Sleipnir II

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SLEIPNIR II

de Marc Simó

Ilustracion : Alba Aragón

La majestuosa águila se posó en el suelo helado. Se cubrió con sus propias alas, y mientras crecía de tamaño fue revelando el trabajado cuerpo de Thor. Finalmente quedaron plegadas alrededor de su cuello, formando de nuevo la capa que le había entregado Frigg.

 

De los Nueve Reinos de Yggdrasil, Helheim es, ha sido y será, el más profundo, oscuro y lúgubre de todos, un mundo donde el hielo, la roca y los huesos forman la prisión perfecta de las almas de los muertos en desgracia.

 

Nueve días y nueve noches le costó a Hermod a lomos de Sleipnir llegar a las puertas de la ciudad de la muerte, nueve veces más le pareció a Thor su descenso al abismo. Helway era un serpenteante camino que descendía a través de las gélidas regiones del Norte en un mundo al que no llegaba la luz del Sol. Un eterno viaje en el que el hambre, la desesperanza y la desolación acompañaban a cada paso al viajero que osara afrontarlo.

 

Los helados páramos que recibieron a Thor a su llegada daban paso a un oscuro túnel minado a través de la montaña que conducía a una región todavía más sombría y yerma. El Dios del Trueno se cubrió con la capa cuando un viento helado que provenía del Norte empezó a soplar en contra dificultando y ralentizando su avance.

 

A medida que se adentraba en la oscuridad el viento soplaba más y más fuerte llevando con él cristalizados en copos de nieve los lamentos de las almas atrapadas en el frío.

 

Los ligeros copos pronto se convirtieron en afiladas agujas que una vez clavadas ya no se desprendían del caminante. Casi sin darse cuenta la nieve había escalado más de un palmo haciendo que moverse por el terreno fuera como arrastrarse a través de una montaña de cadáveres.

 

A pocos metros vio como una enorme raíz se elevaba por encima de la nieve, formando una pequeña cueva en la que refugiarse parecía la mejor de las ideas. Thor retomó el paso firme con renovadas fuerzas apartó la nieve, se sentó y se cubrió con la capa de Frigg a la espera de que cesara la tormenta de nieve.

No sabía cuánto tiempo había pasado en aquel blanco y maldito infierno pero cuándo volvió en sí, el frío se había adueñado de sus músculos. Entumecido y aturdido se obligó a levantarse y continuar.

 

Estaba exhausto, al borde de la rendición, moviéndose en un mecánico letargo, más por rutina que por voluntad, lo que le había permitido terminar el tramo final en el que las hermanas de la muerte le llamaban a sentarse junto ellas en un último descanso eterno; cuando el lejano rumor del agua corriente le despertó.
— Gjöll... — murmuró.

 

El camino conducía hacia un gigantesco puente hecho de oro y cristal. Ya sabía el precio por cruzar. Desenvainó la pequeña daga que colgaba de su cinturón y cerrando el puño sobre su hoja, se hizo un corte en la palma de la mano izquierda, derramando la sangre sobre la pulida superficie de cristal. Cruzó el resbaladizo puente que lo separaba de las heladas aguas por las que fluían cuchillos suficientes para armar a todos los muertos de Helheim y de nueve Infiernos más.
La ciudad de la muerte estaba en mitad de la nada, protegida por altas murallas de hielo y acero, y envuelta en una espesa niebla color ceniza que impedía apreciar su verdadera inmensidad. El camino terminaba ante las monstruosas puertas del Infierno. Estaban abiertas, como si supieran de la llegada del hijo de Odín, y tras ellas sólo la muerte lo aguardaba. Los edificios eran un mero eco vacío de un Asgard decadente en el que la enfermedad y el infortunio se ensañaban con las almas a las que debían torturar.

 

Allí, en mitad del macabro espectáculo, tumbada en una de las raíces de Yggdrasil y vestida de finas sedas blancas una hermosa mujer acariciaba suavemente a Garm, su fiel perro, mientras observaba el hipnótico vaivén de las almas. Apenas giró su cabeza para ver al hombre que se había adentrado en el mismísimo corazón de la ciudad de los muertos.

