dos putas horas de pie esperando a que termine el concierto, así que recoge tus cosas y vámonos a un bar.

Odín dejó a Tyr estupefacto y plantado en el suelo. Cuando reaccionó, se levantó corriendo, cogió su bolsa y se fue con él.

 

- Al parecer te lo estás pasando bien fuera de Asgard, pequeño cabroncete. - Tyr bajó la cabeza avergonzado. - No pasa nada hijo, no tengo reproches. Si te hubiera necesitado, hubiese venido antes.

- Yo... imaginaba que también habíais vuelto, pero la verdad es que no sabía cómo encontraros. No tuve confirmación hasta que Loki vino a verme...

- ¿Loki te encontró? Bueno, no debería sorprenderme. ¿Y qué quería?

- La verdad es que nada, dijo que había leído buenas críticas de nuestro grupo y que le apetecía vernos.

Odín se quedó un buen rato mirando a Tyr, estupefacto. - Maldito Loki, siempre sale por donde menos te lo esperas. En fin, a él ya iré a verle, primero vamos a lo que importa, necesito que vayas a Rusia.

- ¿A Rusia? Queda un poco lejos de nuestras tierras, pero de acuerdo, iré.

- Sí, queda un poco lejos, pero déjame decirte algo muchacho. - Odin se puso muy serio. - Las reglas del juego han cambiado. El Ragnarok ha pasado a un segundo plano para nosotros, aunque aún deje su huella en nosotros. - Señaló el muñón de Tyr. - Hemos vuelto porque el mundo nos necesita, la gente necesita a alguien en quién creer, ya sabes que ésto ha sido así desde siempre. Pero ahora veo... que quizá no somos todo lo que el mundo necesita. Ha pasado mucho tiempo, y la gente nos recuerda por lo que no somos, por películas y libros estúpidos que han hecho con nosotros lo que han querido. Nos han menospreciado, y eso ha hecho que nuestro poder no sea el mismo que antaño. Y creo que ahora mismo no somos suficiente para esta nueva era.

- ¿Y eso.. que tiene que ver con Rusia?

- A eso voy muchacho, a eso voy. He notado algo en Moscú, siento una especie de llamada que me empuja a ir hacia allí. También la noto de otros sitios, pero ésta es más fuerte. Creo que tú también la notarás cuando llegues, así que quiero que me digas lo que hay allí. Quiero que vayas de inmediato. - Odín sacó un sobre y una llave del bolsillo y los puso encima de la mesa. - Sales dentro de dos horas. La llave es para una taquilla en el aeropuerto. Es una espada inscrita con runas. Tranquilo, los mortales pensarán que es una guitarra.

- Sí, mejor ir preparado. Gracias, oh gran padre, seré digno de la misión que me habéis encomendado. Partiré inmediatamente.

Tyr se levantó y se marchó del bar, dejando a Odin bebiendo en el bar.

- Sí. Mejor ir preparado...

 

 

Moscú, Rusia

Tan sólo con pisar tierra rusa, Tyr notó la llamada de la que le había hablado Odín. Algo etéreo le atraía, algo que era incapaz de entender. Mejor, prefería no pensar demasiado y centrarse en su misión.

Recogió su bolsa y su espada sin que ninguno de los numerosos guardias del aeropuerto Sheremétivo reparara en él. ¡Benditas runas! Cogió un taxi y se dirigió hacia la ciudad.

 

Decidió que la mejor forma de encontrar el origen de la llamada sería ir al centro de la ciudad, y al llegar allí notó que estaba realmente cerca. Siguió el río Moskova hacia el oeste y al poco rato vio el origen de la llamada. El Kremlin se extendía majestuoso delante suyo, y dentro de sus muros sintió un calor extraño dentro de su ser, y vio una luz. Dio la vuelta al muro y encontró la entrada de turistas. Había bastante gente de visita, y muchos guardias, pero ninguno hacía caso a la luz. Se fue acercando, dejándose llevar por la atracción que le empujaba. Y delante de la Campana Zarina, vio la luz, una luz blanca y muy brillante, aunque no cegadora, que le daba calor incluso en el frío invierno ruso. Tyr se acercó poco a poco, hipnotizado. Estaba cerca, muy cerca, podía sentirla dentro de él, notaba como si miles de voces se concentraran en esa luz, notaba como si la esperanza, la fe del hombre, estuviera allí dentro, al alcance de su mano. Estaba justo al lado, muy cerca, Tyr levantó su muñón hacia la luz... y algo le golpeó por la espalda, tirándolo contra la campana.

Un hombre muy grande vestido con una armadura de samurai y blandiendo una katana de fuego se acercaba poco a poco hacia él. Su cara estaba cubierta por un mempo, y llevaba un casco que le tapaba completamente. ¡Era Hachiman, el Dios de la Guerra japonés! Cuando se encontró delante de Tyr, levantó la katana y le asestó un golpe. Tyr rodó y lo esquivó por muy poco. La campana recibió la estocada de lleno, rompiéndose por la mitad y cayendo encima de una familia de turistas, que murió aplastada en el acto. Lleno de rabia, cogió su espada y se lanzó con un grito contra el samurai, que interceptó el golpe. Dejó ir toda su furia y empezó una cadena de golpes salvaje, pero Hachiman los paró todos con maestría. Ahora se lanzó él con su katana, y el nórdico decidió cambiar la táctica tirándose al suelo y rodando para atacar por el flanco. Le clavó la espada en el costado derecho, haciendo mella a la armadura, pero no tocó carne. Hachiman se giró y embistió con toda su fuerza contra Tyr, que paró el golpe, pero el dios japonés le dio una patada y lo tiró al suelo. Tuvo que detener los golpes desde allí hasta que consiguió rodar y levantarse. Los dos guerreros se pusieron otra vez en posición de combate y volvieron a la carga.

Cada vez que uno de los dos cedía, el otro recuperaba inmediatamente, era una lucha terriblemente igualada. Muchos turistas huyeron por miedo, pero unos pocos se quedaron a verla en la distancia. Las fuerzas de seguridad intentaron intervenir, pero los luchadores les ignoraron y siguieron a lo suyo.

Parecía que el tiempo se hubiera detenido y que el combate no fuera a terminar nunca, pero la luz, el punto de poder, reclamaba a un vencedor para ella. ¿Quién sería finalmente su campeón?