Mitos Renacidos IV: Sangre Envenenada

Mitos Renacidos IV

Sangre Envenenada

 por Francisco Rodríguez

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Un hombre caminaba por las estrechas calles de El Cairo, el aire festivo era más que presente teniendo en cuenta las fechas que se acercaban, muchos tenían en mente la tan gloriosa nochevieja, dejar atrás un año marcado por las desgracias y catástrofes en todos los ámbitos, pero aquel hombre misterioso vestido con un traje blanco y empuñando un elegante bastón de caoba y cabeza de oro no hacía más que sonreír sabiendo que había un acontecimiento aún más importante a punto de comenzar, el equinoccio no era más que el principio a una nueva era, la entrada a aquello que había estado esperando desde hace generaciones.

 

Lentamente se quitó el sombrero y dejó que la fuerte lluvia empapase cada poro de su piel mientras suspiraba y cerraba los ojos recordando los tiempos de la antigüedad, cuando su señor aún estaba presente entre la mente de los mortales, ahora no era más que una anécdota de una civilización pasada...

 

El sol descendía lentamente allá por las dunas del Alto Egipto, el calor abrasador dejó paso a una brisa gélida que impasible sería objeto de sufrimiento para aquellos que no conocían refugio.

 

La ciudad de oro fue perdiendo su brillo a merced de la luna, Nubt era un asentamiento próspero en auge y hogar de las castas más trabajadoras de todos los desiertos, pero el esfuerzo de los hombres y el amparo de las mujeres nunca es lo suficientemente fuerte como para detener la implacabilidad de los dioses.

 

Un estruendo se repartió por todos los rincones dentro de la ciudad, era el sonido compenetrado de una tormenta que luchaba por apoderarse de la atención de los habitantes junto con el brusco crujido ocasionado por repetidos golpes a una puerta.

 

- Abrid inmediatamente. - dijo un soldado de tez morena y elegante armadura, el cual portaba una enorme lanza y un escudo de bronce. Tras aquel ruido no se escuchó más que el silencio. Aquel soldado no estaba solo, había dos personas más con él, se trataba de otro soldado que lo acompañaba y alguien distinto en todos los sentidos, era un varón de mediana edad, portando unos ropajes blancos como la seda impoluta, sus carnes carecían de la entereza de un hombre curtido por las batallas pero sus ojos oscuros representaban infinita sabiduría. Aferrado a un bastón de oro cuya cabeza terminaba en forma de cocodrilo el hombre dio una orden directa.

 

- Ignorad cualquier intento de resistencia, echad la puerta abajo y traédmelo. - en aquel momento se supo que ese hombre no era un ciudadano más, su nombre era Sutekh, sacerdote de Seth, voz del faraón y su influencia estremecía a los más incautos.

 

Los soldados sin pensárselo dos veces derribaron la puerta con sus musculosas piernas dejando ver con claridad el interior del humilde domicilio. Se escuchó el grito ahogado de una mujer que vaticinaba cual podía ser el desenlace de aquella situación ¿pero qué era lo que realmente pasaba?.

 

Sutekh fue el sacerdote más llamativo de entre todos los conocidos por el lugar, sus actos siempre recibían la aprobación del monarca y sobre todo, según él, de los designios de Seth. Era el primero en contemplar las consecuencias de las destructoras tormentas de arena en las afueras, oficiaba todos los rituales de aquellos que perecieron por el hambre y la sed en los momentos difíciles donde las estaciones no tenían tregua y sobre todo proclamaba la palabra de Seth, como aquel que tenía poder sobre todo lo incontrolable. Su culto iba creciendo más y más hasta el punto de dejar en segundo lugar a Horus, eso era algo que satisfacía su orgullo con plenitud, pero a pesar de las creencias más generales Seth no era alguien maligno, la propia vida tenía aspectos positivos y negativos pero el sentimiento humano, el alma de los hombres era lo único que podía realmente rozar la maldad y Sutekh lo demostraba con un sentimiento alimentado día a día, la envidia.

 

- Encontradla a ella y al neonato - gritó Sutkeh mientras alzaba la mano y su bastón apuntando al interior de la casa. Los guardias entraron rápidamente en el lugar rompiendo todo aquello que se interponía a su paso, la mujer que huía se llamaba Ishlana, hermosa como la noche bajo las estrellas y deslumbrante como el sol al amanecer y tras ese inocente rostro se encontraba a la artífice del más amargo dolor del sacerdote, un amor no correspondido desde los primeros días de su niñez, cuando ambos aún no sabían cual iba a ser el papel que tenían para ellos los dioses.

 

Ishlana acababa de tener un hijo con uno de los soldados más habilidosos de Nubt, pero aprovechando que éste se encontraba en las afueras siguiendo falsas órdenes del faraón el sacerdote logró llegar hasta su principal objetivo, el retoño que debió haber sido consumado con él y no con un simple guerrero. El veneno que corría por las venas de Sutekh era equiparable al de la peor de las serpientes, y la envidia y celos que sentía por un futuro que no correspondía a lo que él quería le llevaron a cometer actos atroces en nombre de un dios que estaba en auge, para él la fuerza incontrolable se representaba como el dolor por no tener lo que siempre se ha querido e interpretó la fuerza bruta como el camino hacia la obtención de lo que se anhelaba cuando la vida te colocaba obstáculos que a simple vista parecían insalvables.

 

Los llantos del pequeño recién nacido fueron más estrepitosos en cuanto uno de los soldados consiguió sacarlo de su lecho a la vez que su compañero apresaba a la mujer forzándola a estar en silencio. Sutekh caminaba lentamente y con su sonrisa pérfida siempre en los labios mientras contemplaba su éxito, alzó las manos a la vez que tomaba al niño y proclamaba fatales palabras...

 

- En nombre del Alto Señor de Egipto, yo, Sutekh, que recibí mi nombre en honor a Seth, que proclamo su palabra y la difundo entre los ciudadanos, tomo hoy la vida de este recién nacido al servicio del faraón y condeno a esta mujer por sus palabras de traición y deshonra a nuestro monarca - Ishlana hizo todo lo posible por gritar ante el cielo al ver como le estaban arrebatando a su preciado hijo a la vez que estaba siendo víctima de una acusación vacía, pero sabía perfectamente que su palabra nunca tendría poder ante la de aquel sacerdote.

 

Mientras Sutekh se giraba para caminar hacia la salida con la criatura en sus brazos no pudo evitar apretar los dientes cuando supo que estaba mandando a ejecutar a la mujer que una vez amó y que no pudo tener, ahora tan solo buscaba paliar el dolor de esa frustración arrebatando la vida de Ishlana con el corte de un cuchillo y proclamándose el dueño y tutor de un recién nacido que apenas tenía dos días de vida y era desconocedor de lo que sucedía a su alrededor, de como sería mostrado ante el faraón como un hijo bendecido por su leal sacerdote, el regalo de Seth.

El misterioso hombre volvió a abrir los ojos bajo la lluvia y no pudo evitar reír a carcajadas cuando la tormenta llegó a su punto más álgido, alzó los brazos como haría antaño y proclamó su satisfacción a los cuatro vientos.

 

- Mi señor Seth, tu legado ha perdurado a través de las generaciones, a través de las guerras, a través de los tiempos, tu siervo está listo una vez más para demostrar quien merece ser el Alto Señor de este mundo arrasando con sus enemigos de manera brutal, yo seré tu heraldo, tu voz y tu sacrificio si es así como lo deseas - tras terminar una última carcajada, aquel hombre colocó de nuevo su sombrero en la cabeza  y desapareció en las sombras, Sutekh estaba listo para dar comienzo la última batalla.