 

— Seas bienvenido, Dios del Trueno, te invito a quedarte conmigo para siempre. — Se apartó delicadamente un mechón de pelo negro como la noche y clavó su tentadora mirada en los ojos del Dios. Antes de que Thor pudiera aceptar la oferta la dulce voz de Hela volvió a sonar. —¿Que estáis haciendo allí arriba? Cada día llegan más y más invitados a mi reino para no volver… ¿Es que acaso habéis empezado el Ragnarok sin mi?
— Hela... ¡He venido a pedirte que liberes a Sleipnir! — Interrumpió Thor saliendo de su embrujo. — Los Dioses estamos en Guerra.

 

Con un suave gesto apartó al perro de su lado dejando ver sus deformadas y putrefactas piernas; de las pústulas emanaba un líquido negruzco que parecía latir con el aroma de la carne fresca recién llegada mientras los gusanos devoraban lentamente los trozos más oscuros de su muerta piel. Pues esa era la auténtica naturaleza de la muerte, monstruosa y tentadora. El tamaño de Hela comenzó a crecer a medida que se acercaba peligrosa y sensualmente hacia su invitando mostrando su verdadera condición.

 

—¿Y por qué se supone que debería permitir tal cosa? Estás muy equivocado si piensas que entregaré a Sleipnir al hijo de aquél que me desterró en este infierno para el resto de la eternidad a cambio de nada. — Gruñó Hela.

 

—Desde nuestro regreso Padre no ha desterrado ni castigado a nadie, viniste aquí voluntariamente.

 

—¿Tan estúpido eres? Heimdal vigila cada movimiento de los hijos de Loki.

 

Instintivamente Thor movió su mano hacia Mjolnir y evaluó rápidamente el terreno, pero ella le interrumpió.

 

— Tu arrogancia no tiene límites si crees que puedes vencer a la muerte. — Sabía que ella tenía razón. Pero no podía volver con las manos vacías, no podía volver a fallar. Sintió la vergüenza constriñendo su pecho como si fuera el mismísimo Jörmungandr quien lo tenía prisionero.

 

— Entonces, ¿qué es lo que propones? — dijo abatido.

 

Hela no dudó, sabía lo que tenía que pedir a cambio.

 

— Quiero tu cinturón.

 

Thor vaciló. Ese cinturón podía conferirle la fuerza de nueve mil hombres si lo usaba y eso le había salvado ya en varias ocasiones, pero lo que realmente le preocupaba era que si se lo quitaba estaría debilitado y a merced de Hela durante tiempo suficiente para que jugara con él como si de un insecto se tratara. Sin embargo, no tenía alternativa.

 

— Jura que después nos dejarás marchar a los dos. — Gritó amenazante.

 

No tenía intención de retener, torturar ni matar a Thor pero sus palabras le ofrecían la oportunidad de exigir más. Su encargo era arrebatarle su cinturón de poder pero nada le impedía ganarse algo para sí misma. Desde que había visto a Thor entrar en sus dependencias se había fijado en la hermosa capa de plumas de halcón que llevaba. Sonrió.

 

— Eso te costará algo más, Dios del Trueno, también quiero la capa de Frigg.

 

Los sensuales ojos de Hela brillaban con la luz de la victoria y una macabra sonrisa se dibujó en su rostro. Thor agachó la cabeza, se quitó el regalo de la Diosa y el cinturón. Al momento Thor cayó desplomado al suelo, el cansancio, el hambre y el dolor acumulado eran insoportables sin ese cinturón que fulguraba como el dorado del Sol y tenía la resistencia del más puro de los aceros. Gram entró en la sala tirando de las riendas de un imponente corcel negro de ocho patas y las dejó a sus pies. Sleipnir arqueó el cuello, acercándose para rozar su hocico contra el hombro del dios. Flexionando las ocho patas, el corcel se agachó junto a él, resoplando. Thor alzó la cabeza y con un último esfuerzo se dejó caer sobre el lomo del caballo.

 

Sleipnir rascó el suelo helado con los cascos antes de emprender el camino de vuelta hasta su legítimo dueño.  Hela se acercó a sus nuevos tesoros, recogió el cinturón y lo miró como si tratara de ver dentro de él. Orichalcum lo habían llamado… lo dejó a un lado, no le importaba. Ella tenía su propio regalo. Cogió la capa y se la puso, dos gigantescas sombras se desplegaron en su espalda. Y así la muerte ganó sus alas y de nuevo, su libertad.